¿Nuestras raíces, de qué me estás hablando?

2da. Entrega

Cuan maravilloso resulta adentrarse en el pensamiento de quien, como “TOQO” orgulloso de su raza; denota un sutil resentimiento aún con sus pares. Su libro, luego de la introducción, me sorprende con su título “MEDIO MILENIO DE SILENCIO”, sí, así, con mayúsculas. Sólo presiento que es nada más y nada menos que su rebelión interior, la que subyace y emerge, por amor a su tierra y sus orígenes.

En el momento en que escribió su libro, exactamente los años que habían pasado en que los conquistadores “descubrieron a América –si bien existen opiniones contradictorias en cuanto al tema-; dirigiéndose a una tercera persona expresa:

“Hacen exactamente cuatrocientos noventa y tres años que quiero decirte lo que siento. Pero tú no me dejabas hacerlo. Prestabas oídos a otras campanas que con su tañido alineaban tu mente y predisponían tu ánimo. A causa de eso vino la incomunicación, no solo con tus hermanos sino con la tierra en que habías nacido.

Por ello despreciaste nuestra comida, vestimenta, costumbres, música, danza, toda nuestra forma de vida. Y también a nosotros que nacimos junto contigo, que compartimos contigo impuestos, campeonatos del mundo y ahora guerra… (Malvinas-1982-). Fue necesario nada menos que una guerra ¿te das cuenta? Para que miraras otra vez hacia nosotros, para que te dieras cuenta que aquellos que tomabas como ejemplo, de quienes copiabas todo, a quienes veías como superiores, algo que ellos mismo se encargaban de hacértelo notar a cada instante, llegado el momento, te dieron una patada. ¿Vas comprendiendo cómo es el asunto? Aquellos bolivianitos, esos peruanitos, esa gente morochita que tratabas con cierto desdén y que mirabas por encima del hombro, no titubearon en ofrecerte su sangre, su respaldo, sin pedirte nada a cambio, sólo por afecto fraternal -“

TOQO es más que explícito para que el lector comprenda, que es a él a quien se está dirigiendo. Al hijo del inmigrante. Al foráneo. Al invasor. Y cree inocentemente que la guerra de Malvinas le hizo ver y comprender a ese extraño, de que hay hermanos que sufren igual, que son de tez morena, quizás con menos recursos, y que fueron “ninguneados” (1) por años. Inocentemente el autor; en su absoluta buena fe cree que la guerra de Malvinas hizo visible a los pueblos originarios, a los ojos del resto de los argentinos, descendientes en su mayoría de las oleadas de inmigrantes que llegaron a la Argentina a partir de fines del siglo XIX.

Hoy, 6 de noviembre de 2016 leí en una nota publicada en el periódico “Clarín” de esta ciudad de Buenos Aires (sociedad-pg. 58), que Facebook ¡SÍ Facebook!, no reconoce a un periodista con nombre mapuche, cerrándole su cuenta. Cómo vemos no sería un desatino pensar, que esto que limitamos a los pueblos originarios de nuestra Argentina; no sea un fenómeno mundial. O alguien, me podrá hacer un comentario opuesto y con fundamentos; a esta afirmación.

Pero perderé unos minutos, y brevemente les diré que se trata de un periodista de 30 años, integrante del servicio informativo de Radio Universidad CALF, músico del grupo Puel Kona y miembro del Lof Newen Mapu de la capital de la provincia de Neuquén y que por el solo hecho de llamarse Umawtufe Wenzu, fue dado de baja, ya que la red social argumento que la misma, fue debido a que la persona no posee “un nombre real”.

Les exprese, que no me extendería en mayor ampliación de esta noticia. ¿La razón? Está noticia me permite observar un claro paralelismo, con el relato de TOQO de hace más de 30 años, cuando coincidí con él, en mi visita a los Valles Calchaquíes.

Para la mayor parte de aquellas sociedades que se denominan desarrolladas e industrializadas; y aun las subdesarrolladas, es obvia la actitud de transformar en invisible al “aborigen” o “poblador primigenio”, ideario que aún los seduce.

Procuran, seguir manteniéndolo en el “subsuelo”.

