Misterio en Giverny – X parte

Una vez que Signoret finalizara de relatar aspectos de la vida de Claude Monet en su casa, durante los casi últimos cuarenta años de su vida, sorprendiendo a Jean Claude por su memoria hasta en los más desconocidos detalles, este le agradeció por la amabilidad al encargado de hacerle conocer los rincones más preciados por el pintor y lo felicito por sus profundos conocimientos en las técnicas que empleaba; que ni siquiera había recibido en la Escuela de Bellas Artes.

Jean Claude le comentó a Richard que haría algo de tiempo, caminando por el lugar, ya que se acercaba el final de la jornada de trabajo y lo esperaría para juntos regresar. 

Richard, asintió con su cabeza ante las señas de Jean Claude y volvió a sus labores. 

A Jean Claude le pareció increíble la habilidad de su “amigo” en preparar dentro de un invernadero, la mezcla de tierra mineral del jardín con tierra orgánica, agregando agua poco a poco para que quedara como fango o barro. Luego lo ponía en contenedores clasificados y allí plantaba cada nenúfar haciendo que sus raíces, quedaran en el fango que creaba.

Al estar en el exterior y cercano al puente japonés; Richard seleccionaba a aquellos que ya habían enraizado y tomado el tamaño suficiente, considerando a la vez el color de sus futuras flores. Luego los implantaba en el estanque, respetando una distancia de medio metro entre uno y otro.

En unos minutos más al terminar el día de trabajo; Richard como todos las personas que mantenían los jardines, se dirigieron a los baños a higienizarse para volver a sus hogares.

Jean Claude, aguardó a Richard a la entrada de la nave principal de la Casa Museo, hasta que llegara y ambos comenzaron a caminar por la calle de siempre, escuchando los cantares de las innumerables variedades de pájaros que había en esa zona fundamentalmente agrícola.

  • Te he estado observando, Richard. Eres realmente hábil en los cultivos de los plantines de nenúfares y su implante en el estanque- comentó Jean Claude.
  • No es para tanto, pero debo decirte que por el poco tiempo que llevo aquí, hasta yo me sorprendo de lo que me han enseñado. Parece en realidad; una escuela del arte de la naturaleza.- sonriendo exclamó Richard.
  • Sí realmente los jardines necesitan de mucho mantenimiento y cuidado por la gran variedad de plantas que posee de ambos lados, y muchas de ellas exóticas que me sorprende cómo se han adaptado aquí- ¿ No lo crees así, Richard?
  • Si es cierto, pero deja de hablar de ese lugar Jean Claude y bebamos algo como todas las tardes y me cuentas como van tus preparativos para el sábado- ¿Sí?
  • De acuerdo Richard, apuremos entonces el paso.-

Llegaron al lugar de siempre; La Dime en Giverny yendo al pequeño bar del hotel boutique. En esa oportunidad, ambos pidieron un Mont Blanc con un café bien caliente. El Mont Blanc, debieron compartirlo ya que era una pequeña montaña hecha de merengue y castañas.

-¿Ya has confirmado la reserva del coche, que te llevará a la velada del sábado, Jean Claude?, preguntó Richard.

-Sí…no…aun no, con que lo haga mañana por la mañana estará bien. No creo que aquí haya demasiado movimiento. Es un pueblo de menos de 400 habitantes, ya tiene su rutina de fin de semana. Curiosear quien se acerca donde vivió Monet y su familia, incluyendo la visita obligada al cementerio detrás de la casa en donde se encuentran sus sepulturas.- contestó Jean Claude.

-Bueno…está bien; si estas seguro de ello hazlo cuanto quieras-

-Es imposible terminar ese postre. ¿Verdad, Richard? No creía que fuera de tal tamaño.-

-Deja…si no deseas seguir compartiendo dejalo. Yo lo terminaré ya que trabajo y debo reponer calorías, algo que tu no necesitas. ¿Lo único que haces es caminar, observar, pintar y creo que nada más, verdad? le digo con una sonrisa irónica Richard.-  

-Riete…creía que tenía aquí un buen amigo, no alguien que critique mi forma de ser…- le contestó Jean Claude.

-…No seas tonto Jean Claude, ha sido solo una broma. Ambos sabemos que estamos aquí por distintos motivos. Tu para perfeccionarte y yo para vivir lejos del oscuro y profundo París.

-Como siempre, Jean Claude llamó al camarero y le solicitó la cuenta. Luego de pagarle, se levantó una vez que Richard terminara de comer el postre.-

Ambos jóvenes se dirigieron a sus alojamientos, comprometiéndose a verse antes de que Jean Claude se fuera a la velada en el Castillo Chateau-Gaillard.

El viernes no se encontraron. Quizás porque Jean Claude debía ir a la ciudad de Vernon en esa zona de Lombardía y a escasos 5 km de Giverny. Es que debía buscar una sastrería, para alquilar su ropa que debía ser acorde a la velada.

El sábado amaneció algo nublado; y mientras Richard como todos sus días de franco semanal, se dedicó a dormir hasta muy tarde. Extrañaria eso sí, la comida de la Sra. Amélie ya que esta le había avisado que estaría ausente, al visitar a su hermana que se encontraba enferma y ayudarle con algunas tareas de la casa. Eso sí, ya el viernes le pidió a Richard que por favor cuidara de su casa, el que amablemente accedió.

Como era su costumbre, se levantó pasadas las 11 de la mañana y se dirigió al baño, para darse una ducha. Sabía que alguna bollería habría dejado la dueña de casa en la cocina, por lo que se dirigió al lugar para prepararse un café y como suponía, la Sra. Amélie le había dejado dos baguettes como también un gran pote de foie gras o fuagrás,​ en este caso un producto derivado del hígado hipertrofiado de ganso.

