Buenos Aires es de todos…

Estoy sin auto, una de mis distracciones,
provoco que se encuentre durmiendo
dentro del taller mecánico por un tiempo.

Viajo en taxi, camino al centro
de Buenos Aires, al que de día evito.

¿Razones?
Locuras colectivas, bocinazos
creyendo que a quien un semáforo
se le interpone puede volar,
como el auto fantástico o como
aquel maravilloso de “Volver al futuro”
cuya energía solo es cuando avizoran
que se viene una real y feroz tormenta.

Nuestra gente forma aquello
que sostenemos en el tiempo,
un denominado “crisol de razas”
tierra de oleadas de inmigrantes
de todo el mundo que llegaron
en su mayoría solo con lo puesto.

Todas las razas, religiones y costumbres
pero eso si, advierto cuando voy al centro
que todos nos hemos italianizados
de tal manera, que aparece con un disfraz
de Roma, mi misteriosa Buenos Aires,
basta con comprobarlo haciendo
un viaje y escuchar gritos, insultos,
“tipillos” que no respetan nada, caos absoluto.

Pero somos así, eso si no nos arrepentimos
en ser los mejores de nada, porque que otro
tiene a Borges, el dulce de leche, el asado,
y ahí me detengo porque no quiero abrumar,
evitando una respuesta que lastime
para que le conteste como un italianizado argento.

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