“Misterio en Giverny” El Final – Parte I

Richard se sobresaltó; pensó si alguien habría escuchado sus secos pero tenues golpes en las tablas del piso de madera. Se detuvo y se puso de pie, no había demasiados lugares para esconderse.

Rápidamente entró al pequeño baño y se colocó detrás de la puerta dejando a está abierta tal como estaba, mirando entre la luz que dejaba el marco hacia afuera, en el mismo momento en que una llave era colocada en la puerta de entrada.

La puerta se abrió. Era Jean Claude; quien velozmente se dirigió a la mesa de luz que se encontraba junto a su cama, abrió el cajón y  Richard observó que sacaba un sobre blanco del mismo. Supuso que quizás, su “amigo” había olvidado la invitación, volviendo a buscarla.

No obstante, pudo ver como Jean Claude observaba todo el lugar con detenimiento, como si hubiera advertido que alguien hubiera estado allí. Richard casi no respiraba, pero la rigidez e incomodidad de la posición en que se encontraba no la podría mantener por mucho tiempo más. Si bien era ateo, rogó porque su “amigo”se fuera de una vez.

Como era su costumbre, Richard acostumbrado a robar por arrebato o hurtar sin ser descubierto y sin arma alguna, solo había tomado una cuchilla de la cocina de la Sra. Amélie, no fuera cosa que se le presentará un obstáculo, en su cometido.

La realidad, le estaba diciendo que había acertado en su presunción. Los segundos se convirtieron en interminables, sabía que Jean Claude había dejado esperando el automóvil que lo trasladaba, esperándolo abajo y que se iría rápidamente.

Pero se preguntó ¿Cuál era la razón de que estaba aún allí, observando todo con minuciosidad?-

Para fortuna de Richard, luego de unos instantes Jean Claude se retiró, cerrando la puerta con llave detrás de sí.

Richard aguardo unos minutos antes de salir, inhalo y exhalo profundamente buscando relajarse.

Estaba empapado en su propio sudor. Las manos le temblaban. Era un ladronzuelo, no estaba acostumbrado a enfrentarse con sus víctimas.

Volvió al lugar en que había estado y arrodillándose, volvió a confirmar golpeando las tablas del piso, el lugar exacto en donde seguramente se encontraba lo que buscaba.

Sabía que no debía dejar rastro alguno, ya que por el tiempo transcurrido todo movimiento de las tablas, sería fácilmente descubierto aún por el menos observador de los mortales.

Se había provisto de pequeñas herramientas las que se encontraban en el cuarto de la Casa Museo de Monet. Tenía que hacer una tarea muy delicada y prolija si no quería ser descubierto.

Lo que parecía tan sencillo en un primer momento no lo era, razón de la antigüedad de la propiedad y que los pisos de madera estaban afectados por la humedad y que junto a los cambios drásticos de temperaturas de esa zona rural, se podían expandir cómo contraer y en algunos espacios, Richard pudo observar, que los pisos aunque mínimamente estaban pandeados.

Llevaba consigo un cincel afilado, un desarmador y una pequeña bolsa para colocar en ella la posible basura que pudiera generar, durante todo el trabajo que debía realizar. Comenzó por la primera tabla del piso, donde todas estaban dispuestas en forma transversal, unas junto a las otras.

El cincel fue de gran utilidad, y luego de retirar a un costado la primera, se preocupó de levantar todo el polvo y algunos pequeñísimos restos de madera, fundamentalmente de los encastres que las unen entre sí.

Estaba por sacar la cuarta tabla; cuando abrió sus ojos como nunca lo había hecho, observó un rollo que en la segunda década del siglo XX, ya se había abandonado  la utilización de las vejigas de cerdos para guardar pinturas al óleo, ya que eran una pesadilla para llevar, imposibles de cerrar correctamente después de abrir y susceptibles de reventar en cualquier momento. 

A partir de la década de 1860, los artistas del impresionismo encontraron alternativas que fueron más adecuadas para sus necesidades estéticas.

Tres factores fueron de particular importancia para el desarrollo de las nuevas pinturas que utilizaron: el esmerilado mecánico, la invención del tubo de estaño y las variantes en aglutinantes y aditivos utilizados para mantener la pintura con una consistencia homogénea en los tubos contenedores nuevos.

Así Richard terminó de sacar la cuarta tabla y comenzó a retirar la siguiente, para poder sacar el tubo de estaño y confirmar su contenido. A pesar de todos sus cuidados, ya había pasado una hora en que se encontraba allí. Sentía la necesidad cada 15 o 20 minutos, de relajarse para recomenzar su trabajo. Al retirar la quinta tabla; se encontró con una nueva y esperada sorpresa, un cofre de madera con algo de moho en su exterior pero en buen estado. Entonces retiró ambos hallazgos.

Su ansiedad lo animaba a saber o mejor dicho a confirmar su contenido, pero respiro profundamente y se dijo a sí mismo, que debía colocar nuevamente las tablas del piso, pegarlas y humedecer levemente todo el piso del atelier, para que al secarse tuviera la misma tonalidad.

Su tiempo de trabajo en los jardines de Claude Monet, le dio la templanza y paciencia necesaria, para finalizar su buen trabajo. A ello se dedicó; por espacio de una hora, hasta finalizar. Ya era casi pasada la medianoche, cuando primero abrió el estupendo cofre, una verdadera obra de arte de orfebrería y encontró en su interior, la obra de Auguste Rodin llamada “El hombre de las serpientes”, la que se supo que desapareció casi sesenta años atrás.

