El piso de arriba – Parte I

Tenía razón aquel afamado relator.
Que como el fútbol, la vida también 
es lo dinámico de lo impensado.

Sin saberlo, sin intención alguna
me transforme en espectador
invisible de cada día de tu vida.

Eran sus pasos diminutos
que golpeaban arriba en su piso,
bien se sabe que no hay intimidad
en un edificio en donde lo auditivo,
va dejando señales subjetivas
de aquel que habita y uno no conoce.

A las seis de la mañana,
esos pasos me hacían conocer 
la rutina de su vida, caminaba
y luego se escuchaba la música
de Queen o Pink Floyd,
una puerta se cerraba detrás de ella, 
y su intimidad quedaba asegurada.

Al rato, la misma puerta
abriéndose traía sus pasos
nuevamente al dormitorio,
deslizaba según su animo
una corrediza supongo de un placar,
y en mi imaginaria coautoría 
era el momento en que elegía
que se pondría ese día.

La música seguía sonando,
acercándome a su edad probable,
era gracioso que a través
de ruidos altisonantes o diminutos
se me permitiera ser participe 
de una obra, de la que ni siquiera
era protagonista, solo espectador.

Sabía que estaría desayunando,
el olor a pan tostado 
de por si recurrente,
bajaba por la escalera, penetrante.

Se acercaba la hora de partida,
mis oídos hablaban de su loza 
golpeando y a los pocos minutos, 
con sus tacos más su acompasado
ruido de llaves anunciaba
cerrando la puerta tras de ella,
que el primer acto había finalizado.

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