Estamos en el horno…

Nicolás Mavrakis es el autor del flamante libro “Byung-Chul Han y lo político” (Prometeo).

«Ahí es donde me parece que él hila muy bien una sensación general de los usuarios de internet: pensemos la totalidad del mundo civilizado, que experimenta ese malestar, agotamiento y sin embargo son sensaciones que entran en contradicción evidente con este mundo digital del ‘Me gusta’ permanente»

Fue en el año 2015 -hace tan solo seis años- cuando conocimos de manera masiva, traducida en Argentina, la mayor parte de la obra de este pensador especialista en Martín Heidegger y promocionado entonces como “la gran revelación de la filosofía occidental”. Allí se produjo un desembarco que entonces incluyó los títulos “La sociedad del cansancio” (2012), “La sociedad de la transparencia” (2013), “La agonía del Eros” y «En el enjambre y Psicopolítica” (2014), todos éxitos de ventas en Europa.

“Hay algo clave en todos los libros de Han que es esta actitud pesimista, que hay que entender como el típico gesto del Romanticismo. El de aquel que denuncia un malestar del presente, nuestro presente tecnológico diríamos hoy, en contraste con un tiempo pasado que se supone habrá sido bueno, tiempo en que los rituales se cumplían, o con un tiempo futuro por venir en el que los rituales volverán a cumplirse”, señala Mavrakis.

La percepción del autor de «No alimenten al troll» y «En guerra con la piel» se acentúa especialmente en el caso de “La desaparición de los rituales”, donde Han no solo esboza una genealogía de la desaparición de los ceremonias y ritos, sino que se anima a citar “El Principito” y aventura diversas alternativas para liberar a la sociedad de su narcisismo colectivo gracias a, claro está, aquello que da por desaparecido en el título del mencionado libro.

«¿Por qué Han es un crítico romántico? -se interroga Mavrakis-. Porque en definitiva no importa tanto aquel pasado perdido o futuro por venir, sino lo que le interesa a él (romántico en sentido que refiere a futuros o pasados idealizados, abstractos, irrealizables o irrealizados) es la denuncia por ese malestar en el presente».

«Esa es la actitud romántica de Han: mostrar la disconformidad con lo que hay en la actualidad, y se contrasta con lo que pudo haber o lo que habrá, un espacio indefinido, aquello que alguna vez fuimos o aquello que alguna vez volveremos a ser, es decir, lo que no existe. Solo sirve para mostrar el malestar ante lo que se nos impone en determinada época, en este caso, la vida digital masificada, una vida que pasa a través de las redes sociales, algo que se intensificó mucho más después de la pandemia de Covid”, deduce el escritor.

Solo tu

Temerosa eres
aunque lo niegues,
tanta dicha
produce
el protegerte,
tu alma reboza
esa dulzura
y es por ella
que me has
conquistado,
porque dejas
ver una
inocencia,
que tus ojos
no pueden
ni siquiera
disimular.

Doy gracias
cada día
de haberte
conocido,
porque todo
en ti
me enamora,
es así
que al reírte
alejas de mi
aquella
oscuridad,
que solía
acompañarme
hasta hace
poco tiempo,
cuando
mi compañía
era solo
la soledad
de ermitaño
rumiante,
desengañado
del amor.

Ahora contigo
has traído
un destino,
un futuro,
algo tangible,
la serenidad
ha alejado
mis enojos,
vuelvo a creer
y ha sido
así por ti,
por esa
diáfana luz
qué has traído
a mi vida.

Imagen de Portada: Gentileza de Pinterest

Enemigo común

Reías tanto mientras
yo te corría
tratando alcanzarte
sin suerte,
eramos jóvenes
donde todo nos era posible.

Hoy seguimos juntos
nos cuidamos cada día,
el uno al otro
como en aquella época,
ya que hoy enfrentamos
a un enemigo
común tan invisible
que contagia y mata.

Alcohol, lavado de manos,
ventilacion no es novedad
para nosotros solo costumbre
hacerlo o usarlos,
cada día de la vida.

Nos prometimos
no quedarnos quietos,
sos vos o ambos
que cuidamos el jardín,
en el otoño necesita
mucho más cuidado,
nos reímos mucho
trayendo recuerdos
de un tiempo
que pasó,
pero su huella, dejó.

Nuestra sesión
de yoga más meditacion
en ayunas cada día
nos lleva la primera hora,
de cada amanecer

Luego él desayuno de reyes
que preparas
despues a pasear
por la plaza cercana,
gozando del aire perfumado
atrasado de los tilos.

Sabemos que este
enemigo invisible,
no tiene vencimiento,
por ello tenemos claro
que nuestra mejor vacuna
será nuestra actitud
y el amor que nos brindamos.

Solo extrañamos
los abrazos de los nietos,
pero ello nos dan
el mejor regalo al cuidarnos,
con su ausencia.

Nada, es para siempre…

Café Martínez, la cadena que nació de un amor prohibido y hoy tiene más de 200 tiendas en Argentina y la región.

Los Salas Martínez rompieron el mito de que la tercera generación es la que funde las empresas familiares:. A 90 años de su creación, las claves del éxito.

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Los hermanos Salas Martínez, sin proponérselo, rompieron el mito de que la tercera generación es la que funde las empresas familiares. El caso de Café Martínez fue lo contrario: Marcelo, Mauro y Claudia convirtieron el negocio fundado por su abuelo hace casi 90 años en una cadena de 201 tiendas (entre propias y franquicias) que operan en Argentina, pero también en Uruguay, Paraguay y Bolivia. 

¿Cuál fue la clave? «La profesionalización, el armado de equipo, pero fundamentalmente el interés genuino de ayudar a otros a que también alcancen el éxito», asegura Marcelo Salas Martínez, socio director de la cadena.

La historia de Café Martínez es la historia de amor prohibido entre Atiliano Martínez y su prima hermana Justa. 

Empezó en secreto en Pola de Lena, el pueblo asturiano de dónde eran y terminó en Argentina donde decidieron radicarse para formar su familia y huir de la Guerra Civil Española que ya se vislumbraba  y de la que Atiliano estaba decidido a no participar; unos años antes él ya había puesto el cuerpo y casi su vida peleando en África contra los Moros.   

En suelo argentino Atiliano encontró trabajo en Casa Torres, una de los principales tostadores de café de la ciudad y allí conoció a su segundo gran amor: el café. Habiendo aprendido el oficio y entendido las claves del negocio decidió independizarse. Arrancó en 1933 con el nombre El Convidado.

Empezó en un pequeño local alquilado de la calle México hasta que en los años 60 puedo comprar el inmueble de Talcahuano al 948 a metros de la calle Marcelo T. de Alvear, local que aun hoy funciona y donde pronto, con apoyo de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, funcionará también un museo que recorrerá la historia de Buenos Aires a través de la historia de la empresa y el café.

Desde 1995, los hermanos Salas Martínez fueron abriendo sucursales de Café Martínez y luego franquiciaron.

El negocio del matrimonio Martínez era importar café, tostarlo y distribuirlo; Justa entre las personas que pasaban por la puerta del local y su marido a través del  canal mayorista. 

«La marca era El Convidado, pero la realidad es que los clientes lo identificaban más por su apellido por lo que terminó adoptando el nombre de Casa Martínez; después nosotros cuando ingresamos a la empresa directamente le pusimos Café Martínez», relata Salas Martínez a iProfesional.

Atiliano falleció en 1975 y la empresa quedó en manos de su viuda (que falleció en 2005), de Olga, la hija del matrimonio y de Paulino Rodríguez, un socio que tuvieron hasta los ‘80 cuando se le compró su parte y la familia fundadora quedó como única propietaria

Durante 60 años el negocio fue próspero, pero mantuvo su estructura tal como la había armado Atiliano hasta que, a partir de 1995, fueron entrando a trabajar a la empresa Marcelo, Mauro y Claudia, tres de los seis hijos de Olga Martínez de Salas. Ellos revolucionaron la empresa familiar y el rubro.

«Mauro ingresó en los ‘80 y una de las cosas más importante que hizo fue la gestión de la compra de la parte del socio y puso en orden las cuestiones administrativas del negocio. Después ingresé yo en el ‘85 y un tiempito después Claudia. Entre los tres empezamos a pensar cómo hacer crecer el negocio», relata Salas Martínez.

El primer resultado de ese encuentro entre los hermanos fue el desarrollo de concepto de café gourmet, hoy llamados café de especialidad. Como en 1933, los hermanos Salas Martínez importan el café, lo tuestan y lo distribuyen, pero a diferencia de sus abuelos, ahora lo hacen desde sus propias cafeterías con su propia marca. 

«Lo que hicimos fue que el café deje de ser el punto final de los acontecimientos para convertirse en el punto de partida, logramos que el café sea el protagonista», explica el empresario.

Desde 1995 y paulatinamente los hermanos Salas Martínez fueron abriendo sucursales, pero cuando llegaron a la quinta en el 2000 se dieron cuenta que ya solos no podían; si querían seguir expandiéndose tenían que franquiciar y así lo hicieron.

«La realidad es que sabíamos que la marca daba para más, pero no teníamos ni el capital para seguir invirtiendo ni tiempo para más sucursales. Franquiciar es una manera de seguir creciendo, pero apalancado en capital y tiempo de terceros con todo nuestro know how y acompañamiento», sostiene el empresario, quien llegó a ser presidente de la Asociación Argentina de Marcas y Franquicias (AAMF) entre el 2014 y el 2017.

Hoy, Café Martínez es una cadena de 201 tiendas que operan en Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia

Multiplicados a su máxima potencia

Café Martínez, cuenta Salas Martínez, fue más que un negocio para su abuelo y su hermano Ángel, que llegó a la Argentina unos años después. Café Martínez fue el lugar de encuentro de la comunidad asturiana. Allí, en Casa Martínez, Atiliano recibía a sus compatriotas (incluso con techo y comida) y los ayudaba a armar su propio negocio.

«Por eso decimos siempre que la ayuda y el acompañamiento es parte del ADN de la compañía. A nuestros franquiciados, e incluso también a nuestros colegas, los ayudamos a instalar un negocio comercial y les transmitimos todo nuestro conocimiento acerca de la calidad del café y la tostación para que consigan el éxito con su propia pyme», sostiene el empresario.

Actualmente Café Martínez tiene 189 tiendas distribuidas a lo largo de todo el país, de las cuales solo 15 son propias. Además tienen 12 tiendas más en el exterior: 3 en Uruguay, 9 en Paraguay y 2 en Bolivia.

«Si bien hemos llegado a tener franquicias individuales en Estados Unidos, España, Pakistán y Arabia Saudita; pero funcionaron mal porque ambas partes cometimos errores y decidimos desarmarlas para enfocarnos en la región. 

Ahora lo que hacemos es primero desembarcar nosotros con oficina y tiendas propias, después franquiciamos porque la realidad es que es demasiado para un franquiciado individual instalar una marca en un país, por eso decidimos hacer nosotros el esfuerzo», cuenta.  

La profesionalización y el armado de equipo fueron para Salas Martínez dos aspectos fundamentales para el crecimiento de la empresa, pero puntualmente destaca que la clave fue ayudar a otros a que también alcancen el éxito y no solamente lo dice por la red de franquiciados sino también por los 400 empleados que hoy emplea de manera directa.

Café Martínez ya abrió locales Smart Service en los que los clientes hacen su pedido en las terminales o de sus celulares 

Prueba de ello es el vuelo que alcanzó Leandro Canabe que ingresó a Café Martínez en 2008 como gerente de desarrollo para en 2011 llegar a gerente general y desde hace tres años convertirse en el único socio no familiar de la empresa.  Para este año, adelanta el empresario, tienen previsto incorporar (y desarrollar) a la empresa entre 25 y 30 personas más.

El futuro para Café Martínez ya llegó

Seguidores de cerca de las tendencias, los hermanos Salas Martínez intentan siempre estar un paso adelante en materia de innovación. Innovaron con el café, con la experiencia de consumo y desde 2019 también con la experiencia de compra incorporando los locales Smart Service en los que, sin colas ni tiempos de espera, los clientes hacen su pedido en las terminales de autogestión o a través de sus celulares y luego, por un sistema de geolocalización, reciben el pedido en la mesa que hayan elegido.

Además estos locales, que por ahora hay uno en el Hospital Italiano y otro en el Aeroparque Jorge Newbery, tienen carteleras digitales y heladeras con pantallas transparentes donde se ve el producto y la información de cada uno y, una impresora «selfie latte» para imprimir fotos en el café.

«Ahora estamos llevando la tecnología smart a todas las tiendas para que los clientes compren como quieran; ya sea Take-Away, atención en la mesa o por su celular; estamos muy enfocados en el desarrollo de la omnicanalidad», adelanta el empresario.

Café Martínez, señala el empresario, pasó las dos grandes olas del café y ahora mientras atraviesan la tercera se preparan para la cuarta: la primera, explica, tuvo que ver con la industrialización del café y fue a la que se sumó su abuelo; la segunda tuvo que ver con la premiumización del café y la preocupación de los cafeteros por la procedencia y tipo de grano, así como el tipo y calidad de tueste y la experiencia de consumo en tienda.

El negocio del matrimonio Martínez era importar café, tostarlo y distribuirlo

«En Argentina fuimos nosotros los gestores de este cambio; en Estados Unidos, Starbucks«, dice orgulloso Salas Martínez. La tercera ola, continúa, es la actual y tiene que ver con una nueva premiumización, pero con foco en la sustentabilidad del negocio.

Sin embargo, Café Martínez se está preparando para lo que va a ser la cuarta ola que tiene que ver con la profundización de la sustentabilidad y, citando al ex CEO de Unilever, Paul Polman, Salas Martínez explica que ya no son suficiente acciones para evitar el daño del planeta sino que ahora de lo que se trata es de ver cómo regenerarlo.

«Y sin duda la cuarta ola, que seguramente veremos en una década, va a venir de lo que hagan en Asia; fundamentalmente en China o India, dos países que traccionan lo que viene, lo que es tendencia. En este sentido Café Martínez está mirando esas regiones están haciendo y estamos viendo cómo subirnos a esta cuarta ola. Tenemos una persona dedicada especialmente a trabajar con el propósito de la compañía y sustentabilidad», adelanta.

Imagen de portada: Gentileza de Café Martinez

FUENTE RESPONSABLE: IProfesional. Por Laura Andahazi Kasnya. 28 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Negocios/Café Martinez/Orígenes/Evolución.

La Vía Apia desvela parte de sus misterios con increíbles hallazgos.

La calzada más importante de Roma.

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La excavación arqueológica Appia Regina Viarium es un ambicioso proyecto desarrollado por la Superintendencia Especial de Roma, cuyo objetivo es nada más y nada menos que descubrir el punto de origen de la famosa Vía Apia, la gran vía romana que unía la capital del Imperio con la ciudad de Bríndisi, el puerto más importante de Roma. Sin embargo, los arqueólogos han visto frustrados sus esfuerzos debido a que un fuerte torrente de agua procedente del subsuelo ha inundado la zanja donde estaban excavando, a seis metros de profundidad, lo que ha obligado a detener los trabajos por el momento.

La Vía Apia, conocida tradicionalmente como regina viarum (la reina de las calzadas), empezó a construirse a finales del siglo IV a.C. a instancias del senador romano Apio Claudio el Ciego, del cual recibe su nombre. Según algunos registros históricos, el trazado inicial de esta vía podría encontrarse a unos ocho metros de profundidad, cerca del Circo Máximo y de las Termas de Caracalla. De hecho, es aquí, en las inmediaciones de estos imponentes ba��os, donde los arqueólogos se encontraban excavando.

La Vía Apia fue una de las calzadas más importantes de la antigua Roma. Foto: iStock

LOS SECRETOS DE LA VÍA APIA

Tras la irrupción del torrente de agua en la zanja de excavación, Riccardo Santangeli Valenzani, profesor de la Universidad de Roma III y uno de los directores del proyecto, ha explicado que en un principio han podido seguir excavando gracias a la instalación de varias bombas que ayudaron a achicar el agua, pero que, finalmente, y a pesar de todos los esfuerzos, ha sido imposible continuar con la excavación.

Los arqueólogos tuvieron que parar las excavaciones a causa de la irrupción de un fuerte torrente de agua procedente del subsuelo.

Vista aérea de las excavaciones llevadas a cabo en la Vía Apia de Roma.Foto: Ministerio de Cultura de Italia

«Aunque la complejidad del trabajo provocada por el gran flujo de agua no ha permitido a los arqueólogos alcanzar el estrato donde se encontraría la calzada de la Vía Apia, los hallazgos que sí han podido llevarse a cabo dan testimonio de la actividad de esta zona más allá de la época del Imperio romano«, ha declarado  respecto a los resultados de los trabajos la superintendente de Roma, Daniela Porro.

