Misterio en Giverny – Parte IV

Jean Claude amaneció en su atelier; dándole unas pinceladas a una de sus obras, a sabiendas que siendo jueves, era el día que visitaba generalmente la Casa Museo de Monet. Le molestaba ir los fines de semana; cuando turistas y curiosos totalmente ignorantes del arte pictórico, llegaban en masa al lugar y -pensaba él- se sacaban fotografías de las más ridículas, sin tener en cuenta los bosquejos o réplicas de las pinturas de uno de los fundadores del impresionismo.
Les interesaba ver las sartenes y ollas de bronce de la cocina, la habitación o el baño con sus accesorios que utilizaba el afamado pintor. 
Dejo la paleta, los pinceles y la espátula e ingreso al pequeño baño, donde lavo firmemente sus manos, dejando su casaca en uno de los percheros de la puerta. Luego de higienizarse; cambio su viejo jean por unas bermudas y su casaca por una remera, ya que en junio la cercanía del verano se hacía sentir, con ese sol ardiente que quemaba las sienes y obligaba a andar ligero. Se calzo sus tenis y bajo del primer piso por la diminuta escalera, saliendo a la calle y cerrando la puerta detrás de sí.
Recordaba la cordial conversación que había mantenido con Richard, la semana anterior y esperaba volver a encontrarlo, para cumplir su promesa de invitarlo a beber unas frías cervezas en el Bistró.
Era para Jean Claude una hermosa caminata de no más de trescientos metros, en la que la suave brisa le golpeaba su rostro, como si supiera del calor reinante disfrutando de inmejorable forma al ver los rosales trepadores florecidos, como así trasladarse retrospectiva-mente a inicios del siglo, y pasar por la linda iglesia de Giverny, dedicada a Santa Radegonde.  Sabia él; que Claude Monet y su familia descansan aun hoy, en el cementerio detrás de la iglesia. La piedra grande en frente de la iglesia es el vestigio de un dolmen. Tiene la reputación de sanar las enfermedades de la piel.
Apuro el paso e ingreso a la vivienda. Para su alegría, diviso a Richard en la parte norte de la casa, entre los tallos esbeltos de las malvarrosas y las masas coloreadas de las plantas anuales. Cuando Richard lo vio, levanto su mano creyendo que Jean Claude no lo había observado. Se encontraron y se dieron un fuerte apretón de manos, con un leve golpe en sus hombros. Parecía que esos dos hombres, estaban para cultivar una sana y magnífica relación. Pero no iba a resultar sencillo.
Como lo había previsto y respetando su compromiso; luego de una breve conversación le reitero su invitación a Richard, quien sonriendo le dijo que casualmente ese sábado lo tendría libre. Así que quedaron que a las siete de la tarde, se encontrarían en De la Capucine.
No obstante; antes de despedirse llamativa-mente Richard retuvo unos minutos a  Jean Claude, preguntándole si se encontraba cómodo en el lugar que había arrendado y si la mujer de la limpieza, también le cocinaba. Además con sutileza, fue casi como haciéndole un interrogatorio, al preguntarle sobre los detalles de la construcción de la vivienda, incluso del piso del atelier. Jean Claude amablemente e ignorando las razones por las cuales Richard tenía tanta curiosidad sobre la vivienda en que el se alojaba, le dio todas las respuestas.
Los hasta allí “buenos conocidos”; volvieron a estrechar sus manos, con el compromiso de encontrarse al sábado siguiente en el Bistró.
Hacia setenta años; en que Rodin se había alojado en la misma vivienda que ahora ocupaba Jean Claude. Auguste Rodin ya de adolescente; mostraba ante su padre su belicoso carácter y termino de pelearse con su progenitor a los catorce años, para ingresar a la Escuela Imperial de Dibujo y Matemáticas. Sin embargo; cuatro años estuvo allí. Intento después entrar en la escuela de Bellas Artes, pero fracaso hasta tres veces en las pruebas de acceso.
Los giros de la historia a pesar de ese rechazo, lo hicieron esforzarse y consiguió dedicarse a lo que quería y le gustaba. A pesar del fracaso inicial; tanto por la no aceptación en la escuela de Bellas Artes como a su primera escultura famosa, fue que estudio anatomía en profundidad y nadie creyó que el método había sido el adecuado porque estaba, al parecer, demasiado bien hecha. Sin embargo; cayo en 1862 en una profunda crisis personal, que lo llevo a ingresar a la Orden de los Agustinos. Sin embargo, su superior el Padre Eymar percibió que el monasterio, no era el sitio para el joven Auguste y lo incito a dejar el noviciado y volver a la escultura.
Así fue como consiguió demostrar que su escultura era cierta y ello le dio la fama además del empujón necesario para seguir haciendo lo que a Rodin le gustaba. Por una razón fundamental: le permitió dividir su escultura en dos, la alimentaria, que le daba de comer a él y a sus amantes, y la transgresora, la que le permitía desarrollar su arte sin pensar si iba a gustar o no. Ya cuando visito junto a Cézanne a Monet, era un escultor afamado y reconocido por todos los círculos del Viejo y Nuevo mundo; ya que en Buenos Aires, Argentina, se erige su estatua de Domingo Faustino Sarmiento en el barrio de Palermo.
Ya había pasado su romance apasionado y tortuoso con su discípula Camile Claudet; a la que dejo ya que no estaba decidido a abandonar a su devota compañera Rosa, quien lo acompaño durante cincuenta y tres años, además de ser su modelo y asistente, además de darle un hijo, jamas reconocido por Rodin, por temor a su madre. Si bien años después de su visita, decidió donar todas sus obras al Estado, una de sus obras solicitada por un coleccionista, quien quedo asombrado por su modelo en yeso  –el hombre de las serpientes-; la que fue única en su género y desapareció en 1914.

Continuará

4 comentarios sobre “Misterio en Giverny – Parte IV

  1. Muchas gracias, amigo! Espero no defraudarte…sabes bien que mis letras tienen sus limitaciones, pero aun así disfruto con ellas. Un gran abrazo!

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