Cómo pega la cuarentena en chicos: sobrepeso, trastornos de sueño y angustia.

Fuente: Clarín.com Viva porMaria Florencia Perez
Imagen: Ilustración de Daniel Roldan

Vínculos
Es la franja de la población que menos riesgo corre con el Covid-19, pero el confinamiento le generó otro tipo de impacto.

Casos y opiniones de expertos.
¿Es el confinamiento por la pandemia de coronavirus el mayor experimento psicológico de la historia? Así se lo plantean algunos expertos en el tema y, en vista de los efectos emocionales que se registran entre los miles de millones de personas que fueron puestas en cuarentena a lo largo y lo ancho del mundo entero, se podría afirmar que tienen razón.


Dentro de esa enorme población, los niños y los adolescentes son los protagonistas de una paradoja: a pesar de no ser un grupo de riesgo para la enfermedad, sí lo son con respecto a las medidas restrictivas que se tomaron ante la emergencia sanitaria. En su salud física y mental se evidencian diversos malestares producto del aislamiento social.


El peso del encierro


Testimonio de Mariana, 42 años, contadora: “Como pasó en todas las casas, nuestra vida en familia se revolucionó en estos meses. La postal de todos los días somos mi marido y yo trabajando con las computadoras desde la mesa del comedor y nuestra hija tirada en el sillón con la mirada clavada en YouTube. Es triste pero los videos a toda hora y las sorpresitas (una caja llena de golosinas y galletitas que está arriba de la heladera) son nuestros aliados para sostener esta nueva rutina sin niñera, jardín ni amiguitos. Todo lo que antes era de consumo excepcional, ahora lo come varias veces al día. Y ya se le hizo el hábito: si le decimos que no, hace berrinche”.

En los consultorios pediátricos se empezó a registrar un dato alarmante: lo que engordaron muchos niños después de tantos meses de aislamiento. “Desde julio estoy viendo numerosos casos de chicos en edad escolar que, hasta antes de la pandemia, tenían un peso adecuado y ahora pasaron a tener sobrepeso. Algunos directamente escalaron a un índice de masa corporal que expresa obesidad”, cuenta Gladys  Convertini, pediatra especializada en crecimiento y desarrollo.


El incremento de peso no hace distinciones por edad, ya que en algunos casos impactó en todo el grupo familiar, pero tiene causas particulares en los más chicos: “No se da sólo por sedentarismo sino también por un aumento del consumo de alimentos. La ansiedad propia de este contexto hizo que los chicos comieran más.

Encima, a veces los padres, apremiados por sus obligaciones laborales, no encuentran mejor recurso que ‘entretenerlos’ con dulces y galletitas”, explica la especialista.
Chicos que tenían un peso adecuado pasaron a tener sobrepeso y algunos escalaron directamente a un índice de masa corporal de obesidad.


Gladys Convertini, pediatra


Los riesgos de la obesidad infantil son muchos: desde que esta enfermedad se extienda hasta la adultez hasta desarrollar diabetes o patologías cardiovasculares a edad temprana. Por eso, es necesario empezar a modificar hábitos con control y contención médica: “En general, ante un chico con un cuadro así, hay que pensar un plan que se adapte al contexto socioeconómico de su familia y a este momento histórico particular. Y seguirlo mes a mes para ver si puede modificar de forma progresiva su rutina y si, al menos, deja de aumentar”, agrega Convertini.


En medicina, y en la especialidad pediátrica en particular, la frontera entre lo emocional y lo orgánico es difusa. Por eso, en plena pandemia empezaron a escucharse muchas más consultas por pesadillas, terrores nocturnos, problemas de sueño y llantos descontrolados por parte de chicos que antes no habían tenido estos cuadros.


“Los cambios de rutinas a las que han tenido que amoldarse traen aparejada una serie de manifestaciones que preocupan mucho a los padres. Y todos los aspectos referidos a la salud mental de los niños inciden directamente sobre su salud física, como un todo”, subraya la pediatra.


Retroceder casilleros


Testimonio de Lucía, 36 años, abogada: “Antes del aislamiento, estábamos en pleno proceso de que nuestro hijo dejara los pañales. Había empezado salita de tres con sus amiguitos del año pasado y unos cuantos se encontraban en la misma etapa, otros directamente ya la habían superado. Durante los pocos días de adaptación que llegó a tener en el jardín, ese fue uno de los temas que trabajaron con la maestra. Después no hubo más clases, toda la rutina de la casa cambió, y también nuestros estados de ánimo. Mi marido y yo, más ansiosos y estresados. El, con más berrinches, más demandante y pegoteado con nosotros todo el tiempo. Y lo peor: empezó a hacerse encima. Fue fuerte verlo retroceder casilleros. Y en el jardín hubo situaciones similares por parte de otros chicos”.