UN TESORO ESCONDIDO

Y es que, tal como manifiesta Daniela Porro, los esfuerzos de los arqueólogos no han sido en vano. De hecho, durante los trabajos se han hallado vestigios que podrían desvelar cómo fue la vida en la ciudad entre los siglos II y XVIII. Entre los numerosos elementos descubiertos destacan un busto imperial, monedas de bronce, un anillo de bronce del siglo IV, fragmentos de vidrio y cerámicas, algunas de ellas decoradas, así como los restos de un ánfora, una columna con una inscripción, juegos de mesa o algunas teselas de mosaicos.

Se han hallado vestigios que podrían desvelar cómo fue la vida en la ciudad entre los siglos II y XVIII.

Busto imperial romano descubierto durante las excavaciones y datado entre los siglos I y II d.C.Foto: Ministerio de Cultura Italia

Todos los objetos se han localizado en el interior de edificios comerciales y residenciales que abarcan distintos períodos: el más antiguo es de época del emperador Adriano, a principios del siglo II, mientras que los más recientes datan de la Edad Moderna. Según los arqueólogos, una de las piezas más interesantes es el busto imperial. «Es del siglo I d.C., pero se puede ver que el cabello se talló de nuevo en el siglo IV o V para adaptarlo a los estilos de peinado del momento», cuenta Giorgio Rascalia, uno de los miembros del equipo arqueológico. 

Conjunto de monedas de bronce localizadas durante los trabajos de excavación.Foto: Ministerio de Cultura de Italia

En cuanto a las monedas, una de ellas es una pieza singular. Se trata de una moneda acuñada por un papa y data aproximadamente del año 700. Según Santangeli, «la cara representa a un emperador bizantino de la época en la que Bizancio aún gobernaba Roma, pero fue acuñada aquí por un pontífice y es una de las primeras monedas papales». 

Los investigadores también han destacado la presencia de un grupo de monedas de bronce, de un tamaño muy reducido, que fueron acuñadas tras la caída del Imperio romano y cuya presencia atestigua la escasez de metales en ese período de la historia romana. Finalmente, las excavaciones han desvelado la existencia de un camino de los siglos X y XI, lo que pondría de manifiesto que durante la Edad Media el trazado de la Vía Apia siguió en funcionamiento. 

Imagen de portada: Arqueólogos durante los trabajos de excavación de la Vía Apia, con las Termas de Caracalla al fondo..Foto: Ministerio de Cultura de Italia

FUENTE RESPONSABLE: Historia National Geographic. Por J.M. Sadurni. 27 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Antigua Roma/Arqueología/Imperio Romano/ Actualidad

«Estamos en un momento de cambio radical en nuestras emociones, similar al que generó el descubrimiento de América»: Richard Firth-Godbehere, historiador de las emociones.

Pero no es la primera vez que ocurre, dice Richard Firth-Godbehere, historiador inglés y autor de Homo Emoticus, una historia de las emociones publicada en español el año pasado por el sello Salamandra de la editorial Penguin Random House.

Firth-Godbehere, quien heredó su apellido de antepasados vikingos en Escocia, repasa en su libro la manera como cada cultura, desde los griegos hasta la actualidad, pensó las emociones en busca de una vida más satisfactoria.

Y ahora, ante la tensión que parece inundar el estado de ánimo global, cree que es buen momento para aprender de nuestros antepasados.

Eventualmente, le dice el autor a BBC Mundo, «vamos a salir de este momento de histeria colectiva». Porque así ocurrió en otros momentos de sensibilidad emocional.

Antes de su charla en el Hay Festival de Cartagena, hablamos con Firth-Godbehere sobre las emociones que caracterizaron a nuestros antepasados, y cómo entenderlas nos puede ayudar a abordar este presente convulso.

Richard Firth-Godbehere conversará con nuestro periodista Daniel Pardo el domingo 29 de enero a las 10.00h en el Centro de Convenciones (Auditorio Getsemaní) durante el Hay Festival de Cartagena.

Raya

En el libro reportas que una de las emociones principales de los griegos era el virtuosismo. ¿Crees que es un pensamiento que sirve para hoy?

Hay muchas cosas de la historia que nos hablan del presente. A veces creemos que una nueva terapia es nueva porque le pusieron un nombre distinto que suena científico, cuando en realidad hace mucho tiempo existe el método.

Encontrarle sentido a la vida a través de un esquema de valores virtuoso, es decir, significativo, altruista, genuino, es lo que dijeron los griegos hace siglos.

Terapias como la cognitivo-conductual o la racional emotiva conductual, por ejemplo, son básicamente principios del estoicismo, una filosofía griega. Y mucho de lo que se recomienda para, digamos, el trabajo de oficina se puede remontar a la retórica de Aristóteles.

¿Por qué crees que es adecuada en especial para el mundo actual?

Porque vivimos en una era en la que nos gusta poner las cosas en cajitas.

Siempre lo hemos hecho, por supuesto, porque el cerebro es una máquina busca-patrones.

Pero en este momento, más que en cualquier otro, estamos muy preocupados en encontrarle sentido a las cosas. Estamos más conectados y más solitarios que nunca y encontrar un sentido en el presente, en la racionalidad, en el pensar más allá de lo material, nos puede ayudar a lidiar con eso.

Richard Firth-Godbehere

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO PARTICULAR. Richard Firth-Godbehere es historiador de las ideas en la Queen Mary University de Londres.

¿Qué es lo que podemos aprender de los griegos?

A no ser reactivos. A que cuando se te ocurra algo que decir, pienses. Es el vínculo entre el pensamiento y la razón que tanto analizaron los griegos. Cuando surge una emoción, piensa cuán importante o útil puede ser, qué reacciones puede generar y si puede ser dañina o no.

Otra cosa es entender que las emociones no son buenas o malas, sino que dependen del uso que se les dé. El miedo, por ejemplo, te puede ayudar a no caerte. El amor, en cambio, puede desencadenar desde un homicidio hasta una obsesión.

¿Crees que la sociedad actual está marcada por la polarización y el pensamiento radical?

Cada vez que surge una nueva forma de esparcir el lenguaje, la polarización se pronuncia y toma un tiempo en bajar de tono.

Si vamos al tiempo posterior al surgimiento de la imprenta, el nivel de tensión era enorme. Fue de ahí que se dieron todas las guerras religiosas en Europa tras la reforma protestante y que duraron más de un siglo.

La comunicación se hace más rápida y más efectiva y las respuestas a ella, quizá, más contenciosas.

Con el internet ha pasado más o menos lo mismo. Con la diferencia de que el tiempo que se tarda un mensaje en darse es de milisegundos.

La emocionalidad de la actualidad parece ser radical, contestataria. ¿Crees que pueda cambiar?

Estoy seguro de que eventualmente vamos a calmarnos y dejar a un lado la polarización radical.

Después de la imprenta y las guerras religiosas llegó la Ilustración y alguien, bueno, un puñado de filósofos, que dijo: ‘Oigan, debemos calmarnos un poco y pensemos en los que estamos construyendo’.

Ahora habrá también una ilustración digital en la que surjan nuevos códigos morales, nuevas formas de hacer las cosas, incluso un nuevo sistema político.

Así surgió la democracia, nada menos, tras la Ilustración.

Otra cosa de la actualidad, que tiene un arraigo histórico en Occidente según tu libro, es la idea de la vergüenza o de avergonzar al otro.

Sí, la vergüenza se ha convertido en un motor de ética que controla lo que puedes decir y hacer. Y el origen está en el cristianismo, que es una de las bases de la cultura occidental.

La vergüenza es una moneda con dos caras. Una cosa es avergonzarte si actúas por fuera de lo que es considerado bien moralmente, que es lo que es la cultura woke de cancelar al otro, y es lo que hacían en la Edad Media.

La otra es sentirse avergonzado por hacer algo que no está permitido.

Ambas tienen lados positivos y negativos. Lo importante es ver para qué se usa o por qué sentimos la vergüenza.

La vergüenza puede destruir así como construir. Puede alienar a alguien así como bajarle el tono a una polémica.

Emociones

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

Pero, ¿de dónde sale esta importancia que le damos a la vergüenza?

La vergüenza es hija del honor. Y la cultura del honor está muy en el origen de la cultura de Occidente.

Empezando por la manera como te dictaban la pena de muerte, que era distinta para los pobres, a quienes colgaban con una soga vieja y sucia, y para los ricos, a quienes mataban con una espada del mejor acero.

Eso va de la mano de emociones como el pecado y el perdón, que están muy presentes en la cultura latinoamericana. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias de darles tanta importante a estas emociones?

El perdón puede justificar cualquier cosa, una idea de que ‘puedo hacer lo que quiera porque eventualmente puedo pedir perdón, acepto el sacrificio y me van a perdonar’.

Hay quienes explican la relación de Latinoamérica con la violencia con ese argumento sobre el perdón.

Es un análisis complicado. Pero te puedo decir que, en Las Cruzadas, por ejemplo, parte de la matanza que hicieron los cristianos de musulmanes tenía que ver con la idea de que era en nombre de Dios y no iban a pasar por el purgatorio.

Emociones

FUENTE DE LA IMAGEN. GETTY IMAGES

Pero, ¿acaso otras culturas no le dan esa importancia al perdón?

No tanto, no. En culturas protestantes como en la que yo vivo, o en Estados Unidos, toda gira en torno al castigo. El espacio para rehabilitación no es tan grande.

Si te pillan haciendo algo considerado malo, vas a la cárcel y eres castigado.

Incluso la razón por la cual la gente comete crímenes en estas culturas no es religiosa, sino utilitaria, capitalista, material, mientras que en otras culturas más influenciadas por el cristianismo los crímenes suelen justificarse por una razón espiritual.

También hablas del concepto de deshumanización como fuente de diferentes conflictos. ¿Lo puedes explicar?

El peor ejemplo de deshumanización fue el Holocausto, porque activamente proyectaban películas y propaganda mostrando a los judíos como ratas. Les quitaban la faceta humana.

La deshumanización del otro justifica aniquilarlo, o no tenerlo en cuenta como parte de la sociedad. Es muy peligroso.

¿De dónde surge?

Hay un contenido genético en el tema, porque las especies parten del lugar de que son distintas a la otra, y que todo aquel que no sea como nosotros debe ser tratado distinto, por no decir que eliminado.

¿Se te ocurre alguna solución para la deshumanización?

La única forma de superarlo, así suene a cliché, es hablando y desarrollando empatía, dándose cuenta de que a pesar de que tenemos una pigmentación distinta, por ejemplo, somos seres vivos que necesitan vivir juntos.

A veces olvidamos que los problemas se solucionan hablando y entendiendo. Somos muy buenos para tirarnos piedras entre nosotros, pero no para sentarnos a hablar.

Emociones

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Otra de las emociones que analizas es la depresión. ¿Crees que estamos más deprimidos que en otros momentos?

Estamos en el momento en el que más gente reporta tener depresión, pero también es porque nunca antes la gente fue tan abierta ante el tema como ahora. De ahí la sensación de que estamos más estresados que nunca.

Es verdad que estamos en un momento sensible. Algunos lo relacionan a la velocidad que introdujo el internet, pero lo cierto es que el auge de la terapia emocional es anterior a eso.

También están los cambios en el ámbito del trabajo, la caída de los salarios y la ausencia de mejoras en la calidad de vida por décadas. Y está la pandemia, algo que hizo solitaria a una especie que es, inherentemente, social.

Pero, en todo caso, no es la primera vez que ocurre.

Piensa, por ejemplo, en el descubrimiento de América. Es como si llegáramos a Marte y encontráramos una ciudad. Todo cambió: la mitad del mundo cambió literalmente. Y eso tuvo un impacto enorme en la emocionalidad social.

Yo creo que estamos en un momento de cambio radical en nuestras emociones, similar al que generó el descubrimiento de América.

¿Y cómo se relaciona este momento con los anteriores?

Quizá en este punto me pongo un poco marxista, pero la cosa es así: cada vez que hay un cambio importante en las formas de producción, hay un momento posterior en el que la gente se estresa, se enfurece, y genera cambios. Antes fue la imprenta, luego la Revolución Industrial y ahora la revolución digital.

Pero después, y qué bueno que ahora tenemos la herramienta de la terapia, habrá un momento en el que bajemos la guardia.

Durante la historia cada momento de histeria ha sido sucedido de un momento de reflexión y calma. No habría habido Ilustración sin Revolución Industrial. Eventualmente vamos a salir de este momento de histeria colectiva.

Richard Firth-Godbehere

FUENTE DE LA IMAGEN. ARCHIVO PARTICULAR

¿Qué crees que nos lleve a calmarnos?

Tengo la sospecha de que el cambio climático nos va a obligar a calmarnos y pensar para dónde vamos como sociedad.

También hablas de las emociones en la inteligencia artificial. ¿Crees que estamos ante un escenario distópico?

Sí y no. Creo que la intención de que las maquinas entiendan las emociones puede sacrificar muchas libertades individuales, sobre todo a través de la identificación facial.

Pero, a su vez, creo que estas tecnologías que intentan codificar las emociones no son tan eficientes. Por mucho tiempo se habló de los detectores de mentiras como la panacea y luego nos dimos cuenta de que en realidad no eran tan precisos.

Y la identificación facial, que es la manera como las máquinas pueden percibir nuestras emociones, va a necesitar muchos más procesos y poder y trabajo para llegar a ese escenario distópico en el que gobernantes y empresas pueden saber exactamente qué siente la gente.

Pero además no todo es malo: por ejemplo, la inteligencia artificial puede ayudar a que la gente acuda al psicólogo o al doctor de manera ágil, sin intermediarios.

Este artículo es parte del Hay Festival Cartagena, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza del 26 al 29 de enero de 2023. Puedes leer toda nuestra cobertura del Hay Cartagena haciendo clic aquí.

Imagen de portad: GETTY IMAGES

Vivimos un momento emocionalmente sensible. Pandemia, cambio climático, polarización política, guerras. Este parece un mundo cada menos soportable.

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo. Por Daniel Pardo. 29 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Historia/Salud/Salud Mental/Hay Festival.

“Japón era el futuro, pero se quedó atrapado en su pasado”.

En Japón, las casas son como los autos.

Tan pronto como te mudes, tu nueva casa valdrá menos de lo que pagaste por ella y, cuando hayas terminado de pagar la hipoteca por ella, no valdrá casi nada.

Me desconcertó cuando me mudé aquí por primera vez como corresponsal de la BBC: 10 años después, cuando me preparo para irme, sigue siendo igual.

Es la tercera economía más importante del planeta. Es un país pacífico y próspero con la mayor esperanza de vida del mundo, la tasa de homicidios más baja, escasos conflictos políticos, un pasaporte poderoso y el sublime Shinkansen, la mejor red ferroviaria de alta velocidad del mundo.

Estados Unidos y Europa alguna vez temieron al gigante económico japonés de la misma manera que temen hoy al creciente poder económico de China. Pero el Japón que el mundo esperaba nunca llegó. A fines de la década de los 80, los japoneses eran más ricos que los estadounidenses. Ahora ganan menos que los británicos.

Durante décadas, Japón ha estado luchando con una economía lenta, refrenada por una profunda resistencia al cambio y un terco apego al pasado. Ahora, su población está envejeciendo y disminuyendo.

Japón está estancado.

El futuro estaba aquí

Cuando llegué a Japón por primera vez en 1993, lo que me llamó la atención no fueron las calles iluminadas con luces de neón de los barrios de Ginza y Shinjuku, en Tokio, ni la moda salvaje «Ganguro» de las chicas «Harajuku».

Varias personas vestidas con chaquetas llamativas, de color rojo, con estampado de leopardo y pelos estridentes y gafas de sol pasean ante la mirada de otras personas vestidas de modo más traidcional.

FUENTE DE LA IMAGEN. GETTY IMAGES. El distrito de Harajuku de Tokio ha sido durante mucho tiempo un imán para las subculturas y la moda alternativa.

Era lo mucho más rico que se sentía en comparación con cualquier otro lugar en el que había estado en Asia; lo exquisitamente limpio y ordenado que era Tokio en comparación con cualquier otra ciudad asiática.

Hong Kong había sido para mí un asalto a los sentidos: ruidosa, maloliente, una ciudad de extremos, desde mansiones llamativas en Victoria Peak hasta los talleres clandestinos «oscuros y satánicos» en el extremo norte de Kowloon.

En Taipei, la capital de Taiwan, donde estudié chino, las calles se abarrotaban con el sonido de las motos con motor de dos tiempos que arrojaban un humo acre que envolvía la ciudad en una capa de smog tan espesa que a menudo apenas se podían ver dos cuadras.

Si Hong Kong y Taipei eran los adolescentes escandalosos de Asia, Japón era el adulto. Sí, Tokio era una jungla de concreto, pero estaba hermosamente cuidada.

