Inconfesable

:Puedo darte un masaje
en tus pies me dijiste”,
presentí en ello
que sería el inicio,
de ese juego al que tanto
nos entregabamos,
en todo encuentro furtivo
dentro de las tinieblas
de tu cuarto donde hasta
el mismo Satanás parecía
estar presente
con su lasciva mirada.

Cuando te acomodaste
entre las almohadas de plumas,
dejando al descubierto tus piernas,
comencé suavemente a acariciarlas,
sintiendo tu temblor y ansiedad
cuando desde abajo hacia arriba,
una y otra vez tocaba tu pubis.

Minutos después tu humedad
mojo levemente mis manos,
supimos que deseábamos fuegos
interminables desde nuestros cuerpos
que nos inflamaran de placer.

Nos lanzamos como salvajes
a hundirnos en ese placer
al que al mismo tiempo
llegamos a la explosión
de todos los sentidos…

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