¿ Y por qué no?

Segunda entrega

Y no; sólo pasaron dos días. Desde aquel instante, el de tu mensaje a las 3 AM. No podía ser. Ni siquiera me molesté en encender la luz de la lámpara y ver de qué se trataba. Era totalmente inusual un touch and go a esa hora. Lo leí al despertarme y esbocé una sonrisa…

Eras tú, quien escribía con frenética cascada de palabras – “Hola Jorge; fuera de la consulta que me hiciste. Me alegro saber de vos, porque sabes que soy una persona sin rencores y eso obscurece a la gente -”

Continuaste chateando a toda prisa, diciéndome que yo sabía de ti, seguramente por las redes sociales. En cambio, que tú desconocías todo de mí. Y no era en vano decirlo. Han pasado más de 30 años. Continuaste –como si yo te lo hubiera pedido- y me comentaste que te habías ido de la Ciudad, en búsqueda de mayor tranquilidad y seguridad, lo que ya no veías en Buenos Aires. Que habías vuelto a tus raíces, al lugar donde habías nacido, para tener una mejor calidad de vida.

Bueno, pensé –hermosa decisión para un momento de nuestra vida, si es que deseamos encontrarnos con nosotros mismos, no sólo en lo espiritual, sino con aquellos que fuimos dejando con el tiempo, acercándonos a ese momento en que hacemos nuestros propios balances, del “debe y el haber”.

Y ya lo dije antes, el broche final y sorpresivo de tu diálogo fue darme tu dirección de email. Quedé realmente sorprendido y a la vez, preocupado. ¿Era realmente mí deseo o el tuyo, el volver a conocernos? Demoré en contestarte; me preguntarás las razones. No las sé. Supongo que, inconscientemente, pensé, que ya deberíamos ser dos personas completamente distintas, a aquellas que fuimos en  otro tiempo; que la vida misma nos da enseñanzas y  provoca no pocos cambios, en nuestras actitudes hacia los demás.

En líneas generales y con el más común de los sentidos; uno puede tener buenos o malos recuerdos de quien ha amado, pero raro –que contradicción pensé en ese momento- que manera extraña de buscar un encuentro y no limitarnos a ese deseo- ; sino a intentar construirlo sin tener clara ni la razón, ni su consecuencia.

Pero bueno; luego de largos cabildeos, en definitiva, te contesté a los dos días. Me sinceré contigo. Te dije que desde hacía años seguía tus pasos; aún en esa época no digitalizada, cuando supe a través de un amigo en común, que vivías sobre la Avenida del Libertador, que habías formado pareja con un hombre de buen pasar económico y que profesionalmente, habías progresado notablemente. Eso bastó en aquel entonces, para darme la tranquilidad de saber que te encontrabas en plenitud.  Me preguntarás: – ¿te sentías culposo y por eso mi interés en mí? –

La verdad no lo sé, te hubiera contestado. Puede ser. No estoy seguro, de verdad.

Continúe chateando contigo y como de costumbre; te bromeé por esa lectura que yo había hecho de ese aparente estado místico religioso, cuando en las redes sociales venerabas a innumerables santos, a los que te encomendabas y las bendiciones que a diestra y siniestra, compartías con tus amigos virtuales y seguramente, con aquellos que te veías periódicamente.

No me dejaste seguir. Estallaste furiosa y escribiste que así eras tú, tenías verdaderas razones de estar agradecida a Dios por estar viva. Que cuando hace muchos años atrás, te dirigías a un lugar determinado en una ambulancia para cumplir con tu asistencia, un automóvil chocó por detrás a gran velocidad con aquella, con tan mala fortuna, que ello te produjo una lesión en la médula espinal, en que los profesionales, médicos, que te atendían te habían dado un primer  diagnóstico, que podrías quedar cuadripléjica por la lesión sufrida. Continuaste diciéndome que luego de tres cirugías y con un más que prolongado tiempo de rehabilitación, pudiste volver a caminar, que para ti era lo mismo que haber recuperado la vida.