Una mujer se inclina frente a un refrigerador lleno de alimentos frescos.

FUENTE DE LA IMAGEN. GETTY IMAGES. A fines de la década de los 80, los japoneses eran más ricos que los estadounidenses. Ahora ganan menos que los británicos.

Frente al Palacio Imperial de Tokio, el horizonte estaba dominado por las torres de cristal de los titanes corporativos del país: Mitsubishi, Mitsui, Hitachi, Sony. Desde Nueva York hasta Sydney, los padres ambiciosos suplicaban a sus hijos que «aprendieran japonés». Me preguntaba si había cometido un error eligiendo chino.

Japón había emergido de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial y conquistado la fabricación global.

El dinero volvió al país, lo que provocó un auge inmobiliario en el que la gente compró todo lo que pudo, incluso trozos de bosque. A mediados de la década de los 80, la broma que se decía era que los terrenos del palacio imperial en Tokio valían lo mismo que toda California. Los japoneses lo llaman «Baburu Jidai» o la era de la burbuja.

Luego, en 1991, la burbuja estalló. El mercado de valores de Tokio colapsó. Los precios de las propiedades cayeron por un precipicio. Todavía están por recuperarse.

Recientemente, un amigo estaba en negociaciones para comprar varias hectáreas de bosque. El dueño quería US$20 por metro cuadrado. «Le dije que la tierra forestal solo vale US$2 por metro cuadrado», dijo mi amigo. «Pero insistió en que necesitaba 20 dólares el metro cuadrado, porque eso era lo que había pagado en la década de los 70».

Si tienes en mente los elegantes trenes bala de Japón o la maravilla de la fabricación en línea de montaje «justo a tiempo» de Toyota se te perdonará que pienses que Japón es un ejemplo de eficiencia. No lo es.

Más bien la burocracia puede ser aterradora mientras se gastan enormes cantidades de dinero público en actividades de dudosa utilidad.

Tapa de alcantarilla con un diseño de un mamut y flores alrededor.

FUENTE DE LA IMAGEN. BBC. Estas impresionantes tapas de alcantarilla se pueden ver en todo Japón… Y cuestan una fortuna.

Un ejemplo es del año pasado, cuando descubrí la historia detrás de las impresionantes tapas de alcantarilla en un pequeño pueblo de los Alpes japoneses.

En 1924, los huesos fosilizados de una antigua especie de elefante fueron encontrados en un lago cercano. Se convirtió en un símbolo de la ciudad y, hace unos años, alguien decidió reemplazar todas las tapas de las alcantarillas por otras nuevas que tendrían una imagen del famoso elefante en la parte superior.

Esto ha estado sucediendo en todo Japón.

Ahora existe una Sociedad Japonesa de Tapas de Alcantarilla que afirma que hay 6.000 diseños diferentes. Entiendo por qué a la gente le encantan estas tapas. Son trabajos de arte. Pero cada uno cuesta hasta US$900.

Es una pista de cómo Japón terminó con la montaña de deuda pública más grande del mundo. Y la creciente factura no se ve favorecida por una población que envejece y que no puede jubilarse debido a la presión sobre la atención médica y las pensiones.

Japonesas vestidas al modo tradicional, con kimono y una pieza de abrigo por encima, caminan con sus celulares en la mano.

FUENTE DE LA IMAGEN. GETTY IMAGES. A menudo se describe como un país que se ha modernizado con éxito sin abandonar lo antiguo. Hay algo de verdad en esto, pero diría que lo moderno es más bien una fachada.

Cuando renové mi licencia de conducir japonesa, el personal exquisitamente cortés me llevó de la prueba de la vista a la cabina de fotos para pagar la tarifa y luego me pidió que me presentara en la «sala de conferencias 28». Estas conferencias de «seguridad» son obligatorias para cualquier persona que haya tenido una infracción de tráfico en los últimos cinco años.

Adentro encontré un grupo de almas de aspecto desconsolado esperando que comenzara nuestro castigo. Un hombre, vestido muy elegantemente, entró y nos dijo que nuestra «conferencia» comenzaría en 10 minutos y ¡duraría dos horas!

Ni siquiera es necesario que entiendas la conferencia. Yo no entendí muchas de las cosas que decían. Mientras la charla llegaba a su segunda hora, varios de mis compañeros de clase se quedaron dormidos y el hombre a mi lado completó un boceto bastante bueno de la torre de Tokio. Estaba aburrido, resentido y me parecía que el reloj en la pared se burlaba de mí.

«¿Cuál es el punto de esto?» Le pregunté a mi colega japonés cuando regresé a la oficina. «Es un castigo, ¿verdad?»

«No», dijo riendo. «Es un esquema de creación de empleo para policías de tránsito jubilados».

Una persona mira los paneles de salidas y llegadas en el aeropuerto de Tokio.

FUENTE DE LA IMAGEN.GETTY IMAGES.Cuando llegó la pandemia por Covid, Japón cerró sus fronteras incluso a quienes tenían ya residencia permanente, casa y trabajo en el país. «Son todos extranjeros», alegó el Ministerio de Exteriores.

Pero cuanto más vives aquí, incluso las partes frustrantes se vuelven familiares, incluso entrañables. Empiezas a apreciar las peculiaridades, como los cuatro empleados de la gasolinera que limpian todas las ventanas de tu auto mientras llenan el tanque y se inclinan al unísono cuando te vas.

Japón todavía se siente como Japón y no como una reproducción de Estados Unidos. Es por eso que el mundo está tan emocionado con todo lo japonés, desde la nieve en polvo hasta la moda. Tokio alberga restaurantes superlativos; Studio Ghibli hace la animación más encantadora del mundo (lo siento, Disney); sin duda el J-pop es horrible, pero Japón es sin duda una superpotencia de poder blando.

A los geeks y a los bichos raros les encanta por su maravillosa rareza. Pero también tiene admiradores de extrema derecha por rechazar la inmigración y mantener el patriarcado. A menudo se describe como un país que se ha modernizado con éxito sin abandonar lo antiguo. Hay algo de verdad en esto, pero diría que lo moderno es más bien una fachada.

Cuando la pandemia por el covid golpeó el mundo, Japón cerró sus fronteras. Incluso los extranjeros con estatus de residencia permanente no podían regresar. Llamé al Ministerio de Relaciones Exteriores para preguntar por qué los extranjeros que habían pasado décadas en Japón, tenían casas y negocios aquí, eran tratados como turistas. La respuesta fue contundente: «son todos extranjeros».

Ciento cincuenta años después de haberse visto obligado a abrir sus puertas, Japón sigue siendo escéptico, incluso temeroso, del mundo exterior.

El factor externo

Recuerdo un viaje a una pequeña localidad en la península de Boso, al otro lado de la bahía de Tokio. Estaba allí porque el pueblo estaba dentro de la lista de poblaciones en peligro de extinción, una de las 900 que hay en todo Japón.

Un granjero local camina entre una plantación.

FUENTE DE LA IMAGEN. BBC

La población local es muy reacia a los extranjeros, aunque sean residentes de larga data en el país. Esto es una de las cosas que está haciendo que los pueblos pierdan poco a poco gente.

Los ancianos, reunidos en el salón del ayuntamiento, estaban preocupados. Desde la década de los 70 habían visto a los jóvenes irse a trabajar a las ciudades. De las 60 personas que quedan solo hay un adolescente y ningún niño.

«¿Quién cuidará de nuestras tumbas cuando nos hayamos ido?» se lamentó un anciano. Cuidar de los espíritus es un asunto serio en Japón.

Pero a mí, nativo del sureste de Inglaterra, la muerte de este pueblo me parecía absurda. Estaba rodeado de arrozales de postal, colinas cubiertas por un denso bosque y con Tokio a menos de dos horas en coche.

«Este es un lugar tan hermoso», les dije. «Estoy seguro de que a mucha gente le encantaría vivir aquí. ¿Cómo se sentirían si trajera a mi familia a vivir aquí?»

De repente, el aire se podía cortar con un cuchillo. Los hombres se miraron entre sí en silencio y avergonzados. Entonces uno se aclaró la garganta y habló, con una mirada preocupada en su rostro: «Bueno, tendrías que aprender nuestra forma de vida. No sería fácil».

El pueblo estaba en camino a la extinción, pero la idea de que fuera invadido por «forasteros» era algo peor.

Un tercio de los japoneses tiene más de 60 años, lo que convierte a Japón en el lugar con la población más anciana del mundo, después del pequeño Mónaco. Se registran menos nacimientos que nunca y para 2050 podría perder una quinta parte de su población actual.

Sin embargo, su hostilidad hacia la inmigración no ha flaqueado.

Solo alrededor del 3% de la población de Japón nació en el extranjero, en comparación con el 15% en el Reino Unido. En Europa y Estados Unidos los movimientos de derecha señalan al país como un brillante ejemplo de pureza racial y armonía social.

Pero Japón no es tan étnicamente puro como podrían pensar esos admiradores. 

Están los ainu de Hokkaido, los okinawenses del sur, medio millón de personas de etnia coreana y cerca de un millón de chinos. Luego están los niños japoneses que tienen un padre extranjero, eso incluye a mis propios tres hijos.

Varios hombres de muy avanzada edad, sentados, frente a frente, con un juego de mesa.

Si quieres ver qué le sucede a un país que rechaza la inmigración como solución a la caída de la fertilidad, Japón es un buen lugar para comenzar.

Estos niños biculturales son conocidos como «hafu» o «mitades», un término peyorativo que es normal aquí. Incluyen celebridades e íconos deportivos, como la estrella del tenis Naomi Osaka. La cultura popular los idolatra como «más bellos y talentosos». Pero una cosa es ser idolatrado y otra muy distinta ser aceptado.

Si quieres ver qué le sucede a un país que rechaza la inmigración como solución a la caída de la fertilidad, Japón es un buen lugar para comenzar.

Los salarios reales aquí no han crecido en 30 años. Los ingresos en Corea del Sur y Taiwán han alcanzado e incluso superado a Japón.

Pero el cambio se siente distante. En parte se debe a una jerarquía rígida que determina quién tiene las palancas del poder.

Los ex samuráis

«Mira, hay algo que debes entender sobre cómo funciona Japón», me dijo un eminente académico. «En 1868, los samuráis entregaron sus espadas, se cortaron el pelo, se vistieron con trajes occidentales y marcharon hacia los ministerios en Kasumigaseki (el distrito gubernamental del centro de Tokio) y todavía están allí».

En 1868, por temor a que se repitiera el destino de China a manos de los imperialistas occidentales, los reformadores derrocaron la dictadura militar del shogunato Tokugawa y encaminaron a Japón hacia una industrialización de alta velocidad.

Pero la restauración Meiji, como se la conoce, no fue una toma de la Bastilla. Fue un golpe de élite. Incluso después de una segunda convulsión de 1945, las «grandes» familias sobrevivieron. 

Esta clase dominante abrumadoramente masculina se define por el nacionalismo y la convicción de que Japón es especial. No creen que Japón fue el agresor en la guerra, sino su víctima.

Mujer ve en una pantalla las informaciones sobre el funeral del ex primer ministro Shinzo Abe, asesinado en 2022.

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La clase política dominante en Japón es esencialmente masculina, nacionalista y parte de una élite de tradición antigua. Las mujeres no tienen apenas cabida en ella.

Por poner un ejemplo, el ex primer ministro Shinzo Abe, asesinado el año pasado, era hijo de un ministro de Relaciones Exteriores y nieto de otro primer ministro, Nobusuke Kishi. El abuelo Kishi fue miembro de la junta de guerra y fue arrestado por los estadounidenses como presunto criminal de guerra. Pero se libró de la condena y a mediados de la década de los 50, ayudó a fundar el Partido Liberal Democrático (PLD), que gobierna Japón desde entonces.

Algunas personas bromean con que Japón es un Estado de partido único. No lo es. Pero es razonable preguntarse por qué Japón sigue reeligiendo a un partido dirigido por una élite que anhela desechar el pacifismo impuesto por Estados Unidos, pero no ha logrado mejorar el nivel de vida durante 30 años.

Durante unas elecciones recientes conduje por un estrecho valle fluvial excavado en las montañas dos horas al oeste de Tokio, el territorio del PLD. La economía local depende de la fabricación de cemento y la energía hidroeléctrica. En un pequeño pueblo conocí a una pareja de ancianos que caminaban hacia el colegio electoral.

«Votaremos por el PLD», dijo el esposo. «Confiamos en ellos, nos cuidarán».

«Estoy de acuerdo con mi esposo», dijo su esposa.

La pareja señaló al otro lado del valle un túnel y un puente recientemente terminados que esperan atraer a más turistas de fin de semana desde Tokio.

A menudo se dice que la base de apoyo del PLD está hecha de hormigón. Esta forma de clientelismo es una de las razones por las que gran parte de la costa de Japón está plagada de bloques de concreto y sus ríos están amurallados de este material. Es esencial mantener el bombeo de hormigón.

Estos bastiones rurales son cruciales ahora debido a la demografía. Deberían haberse reducido ya que millones de jóvenes se mudaron a las ciudades para trabajar. Pero eso nunca sucedió. Al PLD le gusta así porque significa que los votos rurales más antiguos cuentan más.

A medida que esta vieja generación fallece, el cambio es inevitable. Pero no estoy seguro de que signifique que Japón se volverá más liberal o abierto.

Los japoneses más jóvenes tienen menos probabilidades de casarse o tener hijos. También es menos probable que hablen un idioma extranjero o hayan estudiado en el extranjero, al contrario que sus padres o abuelos. Solo el 13% de los puestos gerenciales en Japón lo ocupan mujeres y ni tan siquiera 1 de cada 10 llega al poder como diputada.

Cuando entrevisté a la primera mujer gobernadora de Tokio, Yuriko Koike, le pregunté cómo planeaba que su administración ayudara a abordar la brecha de género.

«Tengo dos hijas que pronto se graduarán de la universidad», le dije. «Son ciudadanas japonesas bilingües. ¿Qué les dirías para alentarlas a quedarse y hacer sus carreras aquí?»

«Les diría que si yo puedo tener éxito aquí, ellas también pueden», contestó.

Yo no pude evitar pensar: «¿Eso es todo lo que tienes para decirles?»

Y sin embargo, a pesar de todo esto, voy a extrañar Japón, que me inspira tanto cariño como habituales brotes de exasperación.

La Pagoda Chureito con vista al Monte Fuji.

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«Me he acostumbrado a cómo es Japón y he llegado a aceptar el hecho de que no está a punto de cambiar».

En uno de mis últimos días en Tokio, fui con un grupo de amigos a un mercadillo de fin de año. En un puesto rebusque entre cajas de hermosas herramientas antiguas para trabajar la madera. A poca distancia, un grupo de mujeres jóvenes vestidas con hermosos kimonos de seda estaba charlando. 

Al mediodía nos metimos en un pequeño restaurante almorzar un menú del día compuesto de caballa a la parrilla, sashimi y sopa de miso. La comida, el entorno acogedor, la amable pareja de ancianos que se preocupaba por nosotros, todo se había vuelto tan familiar, tan cómodo.

Después de una década aquí, me he acostumbrado a cómo es Japón y he llegado a aceptar el hecho de que no está a punto de cambiar.

Sí, me preocupa el futuro. Y el futuro de Japón tendrá lecciones para el resto de nosotros. En la era de la inteligencia artificial, menos trabajadores podrían impulsar la innovación; Los agricultores ancianos de Japón pueden ser reemplazados por robots inteligentes. Grandes partes del país podrían volver a la naturaleza.

¿Japón se desvanecerá gradualmente en la irrelevancia o se reinventará a sí mismo? Mi cabeza me dice que para prosperar de nuevo, Japón debe aceptar el cambio. Pero me duele el corazón al pensar en perder las cosas que lo hacen tan especial.

Imagen de portada: GETTY IMAGES. La economía de Japón, la tercera más grande del mundo, lleva años estancada

FUENTE RESPONSABLE: Rupert Wingfield-Hayes, Corresponsal en Tokio, BBC News. 28 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Japón/Economía/Política/Familia.

El Bobby Fischer adolescente, un chaval que aprendía ruso en casa para poder leer los manuales de ajedrez soviéticos. Parte II.

«En el colegio, Bobby estaba siempre callado, poco interesado en las clases. De vez en cuando, sacaba su pequeño tablero de bolsillo y se ponía a jugar. Invariablemente, era descubierto por el profesor, que le decía: «Fischer, no puedo obligarte a escuchar la lección ni puedo impedir que juegues al ajedrez, pero hazlo por mí, por favor, deja el tablero». Bobby, cortésmente, dejaba el tablero a un lado y se quedaba sentado, en un pétreo silencio. Y todos sabíamos, incluido el profesor, que seguía jugando al ajedrez en su cabeza»

Su mundo era el ajedrez. El pequeño Bobby se sentía preparado para hacer del ajedrez su vida y centrar en ello todos sus esfuerzos de cara al futuro. Si antes de los doce años no había sido un niño prodigio como tal, al menos no uno especialmente brillante, entre los trece y los quince años experimentó un proceso de explosión ajedrecística completamente inaudito en un adolescente de su edad. 

