El boxeador

Las blancas sienes

muestran los vividos años

las rugosas manos

los trabajos diarios

Su andar cansino

y el aliento corto

muestran su lucha constante

en su pequeño mundo

El ermitaño, la gente le dice

el monstruo, la madre a sus hijos

con recelo, de él todos hablan

sin saber que detrás de él

decenas de historias, se recuerdan

Hace mil tiempos, su fama era mentada

en sus puños de acero

y en sus bolsillos rotos

se alimentaba una esperanza.

Era la época del Mono, de Prada

de tantos otros

con su atado de ropa

llego una mañana

a esa extraña estación de Buenos Aires.

Quiero triunfar se dijo

y comenzó el arduo camino de los golpes

tuvo triunfos en cadena, pero

sus derrotas, fueron aplastantes

hasta que un día,

no pudo ver el sol de la mañana

no pudo escuchar el llanto de su hijo.

Limosnas le arrojaron

aquellos que lo usaron

desprecios le dieron aquellos otros

que en algún momento, lo vivaron.

Y ahora, al verlo acurrucado

en ese sucio rincón de la estación

no puedo dejar de escapar una lágrima

como única manera de llegar a él

y de aliviar el daño, que le han hecho.

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