Un viaje…para curar un dolor.

Había planificado como siempre,
en solitario mi viaje a Italia
haciendo cabecera en Salerno,
luego del dolor de terminar
la relación de años con Bárbara.

Alojado en Salerno
no podía dejar de viajar a Pompea,
tanto había leído de su desgraciada
desaparición en los libros de historia,
imaginando el trágico momento de pánico
de todo un pueblo y fuera cubierta por siglos
por esa lava de carbón negruzco,
producida por el extremo calor
del infierno tan temido, el volcán Vesubio.

Una tenue luz iluminaba
la calle que llevaba al camposanto,
es decir, al “jardín de los fugitivos”
en donde figuras de yeso
moldeadas por los cuerpos hallados,
se exhiben en las posiciones en que estaban
al producirse la hecatombe,
manos crispadas, rostros sorprendidos,
otros plenos de terror.
algunos intentando taparle la boca
a un ser amado, para evitar el aire toxico.

Las calles de piedra, con aceras angostas
más la llovizna persistente y la humedad,
no hacía fácil observar cada una de las ruinas
que quedaban, en algunos casos casi intactas
y en otras destruidas por lo cual,
uno reconstruía desde la imaginación subjetiva.

La panadería, el lugar donde se encontraban los baños
que además se utilizaban para las “tranzas” políticas,
o el local en donde un gran aljibe albergaba
lo que en su momento, había sido la casa
que la madama regenteaba, para quienes
podían pagar sus placeres y lujuria,
las maravillosas las termas estabianas
como así también, las del Foro.

La historia de Pompea fue relatada
según se dice por Plinio “el joven”,
sobreviviente de la terrible erupción,
aún puede verse como en toda ciudad romana
el Foro, centro cívico de la ciudad.

Pero lo que me llamo la atención,
fue el Templo de Apolo,
en donde se destacaban estatuas
de Venus, Hermafrodito y Artemisa con su arco.

Me quedé impresionado observando
la belleza de esas pequeñas, pero hermosas obras.
Cavilando, pensé en Bárbara
en que nos habíamos equivocado,
y en como mi dolor en el pecho
seguramente por la angustia
me oprimía cada día, más y más.

Debido al clima, no había turistas
a la vista.
Atine a sentarme, mareado
y creo que en ese mismo momento
me desvanecí y creo haber soñado
con la asistencia de Artemisa,
la Deidad de la caza, del parto
y de la vida silvestre.
Su delicada mano se puso en mi pecho,
y ahí convulsionando, desperté
con los ojos al cielo, ya despejado.

No creí de que era un sueño,
solo que ingreso el oxigeno
que necesitaba al desvanecerme,
y ello me había vuelto a ponerme en sí.

Pero, no acostumbro a ser hipócrita.
Por lo que trato de pensar irracionalmente,
e insisto en mi mente, que sí fue un sueño
solo para recordar, el hermoso rostro de Artemisa.

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