Después de que su espectacular partida contra el maestro Donald Byrne hubiese recorrido las publicaciones especializadas de todo el mundo, haciendo que su talento en ebullición fuese reconocido con entusiasmo por varios los más importantes maestros, incluidos varios de la Unión Soviética, el todavía escolar pensaba que era momento de dar el salto definitivo a la competición adulta. No sólo como invitado especial en algún que otro torneo, sino como participante de pleno derecho. Y no se trataba únicamente de un impetuoso deseo del siempre competitivo Bobby, sino que su ascenso en los rankings empezaba a respaldar aquella decisión. No quería seguir jugando ajedrez juvenil porque, de hecho, su juego ya no era juvenil.

1957 fue el año en que se produjo ese salto. Aunque empezó el año, eso sí, participando por segunda vez en el Campeonato Junior de los EEUU, donde, como todo el mundo ya esperaba, volvió a arrasar sin contemplaciones. La organización del campeonato, por cierto, cometió el desliz de ofrecer exactamente el mismo premio que el año anterior: una máquina de escribir. 

Detalle que, como Pablo Morán recordaba divertido en uno de sus libros, «no hizo muy feliz a Bobby», que ahora poseía dos mecanográficas exactamente iguales. Aquella sería la última ocasión en que Fischer se dejaría ver en una competición juvenil. Se le habían quedado pequeñas.

Tras aquel segundo título junior, empezó a centrarse de manera exclusiva en torneos para mayores. 

Volvió al US Open, donde el año anterior había obtenido un aceptable resultado, aunque esta vez superó las expectativas y quedó clasificado en primer lugar. Era su primera victoria en un torneo para adultos. 

Ya por entonces había empezado a recibir invitaciones del extranjero pero las declinó todas —excepto un breve desplazamiento a Cuba para disputar un torneo de exhibición— porque quería inscribirse por primera vez en el Campeonato de los Estados Unidos, donde se enfrentaría a los doce mejores jugadores del país, algo a lo que ya tenía derecho gracias a su veloz ascenso en el escalafón. No había finalizado el colegio y ya competía por la corona nacional de la disciplina.

Durante años, el campeonato estadounidense había estado dominado por un pequeño puñado de nombres, las auténticas fuerzas vivas del ajedrez estadounidense: Larry Evans, Arthur Bisguier, Arnold Denker y muy en especial el veterano Gran Maestro Samuel Reshevsky, principal dominador de los escaques americanos, uno de los escasísimos jugadores occidentales que había podido provocar cierta inquietud a los todopoderosos soviéticos. 

Todos aquellos grandes nombres iban a estar presentes en el Campeonato estadounidense de 1957 y Bobby, que incluso entre los juveniles había sido el más pequeño, estaría rodeado de jugadores consagrados que, en algún caso, tenían incluso reputación mundial. 

Sin embargo, como se pondría de manifiesto muchas veces en el futuro, el nivel de la competencia era algo que lo preocupaba más bien poco. El enfrentarse a la clase dominante nunca fue algo que lo intimidase, ni siquiera a tan temprana edad. Ya se había demostrado a sí mismo que podía vencer a ajedrecistas consagrados. Llevaba desde los ocho años derribando murallas para intentar ser cada vez mejor y aquellos prestigiosos nombres no eran sino nuevas murallas que intentar derribar. Asi pues, lejos de acudir a su primera gran competición acomplejado o acobardado, el chaval flacucho de Brooklyn se presentó repleto de confianza en sí mismo.

Las previsiones en torno a su papel anticipaban una actuación “discreta”, en paralelo con la que había obtenido en el torneo Rosenwald del año anterior, el único evento de su trayectoria que había sido, más o menos, comparable en magnitud. 

Uno de sus inminentes rivales era Arthur Bisguier, que había ganado el título nacional un par de años antes para volver a perderlo frente a Reshevsky. Pues bien, siendo generoso, vaticinó lo siguiente: «Bobby debería finalizar ligeramente por encima de la mitad de la tabla. Es, muy posiblemente, el más dotado de todos los jugadores del campeonato, pero aun así no tiene suficiente experiencia en torneos de esta consistencia y fuerza». Una previsión tan razonable que probablemente todo el mundo hubiese estado de acuerdo de antemano.

Todo el mundo… excepto una persona: el propio Bobby Fischer. Llegó, vio y venció. Sin perder una sola partida (+8=5-0) y reduciendo a escombros el establishment ajedrecístico norteamericano, se proclamó campeón absoluto de los Estados Unidos. 

Fue, ni que decir tiene, el jugador más joven de la Historia en conseguir semejante hazaña. Ya era, oficialmente, el mejor ajedrecista del país. Con ello, además, se ganaba una plaza para participar en su primera gran competición internacional, el Torneo Interzonal, donde los mejores jugadores profesionales de los cinco continentes peleaban por una oportunidad para disputar el campeonato mundial. Bobby Fischer había pegado una patada en la puerta de la élite, dispuesto a colarse entre los mejores.

Tenía catorce años.

Todos sabíamos que estaba jugando partidas en su cabeza

«Aunque Bobby era muy intenso y se lo tomaba todo muy en serio, cuando algo le parecía gracioso tenía una fantástica risa. Era como si intentase retenerla, pero de repente soltaba esa gran y explosiva carcajada, como si fuese una vía de escape. Siempre nos llevamos bien. Podía ser muy divertido, pero el tema de conversación era casi siempre el ajedrez […] Fischer era un buen chico, aunque muy ingenuo en cualquier cosa que no fuese el ajedrez. Todo era ajedrez para él, cada momento del día» (Ron Gross, amigo de la infancia)

La condición económica de su familia era muy precaria, pero la mediación de la gente del mundillo ajedrecístico de Nueva York permitió que Bobby pudiese acudir a una importante escuela privada de su ciudad. 

Lo pusieron en contacto con el colegio Erasmus Hall y le instaron a solicitar una plaza, convencidos de que la obtendría en cuanto la institución supiese de su talento. Para decidir la posible admisión de Fischer, la dirección del centro lo sometió a pruebas que medían su capacidad intelectual. Obtuvo una puntuación superior a la obtenida por Albert Einstein y claro, tuvieron a bien admitirlo como alumno con una beca que le eximía de pagar los altos costes de matrícula. 

El hecho de que después se airease públicamente la puntuación de cociente intelectual que obtuvo en su infancia, un dato citado por la prensa casi cada vez que se hablaba de él, siempre pareció incomodar a Fischer. 

El público se tomase aquella puntuación como una especie de número inmutable tallado en piedra, cosa que no es, ya que el C.I. es más bien  una indicación aproximada e incompleta de las capacidades intelectuales generales de un individuo frente al resto. Además, ya en su edad adulta, Fischer nunca se prestó a repetir ese tipo de pruebas y afirmó no saber cuál era su cociente intelectual. Tampoco se necesitaba medirlo; todo el mundo tuvo siempre claro que su capacidad era inmensa y nunca nadie dudó de que era un genio.

Aun con su prodigiosa inteligencia, las clases en el selecto colegio Erasmus Hall no le aprovecharon demasiado. Bien es cierto que no era un alumno conflictivo. A despecho de la imagen de enfant terrible que con justicia se ganó en años posteriores, como escolar era más bien un niño callado, bien educado y de aire ausente. Pero no era un buen estudiante. Le costaba mucho prestar atención. Se pasaba horas y horas con la mente perdida en el ajedrez. Y, cuando no estaba pensando en ajedrez, estaba haciendo dibujos de monstruos o «garabatos elaborados», incluso escribiendo letras de canciones.

Sus profesores lo recordarían, pues, como un mal alumno y como un niño retraído, poco sociable, que solía dar un brinco de alegría cuando sonaba el timbre que señalaba el final de las clases. Tenía intereses no demasiado inusuales para cualquier niño de los años cincuenta: le gustaban la astronomía, los dinosaurios y, como ya vimos, ver partidos de béisbol y escuchar música rock. 

Eso sí, no mostraba demasiada facilidad para relacionarse. Además de su particular carácter y de su anómala inteligencia —frecuentemente citada como causa de una baja adaptación, que puede ser—, hay que tener en cuenta otro detalle que por lo general se omite: Fischer era un niño pobre en un colegio privado donde la mayoría de los alumnos provenía de familias acomodadas, cuando no sencillamente ricas. A esas edades, ese detalle es algo que bien puede marcar las diferencias. Es raro que en las biografías de Fischer se le preste poca atención a eso, pero proceder de un extracto social tan distinto al de sus compañeros no pudo ayudar a que se integrase.

Bobby solamente obtenía buenos resultados en aquellas asignaturas, pocas, que captaban su interés, o en aquellas para las que tenía una facilidad especial. Por ejemplo, se le daban muy bien las clases de español. En ellas no tenía que esforzarse ni atender, ya que heredó, al menos en parte, la facilidad para los idiomas de su madre, Regina Fischer, que hablaba con soltura varios idiomas. Por lo demás, su desempeño académico dejaba mucho que desear y sus notas eran malas.

Los pocos retazos que nos llegan del retrato del Bobby Fischer en su etapa escolar proceden, en ocasiones, de fuentes tan curiosas como inesperadas. 

Por ejemplo, una de sus compañeras de clase se llamaba Barbara Streisand. La misma que, como él, se convertiría años después en una de las personas más famosas del mundo. 

En el futuro, Streisand confesó que había sido amiga de Bobby en el colegio y que había experimentado hacia él un típico enamoramiento adolescente. La cantante y actriz dijo que Bobby había sido, como ella misma, un inadaptado dentro del aula. Contaba que solían almorzar juntos todos los días y que recordaba a Bobby de dos maneras: bien riendo a carcajadas mientras leía la revista humorística Mad o, con mayor frecuencia, completamente callado y con la mirada perdida en el infinito: “Fischer estaba siempre solo y era muy peculiar, pero a mí me parecía muy sexy”.

Según parece, el amor platónico de Barbara Streisand no fue correspondido y se quedó en una simple amistad. Después de que la actriz contase la anécdota a los medios, se produjo una inevitable ola de curiosidad sobre la insólita coincidencia escolar entre dos de las personas más famosas del planeta. 

La prensa, de hecho, preguntó al Fischer adulto sobre su amistad adolescente con Barbara (por entonces ella ya escribía su nombre como «Barbra») y él respondió con evasivas, algo característico cuando tenía que afrontar las cuestiones más personales:

Reportero: Bobby, «¿es verdad que cuando estabas en la secundaria, Barbara Streisand era una de tus compañeras de clase?»

Fischer: «¡Eso he oído! Recuerdo una chica de aspecto tímido. Quizá era ella, no lo sé»

Reportero: «Ella era tu mejor amiga, de acuerdo a las informaciones»

Fischer: «No, no lo creo, no, no. No, en absoluto»

No hay que descartar que Fischer sí recordase bien a Barbara Streisand, en especial si habían tenido una relación cercana, porque el ajedrecista nunca se caracterizó por su mala memoria, al contrario. 

También sabemos, con todo, que Fischer detestaba ser objeto de cotilleos, así que no resulta extraño que negase con tanto énfasis que la cantante hubiese sido su amiga en el colegio, aunque lo hubiese sido en la realidad. Era una manera como cualquier otra de detener las elucubraciones de la prensa, que Fischer detestaba con ahínco.

Sea como fuere, Fischer permaneció en la escuela hasta los dieciséis años, es decir, hasta la edad legal en que estaba obligado a asistir a clases. 

Después, dejando atrás un expediente muy mediocre, las abandonó. La única formación que le interesaba era la relacionada con el ajedrez —ahí sí se aplicaba con férrea determinación— y afirmaba sin tapujos que «el colegio es inservible, allí no te enseñan nada». Nada relacionado con el ajedrez, claro. 

En su casa, en cambio, era capaz de pasarse horas estudiando teoría ajedrecística, aplicando una energía y disciplina de la que había carecido por completo en los estudios formales. 

Incluso aprendió ruso para poder entender los mejores libros sobre ajedrez del momento, los manuales soviéticos; ayudó el que Regina Fischer, que había estudiado en Rusia y simpatizaba con los comunistas, escuchase habitualmente Radio Moscú en el domicilio familiar. 

Aun así, Bobby no desarrollaba la misma fluidez en los idiomas que su madre. Para él, los idiomas eran un mero instrumento orientado, cómo no, al tablero; dejó de esforzarse por aprender ruso en cuanto sabía lo suficiente como para poder estudiar los manuales. Sabemos que su madre hablaba un perfecto ruso, pero los ajedrecistas soviéticos todavía recuerdan que, aunque Fischer leía y entendía bien el ruso, lo hablaba de forma titubeante e insegura.

Aquella fijación fanática por la práctica y el estudio del juego —unida, por supuesto, a sus extraordinarias condiciones naturales— fue lo que, con los años, permitió a Bobby Fischer romper la hegemonía soviética en solitario, revolucionando el ajedrez como nunca se había visto. 

Aunque, durante sus primeros años, tuvo mentores y entrenadores, como Carmine Nigro o Jack Collins (con quien tuvo además estrecha relación personal, siendo lo único remotamente parecido a una figura paternal), fue ante todo un autodidacta. 

Para él, los entrenadores eran una ayuda más, como los manuales o los torneos de práctica, pero en la realidad Fischer se entrenaba a sí mismo. A cualquier otra persona le resultaba imposible intentar imponerle un programa de aprendizaje. Era él quien se imponía su propio programa, según su propio criterio, y este criterio consistía en no separarse nunca de su tablero.

Bobby viaja a la Unión Soviética

«Cuando empecé, los rusos eran mis héroes» (Bobby Fischer)

«Esperaba encontrar a un jovenzuelo vestido de forma estrafalaria, haciendo comentarios groseros todo el tiempo, pero fue un enorme placer encontrarme a una persona tan distinta» (Alexander Kotov)

A los quince años, Bobby estaba clasificado para el Torneo Interzonal que iba a celebrarse en Portoroz, Yugoslavia. Es decir, iba a formar parte de la más alta competición ajedrecística del planeta. Pero existía un serio problema: no disponía de dinero para efectuar el viaje. 

El ajedrez norteamericano, a diferencia del soviético, no era profesional. Incluso alguien tan relevante como Samuel Reshevsky necesitaba un empleo fijo y trabajaba como contable. Bobby, un escolar de familia humilde, no podía financiarse la aventura internacional. Es más, los soviéticos, atraídos por su figura, le habían ofrecido visitar Moscú acompañado de su hermana Joan (quien por entonces contaba diecinueve años) antes del Interzonal, pero seguramente desconocían que Bobby no tenía con qué pagar unos billetes de avión a Europa. 

Sin embargo, pese a ese inconveniente, él mostraba su determinación: «Iré, aunque tenga que hacerlo nadando».

Regina Fischer, tras entender que nunca conseguiría separar a su hijo del ajedrez, había dado un giro de ciento ochenta grados y ahora se dedicaba a respaldar con entusiasmo su incipiente carrera. Por ejemplo, acompañándolo a los torneos, algo que incomodaba bastante al joven jugador. 

Regina organizó una colecta y pronto recaudó el dinero necesario para el viaje, dado que su retoño ya se estaba empezando a hacer célebre como una especie de nuevo Einstein americano. 

Bobby entró en cólera cuando se enteró. Era la primera muestra de una de las características típicas de su personalidad: jamás aceptaba lo que considerase un acto de caridad. 

El dinero recaudado por la campaña le parecía el vergonzoso producto de las súplicas de su madre. El orgullo le impedía aceptarlo, lo cual, podemos aventurar, estaba íntimamente relacionado con la manera en que había vivido las malas condiciones económicas de su infancia y quizá también con su experiencia en el Erasmus Hall, rodeado de alumnos provenientes de hogares acomodados. 

Tal fue su disgusto al saber sobre la colecta, que hizo que su madre devolviese todo lo recaudado. Prefería no acudir a Portoroz y no jugar el Interzonal antes que usar el dinero que su madre había mendigado sin su conocimiento. Así pues, de nuevo estaba sin blanca.

Fue un programa de televisión lo que, curiosamente, le permitió viajar a Europa. El tímido Bobby fue invitado al concurso I’ve got a secret, donde un concursante tenía que adivinar quién era Fischer y por qué había sido invitado al programa (el motivo, obviamente, era su precoz título de campeón nacional). 

La filmación es una pieza de museo: vemos al joven Fischer siendo él mismo y no resulta difícil entender por qué despertaba simpatía entre los ajedrecistas adultos. Aparece algo avergonzado y fuera de lugar, pero propenso a sonreír. Todavía lo rodea un aura infantil. 

