Mi barrio y su historia…

Desde marzo de 2013 el perímetro de la plaza se encuentra enrejado.

La literatura y el barrio

Flores fue y es el barrio de varios escritores, de alguno de los cuales hoy quedan sus viviendas como casas históricas. Entre ellos, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Alfonsina Storni, Alejandro Dolina. Roberto Arlt lo ha retratado en sus aguafuertes porteñas.

Molinos de vientos en Flores

Roberto Arlt- publicado por el diario El Mundo en su edición del 10 de setiembre de 1928, algunos fragmentos.

*”Hoy, callejeando por Flores, entre dos chalets de estilo colonial, tras de una tapia, en un terreno profundo, erizado de cinacinas, he visto un molino de viento desmochado.


Uno de esos molinos de viento antiguos, de recia armazón de hierro oxidada profundamente.


Algunas paletas torcidas colgaban del engranaje negro, allá arriba, como la cabeza de un decapitado; y me quedé pensando tristemente en qué bonito debía de haber sido eso hace algunos años, cuando cuando el agua de uso se recogía del pozo.
Cuántos han pasado desde entonces!

El Flores de las quintas, de las enormes quintas solariegas, va desapareciendo día tras día.


Los únicos aljibes que se ven son de “camouflage”, y se les advierte en el patio de chalecitos que ocupan el espacio de un pañuelo.
Así vive la gente hoy día.

Qué lindo, qué espacioso que era Flores antes!

Por todas partes se erguían los molinos de viento.


Las casas no eran casas, sino casonas.
Aún quedan algunas por la calle Beltrán o por Bacacay o por Ramón Falcón.


Pocas, muy pocas, pero todavía quedan.

En las fincas había cocheras y en los patios, enormes patios cubiertos de glicina, chirriaba la cadena del balde al bajar al pozo.


Las rejas eran de hierro macizo, y los postes de quebracho.


Me acuerdo de la quinta de los Naón.
Me acuerdo del último Naón, un mocito compadre y muy bueno, que siempre iba a caballo.
Qué se ha hecho del hombre y del caballo? ¿Y de la guinta?

Sí, de la quinta me acuerdo perfectamente.

Era enorme, llena de paraísos, y por un costado tocaba a la calle Avellaneda y por el otro a Méndez de Andés.


Actualmente allí son todas casas de departamentos, o “casitas ideales para novios”.

¿Y la manzana situada entre Yerbal, Bacacay, Bogotá y Beltrán?


Aquello era un bosque de eucaliptos.
Como ciertos parajes de Ramos Mejía, aunque también Ramos Mejía se está infectando de modernismo.

La tierra entonces no valía nada. Y si valía, el dinero carecía de importancia.

La gente disponía para sus caballos del espacio que hoy compra una compañía para fabricar un barrio de casas baratas.

La prueba está en Rivadavia entre Caballito y Donato Álvarez. Aún se ven enormes restos de quintas.


Casas que están como implorando en su bella vejez que no las tiren abajo.

Rivadavia y Donato Álvarez a unos veinte metros antes de llegar a esta última, existe aún un ceibo gigantesco.
Contra su tronco se apoyan las puertas y contramarcos de un corralón de materiales usados.


En la misma esquina, y enfrente, podia verse un grupo de casas antiquísimas en adobe, que cortaban irregularmente la vereda.


Frente a éstas hay edificios de dos o tres pisos, y desde uno de esos caserones salían los gritos joviales de varios vascos lecheros que jugaban a la pelota en una cancha.

A diez cuadras de Rivadavia comenzaba la pampa.


La gente vivía otra vida más interesante que la actual.
Quiero decir con ello que eran menos egoístas, menos cínicos, menos implacables.

Justo o equivocado, se tenía de la vida y de sus desdoblamientos un criterio más ilusorio, más romántico.


Se creía en el amor. Las muchachas lloraban cantando La loca del Bequeló.


La tuberculosis era una enfermedad espantosa y casi desconocida.

Recuerdo que cuando yo tenía siete años, en mi casa solía hablarse de una tuberculosa que vivía a siete cuadras de allí, con el mismo misterio y la misma compasión con que hoy se comentaría un extraordinario caso de enfermedad interplanetaria.

Se creía en la existencia del amor.

Las muchachas usaban magníficas trenzas, y ni por sueño se hubieran pintado los labios en aquel tiempo.


Y todo tenía entonces un sabor más agreste, y más noble, más inocente.


Se creía que los suicidas iban al infierno.

Quedan pocas casas antiguas por Rivadavia, en Flores.


Entre Lautaro y Membrillar se pueden contar cinco edificios. Pintados de rojo, de celeste o amarillo.

En Lautaro se distinguía, hasta hace un año, un mirador de vidrios multicolores completamente rotos.

Continuará…

FUENTE: Archivo General de la Nación

Amigos del Barrio de Flores

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s