Pido disculpas por haberme alejado del relato, pero me resultó interesante resaltar este episodio, ya que observo que no ha existido un interés genuino en la investigación, si es que la hubiere, por parte de la red social, en cuanto a las razones que dieran lugar a ese incomprensible y triste episodio.

Y volviendo a TOQO, él le expresa al lector, que ahora sí, está saliendo en definitiva de un penoso letargo que duró medio milenio y se está dando cuenta –aquel- de quien realmente es. Y se lo dice como “el indio de América”, el indígena, el habitante primigenio, el aborigen, o como se lo quiera llamar. Es un grito de rebelión contenida. Siempre estuvo ahí, antes que los conquistadores, por los que fue vencido y le impusieron una cultura, totalmente ajena.

Los cientos de años transcurridos le han enseñado también al invasor, que su suerte está estrechamente ligada a los que ya no son europeos, ni blancos, ni siquiera criollos. Y remata con una reflexión de antología: “Tú eres yo, nosotros somos ustedes. Eso quería decirte: casi medio milenio es suficiente para un silencio”.

Más que interesante, resulta su visión de lo que él denomina “Folkloricidio”.

El vocablo folklore acuñado a mediados del siglo XIX por el inglés William J. Thomas, tuvo inicialmente el significado de todo aquello que se refiere a costumbres, creencias, tradiciones, supersticiones y prejuicios del pueblo común. No conformes con el vocablo, los italianos propusieron “popolo”, y los alemanes “volkerkunde”, pero se impuso finalmente la palabra inglesa.

Y en esto, TOQO da una visión particular pero nada desacertada en cuanto al significado del folklore, aplicado a los pueblos originarios. -“Bajo esa denominación la sociedad describe lo que comemos, con qué nos curamos, nuestra vestimenta, los ritos que practicamos, como nos divertimos, etc.”-

Que contradicción que lo de los pueblos originarios y primigenios sea folklore; cuando el folklorista italiano Raffaele Corso definió claramente: “folklore no existe más que en los pueblos civilizados”. “Todo aquello que tenga que ver con los pueblos no civilizados corresponden a la etnología”.

Dicen en “Las supersticiones” sus autores Bruno Jacovella y Rafael Jijena Sánchez; “una formación étnica singular en la Argentina presentan el Chaco y Formosa; territorios sin tradición cultural alguna, donde junto a la numerosa población indígena, se está avecinando desde hace poco tiempo una inmigración predominantemente centro-europea. Teóricamente, son regiones con etnología y sin folklore“ .

Es abrumador descubrir junto al autor; que la concepción anteriormente citada extremadamente cínica, pretende ocultar –objetivo que no logra- la presencia de la dualidad indio vs. europeo, ya que en América lo “civilizado” es lo europeo y lo “incivilizado” lo indígena.

Tomando un burdo y vulgar ejemplo si un pilagá manufactura una bolsa con fibras vegetales; de acuerdo a los postulados del folklore, eso sería un hecho etnológico. Pero si esa misma es descubierta por un folklorista y popularizada como “souvenir”, se incluiría dentro de las artesanías folklóricas. ¿Notable, no?

Parecería ser que las horas del folklore están contadas: ya los antropólogos hablan de “cultura tradicional” (2). Así la denuncia es más concreta, cuando enuncia “así el folklore pretende cristalizarnos en un estadio de nuestra evolución, es sincrónico y no admite la evolución ni influencia del medio exterior. Ha creado un hombre “folk”, una comunidad “folk” y allí nos ha hibernado, dándonos ese llamado “folklorismo” que todos miran con cierta benevolencia, curiosidad y que sirve a un fin: procurarnos un cierto rasgo de identidad, pintoresco y más que todo, inofensivo.

Y TOQO con un remate, realmente excepcional, nos dice: “Se está consumando un flokloricidio; entonces, de una vez por todas, llamemos a las cosas por su nombre y designemos como cultura indígena a todo ese bagaje tradicional propio de esta tierra”.

Referencias: (1)   – despreciado (2)  – Situación de nuestras culturas aborígenes. Luis Esteban Amaya. Suplemento Cultural. Clarín (diario), 3 de noviembre de 1983, Buenos Aires.

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