Los ajedrecistas que lo conocieron por entonces, de hecho, siguieron viéndolo como un niño durante bastantes años, y más sabiendo de su inmadurez emocional. En la filmación, Bobby sonríe abiertamente cuando alguien de entre el público lo jalea por ser del barrio de Brooklyn, y da las gracias, asombrado, cuando le entregan por sorpresa los billetes de avión para que su hermana y él viajen a Moscú, mientras el presentador dice «ha recibido una invitación para ir a Rusia y a Yugoslavia para enfrentarse a los mejores jugadores del mundo en una competición internacional… lo único que ha prevenido a este joven de aceptar esa invitación es la falta de dinero para el transporte, lo cual es comprensible. Creemos que sería una vergüenza que un americano haya de perder por no presentarse».

Lo dicho, una muestra de cómo fue visto Bobby en aquellos tiempos. Como lo que era: un chico de barrio cuyo talento le estaba llevando más lejos de lo que la economía de su familia podía afrontar. Bobby y Joan Fischer viajaron a Moscú. Aunque, años más adelante, Fischer terminaría encarnando al bando occidental en la Guerra Fría al convertirse en el principal adversario individual de todo el sistema soviético, su figura siempre fue vista con simpatías en la URSS. 

Muy en especial durante sus inicios. En una nación donde el ajedrez era tan popular y los campeones eran grandes ídolos, un prodigio como Bobby solamente podía despertar curiosidad e interés. El aprecio de los soviéticos hacia el ajedrez podía ser en parte producto de la propaganda, pero era un aprecio sincero. También fue sincero el aprecio que mostraron hacia Bobby. Además, sabían que Fischer había crecido admirando a los ajedrecistas soviéticos, aprendiendo de ellos, estudiando sus libros y repasando sus partidas. Deportivamente hablando, los rusos lo consideraban un hijo adoptivo. 

En Moscú fue recibido con los brazos abiertos, tratado como una verdadera celebridad y agasajado con multitud de oropeles que, todo sea dicho, lo aburrían sobremanera. 

El que le presentaran a artistas y estrellas del fútbol no lo divertía, y menos aún que pretendieran llevarlo a ver en acción al ballet Bolshoi, algo bastante alejado de sus gustos proletarios. 

Bobby quería jugar al ajedrez con los rusos y conocer a los grandes maestros de aquel país. Se sintió molesto porque no le presentaron al entonces campeón mundial Vasili Smyslov. Siendo Bobby el campeón de los Estados Unidos, no entendió por qué tenía que conocer a tanto futbolista y no al mejor ajedrecista soviético del momento. Pensó que aquello suponía una cierta falta de respeto profesional y, aunque todavía era un amateur y sabemos que muy susceptible, no le faltaba razón.

Bobby Fischer en Estocolmo, 1962

En cuanto pudo liberarse de aquellos irritantes compromisos sociales, Bobby se «encerró» en el club de ajedrez de Moscú para jugar partidas rápidas de la mañana a la noche contra jóvenes promesas rusas, mientras su hermana Joan disfrutaba más de la vertiente cultural de la visita, acudiendo a museos, al teatro y paseando por la ciudad. 

En aquellas jornadas moscovitas, Bobby arrasó sobre el tablero a la flor y nata de los jóvenes jugadores soviéticos. Era tal su superioridad que, aunque se trataba de partidas amistosas, la federación rusa terminó llamando a Tigran Petrosian, un temible jugador de veintinueve años —futuro campeón mundial— para que le parase los pies al quinceañero neoyorquino que estaba humillando a las nuevas generaciones del país. 

El poderoso Petrosian, claro, puso fin a la racha del inexperto Bobby. Aun así, Fischer se las arregló para conseguir ganarle algunas partidas, porque el ajedrez rápido o “blitz” fue una de sus grandes especialidades. Es más: aunque parezca increíble, muchos años después asombró a algunos de sus antiguos contrincantes soviéticos cuando demostró que ¡podía recordar al dedillo varias de aquellas partidas!

Es verdad que, en el futuro, Fischer protagonizaría avinagrados enfrentamientos con los jugadores soviéticos, aunque siempre en el ámbito deportivo. Llegó a acusarlos de manipular ciertas competiciones. 

Pero, en lo personal, nunca dejó de mantener buenas relaciones con varios de ellos y siempre fue considerado, no solo en la URSS sino en todo el mundillo ajedrecístico, como un heredero espiritual del ajedrez ruso.

El Torneo Interzonal: Fischer entra definitivamente en la Historia

Tras su paso por Moscú, Bobby se dirigió a Yugoslavia para disputar el Interzonal. Lo que Fischer iba a encontrar allí no tenía nada que ver con el nivel de la competición norteamericana. 

En EEUU había varios muy buenos jugadores, pero como hicimos notar con anterioridad, solamente Reshevsky había estado de verdad entre los ajedrecistas punteros del mundo hasta el punto de plantar cara a los soviéticos.

En Portoroz, salvo por la ausencia del campeón mundial Smyslov y su máximo rival, el tres veces campeón Mikhail Botvinnik (ambos se estaban jugando la corona en un match de revancha, porque el primero había destronado al segundo), estaría presente una buena representación de lo mejorcito del planeta. Empezando por un abrumador cuarteto soviético, encabezado por el nuevo fenómeno Mikhail Tal, que contaba veintidós años por entonces; Tal era el gran artista del tablero y un talento genial, quizá comparable al de Fischer, que en un par de años obtendría el título mundial. 

También en el equipo soviético estaban los pesos pesados Petrosian, Averbach y Bronstein. Otros jugadores punteros del momento eran el húngaro Benko o el yugoslavo Gligoric. Junto a ellos, un buen número de experimentados Maestros de los cinco continentes. 

El objetivo era quedar clasificado entre los seis primeros de la tabla para poder participar más adelante en el Torneo de Candidatos, donde se decidiría quién iba a disputar el título a quien ganase la revancha entre Smyslov y Botvinnik.

Bobby, según la lógica, había llegado ya todo lo lejos que cabía esperar a su edad. Era increíble que hubiese dominado el ajedrez norteamericano a los catorce años y sin experiencia en la alta competición, pero situarse entre los seis primeros clasificados del Interzonal era una hazaña impensable. Suponía convertirse en uno de los ocho mejores jugadores del planeta a los quince años. No era cuestión de talento, sino de bagaje, de conocer cómo funcionaba un evento tan grande. 

Y, sobre todo, de ser capaz de desenvolverse: dominar la presión, los nervios y demás. Además, era la primera vez que jugaba un torneo internacional importante fuera de su país y siendo, cómo no, el foco de atención (¡un quinceañero en el Interzonal, rodeado de los mejores Grandes Maestros!). 

Todo aquello, por fuerza, tenía que venirsele encima. Además, nadie consideraba que su ajedrez, aunque brillante, estuviese lo bastante maduro como para hacer frente a los desafíos de este nuevo nivel de competición. Nadie creía en las posibilidades de Bobby. Excepto, una vez más, él mismo.

No debemos pensar que sus esperanzas eran producto de una falta de realismo. Como explicaría Kasparov más adelante, Bobby podía tener muchas ideas equivocadas sobre el mundo y sobre la vida, pero ante un tablero de ajedrez, y desde muy joven, poseía una abrumadora clarividencia.

Él mismo era consciente de la dificultad de la tarea que tenía por delante, pero hizo sus cálculos. Si conseguía vencer a algunos de los jugadores menos fuertes —a fin de cuentas, ya había batido a algunos Maestros norteamericanos— y si también conseguía empates contra algunos de los más peligrosos, podría reunir suficiente puntuación como para aspirar a clasificarse. 

Pero, ¿quién más podía creer en aquel plan? Por mucho talento que tuviese Fischer, y era evidente que lo tenía, los mejores jugadores del mundo, y muy en especial los rusos, debían infligirle unas cuantas derrotas. Pues bien: Fischer volvió a dejar a todos boquiabiertos. 

Para asombro del mundo del ajedrez en pleno, obtuvo un resultado de +6-2=12, perdiendo únicamente dos partidas. 

Es más: ¡consiguió obtener tablas frente a los cuatro Grandes Maestros soviéticos presentes! 

En la clasificación final, quedó empatado en el 5º-6º puesto con el islandés Olaffson, uno de los dos únicos jugadores que lograron batirle en aquel Interzonal, quedando por detrás de los súper pesos pesados Tal, Gligoric, Benko y Petrosian, pero por delante de todo el resto del elenco. 

Jugadores, periodistas y espectadores estaban atónitos, Como dijo el soviético Averbach: “en la batalla sobre el tablero, este joven —casi un niño— se mostró como un luchador con todas las de la ley, demostrando una asombrosa compostura, un cálculo preciso y unos recursos diabólicos”. Y, aunque parezca mentira, Bobby no quedó contento con aquel quinto puesto. Pensó que podía haber obtenido un resultado mejor.

Solamente él pensaba que su posición era decepcionante. Con aquel quinto lugar, por improbable que hubiera parecido antes de empezar el torneo, el joven norteamericano quedaba clasificado para el Torneo de Candidatos. 

Así, Bobby Fischer se convertía en uno de los diez mejores jugadores del mundo y obtenía de manera automática el título de Gran Maestro. Tenía quince años, seis meses y un día; el Gran Maestro más joven que el mundo había visto hasta entonces (hoy los hay incluso más jóvenes, pero el título se concede con mucha mayor facilidad que entonces y cabe decir que ninguno ha tenido que repetir semejantes hazañas para obtenerlo).

Así, a los quince años y medio, terminaba la infancia ajedrecística de Fischer y comenzaba una carrera profesional repleta de imprevistos, desplantes, abandonos, polémicas, revuelos mediáticos y políticos, además de un nuevo estilo de ajedrez que maravilló a propios y extraños y, sobre todo, un aura de leyenda que, para bien o para mal, lo convirtió en uno de los personajes más emblemáticos del siglo XX. 

Bobby Fischer es más que ajedrez, es Historia. Y su historia no es cualquier historia. Aún queda mucho que contar sobre él, y lo haremos. Hablaremos de su paso (y sus ausencias) por los Torneos de Candidatos; de sus idas, venidas, desapariciones y desplantes; del modo en que tuvo al mundo en vilo hasta 1972, el año de su coronación, y más allá.

“Bobby es el mejor jugador de ajedrez que este país ha producido nunca. Su memoria para los movimientos, su brillantez para soñar combinaciones, y su fiera determinación por ganar, son asombrosas. No sólo predigo su triunfo sobre Botvinnik, sino que iré más allá y afirmo que será, probablemente, el más grande jugador de ajedrez que jamás haya existido” (Jack Collins, entrenador de Fischer durante su adolescencia)

“Mi hermana me compró un tablero de ajedrez en la tienda de caramelos y me enseñó a mover las piezas” (Robert James Fischer).

Continuará…

Imagen de portada: Bobby Fischer

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down. Por E.J. Rodriguez. 12 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Ajedrez/Historia/Albert Einstein/Arnold Denker/ Bárbara Streisand/Jack Collins/Pablo Morán/Tigran Petrosian/ Vasili Smyslov/En memoria

6 poemas de El ocio nocturno de los pájaros, de Xavier Rodríguez Ruera.

El duelo físico, como acontecimiento sobrevenido, meteorito en la carne, en el cuerpo poético. El poema como reverberación, reflejo de un tránsito desde la mudez anquilosada de la queja a las primeras sombras que el sol oblicuo de un nuevo amanecer, de un nuevo canto, proyecta sobre la página. El yo lírico abierto en alas de La vida enorme, su anterior libro, atraviesa ahora un bosque donde amor colgó sus trofeos como advertencia, acaso reflejo, reconocimiento. Trakl, Celan, Rilke. Praga, Lisboa, París.

El ocio nocturno de los pájaros (Témenos) proclama, como quiso Valente, la ceniza. Pero lo hace a tu lado, lector, ceniza que camina y acompaña.

Zenda adelanta seis poemas del último libro de Xavier Rodríguez Ruera.

***

BLUES DEL PUENTE DE VALLCARCA

Concretamente el que me separa a mí de la juventud, cuando este sitio

conservaba su fama inquietante como puente de los suicidas.

Xavier Theros, El País, 09/04/2016

Por el puente de Vallcarca baja un río

invisible como un blues. Sus amplios ojos

no contienen ni una lágrima. Giran

en la mañana las luces de los coches policía,

y yo me subo las solapas (tengo frío)

cuando veo asomar debajo de las mantas

las zapatillas blancas del último suicida.

Aprieto el paso hacia ningún lugar,

ningún poema

podrá jamás alzar

ese cuerpo

tapado, que protegen ahora para nada

las luces tristes de los coches policía.

***

PARÍS, BULEVAR MAGENTA

Son delicados los sentimientos que configuran una vida cuando se convierte en poesía,

una jaula de hierro, cristal y sangre vuelta clara en virtud de la lluvia que cae,

la memoria es de cristal, los instantes detenidos que nos configuran,

hierro, cristal y sangre,

las calles solitarias, la lluvia cayendo,

cayendo.

Había una canción que se llamaba Crystal Ship, rodaba tan triste

como el organillo que una gitana despeinada y morena hace girar por las aceras.

Alzado en piedra sucia, el arco de Saint-Antoine.

La lluvia ha convertido las mesas de los cafés en espejos de agua,

de vez en cuando el viento se detiene y pasa un hombre solitario que fuma en pipa,

una pareja de amantes como un nudo de deseo

camino del hotel que en la fachada luce una sola estrella, solo una,

solitaria.

Los ángeles de mármol del cementerio parecen constipados,

sus trompetas de musgo y piedra detienen el silencio que, como tierna pared,

sin ellas caería.

Paso cerca del Sena y veo un barquero amarillo bajo el cielo aceitoso.

Hace frío. Le arrojo una moneda, y entro en el bar,

caliente, rosado y lleno como la lengua de un perro que nunca desespera.

***

LA HERIDA

Las heridas que han ido cerrándose,

la carne rosada que ha surgido de nuevo

en torno al hueco donde mordió el relámpago.

 

Las palabras, como viejas hormigas

que visitan la sangre

y escapan de los dedos

con la ordenada autonomía de un calambre,

de un estremecimiento.

 

La conversación con amigos,

las tardes de lectura en un café

mientras la plaza

cambia su arquitectura

para hacer de la noche una ópera de sueños.

 

Poder dormir de nuevo

sin que al despertar

pesen sobre los párpados,

como un ángel de piedra, los recuerdos.

 

Salir a la mañana fresca

como quien regresa de un lugar muy lejano,

dejando al paso un rastro de colonia y palabras amables,

de vez en cuando una sonrisa triste

que no logran ocultar del todo

las azules espirales de un cigarro.

***

FRIEDRICH HÖLDERLIN REMEMORA UN EPISODIO DE SU INFANCIA

Debería haber muerto entonces, allí, en aquel parque,

como Narciso al tratar de alcanzar su propia imagen

en un remanso de las aguas de la fuente.

Todo me llamaba hacia ese centro

donde alas sostienen

la cúpula remotísima del cielo, y las horas

transcurren lentas

como el susurro del viento entre los álamos.

 

Una sombra atravesaba más tarde los caminos,

como un mendigo

en cuya frente, como en un espejo,

 

se posaran dulcemente los astros.

***

EL BOSQUE

Todo lo que sé de poesía lo aprendí de ese bosque.

El camino cruzaba entre espigas y silvestres manzanos

cuyos frutos, aún púrpura,

parecían un sueño en la piel del verano.

La tarde refulgía redonda, azul, perfecta,

y el mar bramaba al fondo, denso

y oscuro, como en un viejo cuadro.

 

Todo lo que sé de mí lo aprendí aquellos días.

Brillaban solitarias las primeras estrellas

sobre los hondos campos y las montañas

silenciosas.

***

PENÚLTIMAS LECCIONES

Me equivocaba, es cierto. Tenía suficiente con esa infantil

gracia con que una mosca, una abeja, una mariposa o un pájaro

se detenían entre zumbidos para extraer de cada flor

la substancia viviente, repartiéndola, luminoso marxismo avant la lettre

a cada cual según las leyes de la necesidad, el azar o la demanda.

 

Pinos negros, altísimos, retorcían sus ramas

como encorvados gigantes

que trataran de arrancar una roca.

 

El mar, al fondo, nada sabía

de esa guerra fragante de resina y madera,

de la efímera monarquía de una flor,

de la república vibrante de la abeja.

 

El mar, al fondo, era

la azul pizarra donde el niño

depositaba sus ojos y aprendía,

antes de que la noche las borrara,

las últimas lecciones en sus cifras de arena.

—————————————

Autor: Xavier Rodríguez Ruera. Título: El ocio nocturno de los pájaros. Editorial: Témenos. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen: Cubierta de portada de “El ocio nocturno de los pájaros”.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 28 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía.

