Las 25 familias más ricas del mundo, expuestas en un sencillo gráfico.

Nuestra sociedad está obsesionada con la acumulación de riqueza. Algo natural. A todos nos gustaría disponer de más dinero. De ahí que hayamos creado un culto informal en torno a aquellas personas que más recursos tienen en todo el planeta. En muchos sentidos, nuestra admiración por ellos surge de su individualidad. Las magnitudes de su riqueza, controlada por un sólo hombre o mujer, resultan sólo aprehensibles si las medimos con experimentos prácticos, como con granos de arroz.

¿Porque un culto informal?

Bezos, Gates, Zuckerberg. Detrás de cada millonario “hecho a sí mismo” hay un padre con dinero.

Es un lugar común en la mitología empresarial. El anónimo emprendedor que sólo con un descomunal esfuerzo logra que su idea, tan original y disruptiva, se transforme en un caso de éxito. El relato suele almidonar con toda suerte de barreras, obstáculos, a menudo financieros, que nuestro héroe ha debido sortear para llegar hasta lo más alto. La última lección siempre es la misma: si quieres, puedes. Si él pudo, superando tantas dificultades, quizá tú también. Al menos inténtalo.

Ejemplos hay a raudales. Uno muy recurrente es el de Jeff Bezos, el hoy hombre más rico del planeta. Recorrer la sede de Amazon hace veinte años supone adentrarse en un mundo de oficinas lóbregas y deprimentes, folios colgados de las paredes, un logotipo pintarrajeado a mano y la sensación de que nada demasiado productivo podría salir de ahí. Bezos, para entonces, era una figura poco conocida en los círculos tecnológicos. Sólo mediante un descomunal esfuerzo llegó hasta su posición hoy.

Se trata de un asunto recurrente en redes sociales. Un tuit reciente: “Tal día como hoy en 1994, Amazon fue fundada por Jeff Bezos en su garaje”. La imagen que lo acompaña es muy indicativa de la visión que los estadounidenses tienen de sí mismos. Un gigantesco garaje adosado a la casa suburbial media de las afueras de una gran ciudad, canasta incluida. En la mitología empresarial, nacer en una cochera es la prueba indeleble de los orígenes humildes. De cómo es posible conquistar el mundo (figuradamente) proviniendo del sitio más mediocre imaginable.

Admirable, ¿verdad? Es indudable que Bezos es un hombre brillante, muy inteligente, con un sentido de la oportunidad único. Amazon es una de las compañías más eficientes de las últimas dos décadas, y a día de hoy una de las más rentables jamás imaginadas por el ser humano. Bezos entrevió una oportunidad de negocio, la persiguió sin descanso y diseñó un entorno corporativo óptimo para que su empresa se convirtiera en un éxito, en una máquina de hacer dinero demandada en todo el mundo, capaz de revolucionar sectores enteros de la economía.

Pero también lo es que la parábola del emprendedor que comienza en su garaje y termina en la cima del planeta está repleta de trampas narrativas. Este otro tuit, surgido al hilo del citado más arriba, lo ilustra a la perfección: si Bezos pudo llegar hasta donde está hoy se debe, en parte, a que sus padres le entregaron más de $240.000 dólares para evitar que su idea, Amazon, fracasara. Es un hecho conocido desde hace años, pero poco divulgado cuando se recorre la epopeya personal de Bezos.

“Fuimos lo suficientemente afortunados como para haber vivido en otros países y haber ahorrado algo de dinero, por lo que pudimos convertirnos en un inversor ángel. El resto es historia”, explicaba su padre adoptivo, Mike Bezos, un inmigrante cubano que trabajó como ingeniero en Exxon, una de las principales compañías petrolíferas del mundo, en 2015. El matrimonio compró un total de 1.430.244 acciones en 1995. El propio Bezos les advirtió de que había “un 70%” de posibilidades de que no les devolviera el dinero jamás. Cosa que no sucedió.

Hoy la fortuna de sus padres, aún accionistas de Amazon, podría superar los $30.000 millones. Fue un riesgo que mereció la pena correr. Pero uno que no podría haberse permitido una familia común. Los ahorros del hogar estadounidense medio no superan los $9.000 en la cuenta corriente, a sumar propiedades. En España las perspectivas son más magras: el ahorro del hogar medio se ha desplomado al 4,9% anual de su renta, cuando en 2009 era del 13,4%. Nada que permita invertir €200.000 sin poner en riesgo la economía familiar.

Bezos tuvo una gran idea. Una que en 1995 no hubiera llegado muy lejos si sus padres no hubieran sido más ricos que la media.

