Homenaje a Tiburcia Escudero

San luis y su gente

Tiburcia Escudero, la cautiva

Nació y murió cerca de El Morro. Fue prisionera de los Ranqueles durante varios años. Le cercenaron las plantas de los pies para que no huyera. Tras dos intentos de fuga, logró la ansiada libertad.

San José de El Morro es un pueblo serrano de San Luis, fundado en la primera mitad del siglo XVII y construido en los alrededores de su iglesia, portador de una arquitectura muy modesta como todas las de aquella época.

Dueño de una singular belleza, se ubica en el extremo este de la faja volcánica de la provincia y también está entrelazado con ricas historias, como la de doña Tiburcia Escudero, por años, cautiva de los Ranqueles.

Mucho se ha dicho de esta singular mujer que nació y murió en cercanías de su poblado. Incluso es sinónimo de entrega, fortaleza, constancia, perseverancia y valentía.                                                                                              En 1986, el docente Humberto Silvera destacó en unos de sus escritos a la mujer cuyos restos descansan en el cementerio de la localidad.

Tiburcia vivía al pie del cerro El Morro, en un campo denominado La Higuerita. Era hija de Isaac Escudero, que tenía cinco hijos: Guillermina, Beltrán, Fidel, Isaac y ella.

Su historia comenzó a escribirse sin saberlo en noviembre de 1850. En ese mes los integrantes de la familia se levantaron bien temprano, el sol aparecía por detrás de los cerros en una mañana que prometía calor, la falta de lluvia se ponía en evidencia al ver los pastos amarillos doblegados por el viento y los ríos mostraban sus miserias acuíferas.

Una de las primeras tareas de la mañana era ordeñar y ponerse a hacer los quesillos, labor que cumplía cuando su padre y dos de sus hermanos, Fidel e Isaac, se fueron a la cocina a tomar unos mates mientras el resto de la familia comenzaba a preparar, en dos grandes ollas de hierro, la leche y hacer los quesillos.

Un día después de tomar unos mates, los varones de la familia montaron a caballo y se fueron a rastrear unas vacas que faltaban en el corral y que según vecinos las habían visto en las cercanías de un lugar llamado cerro “Pelao”.

En esa época, Tiburcia tenía unos veinte años y era dueña de una belleza natural, de piel blanca y trenzas rubias, con rasgos bien marcados, de suave andar, de pocas palabras y un tanto desconfiada.

“Estábamos en la tarea de preparar la leche cuando los gritos decían que venían los indios. No lo podíamos creer, escuchábamos como un trueno y era el tropel de la caballada indígena que llegaba a marcha forzada. Unos doscientos originarios rodearon el lugar, yo disparé para una barrancada que había cerca de la casa, mi madre buscó refugio vaya a saber dónde, hasta que sentí que una fuerza brutal me levantaba de los pelos, era un indio que me cruzó en su montura diciéndome algo así como, ‘huinca linda…llevando…toldo…no matando'”, es el testimonio de la mujer que reproduce Silvera.

“Sentí como que me iba ‑continúa el relato‑, se me nublaron los ojos y miraba asustada como los indios alborotados rompían y destruían todo, matando a los que ponían una leve resistencia. A los niños los tiraban al aire y con lanzas los mataban”.

En el escrito se publican los detalles de lo que fue ese trágico día y los subsiguientes, donde el malón arrasó con todo a su paso llevándose hacienda y todo lo que podían.

A Tiburcia la ataron de pies y manos con boleadoras. El viaje duró varios días comiendo carne cruda y bebiendo sólo un poco de agua. Cuando llegaron a las tolderías, las mujeres, los niños y los adultos se encargaron del festejo mientras los indios descansaban y bebían en abundancia.

Uno de los caciques mandó a cuatro mujeres a que la desataran, luego la llevaron a un toldo grande y atada a un palo la hicieron hambrear varios días. La mujer que la cuidaba decía: “Cuando saliendo luna… vos ser de cacique…”.

“Los tormentos fueron incontables y dolorosos, varios indios entraron al toldo para comer y beber mientras me llevaron a un rincón donde había un camastro de cuero y palos, me defendí como pude, grité, mordí y lloré con todas mis fuerzas, me quería someter como fuera, el cacique borracho, gritaba como loco hasta que me sacaron afuera y atada a un palo las ‘chinas’ (mujeres indias) me pegaron una soberana paliza”.

