La vida que no elegi…

Durante siete días me sucedió lo que nunca me hubiera imaginado, me orinaba caminando por la calle -en esos casos, trataba de cubrirme avergonzado y no muchas veces lo lograba-.Con la defecación pasaba lo contrario; debía tomar laxantes en abundancia, ya que sin ello, no podía eliminar las heces.


Luego de quince días; fue como si alguien de constituirse en víctima se transformara en victimario. Deje de llorar a escondidas; y me dije a mi mismo que no era posible. Que no tenía enfermedad alguna.


Mi mente se adueñó de esa creencia y no la abandonó hasta el final. Realizaba mis actividades habituales con normalidad, pero sin cometer excesos. El temor a la muerte y el pensar en la la orfandad de mis hijos; comenzó a disiparse.


Era una obviedad; que las decenas de estudios de alta complejidad que debía realizar en el Hospital Italiano, requirieron la prescripción por parte del joven neurólogo de dicho centro de salud.
Ya en la primera cita médica; le había dado un pormenorizado detalle de mi encuentro con su colega. Me sorprendió la personalidad y firmeza, con que se puso a mi disposición para lo que necesitara.


Mientras tanto; estoicamente soporte durante un mes que una enfermera me aplicara en la hipófisis, el inyectable de corticoides.

El primer episodio había sucedido exactamente el 3 de junio y los sucesivos resultados que se extendieron hasta noviembre de ese año, no arrojaban una ratificación del diagnóstico que me brindara “aquél afamado profesional”.


A principios de diciembre; el joven neurólogo del Hospital Italiano me recomendó hacer un último estudio -una punción de médula-, para dar su opinión final.

Agotado de todos los estudios realizados -invasivos o no- le respondí afirmativamente. Me dio la cita médica para su realización, la que no fue lo dolorosa que me imaginaba.


Los resultados estarían para el 20 de diciembre; previo a Nochebuena. Ya el día anterior; recopile todos los estudios realizados y un regular nerviosismo se fue apoderando de mi.


Concurrir a la hora indicada; hacerme anunciar y pasar al consultorio del neurólogo del Hospital Italiano, llevó escasos minutos. El Dr. Lagman me aguardaba impaciente y sonriente, con sus manos sobre el estudio apoyado en su escritorio.


-Hola, Daniel. ¿Cómo ha estado?


-Bien…muy bien Doctor. Llegamos con esto al final de un infierno que duró casi 6 meses…verdad?


-Y si…pero finalmente llegué en lo personal, a confirmar mi sospecha y sostener mi diagnóstico.


-Entonces Doctor…cuál es su conclusión?

Usted Daniel; no sufre de enfermedad desmielinizante alguna.

¿Como? La paresia de miembros inferiores, la micción…


Me detuvo mostrándome la palma de su mano y expresó; Daniel seguramente esto ha sido un virus que se alojó en su médula y como así lo hizo, luego se fue. Hasta a mi como profesional, me cuesta comprenderlo-


Sorprendido…quedé por unos segundos, sin posibilidad de emitir palabra alguna.

Luego le pregunté si podía haber secuelas o podría repetirse y me contestó; que si bien la medicina no era una ciencia exacta, yo era un hombre absolutamente sano.


Recibí el informe de la punción lumbar y se sorprendió cuando en lugar de estrechar su mano; lo abrace repitiendo una y otra vez…gracias Doctor.


Al salir del Hospital Italiano; alce la vista y derrame un par de lágrimas sin realizar esfuerzo alguno.

Cómo comprender todo lo vivido; junto a quien fuera mi esposa y mis hermanos -un núcleo muy intimo- en ese infierno de casi seis meses.


Inhale profundamente y exhale de igual manera, para relajarme. Me dirigí pronto a mi casa, donde mi esposa aguardaba. Nos fundimos en un interminable abrazo. Luego besé y abracé a cada uno de mis hijos. Por tercera vez, alguien o algo decidió que no era la hora de marcharme.


Retome mis actividades -las que nunca durante ese periodo había dejado- con el ritmo de autoexigencia de siempre. Por ello; hoy sugiero a quien se parece al que fui -que inhale profundo “energía” y exhale de la misma manera “relajación”.