Llevamos medio siglo tratando de descubrir quien creó una pintura renacentista. Una IA acaba de resolverlo en un 90%.

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Durante más de 40 años investigadores y eruditos de la historia del arte han contemplado el de Brécy Tondo, una pintura circular de 95 cm de diámetro que pertenece al Brécy Trust, con algo más que admiración, emoción o puro deleite pictórico. 

Lo han observado con curiosidad. Una curiosidad acuciante y concreta que se sustancia en una pregunta relativamente sencilla: ¿Quién es su autor? ¿Lo pintó Rafael, como creía de forma empecinada el coleccionista George Lester Winward cuando compró la pieza, a principios de la década de 1980?

Pregunta fácil de formular, claro. Contestarla ya es otro cantar. La cuestión lleva décadas botando sin que nadie haya podido dar una respuesta convincente. Hasta ahora. Gracias al apoyo de la inteligencia artificial un grupo de investigadores afirman haber dado de una vez por todas con una respuesta rotunda.

Para entender el resultado hace falta conocer antes la pintura. Y el porqué de la teoría de Rafael. En diciembre de 1981 George Lester Winward, un empresario del condado británico de Cheshire, decidió comprar la pieza y sumarla a su ambiciosa colección de arte. No lo hizo por un flechazo con la pintura y su representación de la virgen María con el niño Jesús en brazos. O no solo por eso, al menos.

Ver más allá de lo que alcanza el ojo

El tondo (izquierda) y un detalle de La Madonna Sixtina de Rafael (derecha).

Como explican en Smithsonian Magazine, sospechaba que el tondo lo había pintado ni más ni menos que el genio renacentista Rafael Sanzio. Y lo creía por una razón muy sencilla: los rostros de la María y el niño Jesús allí representados eran idénticos a los de la famosa Madonna Sixtina, una obra maestra de Rafael.

El problema es que no todos compartían la confianza de Winward en aquella teoría. Otros pensaban que el tondo era sencillamente una copia victoriana de La Madonna Sixtina, una pintura que Rafael realizó durante la segunda década del XVI por encargo del papa Julio II para la iglesia de San Sisto, en Piacenza.

Para proteger su legado tras su muerte y garantizar que se siguiese ahondando en los secretos de su colección, incluida claro está el tondo de la discordia, Winward creó en 1995 la de Brécy Trust Collection. Uno de sus objetivos era precisamente que las piezas siguiesen a disposición de los estudiosos del arte… estudiosos que han ido mejorando su arsenal de recursos con el paso del tiempo.

Un primer paso importante se dio en 2004, cuando gracias a un análisis espectroscópico Raman el profesor Howell Edwards, de la Universidad de Bradford, encontró pigmentos que solían utilizar los artistas anteriores al siglo XVII. Es más, identificó un pegamento a base de almidón derivado de vegetales que apuntaba a un período histórico mucho más concreto: el Renacimiento.

Aquel hallazgo —reconoce Edwards— contribuyó a “disipar la idea de que se trataba de una copia victoriana”, pero quedaba pendiente la prueba definitiva que asociara el tondo con Rafael. Si es que lo había pintado él, por supuesto.

A lo largo de los años diferentes especialistas en la obra de Rafael han llegado a conclusiones tras examinar el Tondo que refuerzan la teoría inglesa. Por ejemplo,  se ha apuntado que se pintó en Roma. Uno de ellos, Murdoch Lotian, incluso fue más allá y planteó que podría ser previo a La Madonna Sixtina, a la que tal vez sirvió de modelo. El dictamen definitivo para muchos ha llegado ahora, sin embargo. Y no de la mano de eruditos, sino de una inteligencia artificial.

Expertos de las universidades de Bradford y Nottingham han comparado el enigmático tondo con la pintura de La Madonna Sixtina mediante una herramienta de reconocimiento facial que emplea IA. 

El objetivo era encontrar similitudes entre los rostros de María y Jesús en ambas pinturas y su conclusión ha sido rotunda: en el caso de las madonnas el parecido detectado por la IA alcanzaba el 97% y en el del niño el 86%. Ambos porcentajes superan con creces el 75% que los expertos toman como referencia para hablar de un nivel de similitud idéntica.

“El estudio forense de comparación facial que hemos llevado a cabo ha confirmado que los rostros de la Madonna y el Niño de Brécy y los de la Madonna Sixtina son idénticos. Mirar las caras con el ojo humano muestra una similitud obvia, pero el ordenador puede ver mucho más profundamente que nosotros, a nivel de pixel”, explica el profesor Hassan Ugail, de la Universidad de Bradford.

Con ese dato y los estudios previos, Ugail y sus colegas son tajantes: “ Se usaron modelos idénticos para ambas pinturas y, sin duda, son del mismo artista”.

Para pulir la herramienta, Ugail recurrió a millones de rostros que le permitieron entrenar un algoritmo que se encarga de reconocer y comparar rasgos faciales en miles de dimensiones. El sistema utiliza una red neuronal profunda (DNN) para pasar datos a través de múltiples filtros, lo que le permite identificar patrones con una precisión que supera con creces a la que alcanzamos los humanos.

“La tecnología se puede aplicar en una variedad de propósitos, incluido el análisis de arte e incluso la atención médica”, destaca el experto de Bradford. Por lo pronto la herramienta ya ha logrado cerrar -al menos para los autores del estudio- un debate artístico que llevaba décadas enfrentando a los eruditos.

Imagen de portada: Universidad de Bradford y Universidad de Nottingham.

FUENTE RESPONSABLE: Xataka. Por Carlos Prego. 28 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Inteligencia Artificial/Historia/Arte/Ciencia/ Investigación.

Ondulaciones en el tejido del universo podrían revelar el inicio del tiempo.

Los científicos han avanzado en el descubrimiento de cómo utilizar las ondulaciones en el espacio-tiempo conocidas como ondas gravitacionales para asomarse al principio de todo lo que conocemos. Los investigadores afirman que pueden comprender mejor el estado del cosmos poco después del Big Bang aprendiendo cómo estas ondulaciones en el tejido del universo fluyen a través de los planetas y el gas entre las galaxias.

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No podemos ver el universo primitivo directamente, pero quizá podamos verlo indirectamente si observamos cómo las ondas gravitacionales de aquella época han afectado a la materia y la radiación que podemos observar hoy, explica Deepen Garg, autor principal de un artículo que recoge los resultados en la revista Journal of Cosmology and Astroparticle Physics. Garg es estudiante de posgrado en el Laboratorio de Física del Plasma de Princeton (PPPL) del Departamento de Energía de Estados Unidos (DOE).

Garg y su asesor Ilya Dodin, afiliado tanto a la Universidad de Princeton como al PPPL, adaptaron esta técnica a partir de sus investigaciones sobre la energía de fusión, el proceso que alimenta el sol y las estrellas y que los científicos están desarrollando para crear electricidad en la Tierra sin emitir gases de efecto invernadero ni producir residuos radiactivos de larga vida. 

Los científicos de la fusión calculan cómo se mueven las ondas electromagnéticas a través del plasma, la sopa de electrones y núcleos atómicos que alimenta las instalaciones de fusión conocidas como tokamaks y stellarators.

Foto NASA / WMAP Science Team en Wikimedia Commons

Resulta que este proceso se asemeja al movimiento de las ondas gravitacionales a través de la materia. Básicamente, hemos puesto a trabajar la maquinaria de las ondas de plasma en un problema de ondas gravitacionales, explica Garg.

Las ondas gravitacionales, predichas por primera vez por Albert Einstein en 1916 como consecuencia de su teoría de la relatividad, son perturbaciones en el espacio-tiempo causadas por el movimiento de objetos muy densos. 

Viajan a la velocidad de la luz y fueron detectadas por primera vez en 2015 por el Observatorio de Ondas Gravitacionales por Interferómetro Láser (LIGO) a través de detectores en el estado de Washington y Luisiana.

Garg y Dodin crearon fórmulas que, en teoría, podrían llevar a las ondas gravitacionales a revelar propiedades ocultas sobre cuerpos celestes, como estrellas que se encuentran a muchos años luz de distancia. Cuando las ondas fluyen a través de la materia, crean una luz cuyas características dependen de la densidad de la materia.

Visualización de ondas gravitacionales | foto NASA en Wikimedia Commons

Un físico podría analizar esa luz y descubrir propiedades de una estrella situada a millones de años luz. 

Esta técnica también podría dar lugar a descubrimientos sobre el choque entre estrellas de neutrones y agujeros negros, restos ultradensos de la muerte de estrellas. Incluso podrían revelar información sobre lo que ocurría durante el Big Bang y los primeros momentos de nuestro universo.

La investigación comenzó sin tener idea de la importancia que podría llegar a tener. Pensé que se trataría de un pequeño proyecto de seis meses para un estudiante de posgrado que consistiría en resolver algo sencillo, explica Dodin. 

Pero una vez que empezamos a profundizar en el tema, nos dimos cuenta de que se entendía muy poco sobre el problema y que podíamos hacer aquí un trabajo teórico muy básico.

Los científicos planean ahora utilizar la técnica para analizar datos en un futuro próximo. Ahora tenemos algunas fórmulas, pero obtener resultados significativos llevará más trabajo, dijo Garg.


Fuentes: Princeton Plasma Physics Laboratory | Deepen Garg et al., Gravitational wave modes in matter, Journal of Cosmology and Astroparticle Physics (2022). 

Imagen de portada: Simulación numérica de la fusión de estrellas de neutrones para formar un agujero negro, con sus discos de acreción interactuando para producir ondas electromagnéticas | foto L. Rezolla (AEI) & M. Koppitz (AEI & Zuse-Institut Berlin).

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Por Guillermo Carvajal. 21 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Ciencias/Ondas gravitacionales/Espacio/Tiempo/ Investigación.

Marcel Proust en siete conferencias.

Bernard de Fallois es un catedrático reconvertido en editor que tuvo el privilegio, durante sus años de doctorado, de acceder a las carpetas de Proust que conservaba su sobrina Suzy Mantet, en donde «descubrió a principios de los años 1950 los manuscritos de Jean Santeuil y de Contre Saint-Beuve», publicados en Gallimard cuando contaba tan solo 26 años. 

Quien fue profesor un día —como señala el propio De Fallois evocando un proverbio que gustaba citar a Marcel Pagnol—, profesor toda la vida. Son muchas las cuestiones que el mencionado descubridor del Jean Santeuil aborda en estas siete conferencias en las que trata de dilucidar la poética de Marcel Proust para explicar cabalmente su obra.

En realidad, son nueve epígrafes los que estructuran estas Siete conferencias sobre Marcel Proust, reunidas bajo el sello editorial de ediciones del Subsuelo, con traducción de Lluís María Todó, Supongo que el dividirlo en siete partes, poniendo casi como exentas los epígrafes titulados «Los lectores de Proust» y «Las Lecturas», se corresponde con las intenciones del ponente de establecer una analogía con la heptalogía de En busca del tiempo perdido.

La primera llamada de atención que De Fallois hace al lector es la practica imposibilidad de seguir con Marcel Proust el método Saint Beuve, ya que el que pretenda conocer todo lo que aconteció al autor parisino en su vida tiene una ardua tarea lectora por delante. 

En primer lugar, leer «la correspondencia general y cronológica establecida por [el] académico norteamericano Philip Kolb […] Miles de cartas», sin contar las correspondencias particulares, por ejemplo: «las cartas a su madre [], y las que escribió a Raynaldo Hahn, a Lucien Daudet, a Robert de Montesquiou, a madame Strauss, [y] a la condesa de Noailles, etc». 

A ello hay que sumar los testimonios de las personas que lo conocieron, como Robert Dreyfus, Danil Halevi, Jean Cocteau y Paul Morand, así como una docena de biografías, entre las que nuestro conferenciante destaca la primera «creo que fue la de León Pierre-Quint», la de André Maurois, titulada significativamente En busca de Marcel Proust, el voluminoso estudio del biógrafo inglés George D. Painter y, también, la que considera como más completa, la realizada por Jean-Yves Tadié. 

Al lado de todas estas obras, el profesor-editor no se olvida de señalar sumariamente las numerosas monografías, tesis y estudios que se han realizado sobre los diferentes aspectos de la vida y obra del preclaro autor de la Recherche.

Una abrumadora relación que le sirve para posicionarse —no solo para advertir y aleccionar al lector— y oponerse al método Sainte-Beuve y a los que pretenden encontrar en la vida de un determinado escritor los esenciales significados de su escritura. 

De Fallois señala el hecho paradójico de que Proust cuestionase abiertamente esta forma crítica de abordar una obra literaria, por medio de la cual conviene conocer «ciertas cuestiones» personales del escritor si se pretende interpretar adecuadamente los verdaderos alcances de sus valores creativos y, en cambio, en la mayoría de las ocasiones, se abordase desde estos presupuestos la lectura de En busca del tiempo perdido, deslizándose permanentemente la dilucidación de sus contenidos ficcionales a los aspectos biográficos, o analizándose estos a la luz de aquellos.

Paradoja en la que incurre, a pesar de sus declaradas intenciones y bienintencionados propósitos hermenéuticos, el propio De Fallois. El catedrático-editor no deja de utilizar una y otra vez en sus sucesivas conferencias, a la hora de abordar las complejas cuestiones que suscita la Recherche, los denostados argumentos biográficos que con tanto ardor proustiano cuestiona. 

Evidenciando lo difícil que resulta deslindar en Marcel Proust lo biográfico de lo ficcional y lo ficcional de lo biográfico, al estar urdidas sus fabulaciones y alegorías con escritura autográfica, siendo en su caso extremadamente dificultoso y complejo abordar su obra creativa desde una perspectiva meramente formalista o narratológica.

Bernard de Fallois se apoya en Proust y en su teoría de los dos yo para explicar esta dicotomía, entre la obra y la vida, o si se prefiere entre los elementos ficcionales y los avatares biográficos. El autor de Por el camino de Swann, como señala nuestro conferenciante, diferencia en un escritor «el yo humano, mundano, social, individual, y el yo profundo del creador que nadie conoció jamás en vida». 

Esta escisión entre el yo mundano y el yo creador la presenta De Fallois como una de las ideas originales de Proust, que sustenta y fundamenta su poética, y al que atribuye el honor de haber sido el primero en formularla. Pero el profesor-editor se olvida de que ya Henry James en la novela corta La vida privada (1892) plantea esta cuestión, entre el escritor aparente, de éxito social, superficial y fatuo y el verdadero creador, oculto a la sociedad de su tiempo, que escribe las obras maestras en total aislamiento. 

Claro está que Proust otorga otra dimensión, quizá por influencia ruskina, a ese «yo profundo», hermanando con el yo creador que a lo largo del tiempo ha ido —y va— tejiendo las grandes obras artísticas capaces de trascender la usura implacable del tiempo: «El hombre de genio tan solo puede dar nacimiento a obras que no morirán si las crea a imagen, no del ser mortal que es, sino del ejemplar de humanidad que lleva en él». 

Por lo que la misión más elevada del crítico es la de descubrir ese «ejemplar de humanidad» imperecedero que el escritor deja entrever, la mayoría de las ocasiones connotativamente, en los tamices de su escritura.

Este planteamiento de los dos yo se refuerza, de manera análoga, con la teoría de los dos tiempos que gobierna el tiempo humano y que fundamenta la escritura de la Recherche. Entre los dos yo y los dos tiempos se produce una simetría inequívoca que sustenta los arquitrabes y arbotantes de la insondable catedral proustiana. 

Es sabido que a Proust le gustaba comparar su magna obra con una catedral. Esta compleja teoría del tiempo la explica simplificadamente De Fallois en apenas unos párrafos:

«El tiempo cronológico, el que sirve para contar, y el tiempo real, que no es continuo, que sufre eclipses, cortes de corriente, y que es el verdadero.

Así como existe el yo exterior, el que conocen los demás, y el yo real del creador, del mismo modo existe el tiempo del que creemos acordarnos y el que nos viene según el azar, y que es el verdadero».

No resulta extraño que, debido a este núcleo generador, el autor de Los placeres y los días pensase titular inicialmente su obra —precisamente debido a la coexistencia intermitente de estos dos tiempos— Las intermitencias del corazón, divididas a su vez en dos partes, El tiempo perdido y El tiempo recobrado. 

Título y estructura narrativa que se apoya en una teoría del tiempo que recuerda la dureza formulada por su primo político el filósofo Henry Bergson y que Proust, de alguna manera, reformula literariamente en su teoría de la memoria involuntaria.

Es entre estos dos yo, el del personaje real y el de ficción, y entre estos dos tiempos, el cronológico y el de la creativa durée literaria, entre los que se mueve el lector de la obra proustiana. Un movimiento que adquiere complejidades glosemáticas, ya que el yo desdoblado del Narrador vuelve a desdoblarse en el yo del lector, así como los dos tiempos que gobiernan nuestra vida. 

