Deseo que me permitan hacer un paréntesis o una parada técnica; para aclarar que no me considero “ni víctima ni victimario”, de la vida que he tenido.

La razón es que cada uno de nosotros utiliza los ingredientes que desea o dispone, por lo que nunca la vida en sí misma, no siempre es totalmente buena como tampoco totalmente mala.


Prosiguiendo el relato; aún hoy me pregunto qué sucedió en aquellos ya lejanos dieciséis años.

Nadie me supo o se atrevió a decirme -gran error- que fue aquello, ya que aún continúa ese espeso velo que no me permite recordar, como si fuera un episodio de amnesia transitoria, los hechos de ese lapso que tuvo una duración de aproximadamente seis meses.


Nunca me caractericé por ser el primero de la clase; pero la fui llevando. Lo idílico de la justicia y libertad se interpuso en mi juventud, haciéndome muy participativo de cualquier revuelta o manifestación que se organizara para defender esas nobles y utópicas causas.


Pero si bien me oriente a las ciencias sociales; la necesidad me hizo esclavo del capital. Ahí se acabó el lirismo, si bien siempre me he considerado un hombre de centro izquierda. En aquellos años de los setenta, se estaba produciendo una transformación en los cuadros de ejecutivos, en que las empresas orientaban sus búsquedas a tecnócratas que pudieran planificar e implementar procesos de reingeniería en sus estructuras.


Así que a los veintiún años; me convertí en Jefe de Personal de una empresa, cuya casa matriz estaba radicada en Alemania. Carecía en ese entonces de título profesional, la voracidad personificada de un autodidacta que todo libro sobre en aquella época, de la denominada  “Administracion de Personal” y quizás las actitudes y aptitudes personales, hicieron el resto.


La Facultad de Derecho (UBA); en donde se cursaba la Licenciatura de Relaciones del Trabajo, me tuvo entre sus alumnos a mediados de los años ochenta. Una carrera de más de cinco años; la finalice en tres años y seis meses, y para ello aprobando once o doce materias de cátedra por año, en calidad de regular, “libre u oyente”.

Prevía que luego de Alfonsín; el oxígeno de una democracia que los propios argentinos jamas hemos sabido valorar y defender, se vendría el neoliberalismo con su “capitalismo salvaje” que en la década de los ´90 -junto a la fantasía de “la convertibilidad” U$S 1 = $ 1, en donde el “deme  dos” era una constante y las reservas se fugaban al exterior por miles de millones, las organizaciones o corporaciones cambiaban sus cuadros de conducción por profesionales jóvenes, no solo con sólidos conocimientos del área de -hoy Recursos Humanos o Capital Humano antes Personal-  sino asimismo con fuertes personalidades para transformarse en líderes autocráticos, insensibles y que debían blandir tal como si fuera una espada “la gestión de reducción de personal, enarbolando la bandera de la falsa productividad”.


Consecuencia, que a fines de los 90 la desocupación en el mercado formal alcanzó el máximo histórico cercano al 23% de la PEA, si alguien cree que se debía en gran parte a la apertura externa, le diría que tiene parte de razón, pero el tema es mucho más complejo. Y ello da para que a futuro en mi condición de humilde observador de parte de la historia de mi país, pueda desarrollar el tema “Evolución del empleo en la Argentina” en la categoría de “Pensamiento  crítico”
.


Pero vuelvo a la década del 80, como si hoy fuera “mi presente”. Un sueldo digno, pero ya constituida una familia con una niña y un niño, apretados en un departamento de “dos ambientes y medio”. Me preguntaran que era el medio y responderé que “un amplio pasillo de circulación con un decorativo hogar muy bonito que había colocado, no por las gélidas temperaturas de la ciudad, sino porque siempre me agrado tener a la vista un hogar en un ambiente”.


A los tres años de vivir allí; con una niña de dieciocho meses y el niño recién nacido, intente desplazar las paredes pero luego de mucho esfuerzo, reconocí que era imposible.

No era un momento económico para ser demasiado audaz, pero siempre he insistido que si alguien tiene solo un poco de locura interior -audacia-, no puede quedarse sentado esperando que le avisen el momento.


A pesar de que sabía que los ´90 me debían encontrar egresado de la Universidad de Buenos Aires. la prioridad en ese momento era darle mas bienestar a nuestra familia. Aquel que conoce Buenos Aires, debo decirle que nos mudamos al viejo barrio de Flores, refugio de las mansiones de verano de la oligarquía porteña, que primero se asentó en el barrio de la Boca y ante la epidemia del cólera, migró hacia el norte de la ciudad.


