La culpa

Se escuchó un golpe seco; como alguien golpeando un vidrio. Se sobresaltó. Hacía poco había apagado el televisor; pero recordaba que mientras estaba viendo el partido de su equipo favorito; en un intermedio de noticias presagiaban alerta meteorológico, con posible y fuertes tormentas.

Sonrió para sí; diciéndose “cuando acertaran estos tipos” y recordaba que lo venían anunciando hacía días y solo había podido encontrarse con esos cielos límpidos y claros, quizás salpicados muy de vez en cuando por alguna nube, que ni siquiera se atrevía a esconder ese sol aún cálido, en el inicio del otoño.

Para él había sido un tiempo inmejorable para lo que disfrutaba hacer todas las mañanas; running.

Desde que había fallecido su madre; a la cual debió cuidarla en los dos últimos años de su vida a tiempo completo, se había encontrado sin vida propia y obligado a alejarse de amigos, familiares o conocidos, que rara vez en ese tiempo lo llamaban por teléfono o si pasaban, lo hacían en “un toque y me voy” como en el futbol.

No necesitaba adivinar las razones del porque sucedía, pero era de imaginarse; ninguna persona ajena a la familia ante una situación tan angustiante, deseaba involucrarse no para hacerse cargo de algo que no les correspondía; pero tampoco para acompañar o contenerlo a él, que se encontraba terriblemente solo. Quizás lo hacían –pensó- por temor a encontrarse en una nueva obligación que podía agobiarlos y afectar sus propias vidas.

Igual, ya no le extrañaba nada; sí sus propias hermanas con la excusa de atender a sus propias familias, le decían que no tenían el tiempo necesario. Pero él ya sabía que “ni la voluntad” –tenían- en hacerse cargo de nada. En definitiva en esa casa, solo vivían su madre y él.

Solo alguna compra; de esas que él no podía realizar por tener que estar en vigilia constante, por si su madre necesitaba algo o lo más grave; ante el riesgo de que nuevamente se cayera de la cama o de la silla de ruedas en que la dejaba en algún momento, como para que se distrajera.

No pocas veces, la había encontrado en el piso quejándose de  un golpe y lo peor; insultándolo por no haberlo evitado, al no estar presente. Era algo que lo asfixiaba; pero no podía hacer otra cosa. Se fue transformando, como una extensión de su madre.

Dejo de ser él; él que le gustaba escuchar esa música de heavy metal que tanto lo movilizaba y encantaba; trayendo a su memoria esos memorables encuentros con su banda para ensayar y tocar luego en algún sótano de la ciudad, rodeados de amigos, que en cierta forma con el pago de una entrada y la consumición; le permitía al grupo pagar el espacio que algún tipo trasnochado, les alquilaba.

Su madre padecía una rara enfermedad neurológica sin cura posible, además los médicos ni siquiera contaban con un diagnóstico certero. Recordaba la infinidad de estudios invasivos que le habían realizado y que algunos de ellos habían resultado tan dolorosos, que cuando recordaba continuaba conmoviéndose por el sufrimiento que hubo de padecer su madre durante tanto tiempo y sin resultado alguno.

Para qué; para terminar  postrada en una cama, sin posibilidad de trasladarse para ir al baño ni a ningún otro lugar de la casa.

Él debía higienizarla constantemente; darle de comer y tratar de calmarla cuando comenzaba a delirar o se enojaba sin razón alguna ni motivo e insultándolo, se transformaba no ya en su madre, si no en una mujer alineada y totalmente desconocida.

Pretendía convencerse de que su fallecimiento de seis meses atrás, había liberado a su madre de ese sufrimiento atroz y a él, de esa carga que ya no podía soportar, que lo anulaba como hombre. Vivió sus propias depresiones que comenzaron a ser recurrentes; pero se exigía a si mismo ocultarla de toda mirada fuera esta de su familia o no.

Ello le había provocado una enorme presión emocional, que lo había llevado a una automedicación atroz; que le producía todo tipo de problemas gástricos; sus manos temblaban, perdía peso día a día, y su cuerpo ya debilitado por el día a día, se deterioraba sin remedio.

Se disculpaba a sí mismo, por pensar que la partida de su madre los había liberado a ambos, de esa relación insana y hasta demoniaca.

Volvió a escuchar otro golpe, este aún más fuerte que el anterior.

Provenía del altillo, esa sala de trastos que evitaba acomodar, aunque lo intentara poniéndose en la heladera y debajo de uno de los tantos imanes que pretendían ser recuerdos de lugares a los que jamás había conocido; debajo de uno de ellos , “ese papelito” que de su puño y letra, le decía “recordar revisar y limpiar el altillo”.

Pensó que habría sido alguna de las pequeñas ventanas de ese lugar; que en una de esas había caído una rama de esos insoportables plátanos de la calle, a los que ya odiaba por esas feroces e incomodas alergias, que le producía cada otoño que llegaba.

Pero de pronto; sintió como rasguños en la madera del piso del altillo. No será que volvieron; pensó. Ya había tenido inconvenientes serios con los roedores que se alojaron durante un tiempo en el lugar, y que buscaron allí refugio luego de la demolición de esa casa de al lado; que fuera vendida y demolida después, para quedar como un terreno baldío, que solo servía para que vecinos atolondrados tiraran cualquier clase de porquerías.

Llegaban los primeros calores y el perfume del jazmín del país que tenía en su pequeño patio, era tapado por el hedor insoportable del baldío y un ejército de moscas que invadían su casa; lo cual ni siquiera le permitía en esas tórridos días de verano, sentarse en ese sillón del patio que tanto quería y que su padre había fabricado con sus propias manos, hacia tantos años, cuando él era aún un adolescente.

