Misterio en Buenos Aires

Cuando vi a esos tres ancianos harapientos, entrelazados sus brazos y con decenas de dudas en cuanto adonde ir, caminando aferrándose el uno al otro, en una de esas gélidas y ventosas noches de invierno. luego de haber dejado desandar el tiempo…la vida…quizás en un banco en esa plaza obscura… recuerdo que mi hija mayor me pregunto – Dime papá, es como tú me has dicho; “Los ángeles guardianes son quienes protegen a esos ancianos-.

  • Sí Amalia, le conteste sin dejar de observar, la marcha forzada de los ancianos-
  • Pero mi hija, con su infinita inocencia me respondió; – Ahh…ahora tendrán otras cosas más importantes por preocuparse, porque dime como los Ángeles pueden permitir que esos tres viejitos, anden por la calle con este frio y me parece por la apariencia que tienen, que deben ser muy pobres y hasta quizás, no han probado bocado alguno hace horas, no papá?
  • Me preguntas solo por lo que ves o lo que además imaginas, le contesté-
  • Mira papá, tu siempre me has dicho que la mayoría de las veces, cuando observas a alguna persona, sacas alguna suposición de cómo puede ser, verdad? Bien, pues yo hago lo mismo, me espetó.-
  • No me sorprendió su respuesta. Cada uno absorbe de su propio entorno tanto lo bueno, como lo malo y si por personalidad sabe elegir, seguramente se quedara con lo bueno. Eso es lo que Amalia, siempre había hecho. Curioseaba, preguntaba, repreguntaba, investigaba cuando dudaba de lo que le decían. Para sus 10 años, era demasiado observadora, de todo lo que sucedía a su alrededor. Estaba por contestarle, cuando un ruido seco nos hizo detener. Un automóvil había girado en contramano en la esquina de la plaza y había atropellado a uno de los ancianos, que yacía en el suelo mientras los otros dos, trataban de ayudarlo a incorporarse.

El automovilista luego de su pésima maniobra, ni siquiera detuvo su marcha y huyo del lugar. Poco tiempo me dio para recordar el número de patente del vehículo y registrarlo en mi celular.

Nos aproximamos a los ancianos, lo más rápido que pudimos. Trate de que Amalia se quedara detrás mío, por si el anciano atropellado, mostraba heridas que le podrían provocar a mi niña, un shock emocional de esos, que luego perduran de por vida.

Le dije que se sentara en un banco de la plaza, el que se encontraba a unos casi diez metros de donde estaban los tres ancianos y que regresaría por ella, en unos minutos.

No me sorprendía que en estos días en Buenos Aires, pasaran estas cosas. Los medios televisivos bombardeaban diariamente, con noticias tan desagradables o peores, que la que habíamos tenido que presenciar.

Me acerque, realmente eran muy mayores para andar por la calle a esas horas y con el gélido viento del invierno. Quien yacía en el suelo, estaba golpeado en su cadera y no podía: por más que se esforzaba, incorporarse.

Los otros dos, intentaban con esfuerzo, ayudarlo a ponerse en pie. No podía dejar de ayudarlos y debía sacarlos del medio de la calle, donde si bien a esa hora no había demasiado tráfico, la iluminación del lugar no era la mejor.

Les dije a los dos ancianos que lo acompañaban, que yo lo alzaría de los sobacos y que ellos lo hicieran tomándole cada pierna, para llevarlo a un banco de la plaza.

Antes de eso, llame al servicio de ambulancias del municipio, solicitando una de emergencia, relatando lo sucedido y dando mis datos, como mi teléfono celular.

En esos minutos, no deje de mirar hacia el banco donde se había quedado sentada Amalia; haciéndole señas con el pulgar levantado, de que todo estaba bien, para que no se alarmara y a la vez, para que no se sintiera tan sola.

Si bien era delgado, el caído era más bien alto y de cabello totalmente blanco- Le dije que estuviera tranquilo. Me miro y esbozo una dulce sonrisa, que realmente luego comprendí, porque la sentí como la que me devolvía mi padre, cuando yo era un niño y le hacía alguna pregunta, propia de la curiosidad de nuestra niñez.

Pesaba y resultaba incomodo alzarlo, por la falta de fuerza de los otros ancianos que se agitaban a cada paso. Pero lo logramos. Luego de unos tres minutos, que me parecieron horas; pudimos llevarlo y acostarlo en un banco de la plaza, a pocos metros de donde se encontraba mi hija.

Les comente que ya llegaría la ambulancia y los tres al unísono, contestaron ¡No! ¡Eso no!

Quede estupefacto. No entendía esa respuesta grupal y además, cortante y aparentemente agresiva…

Me prepare para la llegada de la ambulancia y saque una birome que guardaba dentro de mi abrigo, sacando un papel que no era más que un comprobante de una compra que había realizado ese día, para anotar  los nombres o la filiación del accidentado, como de quienes lo acompañaban, a sabiendas que llegando la ambulancia municipal, habría también intervención policial y seguramente en mi caso, sería un testigo esencial de los hechos sucedidos.

En ese momento, una tenue nevada comenzó a caer. ¿Nevaba en Buenos Aires?

No lo podía creer. Mire a Amalia y me sonrió, no entendiendo que sucedía. La constante humedad de nuestra ciudad, provoca que ver caer nieve en la ciudad, resulte una experiencia fantástica e increíble, como aquella que sucedió en julio del 2007.

Volví a mirar a los ancianos y por un instante, quede deslumbrado por sus rostros tan vivaces y de piel entre blanca en un par de ellos, morena en el accidentado.

