El primer beso y el después…

Recuerdo aun hoy

que me enseño a besar

una niña de mi edad

de púber, allá a los 12.

 

Me tomo de las mejillas

hasta apretarlas

y en mi boca abierta

introducir su lengua.

 

Sonrió cuando lo recuerdo,

a partir de allí

me convertí en ese seductor

pirata y atorrante,

que desgajo su virginidad

siendo el numero octavo

de una fila de igual número.

 

Pero a los quince,

llego ella a mi vida

primer amor adolescente.

 

Que sacrificio debía hacer

loco y ciego enamorado,

que con traje regalado

la esperaba a la salida de misa

de la Iglesia San José.

 

Con ella, se alejaba el atorrante

y aparecía la mejor versión

de mí, que me sorprendía.

 

Tomaba su mano diminuta y preciosa

Y juntos caminábamos por la vereda

del paredón del ferrocarril Sarmiento,

entre Caballito y Flores

dos barrios hermanos de la ciudad.

 

Nos deteníamos cada veinte metros

pero a ella, solo la abrazaba

y depositaba suavemente

mis labios en los suyos,

como aquel que toma un caro cristal

atemorizado de romperlo.

 

Alicia, su nombre era

pura dulzura y ternura,

tan suave como algodón

y una sonrisa

que cada día iluminaba

mi alma.

 

Hasta que me alejaron,

no era el indicado,

por prosapia ni por futuro.

 

Pero como olvidarle,

primer amor inocente y puro,

al que respete como una ofrenda,

a sus ojos llenos de una ilusión

que nos fue arrebatada.

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