Era ya muy añoso en la inmensidad del bosque, acompañado por una multitud de especies de distintos orígenes. Los extremos de sus raíces ya habían recorrido las profundidades de la tierra vigorosa y húmeda.


Solo se destacaba por buscar siempre un claro para encontrarse con el sol y la luna, para hacerle cada día y noche a ambos, la misma propuesta que consistía en prometerles que no abrazaría con sus enormes y poderosas ramas a sus compañeros quitándoles el espacio y la luz del sol.

Pero a cambio de ello, deseaba que le concedieran solo un deseo y por un día entero.


Convertirse en aldeano del lugar, para acompañar a la dulce campesina que cantaba alegremente, recolectando hongos cada día. El sol y la luna, dudaron por semejante pedido, pero un querubín que presenciaba el dialogo, les sugirió aceptar lo que el árbol reclamaba.


Y así me convertí en quien soy y tal fue el amor a primera vista con Artemisa, que el sol y la luna quedaron tan conmovidos que nos permitieron ser parte del Olimpo y hemos recibido la bendición de Zeus y Hera. El querubín continua con nosotros…

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