Homenaje II a mi mamá (Gracias por movilizarme, Natalia Koer)

Me ha emocionado más que demasiado leer hoy a Natalia Koer, con su homenaje a mi mamá. Conteste su comentario, felicitándola y sugiriéndole  nadie es igual a otro que hiciera como yo, que cerrara los ojos y tratara de visualizarla hasta sintiendo sus olores, agregando que siempre a mi madre la tengo tan cerca como que no hubiera partido hace ya, diecisiete años.
Pido disculpas a Natalia, porque me invito a realizar a través de mis letras, también como una réplica distinta, un pequeño homenaje a mi querida madre Sara, ya que en realidad son historias de vida que se replican a través del tiempo y llegan aun a quien no la conocieron, a través de los recuerdos y situaciones vividas, que uno mismo transmite.
Mis padres se conocieron en la ciudad de Buenos Aires, cuando la ciudad no era ni por asomo la gran urbe cultural y multiracial que es hoy. Vivían a siete cuadras (700 mts.) aquí una cuadra tiene entre 80,100 o 120 mts; ya que las calles constituyen una cuadricula como los tiempos de la Gran Aldea Colonial
Sucede que mi madre, una de los siete hijos cinco mujeres y dos varones-que habían tenido mis abuelos maternos Sulai Suleiman y Asme Ali, inmigrantes libaneses que llegaron a Buenos Aires a principios del siglo XX, tuvieron las vicisitudes de todo aquel inmigrante que pretendía encontrar una mejor vida en América, pero cuando llegaban en los barcos con boletos de tercera categoría, eran primero alojados en el Hotel de Inmigrantes –hoy inexistente- y luego relacionados con referentes de la comunidad en la Argentina, para su ubicación y búsqueda de trabajo.
Pero la desdicha acompaño a la familia de mi madre, Sara. Su padre enfermo gravemente y falleció a la edad de 44 años. Eran de religión musulmana y así fue que mi abuela Asme con sus siete hijos desde adolescentes y niños, al frente de una pequeña verdulería, pudo llevar adelante la manutención y con el tiempo adquirir la casa y el local en donde tenía el comercio. De las cinco mujeres, que eran las mayores, mi madre era la segunda y luego venían los hombrecitos-que se llamaron Alberto y Ricardo- Q.E.P.D. todos ellos. Obviamente, en aquellos tiempos, las mujeres adolescentes eran motivo de negociación de matrimonio entre los paisanos, que no se integraban a la sociedad argentina.
Por otro lado, mi padre Francisco Felix Capurro, era de origen italiano y también por rama materna de suizos y vasco-franceses. Obviamente, católico aunque no practicante.
Unas de mis tías, Josefa (Popi) andaba siendo seducida por un galán que nada tenía que ver con la colectividad sirio-libanesa e invito a mi madre a acompañarla, porque ese día el varón iba a ir acompañado de un amigo. Este amigo era mi padre, que como buen descendiente de italianos del norte, era rubio y de ojos celeste o verdes, según el clima. Un pintón de muchacho! Y mi madre tampoco se quedaba atrás, con esa cabellera y ojos de hechicera árabe. Y sucedió lo que tenía que suceder ¡flechazo fulminante!…pero, siempre hay un pero.
Cuando la familia y paisanos cercanos se enteraron, fue un caos. A mi padre lo perseguían con cuchillas –mucho de los inmigrantes se dedicaban a ser matarifes o carniceros-, hasta el punto de que un día sobre la vereda a 50 metros de la casa donde vivía, se colocó espaldas contra la pared para defenderse de una horda de cuatro o 5 muchachones. Hasta que su tabla de salvación, fue que ante tanto alboroto mi abuelo Félix, salió con su revolver tirando al aire y ahí nomas se acabó el intento de asesinato –no exagero-
En definitiva, mi madre fue la rebelde que se fue de su casa enamorada y siendo amada por un muchacho humilde, pero trabajador y que cuarenta como yo, no lo podrían jamás replicarlo. El resto de sus hermanas, fueron objeto de negociación sin amor y siendo aún niñas de hasta quince años. Así era en aquella época.
Tuvieron una vida de gitanos; primero nada más que un corto tiempo en la casa de mi abuelo Félix –que era insoportable y dañino Dios me perdone y Q.E.P.D.”-, para luego alojarse en piezas (habitaciones) de casas en donde vivían varias familias hasta que lograron arrendar o alquilar una casa con varias habitaciones, una cocina con cocina a leña y un baño que en invierno, uno tenía que entrar con frazada.