Estuvo más de dos días desfalleciente pero vencida por las penurias y el sufrimiento, le hicieron lo que quisieron. Después la ataron de una mano y como si fuera un animal la llevaron a buscar leña y de tanto en tanto, le pegaban con unas ramas con espinas, lo mismo hacían con otras cautivas. Las “chinas” eran las encargadas de ese cruel tormento.

Nunca tuvo idea de cuánto duró su calvario. A los meses ideó una forma de escape, los toldos estaban en medio de la nada pero siempre había alguien cerca de las cautivas hasta que una noche logró el objetivo: pudo evadir el mugriento lugar, aprovechó un descuido de los guardias y sus perros, y consiguió hacer un par de leguas. Al amanecer estaba bastante lejos, pero no lo suficiente. Una polvareda indicaba que la buscaban incansablemente, se escondió en un pajonal, pero no fue suficiente. La volvieron a capturar y regresarla a los toldos.

Una golpiza fue el castigo por haber intentado huir, meses estuvo en esa situación. Hasta que volvió a tratar de escapar, escondió unos chifles con agua, alforjas con comida y antes que saliera la luna, aprovechando otro descuido, ganó la pampa de nuevo. Caminó toda la noche y todo un día, siempre hacia el norte. Hasta que fue divisada por los originarios que otra vez la trajeron a las tolderías.

Esta vez el castigo fue más cruel e inhumano. A cuchillo le arrancaron las plantas de los pies para que no pudiera caminar, estuvo más de tres meses para pararse y otros más para volver a caminar, se arrastraba entre la mugre para alcanzar algún alimento. Al tiempo que la fiebre y las infecciones hacían el resto. Un año después, fatigada, enferma y con pocas fuerzas, la indomable mujer comenzó a preparar una nueva fuga. Su indómito carácter, los castigos corporales, los sometimientos, las vejaciones y las violaciones no minaron sus fuerzas y su espíritu combativo.

Pasó mucho tiempo y esperó que sus heridas sanaran para organizar lo que sería su tercera fuga, siempre sola, sin ayuda de nadie y en el mayor de los secretos. Aprovechó su cautiverio para estudiar el momento adecuado. Los originarios salieron en malón rumbo al sur, ella entendió que había llegado el día de apurar su fuga. Estuvieron unos siete días lejos de las tolderías, a su regreso, como siempre los adultos, las “chinas” y los niños organizaron el festín mientras ellos descansaban y dormían tras sus borracheras.

Tiburcia le había “echado el ojo” a tres caballos que el cacique siempre tenía listos para cualquier eventualidad. Aprovechó que la mayoría dormía, preparó alforjas con comida, agua en varios chifles y muy despacito sacó los animales del corral. Se alejó unos doscientos metros hasta que pudo montar con destreza, en otro cargó el agua y los alimentos. El restante era de recambio. En medio de la oscuridad partió en busca de la soñada libertad.

La fuga se habría producido en agosto. Ella anduvo toda la noche, la nieve había comenzado a caer, lo que le favorecía porque borraba sus rastros. De tanto en tanto cambiaba de monta para no cansar el animal. Así anduvo más de un día, el viento era intenso y la nevada era cada vez más grande, hasta que, agotada, paró para descansar, aseguró a los caballos, les dio de beber y comió charqui. Un ruido la puso en alerta, por las dudas sacó un largo cuchillo que llevaba cruzado en su cintura, hizo silencio al tiempo que los caballos alborotados paraban sus orejas y miraban inquietos al oeste. Tenía miedo que fuera un tigre o yaguareté (fueron extinguidos durante la segunda mitad del siglo XIX). No pasó nada.

El frío calaba su maltrecha y sufrida humanidad, nevaba copiosamente, de vez en cuando miraba hacia atrás no creyendo que iba rumbo a la civilización en busca de su ansiada libertad. Habían pasado cuatro años de aquella nefasta mañana de noviembre. Los recuerdos se le amontonaban en la mente, gruesas lágrimas surcaban su curtido rostro, nunca dijo si fueron de alegría o de recordar tanto sufrimiento.

