Una palabra por 30 días.

Comencé a explicarles que cuando estuviéramos en Tafí del Valle -Amaicha del Valle- pensaran que antes de que los conquistadores españoles llegaran a América; se encontraba habitada por indígenas. 

Estos indígenas estaban fuertemente influidos por la cultura inca y se destacaban por su desarrollo. se hallaban asentados en toda la zona montañosa del oeste tucumano. Eran tejedores y alfareros, además de expertos agricultores. cultivaban el maíz, el zapallo y la quinoa. 

Las Guerras Calchaquíes fueron una sucesión de enfrentamientos bélicos entre la Confederación Diaguita y el Imperio Español entre los años 1560 y 1667. Las guerras tuvieron lugar en el noroeste del actual territorio argentino. 

Reconquistada su independencia, los pueblos de los Valles Calchaquíes dejaron de lado la autoridad de Juan Calchaquí, y esta desunión les impidió conservar el efímero control que habían logrado a algunas localidades fuera de su territorio. El gobernador de Figueroa lanzó cuatro ataques sobre los Valles, que no lograron someter a los indígenas pero desnudaron la pérdida de poder ofensivo de Calchaquíes. Fui explicándoles que hubo varias guerras; hasta que la tercera guerra duró nueve años. Al ser vencido el señorío de los quilmes en 1665, que condujo la tercera guerra, los españoles dispusieron su completo desarraigo y deportación a los pagos pampeanos, cercanos a Buenos Aires, de sus once mil miembros​ donde finalmente desaparecieron como etnia. La guerra terminó en enero de 1667 al caer el último bastión diaguita (el de los acalianes o calianos) localizado en Amaicha del Valle.

Me miraban asombrados y mostraban mucha atención de cada detalle, lo que se iban a imaginar con todo lo sucedido allí. Uno de los conductores, dio aviso al pasaje que llegamos a Tafi y nos detendriamos aproximadamente unas tres horas, por si algunos de los pasajeros deseaban visitar el Museo del Tafí o bien recorrer el lugar y permitirle a los niños, que montaran a caballos tan mansos, que ya sabían el recorrido a hacer. 

Camino a Cafayate, bajamos a “El Anfiteatro”, una cueva natural de pura roca que posee una acústica excepcional, y nos encontramos con la sorpresa de una fiesta de recepción. Ya; desde unos cien metros del lugar; se escuchaba una música folclórica excelsa y alegre en sus acordes, interpretada por guitarra, bombo y flauta. La fiesta nos esperaba, con un chocolate caliente y unos pastelitos criollos… 

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