Demás está decir, que mi madre no pudo pisar el suelo de su casa materna por la grave ofensa cometida, viéndose a escondidas con sus hermanas más “compinches”. En ese transcurso nacieron mis hermanos mayores Carlos, Mirta y Alicia. Mientras que papa además de hacer 24 por 48 horas en la Policía Federal (ni por asomo, la de hoy), luego iba a una curtiembre o a una fábrica de vidrios para pulirlos, porque eran muchas bocas para alimentar. Además subalquilaban una habitación, para poder estar un poco más holgados y pagar el alquiler.
Eran tiempos en que todo se hacía en casa, se reciclaba lo que había quedado de restos de comida del día anterior, mama lavaba a mano todas las semanas todas las sabanas, fregando, limpiando, cocinando y cuidando de la casa, y fue así que por su temperamento nuestro hogar se convirtió en un matriarcado.
Pasaron casi siete desde el nacimiento de mi hermana Alicia; y oh…sorpresa. Otro embarazo!! Mi madre, no quería saber nada. Se vivía con estrechez y sacrificio por eso hoy me sonrió cuando alguien me dice que se sacrifica- por la familia. Pero ahí, comenzaron a murmurarle papa y mi tía Popi (que tenía como un cascabel, con su sonrisa) y terminaron por convencerla de que continuara con el embarazo. Mama, me contaba que debía haber sido un castigo, porque fue el peor embarazo que tuvo, con vómitos y sed permanente.
Bueno; no es nada extraño, teniendo en cuenta que escuche de chico que cuando nací parecía un monito de tanto vello que tenía. Ahí creo, que mama se encontró con quien escribe como con un sentimiento culposo. Y eso, que me entere que no deseaba mi embarazo a los 30 años, de lo contrario el trauma me habría convertido en alguien un poco menos cuerdo de lo que soy. Fue ahí le bromeaba porque no me quería…lo que se hubiera perdido…y otras tonterías, que la ponían más que nerviosa y para nada alegre. De pequeño, mis padres dormían en la cama matrimonial y yo en una camita al lado, tomando la mano de mi madre hasta que me dormía y se la soltaba.
Éramos humildes, pero no faltaba el alimento sobre la mesa, la ropa necesaria, y el festejo de un cumpleaños con tortas de aquellas marmoladas y jugos de limonada. Mucha imaginación para ser muy felices. A los ocho años padecí una meningitis –en aquellos años se había dado una epidemia de poliomielitis- y me internaron de urgencia en un hospital público. Los médicos le dijeron a mis padres, que solo un milagro salvaría mi vida. Mi madre, besando el piso de la sala le rogó a los médicos quedarse conmigo, a cambio de limpiar el piso de un lugar en donde estábamos internados aproximadamente 20 chicos. Estuve en coma 4 días y mi madre conmigo. Recién me dieron el alta a los treinta días, y llevado por los hombros por mis padres, ya que no tenía fuerza en las piernas para caminar. Hay mucha historia, pero en honor a la brevedad me permito omitirla. Solo recordar que los últimos diecisiete años de vida de mama, se le diagnosticó una leucemia linfática crónica a los setenta años y ya como columna de la familia –convertido en el referente masculino desde mis dieciocho años; esos años cuando la llevaba al médico para controlarla y mantenerla estable le preguntaba si no se sentiría más cómoda con mis hermanas, ya que debía sacarse y luego ayudarla a colocarse de nuevo el corpiño. Su respuesta era terminante. No hijo, vos eres mi bastón y yo me siento muy segura contigo. Mi padre ya había fallecido, cuando no había cumplido yo mis veinticinco años. Y al fallecer mi hermano mayor en el año 2.000, a mama se le potencio la enfermedad y falleció un par de años después. Ah…comento para terminar un solo detalle, para dar una nota más al perfil de mi madre. En 1960, mi hermana Mirta que se iba a casar, quien fuera su marido tuvo la posibilidad de que su padre –comerciante- le facilitara el 50% del valor de compra de la casa que habitábamos, para hacer la operación junto a mis padres.
Papá una vez enterado con bajón mediante, se acercó a mama que como siempre estaba en la cocina y le comento lo sucedido, agregando Qué pena, mami. Nosotros que siempre tuvimos el sueño de la casa propia, no poder hacerlo ante esta posibilidad”.
Mi mama, de espaldas se dio vuelta y le respondió “ Y quien te dijo a vos, que no podemos?” Moneda tras moneda, durante 25 años, hicieron posible el sueño de ambos. Sera por eso; que los siento tan cerca y que estoy convencido que me encontrare con ellos, en algún momento. Perdonen, no puedo seguir escribiendo. Necesitaría decenas de hojas. Abrazos a todos.

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