Vida nuestra de cada día

No podía dejar de mirarla
desde la mesa del mismo bar
de siempre. Atardecía en Buenos Aires,
pesado el clima, enojada su gente.

Por ahora se entretienen y sufren
con los aburridos spots políticos,
vacíos y con falsas propuestas y discursos.
Maquiavelo, no lo podría hacer mejor.

Vi sus lágrimas, en un sollozo
convulsivo. Le pedí permiso,
le pregunté si podía sentarme
un sí nervioso fue la respuesta,
acerque una silla y en silencio me quede
dejándola fluir en su dolor inmenso.

Perdí el empleo y con ello, mis sueños,
me dijo.
Y cuantos hoy viven esto sin poder,
preguntar razones.
Cuantos pocos son, los que destruyen
sueños juveniles.

Conversamos un rato, la tranquilice
le di en el dorso de mi tarjeta,
el nombre y teléfono de un gran amigo
que seguro le haría un lugar en su empresa.

Sonrió, me agradeció.
Me llamo al otro día, exultante
porque la entrevistaron y le dieron
la posibilidad de seguir soñando.

Pero cuantos otros miles…continúan así
y solo si son afortunados, ensamblados
volviendo a la casa de sus padres.

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