La vida es hermosa; pero vaya que cuesta vivirla con sus menos más que con sus más. Sin “falsa humildad”; debo decir que me construí a mi mismo tomando los mejores ejemplos que mis padres, supieron darme.

Al seguir desempeñándome en cargos gerenciales en empresas multinacionales o nacionales, fui siempre un  workaholic -adicto al trabajo- y así me fui alejando de todo aquello que podía brindarme armonía y paz interior. 

Sï, es cierto durante las vacaciones; llevaba a mi familia a una pequeña casa que poseíamos en una de las tantas bonitas playas del Atlántico.


Pero solo iba los fines de semana o bien la última semana de esos dos meses de verano, en que nos trasladamos a ese lugar. Para ser honesto; no sabía o no quise nunca delegar ninguna decisión. Me arrepiento de ello y de qué manera!


Considerando mi actividad profesional, relaciones interpersonales, estudios universitarios, seminarios y congresos me olvide de disfrutar lo más importante de la vida: mis hijos cuando tenían una edad, en que mi presencia debía ser no la de un amigo, pero si una guía en donde compartir todas y cada una de las cosas, que nos perdimos hacer juntos.

Por eso felicito hoy; a aquellos jovenes y no tan jovenes que priorizan “la vida”.


Avanzaba el año 2005; cuando a mediados de años comencé con “los ataques de pánico”.

Consulta a un psiquiatra; quien con buen criterio me derivó a un neurólogo, para constatar si el origen era consecuencia de alteraciones observables. Con el resultado negativo; me medico y luego de quince días me informó que padecía “trastorno bipolar grado 1 o leve”.


Seguramente alguna amiga o amigo que está leyendo estas líneas; habrá visto por Netflix la bonita película española “Loco por ella”. Bueno, la protagonista es bipolar grado 1 -severo-; que tiene altos grados de euforia como de depresión en ambos casos, siendo acompañados de pensamientos suicidas.


Por ello; en algunas circunstancias que he visto a personas hablar o conversar; dando una opinión sobre un hecho determinado, siempre se ha dicho que ello es “gratis” y me resulta correcto -esté o no de acuerdo con ella- , pero resulta muy desatinado cuando se utilizan acepciones, creyendo que son análogas a lo que se dice.


Así; es frecuente escuchar “soy muy bipolar” por quien no tiene una puta idea de lo que significa ello como trastorno de la salud mental. Confunden ello, con quien es ciclotímico, que significa la variación frecuente en sus estados de ánimo en el mismo eje de tiempo.


El trastorno bipolar afecta por igual a hombres y mujeres. Casi siempre comienza entre los 15 y 25 años. La causa exacta se desconoce, pero se presenta con mayor frecuencia en parientes de personas que padecen dicho trastorno.


En la mayoría de las personas con trastorno bipolar, no hay una causa clara para los períodos (episodios) de extrema felicidad y mucha actividad o energía (manías) o de depresión y baja actividad o energía (depresión). Los siguientes factores pueden desencadenar un episodio maníaco:
parto, medicamentos como antidepresivos o asteroides, períodos de no poder dormir-insomnio-, consumo de drogas psicoactivas.


Las/los bipolares somos “conejillos de indias”; ya que no todos los fármacos pueden mejorar nuestra calidad de vida. Y así el profesional actuante, va como en “tubo de ensayo” probando hasta llegar al más adecuado, según el paciente.


En mi caso -bipolar grado 1 o leve- hace años que los fármacos evitan esas depresiones que me tenían a maltraer hace ya tiempo. No obstante; durante esta mal llamada “pandemia”, el aislamiento o confinamiento, si así lo prefieren, ejerce una presión nociva.


Por ello, el motivo de mis apariciones repentinas como desapariciones, por las que les pido disculpas, por el solo hecho que hay momentos en que no leo y disfruto, lo que verdaderos escritores o poetas magnificamente escriben en esta plataforma.


Ahora; quizás comprendan aquello de…”Hubo un día en que me pregunté, cuál era el motivo por el cual seguía en este mundo…” Pero que nadie dude; de que seré centenario…


Feliz Domingo de Pascuas!

Gracias por leerme. Abrazos totales.

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