Heinrich Schliemann, ¿arqueólogo o cazatesoros?

EL DESCUBRIDOR DE TROYA 

Sobre el famoso alemán, reconocido por su tenacidad para dar con lugares como Troya o Micenas, pesa también la sombra de adulterar los yacimientos que excavaba.

Retrato de Heinrich Schliemann, por Sydney Hodges, c. 1866

Retrato de Heinrich Schliemann, por Sydney Hodges, c. 1866 Fine Art Images/Heritage Images/Getty Images

JULIÁN ELLIOT

Fue como si de pronto se descubriese el esqueleto de un centauro. Puede imaginarse el revuelo cuando, en 1873, Heinrich Schliemann, un arqueólogo aficionado, anunció a bombo y platillo el hallazgo de lo que llamó, pomposamente, el Tesoro de Príamo. 

Carente de formación científica y sobrado de ambición, entusiasmo y perseverancia, este estudioso alemán se refería a un conjunto de diademas, collares, pendientes, copas y otras espectaculares piezas de oro y plata que había encontrado en una gran vasija de cobre, junto a otros restos, en Hisarlik.

Las joyas emergidas en esa colina turca, cercana a los Dardanelos, presentaban, en efecto, un aspecto arcaico y orientalizante. Bien podrían haber realzado la belleza de Helena de Troya. ¿Había dado Schliemann con la mítica ciudad destruida por los aqueos?

Desde hacía un par de años, Heinrich llevaba desenterrando a gran escala muros y rampas de sillería, estructuras urbanas y domésticas, fragmentos cerámicos, proyectiles de piedra y puntas de lanza. Para él, estos y otros indicios que iban aflorando de la Edad del Bronce pertenecían con claridad a la ciudad cantada en la Ilíada

Sin embargo, la comunidad científica se mantuvo reacia a compartir esa convicción, hasta que los ornamentos recobrados entre el Escamandro y el Silios, dos ríos muy homéricos, no dejaron margen de duda.

Hasta ese momento, se había pensado que Troya era simplemente literatura, ficción, una fantasía.

Del mito a la realidad

El hombre que convirtió en una realidad histórica esa raíz legendaria de la cultura europea marcó un antes y un después en la arqueología. Heinrich Schliemann se transformó en su mejor embajador para varias generaciones.

Más cuando, después de la Troya de Príamo, tanteó la Micenas de Agamenón, la Ítaca de Ulises y otros puntos calientes del universo de Homero. 

Su ausencia de preparación académica no hizo sino aumentar su esta­tura totémica.

El explorador alemán parecía predestinado desde la infancia, cuando su padre le regaló su primera Ilíada, a devolver a la humanidad parte de su pasado mitológico. Contribuyó con fuerza a ello su biografía posterior, repleta de luchas contra la adversidad, aventuras en varios continentes, vaivenes personales y saltos económicos sin red.

Fotografía de un joven Schliemann. Dominio público

Todo esto protagonizado por un personaje, indudablemente, fuera de serie. Superdotado, políglota, poseía una memoria prodigiosa que le permitía saberse verso a verso sus libros favoritos y dominar una decena y media de idiomas.

Hizo fortuna en los negocios, y más tarde, siempre visionario y audaz, se retiró de ellos e invirtió lo ganado en un sueño. No es de extrañar que muchas aproximaciones a su vida suenen a hagiografía (1).

Ahora bien, la leyenda áurea de Schliemann cohabita, al igual que en todo ser humano, con facetas por lo menos cuestionables. Las voces menos seducidas por su fama reducen sus afanes arqueológicos a la búsqueda de un mero pelotazo.

En esa versión, este emprendedor, contemporáneo del Segundo Reich, no habría sido más que un vulgar cazador de tesoros con mucha suerte. 

Este perfil de avidez coincidiría con sus actividades previas a meterse entre andamios, palas y escobillas. Entroncaría con naturalidad en su pasado como inversor de alto riesgo, como un auténtico buscavidas en el mundo de los negocios y la banca hasta que logró cosechar fortuna.

Codicia, prisas y trizas

Una ramificación de la misma vertiente explicaría, siempre para las malas lenguas, su falta de miramientos hacia los restos helenísticos, romanos y otros, posteriores a su época de interés, con los que se cruzó. 

En Hisarlik, donde identificó hasta siete ciudades superpuestas –un número ampliado por prospecciones ulteriores a diez niveles (o más)–, dañó parte de las capas superiores a Troya II para llegar a ese estrato, que creía el homérico.

En ello también pudo haber prisas y, ciertamente, falta de conocimientos, si no de respeto, para conservar un yacimiento tan antiguo, vasto, diverso y delicado.

Ruinas del anfiteatro de Troya

Tampoco se salva de la quema el mito de que el arqueólogo se basó, exclusiva y líricamente, en Homero para detectar la ubicación de Troya.

Algunos autores recuerdan que la antedicha colina otomana había sido señalada como seno de la legendaria ciudad al menos desde inicios del siglo XIX. Apuntaron, en esa dirección, las publicaciones de los naturalistas y anticuarios ingleses Edward Daniel Clarke y John Marten Cripps y del periodista y geólogo escocés Charles Maclaren.

Además de los testimonios numismáticos y topográficos aportados por esos tres intelectuales, un ingeniero, John Brunton, tanteó la elevación década y media antes que Schliemann, eso sí, sin mayores resultados.

