Reencuentro de vida

Había realizado como todas las tardes, junto a Daysi mi pequeña mascota, la rutina de la tarde, una caminata de 2 km. con una “parada tecnica” en el bar de siempre, en donde me sirven un muy buen capuccino a la italiana y el cubanito que lo acompaña -lo único dulce, que le doy- crujiendo en sus mandíbulas.

Siempre encuentro alguna persona, con necesidad de hablar y lograr un diálogo, aunque mas no sea de mesa a mesa. Asi; estaba una señora tomando su merienda dr la tarde, frente a mi mesa a unos tres metros.

La pregunta que inició la conversacion; fue cuando me pregunto:
¿De qué raza es? Preguntó por Daysi.

  • Raza “perro” le contesté sonriendo, agregando que era una cruza de dos razas de un criadero, que como en “La dama y el vagabundo” se enamoraron y como resultado, la hembra dio a luz a cuatro hembras. Una de ellas, era Daysi, todas con cabeza de Schnauzer y tronco de Dachsund (salchicha).

Río de buena gana y comenzó a comentarme, de todas sus dolencias.

  • No hay peor cosa; que un extraño me hable de enfermedades, no porque me enoje pero siempre prefiero a quien ve la vida, como una paleta multicolor. Con claroscuros , pero siempre con una mirada positiva. Lo que pasó, ya fue y no volverá.

Caía el sol y el atardecer arribaba presuroso.

La señora me saludó, no sin antes dejarme su cubanito para Daysi, que le agradeció gruniendo y mostrándole los dientes.

Como siempre; intolerante con todo que le sea extraño.

Demore pocos minutos en pagar y comenzamos el regreso a casa.
 
Habíamos caminado no más de doscientos metros, cuando observe una figura masculina cuyo andar me resultaba conocido. Además muy corpulento.

Solo a unos cinco metros, detrás de su tapabocas creí conocerlo y en voz alta dije; ¡Sos el polaco!

-No lo puedo creer! ¿Daniel? Cuanto hace? 30 años o más?

  • No nos intereso el distanciamiento social y nos hundimos en un abrazo, que hasta hizo crujir nuestros huesitos.-

-Decime polaco, vas a algún lado?-

Adonde voy a ir, si mi mujer se pone feliz cuando salgo de casa y largo una Sonora carcajada-

Ahhh…le dije, entonces aprovechemos a sentarnos en un bar que está cerca y conversemos un rato.¿Querés?


-Claro que quiero Daniel, ha pasado tanto tiempo…

La mesera se sorprendió al volverme a ver, sonrió. Igual hasta el toque de queda de las 23 PM, teníamos tiempo para saber algo de nosotros.


Nos reímos de lo distinto que estábamos, el “polaco” excedido de peso por tanto pierogi u rosol, a los que su madre lo tenia acostumbrado y además con un matrimonio  de más de 30 años con su mujer Ana, bien debía seguir con las grandes comilonas.


No le dije nada; pero el no tardó en decirme:


-Che, decime como haces para estar tan bien?-


-Y polaco, me cuelgo a la noche como Dracula’-
Volvió a reírse con ganas, pero insistió.

Sabes, al vivir solo con los años aprendí a decirle basta a los excesos para pasarla bien en el otoño de la vida.

Tengo mis rutinas, pero nada interplanetario.


Llegaron los cafés cortados en jarrito y ante la atenta mirada de Daysi que se comió, los cubanitos que acompañaban las infusiónes, comenzamos a hablar de la familia, de los hijos y los nietos.

El rumbo que habían tomado, agradeciendo ambos que se convirtieran en gente de bien.


Luego comenzamos hablar de nuestra niñez, en el barrio de Flores. Su padre, viajante de comercio; el mío policía y nuestras madres, como la mayoría en aquella época “amas de casa multiproposito”, porque sus manos eran las herramientas que reemplazaban a los electrodomésticos, que hoy existen.


Hablamos de cuando terminada la primaria, las vacaciones eran los juegos “inventados” por nuestra alocada imaginación o enseñados por algunos amigos, con algún año más.


Recién aparecía algún que otro automóvil, por la calle cada hora. El que tenía uno, era porque tenía mucho dinero o era un ladrón.


Recuerdo el frente de mi humilde pero cuidada casa, que arrendabamos sobre la calle Moron.

Dos balcones con postigos de madera, y dos balcones de hierro forjado color negro con mármol en su piso.


En el interior, los ambientes siempre sobre el lado izquierdo, le daban lugar a un patio hacia el fondo de la vivienda, que terminaba en una escalera de chapa, que crujía  a sonido de lata. cada vez que mi hermano mayor subía a su habitación.


