Solo una aventura.

El tenebroso aullido gutural se escuchaba a lo lejos. Eran lobos o coyotes, buscando su presa en el vasto campo “La Gracielita” de Santa Rosa, La Pampa, una de nuestras provincias.
En la inmensidad del bosque y en ese claro; que la naturaleza sabiamente había construido; el crepitar de los leños de la fogata, nos iluminaba lo suficiente como para cocinar el jabalí que horas antes con nuestros dogos Tom, Buttler y Mo habíamos cazado a cuchillo; junto con Ricardo.
No fue tarea fácil, para nada. El salvaje animal viéndose rodeado por los perros defendió cara su vida; a tal punto que se llevó consigo, la del bueno de Mo, a quien atravesó en pleno estomago con sus filosos colmillos. Era lodo y sangre; como en una arena taurina.
Era a muerte. Lo atravesé en el cráneo mientras los perros lo mordían en las patas y a dentelladas, partes de cuero volaban por los aires.
Hasta que llego el instante en que la furia del jabalí, le dio lugar a un cansancio con el que no podía lidiar. Ahí la mano diestra y entrenada de Ricardo, le asesto la feroz puñalada en pleno corazón. Soltó un grito desgarrador; anunciando su muerte.
No queríamos que sufriera; no era nuestro objetivo de caza. Solo alimentarnos habiendo terminado nuestras provisiones para los tres días, desde que habíamos partido del casco de la estancia. Pero la lluvia, el fuerte viento que soplaba del Sur, nos obligó a estar demasiado tiempo en la tienda que habíamos levantado.
Lo tomamos de las patas traseras con mucho esfuerzo y lo colgamos en un árbol, con la cabeza hacia abajo. Así, tomándolo fuerte de su cabeza; lo degollé para terminar de matarlo y que se desangrase.
Aún estaba tibio cuando lo bajamos y comenzamos a abrirlo; para sacar sus órganos y descuerar.
Prendimos un fuego y nos sentamos alrededor junto a los fieles dogos, y el jabalí en una lanza haciéndose lentamente con unas pocas brasas, que lo circundaban. De a poco iba dorándose el cuero y tomando ese color dorado por el calor del fuego. Eran ya las ocho de la noche y suponíamos cenar a las cuatro horas, por lo que seguramente cerca de medianoche estaríamos junto a los perros, comiéndonos al jabalí cuya carne de sabor salvaje, no nos disgustaba.
Como cazadores, nos teníamos prohibido ir por avestruces ya que solo sus alas-aunque parezca extraño- son comestibles y aún existen bestias humanas, que los embisten con sus 4 x 4. Nuestras piezas favoritas son las perdices o martinetas, ni siquiera las liebres.

Con el agregado de disfrutar la naturaleza y el avistaje de infinidad de aves autóctonas de nuestro país. Luego de cenar, guardamos el resto y lo refrigeramos en la camioneta como obsequio al dueño del campo.

Solo lamentamos profundamente la muerte de Mo, a quien le dimos sepultura mientras sus compañeros de ruta, como en una ceremonia ritual aullaban en la noche de luna llena, como fondo del paisaje.
Sabíamos que al otro día, recién llegados planificaríamos nuestra nueva aventura. La vida no es solo amar y escribir. Es el todo lo que se disfruta…es lo que siempre he creído. Hasta la próxima. Nos leemos.

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