Y un funcionario anglomaltés, Frank Calvert, descubrió en ella un templo helenístico consagrado a Atenea en el lustro previo a la cata del alemán. 

De hecho, fue Calvert quien trató de convencer al director del Museo Británico para hurgar en Hisarlik en pos de Troya –un proyecto malogrado por falta de financiación– y quien orientó hacia ese lugar al admirador de la Ilíada para que pudiera coronar su sueño.

Multado por expolio

El revisionismo tampoco perdona a Schliemann su manera de sacar el Tesoro de Príamo de tierras turcas, un acto que fue considerado como un claro expolio y un ejemplo de tráfico ilegal de bienes culturales.

Consistente en unas diez mil piezas históricas de oro, el descubridor dio la mayoría a su joven esposa.

La idea era que camuflara una parte entre sus joyas y saliera del Imperio otomano en el primer medio de locomoción que pudiese. Así lo hizo Sophia Engastromenos, pero las autoridades locales no se dejaron engañar. No del todo.

La mujer logró escapar a Europa, pero Estambul cerró la excavación anatolia, multó al marido y, además, lo conminó a entregar las piezas restantes en su poder.

Esto explica que en 1876 Schliemann se hallase en Grecia, dedicado a Micenas, donde no le fue mal. Encontró la llamada máscara de Agamenón, otros valiosos objetos y numerosos sepulcros, antes de que, por fin, años después y previo pago de una penalización, se le permitiese regresar al yacimiento troyano.

Una de las diademas con colgantes de oro del tesoro de Príamo. Dominio público

Esta vez le acompañaría, desde 1882, el arqueólogo Wilhelm Dörpfeld, continuador de las obras in situ, que no solo evitó nuevas excentricidades de Schliemann, sino que corrigió sus errores de datación, algunos de bulto.

Troya II, por ejemplo, de donde había emergido el Tesoro de Príamo, era un milenio anterior a la época de la guerra que habría enfrentado a Aquiles y Héctor. 

El enclave homérico resultó ser Troya IV, que, tras la muerte de Schliemann en 1890, volvió a rectificarse, pues Dörpfeld dio con dos estadios de ocupación más. Después de nuevos cálculos, hoy se estima que el nivel legendario de la ciudad es el VI o el VII, siendo el I del Bronce antiguo, y el X, bizantino.

Grande pese a sus errores

La arqueología tiene una deuda inestimable con Heinrich Schliemann, pese a las sombras que proyecta su figura.

Sus descuidos técnicos, confusiones, inobservancias legales, carencias académicas y otros defectos, algunos más achacables a la época que al hombre, se empequeñecen al contrastarlos con sus contribuciones a las ciencias históricas. 

El inquieto emprendedor revalorizó las fuentes literarias como brújulas para localizar sitios ancestrales.

Abrió un nuevo campo a los estudios clasicistas, al mostrar la relevancia de las raíces protoculturales, y fue el primero en ensayar excavaciones estratigráficas, lo que sentó escuela entre los investigadores de su país, el Reino Unido, Francia, EE. UU. y la propia Grecia.

‘La Iliada’, de Homero, fue la inspiración en la vocación como arqueólogo de Schliemann.  Otras Fuentes

Tan importante como su rol precursor, en estos y otros aspectos, sus descubrimientos y su personalidad dieron a su disciplina un impulso divulgativo de tal potencia que la hicieron familiar al público general, además de inspirar, hasta hoy, a generaciones enteras de colegas. 

Sin el ejemplo de su romántica búsqueda de Troya, no se entiende al explorador de Tartessos Adolf Schulten, que persiguió Numancia solo con textos de Apiano y un viejo mapa en la mochila. Incluso el influyente egiptólogo británico Petrie tomó buena nota de su par germánico en la época, finales del siglo XIX, en que estaba naciendo la arqueología moderna.

De ahí que se considere a Schliemann el padre de esta, pese a todos sus fallos, en esos tiempos en que la ciencia y la aventura todavía podían ser sinónimos.

Cinco excavaciones puntales

Además de Troya, Schliemann trabajó en otros yacimientos

La ciudad del rey Príamo fue, sin duda, la aportación más espectacular del arqueólogo alemán. Trabajó de modo intermitente en ella desde 1871 hasta su muerte en 1890, con una repercusión solo comparable con las meteduras de pata en que incurrió.

Pero Troya no fue el único trabajo de campo acometido por este admirador a ultranza de Homero, que incluso bautizó a sus hijos Agamenón y Andrómeda ante un volumen de la Ilíada.

Micenas, la capital de los enemigos de Ilión, mereció, asimismo, sus desvelos desde 1876. Allí, este pionero dio con un círculo funerario, tholos y ajuares de gran valor. Pero, como en Anatolia, erró por siglos la datación, llevado por sus fantasías literarias.

Tras pretender localizar en Ítaca, sin éxito, el palacio del viajero rey Odiseo y su paciente esposa Penélope, una nueva campaña en Troya lo condujo a otros hallazgos (por ejemplo, una estructura palaciega en 1879) que volvió a identificar, de manera irreal, con la corte de Héctor, Paris y familia.

En su última década de vida, Schliemann exploró, bien asesorado por Dörpfeld, la localidad beocia de Orcómeno, la micénica de Tirinto y su querida Troya.

Fueron intervenciones menos coloristas, pero de un estimable mérito científico.

FUENTE: número 635 de la revista Historia y Vida. 28abri2021

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