Tiburcia siempre pensó que las tolderías estaban en un lugar llamado Pampas Grandes, por eso en su imaginación buscaba el norte, por momentos galopaba sin darle un resuello a sus montas. El agua comenzaba a escasear en sus chifles de cuero al igual que el charqui; los caballos ya no eran los mismos, el cansancio marcaba su incierto destino. Lo más difícil estaba por venir.

Así pasaron los días. Agotada al igual que las nobles bestias, buscó dónde refugiarse de noche. Una barranca fue el lugar elegido, desarmó sus pertenencias y se acostó a dormir, el frío era intenso y se cobijó entre las mantas robadas al cacique Ranquel. Al otro día bien temprano, volvió a escuchar ese bramido tan temerario que la puso en alerta, los caballos se encabritaron y casi la dejan a pie, su experiencia pudo más pero el rugido, cada vez más cercano, hizo que rápidamente se pusiera en marcha. Mezclado entre los altos pajonales de la zona, un hambriento tigre seguía sus rastros.

Tiburcia montó como pudo y al galope se alejó del lugar, a eso del mediodía hizo un alto para cambiar de caballo, después de beber y comer a las apuradas como si el reloj imaginario del tiempo le quitara horas a su vida. Sus fuerzas se agotaban rápidamente y todo a su alrededor era pampa, pajonales, sequedad, algún caldén que se levantaba incólume como rey de las pampas. Esas eran sus referencias.

“Anduve hasta eso de la medianoche y al otro día seguí mi marcha, dos días estuve en esas condiciones. El agua se había agotado hace tiempo, comencé a tomar el orín de los caballos, era desesperante. Al otro día encontré un charco de agua, donde bebimos copiosamente. Hasta quedar exhaustos”, dijo la mujer, según el escrito del maestro del Morro.

Todo un día estuvo oculta en unas barranca porque había divisado un grupo de sospechosos que podían ser indios, que andaban de cacería. Pero nada pasó. Siguió su marcha de noche, poniendo en juego toda su integridad y seguridad. El hambre y la falta de agua estaban dejando huella en su huida.

Tres días después, muy débil atinó a cazar un tatú y un par de mulitas que mitigaron su hambre. Nunca había llegado tan lejos. Su ansiedad hacía el resto.

Según Silvera, la cautiva agradecía a Dios que nunca se topó con quienes la mantuvieron prisionera. Cada día que pasaba, le costaba más sobrevivir, a tal punto que debió sacrificar un caballo para poder alimentarse, bebió mucha de su sangre y cortó tiras de carne que guardó en uno de sus odres para el camino.

Casi sin darse cuenta, Tiburcia Escudero se encontró con un grupo de arrieros que tan sorprendidos como ella, emprendieron una veloz carrera sin rumbo hasta que fue alcanzada por las montas mejor dispuestas, al tiempo que se daba cuenta que eran cristianos. Se había encontrado un pedazo de la ansiada civilización.

En su desesperación y después de beber abundante agua y comer unos trozos de carne y pan, les contó su calvario al tiempo que le decían que iba en rumbo equivocado: que venía del lado de las salinas cerca del límite de Mendoza y San Luis.

Los paisanos la llevaron hasta un caserío cercano para darle de comer, ropa e higienizarla para trasladarla a San Luis donde fue recibida por el gobernador, a quien Tiburcia le regaló los caballos que habían facilitado su fuga. Un grupo de soldados la llevó a El Morro y la entregaron al comandante del Fortín. Ahí se enteró de la muerte de su madre. No reconocía a sus hermanos ni ellos la reconocían. Su padre estaba muy viejito y casi ciego.

En base al escrito, habían pasado cuatro años de penurias, violaciones, palizas y duros castigos corporales.

Tiburcia se convirtió en el paladín de las mujeres cautivas por los indios. Fue unas de las pocas mujeres que logró vencer a uno de los indómitos originarios de las pampas argentinas, su valentía y su temple de acero convirtieron a la mujer en una heroína. Con el tiempo se casó y nunca tuvo hijos. Murió en 1931.

Fuente: El Diario de la República. San Luis. República Argentina.

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