A lo lejos se escuchaba la sirena de la ambulancia, seguramente abriéndose paso por las calles de la ciudad.

Los volví a mirar y comencé a preguntar:

  • Por favor, necesito sus nombres y apellido; ya que seguramente los paramédicos me lo pedirán, al igual que la policía que se acercara al lugar.

La respuesta del anciano de piel morena; fue no solo por el, sino también por los otros dos;

  • Si quieres nuestros apellidos, te digo que no tenemos….dudo un instante y agrego…en cuanto a nuestros nombres: yo me llamo Baltasar y mis amigos Melchor y Gaspar.-
  • Creí que me estaba tomando el pelo y ya molesto, le espeté: Ahh…si claro y yo soy Papa Noel. ¿Cómo es esto? ¿Se llaman como los Reyes Magos?
  • Me miro y sonrió; no, tú eres el que no entiende. No nos llamamos como ellos, somos ellos.
  • Un temblor se apodero de mi cuerpo y a continuación un sudor frio me dejo tieso.
  • El que decía llamarse Melchor, me puso una mano en mi hombro y con una sonrisa absolutamente encantadora en su rostro, que en ese momento se veía como raramente luminoso, tranquilamente y como susurrándome me dijo:
  • Sabes, debemos andar mucho y por mucho tiempo, para prepararnos para el día de Reyes y es nuestra costumbre, visitar aquellas ciudades en donde las cosas, no andan lo suficientemente bien y como te darás cuenta, a quienes más afecta ello, es a los niños. Esta es la numero ciento treinta y ocho, que hemos visitado. Pero bueno, nos desorientamos y aparecimos aquí y sucedió lo que ya has visto.
  • No podía hablar, sentí la garganta seca. Enmudecido, recién ahí me di cuenta que el tercer anciano, en este caso “supongo” Gaspar estaba tranquilamente sentado en el banco de la plaza y junto a “Baltasar y Melchor” me abrazaban, dándome las gracias por lo que había hecho. Al recibir esos abrazos, fue -perdón por mi ignorancia- como si un rayo de luz entrara en mi cuerpo, que se estremeció al instante.

Amalia, no comprendía que sucedía y yo para ser honesto, menos. La nevisca ya había dejado un manto blanco y espumoso sobre la plaza. Di vuelta mi cabeza al igual que Amalia y vimos como a unas dos cuadras de donde estábamos, venia la ambulancia con su sirena sonando y sus luces,  iluminando su paso.

Estaban ya por llegar…cuando de pronto, me quede entre somnoliento y en un estado catatónico sorpresivo. Luego Amalia, me dijo que algo igual le había sucedido. Cuando la ambulancia se detuvo en el lugar, precediendo a un móvil policial, salí de la conmoción y me encontré absolutamente solo, en esa esquina de la plaza.

Los paramédicos y el médico de guardia bajaron, y este último se me acerco y me pregunto si me encontraba bien. Casi balbuceando les dije que sí. Luego me dijo, donde estaba el accidentado.

  • Pensé que si contaba todo lo que había sucedido, me creerían un loco suelto y me llevarían sí, pero a un centro especializado. Mentí, si como esas “mentiras piadosas”, que uno dice para salir de una situación tan desconcertante como la que había vivido, que parecia de otra dimensión. Les dije que quien se había accidentado, se había podido comunicar con un familiar, quien se había presentado hacía pocos minutos, subiéndolo a su automóvil y yéndose ambos, del lugar.-
  • La custodia policial se acercó y me pregunto, si podía relatar los hechos o tenía alguna información de lo sucedido-
  • Volví a mentir…les dije que cuando caminábamos con mi hija Amalia, nos encontramos con un hombre que yacía en el medio de la calle, quejándose de dolores y que supusimos había sido víctima de un atropello. Pero no habíamos visto nada más, salvo lo que ya le había comentado al médico de la ambulancia.
  • Se quedaron unos minutos más. Pidieron mis datos, por si tenían que convocarme ante la eventualidad, que un hospital recibiera a un herido. Se los di y por dentro sonreí, diciéndome a mí mismo: -si seguro, un fantasma no se interna, a lo sumo levita- Subieron a los móviles y se retiraron.

Nuevamente, tome de la mano a Amalia quien no había dicho palabra alguna, desde que la deje sentada en el banco de la plaza y se constituyó en una espectadora privilegiada, de todo lo sucedido.

Comenzamos a caminar, yendo para nuestro hogar. Luego de unos minutos, llego la pregunta de Amalia;

  • Ahora dime papá; no te parece que en esta noche tan fría y horrenda; no deberíamos haber sido nosotros, aunque más no sea por esta noche, quienes los tendríamos que haber cobijado y darles un buen tazón de esa sopa de verduras que mamá, seguro debe haber cocinado para la cena? ¿Una pena que se fueran, no papá? ¿Pero sabes adonde se fueron?
  • Le respondí: No lo sé, hija, pero sabes creo que Dios con su ternura infinita los llevo a su refugio, para que siguieran haciendo su trabajo—
  • ¿Qué trabajo, papa? me pregunto Amalia.
  • Uno de esos, a los que solo acceden aquellos, que están muy cerca de Dios y siempre están preparados para hacer en nuestro planeta Tierra, solo buenas acciones.
  • Amalia, no comprendió demasiado. Sus 10 años; no podían comprender ni siquiera creer en lo que habíamos vivido. Sus interrogantes, seguramente darán lugar con los años, a otro relato fantástico, como este.

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