Luego de comprobar el primer hallazgo; abrió el tubo de estaño y con extremo cuidado desplegó el lienzo que se encontraba en su interior.

Tuvo que taparse su boca y con ojos de asombro, su alegría fue de tal magnitud que su corazón comenzó a palpitar más rápido que lo habitual.

La emoción del hallazgo lo conmocionó, no solo por el valor de ambas piezas  si no porque por primera vez se sentía un ladrón de guante blanco.

Del hurto de billeteras a transeúntes distraídos y de arrebatos de carteras a mujeres de la élite; mañana o quizás dentro de unos días se convertiría en toda una celebridad en el submundo parisino. 

Observo una y otra vez el pequeño lienzo, que no era otra cosa que una de las obras perdidas de Paul Cezánne, visitante habitual de Monet. La llamada “Pommes” o “Manzanas”.

Cézanne dedicó mucha de su atención a pintar manzanas y sus obras sobre esa fruta son muy admiradas. Es el caso de “Pommes” .

Ambas obras, tanto la escultura de Rodin como la pequeña pintura de Cézanne, se encontraban perdidas la primera tal como Richard estaba informado desde 1914 y la pintura al óleo de Cézanne, desde 1968.

Haré un paréntesis aquí; si me lo permiten porque considero en lo personal, que de la misma manera que me interesó la historia de ambas obras que dieron sustento al presente cuento, amerita que quienes me leen -siempre agradecido, por ello- les cuente algo de su extraño recorrido, hasta el hallazgo de Richard.

La escultura El hombre de la serpiente, una pieza de bronce creada en 1887 por Rodin, permaneció oculta durante un siglo, luego de ser subastada en 1914, tras la muerte de su primer propietario, Antoni Roux. Hasta que un donador anónimo la regaló en el año 2015, como una pieza única en su género, al Museo de Bellas Artes de Lausana, informó este miércoles la institución suiza.

En cambio el lienzo de la pequeña pintura al óleo de Cézanne, llamada “Pommes”, valuada en millones de dólares tuvo un más que azorado recorrido, por sus sobresaltos hasta su desaparición en el año 1918 en tuvo que ver con John Maynard Keynes quien anunció al entrar a Charleston Farmhouse, en el sur de Inglaterra, “Si quieren bajar a la carretera, encontrarán un Cézanne justo detrás de la verja”, en medio de la noche del 28 de marzo de 1918.

Quien llegaría a convertirse en el economista más influyente del siglo XX y sentaría las bases de la macroeconomía moderna estaba exhausto.

Llevaba unas 24 horas viajando desde Francia, después de asistir a la que debe haber sido una de las subastas de arte más peligrosas de la historia.

Su excéntrico saludo estaba dirigido a un grupo de amigos que eran parte de ese legendario clan, que se dedicaba al pensamiento y al amor libre y, como Keynes mismo más tarde lo expresó, a “la creación y el disfrute de la experiencia estética”.

Todo había empezado unos días antes cuando el pintor Duncan Grant se enteró de que en París estaba por venderse la vasta e impresionante colección de arte de Edgar Degas, el gran pintor impresionista que había muerto un año antes.

En tiempos de guerra e incertidumbre, con los alemanes acercándose a Francia, era una oportunidad única para adquirir obras para la National Gallery y Grant sabía quién podía asegurarse de que fuera aprovechada: su amigo Keynes.

Poco antes de que estallara la Primera Guerra Mundial en 1914, cuando tenía 31 años, el gobierno británico lo había citado pues estaba urgido de su talento.

Lo que se venía no iba a ser fácil. Reino Unido tendría que financiar la guerra y prestarle mucho dinero a Francia y otros aliados para evitar que no colapsarán.

Dedicado a su tarea de asesor, Keynes llevaba ya cuatro años “en contacto diario con las inmensas ansiedades” y tratando de resolver “imposibles requisitos financieros”, como escribiría más tarde.

La idea de Grant, aunque a primera vista pareciera lejana a esas preocupaciones y a su perfil, estaba hecha a su medida.

Es cierto que lo primero que se te viene a la mente al pensar en Keynes no es precisamente arte.

Más bien, quizás, su desafío a la ortodoxia reinante de que los mercados libres generan pleno empleo, argumentando que el Estado tiene un papel que desempeñar para ayudar a moderar los cambios del ciclo económico.

O el hecho de que ayudó a fundar tanto el Banco Mundial como el Fondo Monetario Internacional.

GETTY IMAGES Duncan Grant (izquierda) y Maynard Keynes (derecha): amigos y, alguna vez, amantes.

Pero, además de brillante economista, era también, entre otras cosas, amante del arte.

Y un ávido y astuto coleccionista que le dejó un legado de 135 obras a la Universidad de Cambridge, entre ellas esa que dejó tirada en un matorral en medio de la campiña inglesa.

Así que cuando Grant le solicitó que persuadieran al Tesoro británico para que liberara fondos para comprar pinturas, conjugó su misión con su pasión.

Un plan muy keynesiano

La subasta iba a ser pronto así que no había tiempo que perder. Keynes trabajó -como recordaría después- “23 de las últimas 35 horas” para trazar y lograr que fuera aprobado su brillante plan: un canje de deuda por capital.

Tanto Reino Unido como Estados Unidos le habían otorgado sendos préstamos a Francia, que probablemente no iba a poder pagar y, así lo hiciera, la debilidad del franco frente a la libra esterlina era alarmante, de manera que las pérdidas serían considerables.

Próxima entrega: El Final II

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