Todo un proceso de interiorización que hacen que la lectura de En Busca del tiempo perdido no sea un mero entretenimiento, ni mucho menos inocua. Quizá, porque como señala Bernard de Fallois refiriéndose a Marcel Proust: «la realidad verdadera no está jamás en el objeto, no está ni en Odette, ni en Morel, ni en François le Champí, sino en la mente que los transfigura».

Siete conferencias, aunque en realidad sean nueve, que, siguiendo las exigencias del imperecedero morador de la rue Hamelin, pueden considerarse esenciales.

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Autor: Bernard de Fallois. Título: Siete conferencias sobre Marcel Proust. Editorial: Ediciones del Subsuelo. Venta: Todostuslibros.

Imagen: Cubierta de portada de “Siete conferencias sobre Marcel Proust”.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Ricardo Labra. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 28 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/Biografías/Filosofía/En memoria/»7 Conferencias».

Las mejores películas de la historia (si me preguntaran)

«Conviene evitar la tentación del entusiasmo: abstenerse de identificar las diez mejores películas de la historia con nuestras diez películas favoritas».

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Dediqué la anterior entrada de este blog a comentar los resultados de la encuesta sobre las mejores películas de la historia que acaba de publicar, como viene haciendo periódicamente cada diez años desde la década 50, la revista británica Sight & Sound. 

No obstante las críticas que ha cosechado una selección caracterizada por ausencias escandalosas y contaminada por los criterios ideológicos dominantes, hay que reconocer la dificultad que tiene llevar a buen puerto una tarea sencillamente imposible. El cine arrastra ya una historia tan larga que sería preferible abandonar la idea de que una lista de apenas diez películas pueda hacerle justicia.

Ahora bien: el truco está en que la lista colectiva no se compone de diez filmes, sino de 100. Pero ese acumulado sale de la suma de las listas individuales; la variedad es un efecto agregado. 

Tiene así sentido que cada lista contenga la apuesta personal de cada participante, ente otras cosas porque este se ve obligado a hacerlas: en lista tan corta no caben todos los directores, géneros, épocas ni cinematografías. Tomar decisiones trágicas, dejando fuera a quien jamás habríamos querido dejar fuera, resulta inevitable. 

Para colmo, hay que tener cuidado con lo que se incluye: si queremos dar relieve a determinados realizadores, haríamos bien en elegir aquellas de sus películas que más probabilidad tienen de ser elegidas por los demás; si no, quedarán fuera de la lista colectiva. Va de suyo que los directores más prolíficos —aquellos con mayor número de obras dignas de ser elegidas— se ven perjudicados frente a colegas que tienen solo una o dos películas destacadas.

¿Y si me preguntaran a mí? ¿Cuáles son las diez películas que yo elegiría como greatest ever en toda la historia del cine? Aprovecharé la lista-acontecimiento de Sight & Sound para elaborar mi selección, ordenando de paso mis ideas al respecto. Se trata de un juego que hay que tomarse en serio: como todos los juegos.

Conviene evitar la tentación del entusiasmo: abstenerse de identificar las diez mejores películas de la historia con nuestras diez películas favoritas. 

Estas últimas son aquellas a las que volvemos una y otra vez con la misma alegría, sin que disminuyan la admiración que por ellas sentimos ni el placer que nos procuran. Por supuesto, nuestras favoritas podrían coincidir con las mejores de todos los tiempos, pero no será necesariamente el caso; hay que pensarlo dos veces antes de imprimir a nuestras preferencias un valor universal. 

¿Y cómo elegir? Hay que decidir si va a darse el mismo valor a lo reciente que a lo lejano, si se va a perseguir una representación equilibrada entre distintas cinematografías o se privilegiará a alguna en particular, si se harán esfuerzos por incluir realizadoras o se excluirán de antemano algunos géneros, si se incluirán rarezas —sin merma de la calidad— o se usará la ocasión para reivindicar obras que nos parezcan a la vez excelsas y desatendidas.

«Si uno quiere incluir a la vez realizadores emblemáticos, los principales géneros, distintas épocas y cinematografías diversas, las cuentas no salen ni pueden salir»

He aplicado un método sencillo. De una parte, he buscado incluir una representación equilibrada entre épocas, incluyendo el cine primitivo, el clásico y el moderno (para el tardomoderno o posmoderno, no obstante, me parece pronto); he tratado de hacer sitio a distintas cinematografías nacionales; he querido honrar el cine de género, que tanta importancia ha tenido en el Hollywood clásico y que la lista de Sight & Sound despreciaba de manera sorprendente; he reducido la representación del cine mudo a una sola película, pues su producción se reduce esencialmente a dos décadas y media; no he tratado de forzar equilibrios en materia de sexo ni procedencia étnica. 

Y de otra, sobre todo, he querido que cada una de las películas elegidas actuara como condensadora del valor artístico de muchas otras —o de algunas otras— con las que guarda relación, creando así un juego de correspondencias que permanece invisible o latente para el lector y sin embargo es crucial a la hora de explicar por qué elijo esas películas en lugar de otras. 

En cuanto a las que se quedan fuera, no hay más remedio que aceptar la necesidad del sacrificio; si uno quiere incluir a la vez realizadores emblemáticos, los principales géneros, distintas épocas y cinematografías diversas, las cuentas no salen ni pueden salir.

Lo que sigue es mi Top 10, en estricto orden cronológico. Para proporcionar alguna representatividad al cine posterior a 1970 (sin entrar en el siglo XXI), he incluido en cada caso una alternativa que, por razones que varían según el caso, puede asociarse a la elegida. Es un truco, claro, pero sirve para extender el rango temporal de la muestra y anima la conversación.

‘Tabú’ (F. W. Murnau, 1931)

Escoger una sola película del periodo mudo presenta dificultades evidentes, ya que supone discriminar entre pioneros de la talla de Griffith (El nacimiento de una nación, Lirios rotos), Von Stroheim (Avaricia), Lang (Los Nibelungos, el primer Mabuse), Dreyer (la superlativa Vampyr), Sjöstrom (El viento), Vidor (The Crowd), Keaton (mi favorita es Seven Chances), Chaplin (Tiempos modernos o Luces de la ciudad) y un largo etcétera que incluye a Eisenstein, Dovjenko, Vertov, Pabst, DeMille, Feuillade, Buñuel e incluso Hitchcock. Incluso si uno se decide por Murnau, realizador alemán que anticipa una pauta histórica reconocible al viajar de la poderosa UFA de entreguerras al primer Hollywood, se encuentra con una filmografía rica en prodigios: tanto Nosferatu como Amanecer —o la misma City Girl— son dignas rivales de la extraordinaria Tabú, poema visual de extraordinaria belleza que Murnau filmó en Tahití junto con el documentalista Robert Flaherty, si bien este último fue relegado a tareas secundarias después de que el director alemán se viera obligado a financiar el film y prefiriese imponer su criterio artístico sobre su colega norteamericano.

Tabú cuenta —sin intertítulos— el romance entre un buscador de perlas marinas y una bailarina, sobre el que pesa una sanción religiosa y los convierte en objeto de la cólera local. Rodada con actores no profesionales y enteramente en exteriores, sin las rigideces propias del estudio, la película posee una asombrosa cualidad atemporal que la eleva por encima de su época. No obstante, se trata de una de las últimas películas de la época muda; hacía ya cuatro años que Al Jolson había salido cantando en una sala de cine y la revolución tecnológica era ya imparable. Por desgracia, el absurdo fallecimiento de Murnau nos dejó sin saber qué dirección habría tomado la carrera de este maestro del expresionismo que tras probar suerte en Hollywood quiso resarcirse pasando un año en Tahití recreando una forma de vida en la que los cuerpos jóvenes al sol y el contacto con el medio natural dan forma a una cosmovisión idealizada y orientalista que sería colonial si no alcanzase tal excelencia universal. Tabú es una de las películas más hermosas que nos ha dado el cine.

Tabu: A Story of the South Seas (F.W. Murnau, 1931)

Alternativa: El sur (Víctor Erice, 1983).

‘La mujer de todos‘ (Max Öphuls, 1934)

Max Öphuls es otro cineasta itinerante que pasará de trabajar en el teatro vienés con Max Reinhardt a realizar películas en Francia, Italia y finalmente Hollywood. Es un maestro del melodrama, pero también se desempeñó de manera admirable en el noir durante sus años americanos. Sus inolvidables planos-secuencia brillan en obras tan admirables como Carta de una desconocida o la extraordinaria Madame De (que Scorsese hubo de tener en mente al hacer La edad de la inocencia, ya que en ambas lo más importante sucede en off). Estas dos últimas, junto a la inferior Lola Montes, son las películas de consenso en el caso de Öphuls. Menos conocida es La mujer de todos, que Öphuls hace en Italia trata el drama personal de una estrella del teatro que intenta suicidarse por amor y rememora desde el coma su intensa peripecia.

Una escena de ‘La mujer de todos’.

Acentos folletinescos al margen, la película es una fiesta de la puesta en escena y por añadidura está llena de inventivos recursos visuales que todavía remiten —el sonoro apenas tiene siete años— a la efervescencia creativa del cine mudo. Jugando con la cámara y con el ritmo del film, Öphuls logra una musicalidad que permite a su obra «condensar» el género que empezaba por entonces a despegar en Hollywood, o sea el musical. De manera que por debajo de esta «señora de todos» corre un ancho caudal de cine melodramático y musical, con querencias por el vodevil o la ópera y tendencia a la estilización visual. Hay directores que destacaron en los dos géneros, como Minnelli; otros, como Visconti o Sirk, refinaron el mélo por caminos distintos, dando pie a reformulaciones posteriores tan brillantes como las de Fassbinder; en un registro más popular se sitúan Borzage o Materazzi, entre otros muchos. ¡Y qué decir del musical! Yo elegiría Melodías de Broadway 1955, pero la era dorada del género está llena de prodigios de interpretación y puesta en escena: de Sombrero de copa a Cantando bajo la lluvia y West Side Story. Incluso Francia replicaría la fórmula con vigor de la mano de Jacques Demy, que en Las señoritas de Rochefort hace bailar de nuevo al gran Gene Kelly.

Alternativa: La ansiedad de Veronika Voss (Rainer Werner Fassbinder, 1981).

‘Ser o no ser‘ (Ernst Lubitsch, 1942)

Ninguna lista de estas características debería ignorar la insuperable producción de comedias que se llevó a cabo en el Hollywood del sistema de estudios en los años 30 y 40, cima colectiva del género por mucho que este no haya dejado nunca de producir obras formidables en distintas latitudes; pensemos en Tati, Berlanga, la Ealing inglesa, la comedia italiana de las décadas de los 50 y 60, Woody Allen, Mel Brooks. ¿Puede soslayarse a Howard Hawks, autor de las vertiginosas Twentieth Century, La fiera de mi niña o Luna nueva? ¿Y a George Cukor, que en Historias de Filadelfia parece estar reescribiendo La regla del juego con el atractivo suplementario de reunir en la misma película a Cary Grant, James Stewart y Katherine Hepburn? ¿O a Preston Sturges, que no solo hizo Las tres noches de Eva o Un marido rico, sino que imprimió una velocidad extra a esos disparates que son El milagro de Morgan Creek o ¡Salve, héroe victorioso! Pero la lista es larga e incluye obras superlativas de Mitchell Leisen, Leo McCarey, Frank Capra, Billy Wilder, Gregory LaCava o los Marx Brothers. ¡Casi nada!

Ser o no ser

Pero se trata de elegir una sola de ellas y Ser o no ser, debida al temprano emigre Ernst Lubitsch, es sencillamente perfecta: una sátira del nazismo que siempre encuentra un nuevo giro con el que maravillar al espectador, contiene diálogos imbatibles —sobre el amor, la política e incluso Shakespeare— y se las apaña para reírse con agudeza de la solemnidad totalitaria. Tiene como protagonista a la maravillosa Carole Lombard, que moriría antes del estreno cuando se estrelló el avión que la llevaba a vender bonos de guerra. Y por cierto: su desenlace contrafáctico está en el Tarantino de Malditos bastardos, que el propio director norteamericano mejorará en Érase una vez en Hollywood. Solo pensar en esa troupe de bienintencionados actores polacos hace sonreír: ¿hay mejor chiste sobre el teatro que ese apuntador que se cree obligado a susurrar al protagonista de Hamlet el «To be or not to be…» con que comienza el monólogo más célebre jamás escrito?

Alternativa: La rosa púrpura del Cairo (Woody Allen, 1985).

‘Te querré siempre‘ (Roberto Rossellini, 1954)

Cuando Ingrid Bergman abandonó a su marido en Estados Unidos para hacer cine con Roberto Rossellini, con quien se casaría para escándalo del puritanismo nacional, no podía saber que sería la protagonista de una auténtica revolución en el cine moderno. Eso es lo que representa la gloriosa sucesión de sus grandes filmes italianos de los 50: Strómboli primero, Europa 51 después y, por último, Te querré siempre. Lo cierto es que Rossellini ya había hecho una revolución, la del neorrealismo, con Roma, ciudad abierta y Paisá, realizadas en condiciones de gran precariedad material; luego aún intentaría otra, más clandestina, echando mano de la televisión. En Te querré siempre, que pertenece a ese cine italiano que durante tantas décadas dobló invariablemente en el estudio las voces de los actores, Rossellini relata la historia de un matrimonio adinerado que se encuentra en crisis y viaja al Golfo de Nápoles para resolver un asunto hereditario.

«Te querré siempre» (Viaggio in Italia) 1954 – Trailer

La puesta en escena es brillante y conmovedora: el director italiano muestra a los espectadores el modo en que las emociones de los protagonistas cambian en contacto con su entorno, ya se trate del fling con una joven que el marido se trae entre manos o la contemplación del pasado profundo en Pompeya y el Museo Arqueológico en el caso de la esposa. No hay un plano de más; no falta ninguno. El contraste entre modos de ser septentrionales y meridionales es explorado sutilmente; también se hacen apuntes sobre la modernización de una sociedad tradicional. Por su parte, el célebre desenlace es una de las cumbres emocionales del cine de su autor, una suerte de milagro inexplicable sobre cuya continuidad después de que la película haya concluido habrá de juzgar cada espectador. Ni que decir tiene que Rossellini es el representante en esta lista de una cinematografía —la italiana— que ha dado incontables directores y películas de altísimo nivel, sobre todo en su era dorada entre 1945 y 1975: ¿qué sería de nosotros sin De Sica, Visconti, Antonioni, Monicelli, Comencini, Fellini, Lattuada, Bellochio o los hoy injustamente semi olvidados Francesco Rosi, Ermanno Olmi y Valerio Zurlini? Hay más: Bava, Argento, Corbucci, Leone. ¡Viva Italia!

Alternativa: El rayo verde (Eric Rohmer, 1986).

‘El intendente Sansho‘ (Kenji Mizoguchi, 1954).

No se puede hablar de la historia del cine sin hacerlo también del cine japonés, que no solo ha contribuido a la misma con un número considerable de autores tanto clásicos como modernos, sino que dispuso tras la Segunda Guerra Mundial de un sistema de estudios parangonable al estadounidense. Además de realizadores como Kurosawa, Ozu, Naruse, Mizoguchi, Kinoshita, Oshima, Kobayashi, Suzuki, Uchida, Shindo, Imamura, Kinugasa y tantos otros, contó con estudios robustos —Nikkatsu, Toho, Daei— dedicados a la producción de program pictures donde el género —los típicamente nacionales y los importados de USA— era dominante y sagas como la de Zatoichi o Godzilla llevaban multitudes a los cines. Pero también aquí hay que elegir una sola película y decidirse entre alguna de Ozu (Cuento de Tokyo es la obra de consenso y Primavera tardía no le va a la zaga), Kurosawa (Trono de sangre es una de las mejores adaptaciones de Shakespeare, pero es que además el «Emperador» hizo El perro rabioso, Los siete samuráis, Yojimbo y Dersu Uzala), Naruse (Cuando una mujer sube la escalera), o Mizoguchi (de Las hermanas de Gion a Cuentos de la luna pálida o La calle de la vergüenza, pese a que gran parte de su filmografía desapareció con la guerra y él falleció con apenas 58 años).

«El intendente Sansho»

Son directores muy diferentes, cada uno con un estilo propio y perfectamente reconocible. Mizoguchi tiende a las tomas largas, elegantes, sin el vicio del manierismo; sus películas suelen centrarse en el drama de la mujer atrapada en una sociedad estratificada donde la libertad es apenas un lujo de los poderosos. Y aunque muchas de ellas están ambientadas en el Japón contemporáneo, abundan en su filmografía los jidaigeki o dramas de época. Eso es la sublime El intendente Sansho, que se centra en las desventuras que padece una mujer noble caída en desgracia y sus dos hijos, secuestrados y vendidos al gobernador del título; una narración épica y sin embargo atenta al detalle, con secuencias inolvidables (el rapto, el suicidio, el reencuentro) y atravesada de una belleza plástica sobrecogedora.

