Huías…no porque quisieras.

Partías
sin siquiera
despedirte
de tus padres.

Al salir
de tu casa,
ya era madrugada.
Con tu mochila
en tus espaldas,
casi me atropellas.

Te detuviste,
me miraste
con ojos,
que denotaban
furia y temor,
al mismo tiempo.

Te pregunte
¿estás escapando
de casa?

Tu respuesta.
fue un llanto,
que se ahogaba
en tu pecho
de niña.

Puse mis
manos,
sobre tus hombros.
Ven, aguarda
un momento
te dije,
y conversemos.

Me contaste
la razón
por la que
te ibas.

Igual a las
de miles
que otros
adolescentes,
padecen.

La falta
de afecto,
la excusa
de que
no hay tiempo,
mientras
este se dilapida
en cosas mundanas
sin valor alguno.

Así creamos
los adultos,
seres infelices.

Solo fue escucharte,
contenerte
y pedirte
que si los otros
no veían tu dolor,
lo reclamaras.

Tu sonrisa ilumino
la noche,
volviste a
subir los escalones
y entrar a casa.

Me sentí feliz,
y pedí al Universo,
que fueras
escuchada.

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