Vendimos rápidamente el departamento tan coqueto -habia una larga cola de compradores-; resigne mi automóvil ya con sus años y a través de un contacto le sume un préstamo que me dio una financiera. Moraleja; Qué compré “algo” que era más que un híbrido almacén que abarcaba toda una esquina con un sótano de 1,80 metros de profundidad, utilizado como depósito. Paredes altas, descascaradas su color amarillo por el paso del tiempo, realmente algo espantoso. Eso fue lo que pudimos adquirir en condominio con mi esposa.


Mi sueño era construir en altos y bajos, la casa más funcional y cómoda para nuestra familia. Y luego de seis meses extendí los planos municipales sobre la mesa -no me pregunten como-, para diseñar cada uno de los ambientes y el estilo mediterraneo que deseaba. Lo resumo en la frase que le exprese a la que fuera mi esposa -“flaca, te aguantas seis años de construcción viviendo en la casa con granos de arena en la cama”-. Responderme -Si vos estas seguro, hagámoslo- fue como cargar combustible nuclear en mi organismo.


Pero existía un pequeño problema; ni loco tenía 500.000 dólares y menos un arquitecto. Así hubiera sido fácil, mirándolo de afuera y no luego como un imbécil que se paraba en la acera frente a la casa, sonriendo al ver como avanzaba aún lentamente su construcción.


Oficios desconocidos, “la magia” lo hizo posible a través de preguntar, observar, deteniéndome en otra obra similar viendo los detalles, etc. etc. y utilizando el sótano del comercio para acopiar materiales durante un año, antes de proceder a la demolición de la mayor parte de la casa; en donde se iban a levantar las dos losas de hormigón que serían su estructura de base.


Como aquello de la “necesidad tiene cara de hereje”; fui albañil, excavador, electricista, plomero, pintor, etc. etc.

Diría que salvo el profesional que gestiono la aprobación de mis planos, como los especialistas en el hormigón y luego, aquellos con los que peleaba más que a menudo -quienes levantaban las  paredes-. Esto si fue un caso. Ya no estaban el experto italiano o polaco o croata; ahora eran migrantes de países limítrofes que se decían albañiles y sin ser peyorativo -ni siquiera eran  peones-.


Hubo momentos en que mi ex esposa tuvo que mudarse a la casa de su madre y tuve que transformarme en el sereno de la obra -al margen de mi trabajo en la empresa-; pero debo decir que nunca me sentí solo.Las alimañas e insectos que resultaron ser mis más cercana compañías, lograron que hasta hoy no me conmueva ninguna película de terror.


Hube de detener la obra por un año -hiperinflación mediante, una de las tantas-, pero a través de un contacto político -¿cuando no, verdad? obtuve un préstamo hipotecario a once años. Con ello pudimos demoler la parte restante, finalizando la construcción y alcanzar nuestro sueño en el año 1987, meses después de la llegada del tercer niño. Mejor suerte tuvo él, porque sus hermanos mayores la niña con siete y el varón con cinco años, no habían casi podido caminar, dentro de la casa en construcción.


Completamente solo me armaba andamios de seis metros de altura, tendía caños de luz sobre lo que iban a ser las losas de hormigón, demoli los techos recuperando las vigas de madera que recicle en pisos y revestimientos, pintaba los ambientes a veces hasta las tres de la mañana, me hice paisajista construyendo mi propio jardín, etc. etc. Pero como dicen; eran otros tiempos, los tiempos aquellos.


Ya en el mismo año 1987; volví a la Universidad y finalice mi carrera logrando previamente la tecnicatura, en el año 1990 con el título de Licenciado en Relaciones del Trabajo de la Universidad de Buenos Aires.

Luego vendrían seminarios, cursos de especialización y actualización, viajes a congresos y así durante toda mi vida laboral activa.


Dormía sólo tres horas por día, alla por los 80. Mi empleo era full-time y me demandaba su cantidad de horas, luego rápido a la UBA y llegar cerca de medianoche -algo frugal de cena- y a dormir hasta las tres de la mañana. en que me levantaba a estudiar o preparar prácticos que debía presentar. Como era de esperar al recibir el título en la filmación, se me escucha “de esto el 50% es de mi familia, que me sostuvo durante estos duros pero fructíferos últimos tres años”.


No se si mi inconsciente con una ideología que se mantuvo en el tiempo; me permitió durante mucho tiempo unas mas que honestas y recíprocas relaciones interpersonales con los mandos medios y trabajadores de las empresas multinacionales o nacionales, en que me desempeñe.

Todo lo contrario, me sucedía generalmente con la alta Dirección de las mismas empresas, a las que alentaba cambiar las metodologías de premios y castigos al personal, propios de los trogloditas años 50. 

¿Sería el pensamiento subliminal de considerarme un traidor, hacia mis creencias ideologícas de aquellos años jóvenes? 

Continuará…

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