Aurora, así te llamas al igual que la diosa romana del amanecer
te veo en la pantalla pero imposible alcanzarte en tu Noruega,
país en el que habitas y en donde las madrugadas estremecen
no solo por su gélido invierno del cual nadie aquí comprendía
como tu como buena descendiente de salvajes vikingos ancestrales,
podías estar tan cómoda con tu vida disfrutando aquellos extraños
juegos de invierno que los nórdicos inventan para pasar el tiempo,
eso sí siempre me respondias que por nada del mundo te perderías
observar esas auroras boreales con sus increíbles efectos visuales.
Todo comenzó hace dos años en que llegaste a Buenos Aires,
no solamente para perfeccionar tu español sino para conocer
aquello que amigos que te antecedieron supieron decir de ella
y definirse a sí misma como misteriosa, polifacética y multicultural

distinta, no mejor a cualquier otra ciudad de América del Sur.

Como no estar todos en clase embobados con la alta y esbelta rubia
de grandes ojos azules, piel tan blanca y esas trenzas a ambos lados,
que te hacían parecer una de esas muñecas de escaparate para comprar
y llevarse de souvenir como recuerdo por la emoción que producía solo verte.

Fuiste distante y lejana al principio, era este otro mundo casi anárquico
nada ordenado para tus costumbres pero fue eso quizás lo que te cambio,
la calidez más esa forma desangelada de comportarnos que poseemos
los argentos una de las razones por la que al yo notar como te integrabas, cual loco puse primera acercándome con cualquier excusa a ti cada día
todo pretexto era bueno para estar cerca e intercambiar las acepciones
del idioma llevándote en los ratos libres a aquellos lugares de interés
de mi ciudad que te sorprendían a cada paso clickeando con tu celular
centenas de fotos del lugar por el que pasaramos incluyendo esas selfies
que sacabamos con muecas extrañas tantos raros y bellos lugares.

No había pasado un mes de nuestra primera cita y al salir del boliche
ni tu ni yo tuvimos que cambiar la postura, nuestra altura es casi igual
tome tus mejillas en mis manos besándote apasionadamente susurrando
un “te amo” mientras tus ojos azules solo me respondian “elsker deg”.

Un año ya que has regresado a Noruega y no pasa día en que hablemos
con esta virtualidad tan extendida con la ansiedad de nuestro encuentro
para construir una vida en común con el deseo que sea para siempre,
mi doble ciudadanía, mi mayor dominio del idioma noruego y la carta
la más que famosa carta de trabajo de Equinor empresa estatal petrolera
con un contrato afín a mi título de ingeniero en petróleo harán la magia
de estar junto a ti y duramente adaptarme cerca del circulo polar artico,
pero con nuestras manos entrelazadas sorprendidos por esas luces
fugaces de las auroras boreales como si fuera el festejo del destino recibido.

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