La vida que no elegí…

Detente…lectora o lector. Lo que has leído hasta aquí, no significa que quien escribe este relato, resulte ser un dechado de virtudes. De aquellos que creen en los siete pecados capitales; salvo la envidia, la avaricia, la pereza y la gula…en el resto me anote en todos.


“ Quién esté libre de pecados, que tire la primera piedra” dicen por ahí; así que seguramente si existe el paraíso deberé pasar obligatoriamente por la antesala de admisión. ¿Quién realizará la evaluación? ¿O directamente iré al subsuelo?. O solo desenchufar…y el vacío. Quizás sea esta creencia que poseo de la vida; es que son infinitas dimensiones que nos reciben en forma circular.


Además quien elige su vida…si hasta hoy esta “ser fashion” cambiarse el nombre ya de adulto, contrario a aquel deseo primigenio de los padres. Estoy totalmente de acuerdo con ello. Porque leo a veces nombres que son impresentables o innombrables.
Por ejemplo, si me dieran a elegir hoy…sería Julio por el gran Cortazar.


Bueno; seguiré con mi relato. Deseo no aburrirlos, pero es lo que en este momento deseo hacer para llegar a la conclusión del porque, estoy convencido que existe algo más allá, de nuestro paso por este caótico mundo -pandemia incluida-.


En el año 1993; precisamente en el mes de junio y recién iniciado el invierno, un episodio nocturno conmocionó el hogar. A las tres de la mañana, no sentía las piernas -mi cerebro les ordenaba que se movieran, pero las pícaras no respondían y rechazaban la propuesta de la mente-. Además de ello; problemas de micción y esfinter anal no me permitían realizar mis necesidades fisiológicas. Quien fuera mi esposa, se comunicó con nuestra prestadora médica y a la media hora, apareció un médico clínico que tenía más sueño que voluntad de ejercer su profesión -que me perdonen aquellos, que hacen de ella, un sacerdocio-

.
La única manera era estar en cama y sentado, con mi espalda sobre el respaldar. Me auscultó y considero que seguramente se había producido un pellizco sobre el nervio ciático, lo que había producido la paresia y el fuerte dolor en la zona por debajo de las cervicales. Temerosa mi mujer, recibió la receta con los medicamentos prescritos y quiso salir a comprarlos a la primera farmacia o botica, que encontrará abierta. Mi respuesta fue NO. A esa hora con el gélido frío que ya se hacía sentir en Buenos Aires y por su seguridad, le conteste que esperaría así sentado hasta que amaneciera y con la luminosidad del día de ser necesario, iría. Tranquila, le dije…hay tiempo..
.


Ya había amanecido 8 AM de la mañana; primero mis pies y luego mis piernas, ahora si se doblegaron a las órdenes de mi cerebro y comenzaron a movilizarse. A los quince minutos, me incorporé de la cama y comprobé que aún se mantenía la imposibilidad de orinar y evacuar el aparato digestivo.


Era un sábado -sin responsabilidades laborales, pero como buen adicto al trabajo me costó errores pedir  ayuda-  Pero no había otra salida; llame a uno de mis cuñados quien presurosamente, me llevó en su automóvil al Hospital Italiano, del cual en esa época era socio por mi prestadora médica privada.


Allí ingresé por la guardia y luego fui derivado a tres especialistas; de clínica médica, neurología y urología. De alli sali igual; pero con una orden médica del neurólogo, para hacerme tres estudios somatosensitivos  denominados “sensorial, visual y auditivo”.


En aquel momento, la familia cercana, se revolucionó. Y a pesar de seguir con los estudios por el Hospital Italiano, una de mis hermanas mayores, Alicia quien falleció por COVID el pasado año y a los dieciocho años le habían extraído un tumor del tamaño de un huevo, entre la médula y la columna, que la estaba dejando paralítica me trajo de su memoria, la devoción por un famoso neurocirujano que la había atendido, recomendándome solicitar una cita médica con el dicho profesional
, a lo que accedí.


Así lo hice; no sin antes realizar los estudios y tener en mi poder los resultados de los somato sensitivos. El día de la cita médica fue un día de locos. En una avenida de gran circulación, un desperfecto de mi automóvil, me dejo de pie a quince minutos de aquella. Mi turno era a las 8 PM y llegué cerca de las 9:30 PM. Sin embargo, el renombrado profesional quien se desempeñaba como Jefe Neurocirujano de aquella entonces Federacion Argentina de Box, aun se encontraba en el piso.

Luego de aguardar unos minutos en la sala de espera; el profesional me hizo pasar a su consultorio, pretendí darle los estudios pero los rechazó secamente. Me pidió que le relatara el suceso y al finalizar, me respondió que podía ser uno de tres diagnosticos; A) Histeria B) Tumor C) Enfermedad desmielinizante.


Luego me solicitó que me desnudara, y me requirió hacer los movimientos propios de un examen neurológico. Al finalizar; me dijo que me vistiera y sentará. Fue allí, que me solicitó recién los estudios.

Con una sonrisa en su cara y una “soberbia manifiesta”, exclamó: Lo sabía; histeria no es porque usted de la forma que me relató lo sucedido, no conoce “una mierda” (SIC) de medicina. Un tumor, tampoco.

Usted, amigo sufre de una enfermedad desmielinizante. Y a partir de allí, se produjo el siguiente diálogo;


-¿Doctor, disculpe me puede decir que es una enfermedad desmielinizante?


-Dr.; Esclerosis en placa, muerte progresiva.

  • Me movi nervioso en la silla,,,respire profundamente…confundido…sorprendido…solo exclame ¡Como!

    Continuará…

3 comentarios sobre “La vida que no elegí…

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