Sonata del adiós

Paso el tiempo que casi siempre es
el verdugo de la esperanza.
Pasaron cinco años, volviste
ya no éramos los mismos.

Nos encontramos en Buenos Aires,
caminamos por la acera del muro
del ferrocarril, en donde nos dimos
nuestro primer beso, tú en puntillas.

Al llegar, lucias dulce y amorosa como antes,
pero ya sin rebeldía, tu mirada sin matices.
Te robaron los sueños, y ya no pudiste mentirme.
No éramos aquellos, éramos otros, distantes.
Nos abrazamos por última vez, en el mismo lugar
en que todo se había iniciado.
Nos dijimos adiós, y supimos que ahí
en ese preciso instante, habíamos perdido
un poco de la vida que tuvimos.

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