Siempre tengo una excusa…

La rutina de los sábados,
llevar el auto o el carro al lavadero.
Soy alguien que sufre TOC, que si no lo veo
limpio me siento yo, sucio.

Pero no fue un lavado artesanal más,
nueva cajera, cabellos rubios y agradable sonrisa.
Nada puedo hacer para sacarme
esa maldita manía de seducir,
como en mis tiempos adolescentes
o en aquella juventud dentro del Averno.

Excusa primera, servirme un cappuccino
en esa calamitosa y non sancta máquina,
pedirle el vaso e intercambiar sonrisas.

Antes de sentarme y tomarme mi infusión
me dirigí a pagarle el lavado y me pregunto
¿Con el café, también no?
Le sonreí y si quería tener una gentileza
no me opondría al no cobrármelo, aceptaba gustoso.
Nos reímos juntos con franqueza.

No! Me contestó la diferencia de caja,
al final de mi jornada debo ponerla yo.
Oh…debes ser muy cuidadosa en todo.
De lo contrario tú le tendrías que pagar
al dueño, ¿en lugar de cobrar tu sueldo
que presupongo escaso…no?

Comenzamos a conversar de sus horarios,
sus gustos, un compacto de 5 minutos.

Me llamaron, el automóvil estaba listo.
La salude y creo que ambos quedamos
con esa idea de lo bueno que es contener.

Pero para la próxima vez,
me prometo pedirle el número de su teléfono.
Paso a paso, sin prisa pero sin pausa
a la vejez, viruela y pito catalán
como bien se dice, por estos lares.

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