Alternativa: In the Mood for Love (Wong-Kar Wai, 2000).

‘Vertigo‘ (Alfred Hitchcock, 1958)

A mi juicio, la mejor película del mejor director: ese Alfred Hitchcock que tiene obras brillantes ya en el mudo (The Lodger, Murder!), aprende enseguida a hacer obras maestras en el sonoro inglés (de 39 escalones a Alarma en el expreso) y desembarca en Hollywood con el estruendo creativo reservado a los genios, construyendo sin concesiones un mundo propio a través de filmes como Rebeca, Encadenados, La sombra de una duda o Extraños en un tren, y redoblando la apuesta por medio de una sucesión sin precedentes ni réplicas posteriores: entre 1954 y 1964, aun dejando un escalón por debajo esos divertimentos fascinantes que son Atrapa a un ladrón y Pero… ¿quién mató a Harry?, el orondo director británico —que mientras tanto apuntala su fama con su show televisivo— nos regala La ventana indiscreta, El hombre que sabía demasiado, Falso culpable, Vértigo, Con la muerte en los talones, Psicosis, Los pájaros y Marnie; antes de retirarse, todavía tuvo fuerzas para terminar con otras dos maravillas finales, Frenesí y La trama. De todas ellas, Vértigo es la más oscura y la más misteriosa; también aquella que menos hizo por complacer a un público norteamericano al que Hitchcock —como Wilder— tomó pronto la medida.

Vertigo de Hitchcock. Secuencia

Aquí nos las vemos con una película que nunca deja al descubierto sus significados y en todo momento envuelve al espectador en una atmósfera intoxicante que tiene en la música de Bernard Herrmann y en la fotografía de Robert Burks dos elementos decisivos. Hay de todo en la película: duplicidades, amour fou, la evocación del viejo San Francisco, impulsos autodestructivos y, por supuesto, ese portentoso giro dramático por medio del cual la narración se da la vuelta y accedemos a los hechos verdaderos —salvo que Scottie los sueñe— sin por eso llegar a comprenderlos. Pero, por otro lado, ¿qué películas «laten» debajo de Vértigo? Dejando a un lado precedentes concretos (la obsesión del protagonista en Ensayo de un crimen o el empleo de Wagner en Abismos de pasión, ambas de Buñuel; la escena del campanario en Niágara; la peripecia del pintor que se enamora de la mujer que viene de otro tiempo en Jennie), quien más cerca está de Hitchcock es el alemán Fritz Lang. Aunque esto debe decirse al revés: si de alguien aprendió Hitchcock, es del autor de M —obra que podría figurar en esta lista sin dificultad— o Deseos humanos. También Lang nos habla de la intrusión fatal del azar en el destino el ser humano y de las obsesiones del individuo; y también él filma con una exactitud impecable que no está reñida con la poesía. Hitchcock carecía de las preocupaciones sociopolíticas de Lang; Lang carecía del humor de Hitchcock. La preferencia por este último obedece a una sola razón suficiente: Lang no hizo Vértigo.

Alternativa: Beau Travail (Claire Denis, 1999).

‘Sed de mal‘ (Orson Welles, 1958)

Ese genio truncado o saboteado a sí mismo que fue Orson Welles nunca dejó de hacer gran cine, contra lo que pudiera pensarse tras la amarga experiencia de El cuarto mandamiento, película que abandonó en manos de Hollywood a pesar de que era cosa sabida que los productores miraban con recelo al niño prodigio que había revolucionado el lenguaje del medio con Ciudadano Kane. Es verdad que La dama de Shangái no es lo que Welles quería: la prodigiosa secuencia final del parque de atracciones había de ser mucho más larga de lo que es. Pero Othello es una portentosa adaptación de Shakespeare que demuestra lo poco que el cine le debe al teatro cuando quiere ser cine y adelanta aquella extraordinaria Campanadas a medianoche que fue rodada en España; tampoco Mr. Arkadin, dedicada una vez más al tema del hombre poderoso en cuyo centro hay un vacío, carece de fuerza a pesar de la proliferación de versiones del film que siguen en circulación. Elegir Sed de mal, sin embargo, tiene muchas ventajas. Además de ser un film extraordinario, lleno de fuerza visual y transgresión moral, que explora el ambiguo conflicto entre justicia y legalidad en un territorio fronterizo, estamos ante un noir; quizá, de hecho, sea el último noir.

Sed de mal – plano secuencia inicial

¿Y cómo podríamos nombrar a las diez mejores películas de siempre dejando fuera este género capital, que de hecho se cuenta entre los pocos que mantiene su vigencia a través de formas evolucionadas a partir del neo-noir de los años 70? El lugar de Sed de mal habría podido ser ocupado sin desdoro alguno por El sueño eterno (Hawks), Los sobornados (Lang), El tercer hombre (Reed), Al rojo vivo (Walsh), Le samurái (Melville), No toquéis la pasta (Becker), Laura (Preminger), La jungla de asfalto (Huston), Atraco perfecto (Kubrick), Forajidos (Siodmak); por no mencionar obras posteriores que vuelven al género una mirada revisionista que a menudo incorpora una reflexión sobre el cine como vehículo de estetización del criminal y su violencia: ahí están las variopintas El largo adiós (Altman), Chinatown (Polanski), El padrino (Coppola), El asesinato de un corredor de apuestas chino (Cassavetes) o Mikey and Nicky (May). Pero es Sed de mal la elegida, una película oscura donde hay corrupción, racismo, drogas y violencia; justo antes de que Hitchcock estrenase Psicosis, también el noir preparaba el terreno para el final de la autocontención moral de la industria (aventuro que en el western ese papel recae en Man of the West). En este caso, por medio de un superlativo ejercicio de estilo del mago Welles, que arranca la película con un plano-secuencia de más de dos minutos y la cierra con una persecución donde el sonido —terreno en el que Welles siempre fue un innovador— juega un papel capital. Entre medias, un capitán corrupto de aires shakespearianos y un obsesivo policía norteamericano de origen mexicano empeñado en hacer justicia se mueven velozmente a los sones del sincopado score de Henry Mancini, dejando al espectador sin aliento ante la exhibición de recursos visuales y dramáticos del genio de Kenosha.

Alternativa: Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976)

‘El ángel exterminador‘ (Luis Buñuel, 1962)

Una de las «decisiones» más controvertidas de los expertos convocados por Sight & Sound  —lo pongo entre comillas porque el resultado final es producto de miles de selecciones individuales no coordinadas entre sí— fue la de excluir a Luis Buñuel: ninguna de sus películas, al parecer, merece estar entre las 100 mejores de la historia. Puede apreciarse ahí un cambio en las sensibilidades críticas, que no saben lo que hacer con este salvaje español que formó parte de las vanguardias y filmó Un perro andaluz o Tierra sin pan antes de recalar en México, hacer incursiones en España y terminar en Francia. Pero lo que hay que hacer con Buñuel está bastante claro: venerarlo como el gran creador original que fue. Su aventura mexicana, en particular, carece de parangón: a diferencia de otros transterrados, Buñuel careció de los lujos de Hollywood y se dedicó a subvertir los géneros populares del folletín y el melodrama (la delirante Abismos de pasión, las superlativas Él o Ensayo de un crimen), experimentando cuando buenamente podía (Simón del desierto, Nazarín) e incluso recurriendo al realismo social sin asomo de sentimentalismos (Los olvidados, El bruto).

El ángel exterminador 1962, by Luis Buñuel

Entre medias, como es sabido, se las apañó para hacer Viridiana y Tristana en la España franquista: obras mayores donde religión y sexualidad se entremezclan de forma malsana, sacando a la luz esa ambigüedad que caracteriza a las relaciones humanas y no digamos a las eróticas. Incluir a Buñuel es honrar al cine español y el latinoamericano, reconocer la conexión del cine con la poesía y las vanguardias, así como festejar la hazaña creativa de los realizadores incontenibles que dibujaron una trayectoria paralela con la del siglo XX, transitando del mundo al sonoro sin dejar de trabajar hasta el último suspiro: Fritz Lang, Alfred Hitchcock, John Ford, King Vidor, Jean Renoir, Yasujiro Ozu, Charles Chaplin. Pero, ¿qué Buñuel elegir entre tantos? Me decanto por El ángel exterminador, film de vanguardia realizado bajo el disfraz del cine popular mexicano que nos cuenta la historia de un grupo de burgueses que quedan a cenar y se ven afectados por la imposibilidad material de abandonar el salón de la casa cuando llega la hora de irse. Buñuel crea una pesadilla sin explicación, porque él mismo dejó dicho que ninguna dejaría de ser decepcionante (lección aprendida por el Peter Weir de Picnic en Hanging Rock) y lanza sus hipótesis acerca de la conducta humana en tan extraña circunstancia; en cuanto a las metáforas, quizá no poder salir del cuarto es no poder escapar de la muerte. O no: ¿quién sabe? Pero no necesitamos saberlo para disfrutar de esta película.

Alternativa: Blue Velvet (David Lynch, 1986).

‘Alphaville‘ (Jean-Luc Godard, 1965).

Indudablemente, el cine francés es uno de los grandes y lo ha sido siempre: de Gancé a Vigo y de Renoir a Bresson, pasando por la Nouvelle Vague y sus satélites, hasta llegar a la más difusa cosecha de la tardomodernidad (la portentosa Denis, el inventivo Assayas, el potente Audiard, la sutil Hansen-Love). De su sólida industria han salido películas memorables y si bien la opción más obvia para una lista como esta es el maestro Jean Renoir, elegir a un representante de la Nouvelle Vague  tiene también mucho sentido: Renoir estaba entre los maestros que inspiraban a estos jóvenes turcos y la mayoría de ellos hacen cine a partir de la memoria del cine del pasado, perdiendo en autenticidad lo que ganaban en referencialidad. Además, ¿cómo puede hacerse un Top 10 sin incluir ninguna obra perteneciente a eso que se llamaron «nuevos cines» de los 60 y 70? De hecho, podría incluirse más de un título: si solo en Francia tenemos a Rohmer, Rivette, Pialat, Resnais, Marker, Garrel o Varda, fuera del Hexágono la lista se amplía con la inclusión de Fassbinder, Altman, Scorsese, Coppola, Erice, Antonioni, Bertolucci, Bergman, Delvaux, Oshima, Rocha, Angelopoulos…

Escena de «Alphaville» (1965) – Jean-Luc Godard

Y valga esta relación no exhaustiva, incluso si algunos de ellos se subieron a la ola en plena madurez y otros hicieron un cine de factura más clásica que rompedora. Luego, claro, está Jean-Luc Godard: punta de lanza de la nueva ola francesa junto a su amigo François Truffaut, nos ha dejado a su muerte una obra vasta y original que se caracteriza por la experimentación visual y la coquetería intelectual. Entre 1959 y 1967, hizo una cantidad abrumadora de películas felices, antes de perderse en la telaraña del colectivismo y recuperar la forma a primeros de los años 80. En esos años gloriosos, Godard hizo pocas películas perfectas; no podían serlo. Creo que las mejores son El soldadito, El desprecio, Alphaville; si escojo esta última, es porque presenta alguna ventaja «representativa» sobre las otras. Aquí Godard mezcla ciencia-ficción, noir y cómic, cuenta con la carismática presencia de Eddie Constantine como el detective Lemmy Caution — encargado de frenar la deshumanización en un París futurista recreado sin atrezzo alguno a través de la magistral fotografía saturada de Raoul Coutard— y se las apaña para componer una intensa alegoría que también funciona como una narración literal —contada desde no sabemos bien dónde— tan absorbente como misteriosa. Alphaville «contiene» otros potentes experimentos modernistas con la ciencia-ficción, señaladamente Je t’aime, je t’aime de Resnais (¿no tiene también Marienbad algo de ciencia-ficción?) y La Jetée de Chris Marker, sin olvidarnos de Stalker y Solaris de Andrei Tarkovski; las que asoman más allá son Alien o Blade Runner.

Alternativa: Martin (George A. Romero, 1977).

‘Grupo salvaje’ (Sam Peckinpah, 1969)

Para un amante del western, nada más difícil que elegir un western de entre las docenas de obras maestras que pueblan la historia de un género que nace con el cine norteamericano y juega un papel capital en su desarrollo hasta bien entrados los años 70. Hay westerns de muy distinto tipo: primero están los fundacionales, que dan paso a los clásicos de serie A y serie B en coexistencia con obras de auteur en el sentido francés del término; después viene la gloriosa revisión del género, que arranca con los cineastas clásicos y es radicalizada por los jóvenes, ya sea mediante el cuestionamiento de sus presupuestos ideológicos o a través de su bastardización a la italiana. A maestros como John Ford, Howard Hawks, Henry King, Anthony Mann, André de Toth, Raoul Walsh, King Vidor, William Wellman, Delmer Daves o Michael Curtiz le salen continuadores tan dotados como Nicholas Ray, Budd Boetticher, Samuel Fuller, Sam Peckinpah, Robert Aldrich o Sergio Leone. Pero es que también hay películas importantes hechas por directores que trabajaron poco el western, como Fritz Lang (Encubridora) o George Stevens (Raíces profundas), así obras estimables de actores que se animaron a rodar (El rostro impenetrable de Marlon Brando) y, naturalmente, las reescrituras irónicas o desmitificadoras que trajo consigo el llamado Nuevo Hollywood (Robert Altman con Los vividores, Arthur Penn con Pequeño Gran Hombre, Blake Edwards con The Wild Rovers, sin olvidarnos de los westerns nihilistas de Monte Hellman). No han faltado westerns importantes en las últimas décadas, como atestiguan Sin perdón, Dead Man, The Sisters Brothers o First Cow, pero se trata obviamente de un género en declive.

Cine. GRUPO SALVAJE, de Sam Peckinpah

¿Y bien? Dado que mis westerns favoritos son todos ellos obras relevantes, podía elegir libremente entre Pasión de los fuertes (que sin contener el aliento trágico ni la potencia autocrítica de Centauros del desierto es más redonda y representa impecablemente el western creador de mitos fundacionales), Winchester 73 (uno de los justamente célebres que Anthony Mann hizo con James Stewart, aunque a su misma altura está la portentosa Man of the West que protagoniza Gary Cooper), The Gunfighter (un western breve, conciso y perfecto de Henry King sobre la maldición del pistolero que no puede sentar la cabeza por culpa de su leyenda), Johnny Guitar (uno de mis filmes predilectos, con un arranque inigualable y una arrebatadora intensidad melodramática), y, naturalmente, Rio Bravo (un western original, lleno de comedia, con actores carismáticos y una banda sonora inolvidable de Dimitri Tiomkin, a la que se añade la deliciosa interpretación de es «My Pony, My Rifle, and Me» a cargo de Dean Martin y Ricky Nelson). Optar por Peckinpah permite, en cambio, situarse en un equilibrio entre la mitificación y el revisionismo: aun siendo los suyos eso que se ha llamado westerns crepusculares, siguen siendo elegías que expresan nostalgia por un mundo periclitado de horizontes abiertos y hazañas indecorosas. Eso está en Pat Garrett & Billy the Kid, que en la versión del director se sitúa a la altura de Grupo Salvaje a pesar de seguir siendo menos célebre. Pero esta última es insuperable: la prodigiosa secuencia del atraco inicial, el interludio mexicano, la relación de tintes homoeróticos de Holden y Borgnine, la redención moral en la madriguera de los revolucionarios liderados por el Indio Fernández… un canto a ese Far West que quizá solo existió en el cine y al que Peckinpah no solo mantuvo con vida, sino que hizo inmortal.

Alternativa: Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1978).

Y ya no caben más. Es lamentable no poder incluir ninguna película de Hawks, Dreyer, Bergman, Bresson, Fellini, Von Sternberg, Lang, Ray, Sirk, Powell y Pressburger, Rohmer, Ozu o Berlanga. También lo es dejar fuera algunos filmes posteriores: El largo adiós, La puerta del cielo, El padrino, Five Easy Pieces, Céline y Julie van en bote, Tiburón, El espejo, Chinatown, Lenny, El asesinato de un corredor de apuestas chino, Beau Travail y un largo etcétera.

Pero da igual: si a mí me preguntaran, esto es lo que respondería. Aunque a mí no me haya preguntado nadie.

Imagen de portada: Una icónica escena del film ‘Grupo Salvaje’, de Sam Peckinpah. | YouTube

FUENTE RESPONSABLE: The Objective. Por Manuel Arias Maldonado. Catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.28 de enero 2023.

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