Me quedé sin palabras. Me sentí sacudido, con vergüenza, por lo que me contabas. Y si bien no sabía absolutamente nada de lo sucedido; te pedí disculpas…como cuando un boxeador recibe un golpe que lo deja grogui y ya no ve más nada…

Pretendí luego de las disculpas, dejar de chatear contigo.

Pero no…no me permitiste hacerlo. Comenzaste con los recuerdos de lo que habíamos vivido juntos. Y al leerte en la pantalla, cada apreciación que hacías me permitía ratificar aquello que siempre he pensado y jamás sentí que fuera “el dueño de la verdad”, que toda persona refleja en su memoria sólo una “parte de la realidad” y omite o fantasea, otras. Continúe leyéndote. Sonreí. Esperaba que terminaras de escribir y te dejaras fluir… Recién cuando acabarías, te contestaría.

Que tenías una pareja que te adoraba y que en este momento de tu vida, te hacia inmensamente feliz. Lo que me pareció bárbaro.

Te comenté de mis ganas de vivir  y que en una edad, en que muchos realizan un balance de su vida, de mi parte ya lo había hecho tiempo atrás. Por el otro lado me sentía gracias a Dios con una mente además de abierta, despierta a una nueva forma de vivir. Como un joven libre pensador, que dedicaba la mayor parte de su tiempo a leer y escribir como novel autodidacta, y que solo se  dejaba llevar por esas “vocecitas” que presurosas, a veces lo hacían despertar de madrugada y provocaban que tomara su block de notas y volcara en él, sus letras.

Ese tipo, era mi nuevo yo.

Luego sí, más tarde, con la buena compañía del mate de buena yerba, me ponía a corregir aquello que había escrito, a sabiendas siempre que era sólo para mí –ya que todo lo que escribo, solo puede representar un sentimiento, una crítica, un ensayo y hasta una forma de describir mi estado de ánimo en ese segundo irrepetible – aunque luego lo comparta en las redes o suba a mi blog, que aún tanto me cuesta mejorar.

Y así como te lo comenté, te brinde la dirección del enlace en donde podías visitar el sitio y ver lo que escribía. Especialmente algo que había escrito y que tenía demasiado que ver con aquellos dos, que alguna vez fuimos. Dejaste que te guiara a través del celular, hacia el sitio en cuestión.

Te satisfacía que sin nombrarte, te recordara. Agregaste “a partir de nuestra separación, crecí de golpe”.

Pero tras eso, me preguntaste como se borran “estos mensajes”

Te contesté – ¿Estás vigilada?-

La respuesta no tardó en llegar – sucede que compartimos la notebook- y agregaste –Y como sabrás no soy infiel, entonces…-

No entendí el porqué de los puntos suspensivos.

Y te dije como siempre y “sin filtro alguno”

– No deseo que tengas problemas y guiándote te dije – ves si te fijas en la parte superior a la derecha vas a ver un icono que parece un “engranaje”, clickea ahí y te aparecerá la opción de borrar toda conversación.-

Quise despedirme mandándote un beso y agradeciéndote por ese momento de volver a ser; pero no me dejaste. Nuevamente ahí nomás me contestaste

–Aunque esta sea una conversación de amigos; no sé si yo en el lugar del otro, qué pensaría al estar hablando con mi EX –

Pensé en un instante tus palabras: “infiel”…”qué pensaría”…”mi EX”.

No te enojes; me resultó tan gracioso escucharlas, pasados ya más de treinta años que supuse estar conversando con una adolescente que esconde un “amor prohibido”. Me sentí incómodo y te escribí que te entendía; que no te molestaría más y que quizás cruzaríamos alguna vez algún correo.

Volviste a no dejarme cortar el dialogo, respondiéndome “bueno, bueno solo pregunte. Sí se borran… no te vayas” y agregaste

-“Si no te detenía me llevabas por delante, como un vagón de ferrocarril y yo por mucho tiempo continúe amándote y recordando…y todos los 31 de octubre recuerdo tu cumple”.

Y continuaste, como si fuera propiamente un interrogatorio policial…

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