Niños que empezaron a hablar como bebés, volvieron a hacerse pis en la cama o a dormir con sus papás como cuando eran más chicos. El retroceso en los comporta-mientos infantiles es una forma de somatizar el estrés que se convirtió en uno de los efectos del aislamiento que más resonancia tuvo estos últimos meses.


“En la repetición de estos síntomas hay un llamado de atención inconsciente a los padres para que se ocupen de ellos. Es la forma que tienen de mostrar una dificultad que merece ser escuchada”, explica la psicoanalista especializada en niños Patricia  Corazza.


En casos en que los más chiquitos vuelven a transitar etapas superadas, la profesional subraya la importancia de que los padres acompañen, escuchen sus expresiones sea cual fuera la forma que adquieran, y los orienten: “Hay un temor a la muerte instalado en la sociedad que es necesario poner en palabras para que deje de expresarse como síntoma”, explica.


Sin embargo, las regresiones no son las únicas problemáticas detectadas en los niños durante este período. Según la especialista, dependiendo de la edad y el desarrollo cognitivo y emocional de los chicos, también se registraron estados de desgano, insomnio, angustia, irritabilidad y miedos (al abandono, a la muerte o a no ver más a un ser querido).
Hay un temor a la muerte instalado en la sociedad que es necesario poner en palabras para que deje de expresarse como síntoma.


Patricia Corazza, psicoanalista


“Muchos de estos síntomas son transmitidos por los padres o cuidadores que padecen el mismo sufrimiento”, aclara la profesional. Pero, lo que resulta más preocupante, es que dependiendo de la dinámica familiar, los adultos no siempre tienen registro de estos cambios en sus hijos.


En los más pequeños, estas cuestiones no se expresan verbalmente sino a través del comportamiento, juegos y expresiones artísticas. “Hay que estar atento a cualquier distorsión en alguna o todas estas expresiones para transmitirles calma, y si es necesario acudir a un profesional que oriente al grupo familiar. Es importante hablarles a los chicos con palabras claras y sencillas acerca del coronavirus para que ellos se puedan familiarizar con el término, la enfermedad y sus consecuencias”, recomienda Corazza.


Adolescencia recargada


Testimonio de Juan, 50 años, arquitecto: “Durante estos meses, mi hijo Fede se tornó cada vez más introspectivo y melancólico. Se fue guardando en una coraza a la que es imposible acceder. No quiere compartir nada conmigo ni con su mamá y está totalmen-te desconectado del colegio. Y no pasa por irresponsabilidad, es como si el contexto lo superara. Tiene 16 años y ha llegado a pasar días sin salir de su habitación y más de una semana sin bañarse. Cuando empezaron a abrirse un poco más las salidas en espacios abiertos, lo alentamos para que se viera un rato en un parque con algún amigo, pero tampoco. Por primera vez tuvimos que pedir ayuda profesional porque esto se nos fue de las manos”.


Se muestran distantes y escatiman el contacto físico con su familia, permanecen absortos en su mundo, esquivan responsabilidades, pasan de la indiferencia al dramatismo. El inventario de típicas actitudes adolescentes es tan extenso como universal.


Algunas señales de alerta a tener en cuenta en adolescentes: encierro excesivo, negarse a comer, marcada tristeza, insomnio persistente.


Claudia Spinelli, psicoanalista


Sin embargo, en tiempos de aislamiento social, su intensidad recrudeció: “Es que en esta etapa en que las experiencias con sus congéneres son de vital importancia, es muy desafiante para ellos quedarse puertas adentro de las casas, cohabitando con su familia, impedidos del contacto físico con sus pares”, aporta Claudia Spinelli, psicoanalista especializada en pacientes de este rango de edad.


Entre los padres hay una preocupación generalizada por la hiperconexión, los hábitos de sueño totalmente cambiados y la falta de motivación con respecto a las responsa-bilidades escolares. Pero, ¿cuáles son las señales de alerta de que estamos ante un caso que puede estar asociado a una patología?


“El encierro excesivo, negarse a salir de la habitación o a alimentarse, no intercambiar palabras con la familia, una marcada tristeza, un insomnio persistente o impulsos que puedan conducir al consumo excesivo de cualquier tipo de sustancias evidencian signos de malestar que pueden implicar una mayor gravedad y ameritan una consulta  profesional”, detalla Spinelli, quien estos meses ha atendido chicos con fuertes crisis de angustia, sentimientos de frustración e irritabilidad asociados al aislamiento.

Sin embargo, la mirada de esta profesional no es fatalista. Para ella, si hoy ese “recrudecimiento de reacciones y sintomatología de la adolescencia” se da en su justa medida, representa un signo de salud: “La negación, en cambio, es una posición mucho más riesgosa y complicada”. 

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