Todos los hechos eran de chapas de zinc, montados sobre vigas de madera y los cielorrasos de las habitaciones de yeso, con rosetas en cada uno de sus ángulos.


A veces, saco alguna foto color sepia del arcón de los recuerdos, que muestran a mis hermanas mayores andando en un triciclo y en un auto de chapa a pedal.


De fondo, el frente de la vivienda que poseía en altura dos figuras al costado, de caras de querubines.


Que maestros constructores en aquellos tiempos, que con moldes y nobles materiales eran capaces de construir viviendas dignas.y funcionales.

Tal es así, que en algunas que se destacaban dejaban como en un bajo relieve quienes habían sido sus diseñadores y constructores.


Como siempre me fui a los detalles, y me alejé de la conversación que mantuvimos con el “polaco”, después de tantos años.


Y como no podía ser de otra manera; se sucedieron recuerdo tras recuerdo.

Como cuando “la barra de pibes”, poníamos alguna moneda cada uno y nos íbamos adonde el “gallego” Joaquín, a comprar una de esas pelotas de goma, llamadas “Pulpo” que vaya si picaban lindo.

Ahí nomas; en la calle hacíamos con lo que encontrábamos los “postes imaginarios” y luego el pan y pisa, donde generalmente los dos líderes iban eligiendo los jugadores de cada equipo.

Recuerdo que emeluba a la saeta blanca.D’istefano o al “rei Pele” y no tenía mejor asistidor, para pasar rivales que las mismas paredes de los frentes de las casas, que nos la devolvían al pie.

Eso si, todos sabíamos que si alguno de nosotros pateaba la pelota con mucha fuerza y ella caía en la casa de “Don Pacual”, nos despediamos de ella.

De nada valian; ni el perdón, o es la última vez o lo que se ocurriera decirle.


Irremediablemente, llegaba a la calle la pelota cortada en cuatro jagos.

Solo podíamos desahogarnos diciendo algunas barbaridades, casi inaudibles.

Es que a Don Pascual, sereno del frigorífico que estaba frente a casa, lo teníamos para ser finos, :muy cansado”.

Hasta las noches de Navidad, preparábamos los bulones con la pólvora que le sacábamos a los cohetes. Luego los bulones estallaban contra los portones del frigorífico, provocando un ruido ensordecedor.

En el día, sobre el asfalto y con una tiza, hacíamos el circuito automovilístico, previa preparación de nuestros autos de plastico, rellenados de masilla, para su mayor adherencia.

O cuando jugábamos al tinenti con 5 piedritas, que debíamos juntar con una en la mano, cada una de las otras cuatro. O los días de verano donde centenares de mariposas, aparecían por las calles y las atrapabamos para nuestras colecciones.

Recordábamos todo esto con el “polaco” que casualmente se llama igual que yo y era un año mayor, llegando a la conclusión que sin nada y con mucha imaginación tuvimos una infancia inolvidable.

En cuanto a las fogatas de San Pedro y San Pablo las preparábamos para la noche del 28 de junio, en conmemoración “del martirio del primer papa, San Pedro, y del Apóstol de los Gentiles, San Pablo.

Al amanecer del 29 de junio del año 67, ambos fueron sacados de la prisión para ser ejecutados por orden de Nerón.

Allí siempre vigilabamos que no se vinieran otros vagos de otros lugares a sacarnos las ramas o los cajones que íbamos recolectando para llegar a la noche en que la encendimos y colocabamos en el piso papas y batatas, que luego saboreabamos como salvajes.

Se hacia tarde e iba anocheciendo en este atardecer de otoño.

Nos quedaban tantas cosas para hablar del pasado, presente y futuro, que presurosos intercambiamos los números de telefonos y nos prometimos llamarnos.

Nos alejamos…me fui entre feliz y pensativo,
en qué muchas cosas cambiaron para bien, pero más son las que para mal.

La amistad, la igualdad entre el que más y menos tenía, el prestarle ropa a alguien que necesitaba para salir con una muchacha, el ser felices solo por el hecho de encontrarnos en una esquina y quedarnos hablando hasta la madrugada.

Recordamos también con el polaco a los hermanos Giliberti, cuyo padre Capitán de Fragata de la Armada Argentina, en uno de sus viajes había traído un proyector de Super 8 y un sabado cualquiera, invitaba al “poberio” del barrio, a ver como en un cine, las primeras películas de Disney.

Que bárbaro, no deja de ser buena en algunas cosas la tecnología   pero de que manera se comió a la socialización.

Creo que los recuerdos a ambos,  nos confirmaron que felices habíamos sido, casi sin nada y con una educación en casa, que nos enseñaba a respetar al otro.

Seguramente, esperaremos con algo de ansiedad el próximo encuentro, porque en el transitaremos aquella loca y hermosa adolescencia.

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