Invisibles

La vi aparecer
con su mirada
tan distante,
parecía ida,
como si
se encontrará
desorientada,
o buscando
el camino
que la llevara
a algún lugar.

Era pequeña,
menuda,
de rostro
tan blanco,
como transparente.

Daba la impresión
de estar enferma.

Le pregunté,
si necesitaba
ayuda.
Balbuceo
un nombre…
que no entendí.

Volví
a preguntarle,
papá, respondió
y en forma
repentina,
se desmayó.

Puse
los brazos
para que
no se fuera
al piso.

Busque
con mi mirada
en esa
estación de tren,
alguien que
al conocerla,
se acercara.

Segundos,
que parecieron
siglos.
Nadie pareció
estar con ella.

Saque
de mi mochila,
la botella
de agua,
suavemente
le hice beber
y moje su frente.

Un agente
se acercó,
y llamo a
Emergencias.

A los curiosos
de siempre,
hubo que
echarlos,
le quitaban
aire
y el morbo
podía
con ellos.

De la nada,
se acercó
un hombre
andrajoso
pero pulcro.

Las lágrimas
corrían
por su rostro.
Dijo que era
su hija,
que padecía
un trastorno
desde chica,
y que
seguramente
se alejó
y desoriento.

Mostró
documentos ajados,
por el tiempo.
Vivían
en la estación,
comían
de las sobras
de un bar
que estaba
en el andén.

La jovencita,
abrió sus ojos
y se
abrazo a él.
Su sonrisa
era tan luminosa,
que era un
canto
al reencuentro.

Me fui, al rato.
Con un sabor
tan amargo,
que ya vive
conmigo,
por lo que veo
cada día.

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