Esbozo una sonrisa, disfrutaba recordando a ese padre ausente, que los había abandonado hacia años, pero que lo llevaba todos los domingos a la cancha y le compraba esos caramelos masticables o en el entretiempo, la “coca y el pancho” que eran infaltables. Fueron pocos años, pero los necesarios para recordarlo buenamente. No le guardaba rencor por el abandono; en su interior sabía al igual que sus hermanas, que se había ido de la casa porque ya la relación con su madre era insoportable. Su madre, una mujer de fuerte carácter que no dudaba en  humillarlo y subestimarlo, delante de cualquier persona que estuviera enfrente.

Yo hubiera hecho lo mismo-pensó-; pero nuevamente el ruido seco y los rasguños lo sacaron de sus cavilaciones.

No podía dejar el tema para el otro día. Le sería imposible poder dormir. Era tan molesto escucharlo permanentemente; que era como una gota de una canilla, cayendo en un recipiente.

Fue a buscar esa escalerita plegable que siempre usaba cuando debía limpiar el farol del patio o acomodar alguna cosa sobre el ropero del viejo comedor. Pero a sabiendas que ya había tenido malas experiencias con roedores; busco en un baúl de herramientas unos gruesos guantes y un delantal de soldador, a cuyo propietario desconocía pero que podía ser un buen resguardo de defensa ante la presencia de una o varias ratas.

Conocía historias sobre la peligrosidad de las ratas; más aun teniendo en cuenta que había visto un video hacía pocos días, en que informaban que en los Estados Unidos, habían capturado una rata del tamaño de un perro y de alrededor de 15 kilos. Quizás –pensó- sería conveniente llamar a estos tipos que se encargan de plagas y liberarme del tema. Pero a continuación se preguntó –y cuánto podría llegar a costarme-, a sabiendas de que su magro salario solo le permitía vivir al día y sin lujo alguno.

Se dijo -que puede pasarme frente a una rata-. Lo importante pensó; es que como son casi ciegas se manejan por lo sensitivo y no se las debe asustar, porque cuando se ven amenazadas atacan. Recordaba, que ya algunos obreros que estuvieron demoliendo la casa de al lado, le habían comentado de historias en que una rata grande como un gato fue acorralada y llegó a subirse por dentro del pantalón de un obrero, mordiéndole los genitales. El hombre según los tipos, había estado internado en un hospital durante 20 días, para finalmente, fallecer.

Junto fuerzas y con la escalera, luego de ponerse el delantal y los guantes se dirigió a la puerta ciega del altillo.

Los ruidos continuaban; ahora con mayor intensidad pero además él, escuchaba ahora como gemidos. No será que están en celo y se estarán apareando. Su preocupación crecía; sabía que estos roedores tanto el macho como la hembra eran fértiles o entraban en celo, ya a las seis semanas de vida. Se comenzó a sentir acalorado y el perlado sudor en su frente aumentaba. No podía aceptar que tenía algún temor…era un hombre frente a unos pequeños animales, a los que podía liquidar rápidamente.

Abrió la escalera tijera en dos y la apoyo firmemente sobre el piso. Subió peldaño a peldaño, hasta quedar su cabeza casi apoyando la puerta ciega. En su mano derecha ya tenía aferrada una liviana pala de punta, ya que pensaba que debía tener la suficiente movilidad, como para aplastar a un roedor, de un solo golpe. Los ruidos, que hacia instantes se hacían insoportables, desaparecieron de golpe.

Saco la llave del candado de su bolsillo y colgó la pala sobre uno de los costados de la escalera; para abrir la puerta del altillo.

No bien oyó el ruido seco del candado abriéndose, lo deslizo despacio entre las orejas del cierre y apoyándolo sobre la escalera, comenzó a levantar la puerta…Asomo su cabeza y no vio nada. Subió por la escalera, hasta apoyar una de sus rodillas sobre el piso del altillo y abrir en su totalidad la tapa ciega. Era realmente tan grande el desorden, que trato de encontrar sin resultado la llave de la luz. Se dijo estúpido, al no llevar siquiera una linterna. Giro hacia los pequeños ventanales; cuando en forma inesperada una luz lo cegó. No podía creerlo, era la imagen de una mujer muy parecida a su madre la que se encontraba frente a él…hubo un minúsculo espacio de silencio y oyó a la figura que le decía: Dime porque me abandonaste aquí? Para dejarme morir y que ya no fuera una carga para vos?

Se paralizó…no podía creerlo. Quiso volver a bajar por la escalera, con tan mala fortuna que tropezó con la tapa ciega que estaba sobre el piso del altillo, trastabillo y cayó a la planta baja, golpeándose la cabeza contra el piso. Sintió el calor de la sangre corriendole por su espalda y como fondo; la misma voz de su madre que le seguía repitiendo “porque me abandonaste”. Comenzó a sentir un frio helado en su cuerpo; quiso incorporarse pero le resultó imposible…sabía que el golpe había sido muy fuerte y la herida profunda. No le quedaban fuerzas, ni siquiera para gritar pidiendo ayuda. Además, quien lo escucharía. Su cerebro revoluciono a mil; haciendo toda una retrospectiva de la enfermedad de su madre hasta su muerte. Continúo escuchando su voz…; hasta que perdió el conocimiento y se vio a sí mismo como un espejo sobre él, en ese cuerpo inerte y ese rostro con los ojos desorbitados por el pánico.

Había expiado su culpa…

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