Pensó entre dientes; que ya con todo eso era más que un desayuno, resultaba un verdadero almuerzo.  No tenía apuro alguno; era su día de descanso y sentándose, desplegó sobre la mesa de la cocina esos papeles que guardaba en el librillo de cartón, ya por enésima vez. Tenía el tiempo suficiente, para que al atardecer antes de que Jean Claude se marchara, fuera a saludarlo y saber como le había ido en Vernon.

Ya eran cerca de las siete de la tarde, cuando salió de la casa de la Sra. Amélie para dirigirse al atelier donde vivía Jean Claude, en el primer piso de la casa que se encontraba en el 81 rue Claude Monet. Tomó la campanilla de la planta baja y la hizo sonar varias veces, mostrando su impaciencia.

Desde la planta alta, abrió la puerta Jean Claude quien sabía que su “amigo” iría a verlo no solo para despedirlo, ya que a sabiendas de su curiosidad desearía conocer detalles de su ida a Vernon y detalles o noticias si las hubiere, de la velada a la que iría.

-¡Oh…Richard, amigo! Sube por favor, que ya me estoy preparando.-

-Gracias, Jean Claude.- Contestó Richard subiendo de dos en dos, los peldaños que llevaban al departamento-atelier.

-Espera amigo que me estaba afeitando, luego una ducha y estoy contigo- le dijo Jean Claude.

Mientras tanto, Richard volvió a mirar con sumo interés el atelier y cada uno de los muebles que se encontraban en él. Miro hacia el piso de madera y sonrió. 

Pasaron unos minutos y Jean Claude al salir del baño le preguntó – Dime Richard, -¿quieres beber un chocolate o un cafe? –

-Café- le respondió Richard agregando -Cómo te ha ido ayer en Vernon. ¿Has conseguido alquilar la ropa que usarás esta noche?

-Si he alquilado un esmoquin de raso brillante, con el fajín y la pajarita. Si fuera el único vestido de esta manera, parecería un “muñeco de torta”, rio Jean Claude. Pero no, la mayoría de los hombres se vestirá de similar manera. La competencia como siempre, se la dejamos a las damas… 

-Dejate de hacerte el gracioso, Jean Claude y dime ¿ asistirá alguna dama que te interese?-

-Si en realidad, mi interés es conocer a la sobrina de Jean Louis Dumas, que es dueño de una potencia mundial de lujo con marcas como Hermes, Louis Vuitton, Gucci o Prada.- le contestó Jean Claude, agregando ¿Sabes, Richard para satisfacer tu curiosidad tendría que poseer una copia de la lista de  invitados, para decirte si hay otra heredera interesante…- y soltó una carcajada.

-Sé que tu estampa y tu educación de niño bien, ya habitué de estar en estos tipos de eventos, harán el resto.- le respondió Richard.

Terminaron de beber el café; cuando Jean Claude exclamó – ¿Richard, me ayudarías luego para colocarme la pajarita?-

-Desde ya amigo, cuenta conmigo-

A media hora de las nueve de la noche, Jean Claude ya se encontraba elegantemente vestido y a la espera del automóvil que lo llevaría. Ambos “amigos” continuaron conversando, hasta que cinco minutos antes de la hora acordada, sonó la campanilla de la planta baja. Jean Claude, abrió la puerta y vio que se trataba del chofer, que pasaba a buscarlo. -En tres minutos bajo, aguarde, por favor- le dijo al hombre que se encontraba en la puerta.

-¿Bueno Richard; tomó mis cosas y me acompañas hasta el auto?-

-Si, desde ya- le respondió.

-Ambos jóvenes bajaron y antes de subirse al automóvil, Jean Claude le dijo a Richard – Nada de tonterías, Richard…ya algo conozco de tí…mañana quizás tarde, te contaré cómo la he pasado y todo aquel detalle que me resulte interesante. Me han comentado que habrá un show, con la presencia de Dalida, France Gall y  Charles Aznavour…pavada de cantantes… ¿verdad?

-Formidable poder disfrutarlos “cara a cara”- le respondió Richard.

Se saludaron con un abrazo, subiendo Jean Claude al automóvil el que partió enseguida. Richard se quedó solo. Miro hacia la puerta del atelier y pensó, que debía dejar pasar un breve tiempo, dirigiéndose a La Musardiere donde cenaría algo frugal. 

Debería hacerse ver en un lugar frecuentado por vecinos del pueblo tanto en ese momento, como luego y fue por ello que eligió dicho restaurante, que se encontraba a 200 metros de la Casa Museo de Monet.

Entró al lugar, el maitre lo llevó hacia una de las mesas y al llegar el camarero, entablo con este una charla amistosa -ya que su intención, era que se lo recordará, como que había estado allí- 

Pasados unos minutos; le solicitó luego de ver la carta un omelette Baudy junto a una botella de agua mineralizada. Finalizó con el postre, una terrine de volailles. Pidió la cuenta, pagó y se retiró del lugar.

Ya eran pasadas las diez de la noche; cuando se encontró frente al alojamiento-atelier de Jean Claude. Mirando a su alrededor, y comprobando que nadie lo viera subió la escalera y con unas hebillas, hábilmente abrió la puerta y entró.

Ingresó al atelier y comenzó a golpear una por una, las tablas del piso hasta que escucho un ruido hueco, como si hubiera una cámara debajo del lugar. El sudor le corría por la frente, estaba seguro que el dato que le habían dado era certero. Un regocijo interior se apoderó de él,  cuando imprevistamente escucho pasos en la escalera…

Próxima entrega: El final 

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