Los casos de Gates y Zuckerberg

Hay ejemplos a raudales. El propio presidente de los Estados Unidos de América, un hombre que ha cultivado durante años un culto a su talento empresarial, cimentó su emporio sobre la fortuna legada por su padre. Heredó. De otro modo no podríamos explicar la existencia de tantas y tantas dinastías familiares que, tanto en Estados Unidos como en Europa, se han mantenido a la cabeza de la riqueza global durante generaciones (introduzca aquí la melodía de Succession).

Todas ellas tienen un origen. La particularidad de los emporios surgidos al albur de las nuevas tecnologías, como es el caso de Amazon, es que han nacido durante nuestro tiempo. Los hemos visto crecer en tiempo real. Eso no significa que sus orígenes no están igualmente condicionados a los orígenes familiares de sus respectivos emprendedores. Bezos es un caso. Bill Gates es otro. En su caso, el beneficio familiar no llegó a través de una inversión directa, sino de las redes de influencia.

La madre de Gates, Mary Maxwell Gates, participó durante décadas, en ocasiones de forma pionera, en algunos de los órganos de gobierno corporativos y universitarios más influyentes del estado de Washington. En 1980, en un desarrollo de los acontecimientos a la postre crítico, Mary Gates se convirtió en la primera mujer en entrar en el consejo de dirección de United Way, una de las organizaciones sin ánimo de lucro más relevantes de la esfera empresarial estadounidense.

Allí coincidiría con John Open, director ejecutivo de IBM a la altura de 1980, a quién hablaría en muy buenos términos de la empresa recién fundada por su hijo, Microsoft. Aquella charla fructificara. Open colocaría el nombre de Microsoft encima de la mesa de IBM en pleno lanzamiento de su primer ordenador de sobremesa, el 5150. La multinacional escogería al por aquel entonces anónimo proyecto de Gates hijo para desarrollar su sistema operativo. El resto, como diría el Mike Bezos, es historia.

Bezos requirió del dinero de sus padres. Gates de los contactos de su madre. En ambos casos, fueron unos privilegiados. La mayor parte de las familias no cuentan con la suerte de canales de influencia que la familia del fundador de Microsoft tenía a su alcance a principios de los ochenta, y que jugaron un papel crucial en el éxito posterior, también pionero, de la compañía. Son dos caras de una misma moneda. A menudo, los éxitos empresariales se explican si consideramos la posición social de los padres, un predictor muy preciso de la riqueza de los hijos.

Un último ejemplo: Mark Zuckerberg. La aventajada posición social y económica de sus padres le permitió asistir a la Academia Phillips Exeter, uno de los centros educativos más antiguos de Estados Unidos y frecuentado por las élites políticas y financieras. Allí, antes de entrar en la universidad, Zuckerberg logró una formación académica y técnica aventajada y crítica para, años más tarde, desarrollar Facebook en su temprana juventud. Coste del curso a día de hoy: $57.000 al año. Ingresos anuales de la familia estadounidense estándar: $56,516.

No fue el único privilegio del que disfrutó Zuckerberg antes de entrar en la universidad. Cuando tenía once años, sus padres contrataron a un reputado desarrollador, David Newman, para que le diera clases particulares una vez por semana. Newman confesaría años más tarde que Zuckerberg era “un prodigio” y que en ocasiones costaba seguirle el ritmo, incluso a tan tierna edad. No hay duda de que el fundador de Facebook cuenta con una inteligencia descomunal. Pero tampoco de que tal prodigio fue cultivado, entrenado e incentivado por sus padres gracias a sus recursos económicos. Algo no disponible para todo el mundo.

Nada de lo anteriormente descrito niega el talento o el mérito de Bezos, Gates o Zuckerberg. Todos ellos tuvieron ideas revolucionarias y crearon productos atemporales, generacionales. Simplemente lo contextualiza. Sus padres fueron críticos en su formación, en su viabilidad económica o en su capacidad para estar en el lugar adecuado en el momento justo. No se hicieron a sí mismos. Se apoyaron en las redes familiares y sociales que tenían a su alcance para cimentar su éxito.

Es algo que sabemos desde hace años. Los “emprendedores” no tienen un don o un talento nato para el riesgo y el triunfo empresarial. En la mayor parte de los casos lo que tienen son padres con dinero. La persistencia y prevalencia de las familias ricas, de las dinastías, es una de las características más definitorias de las élites. En Estados Unidos, donde las generaciones de Koch, Hearst, Pritzker llevan dominando la escena más de un siglo, y en Europa, donde las familias ricas de Italia son prácticamente las mismas desde el Renacimiento.

Que se define como el “experimento con granos de arroz”

¿Cuánto dinero tiene Jeff Bezos? Hay una forma muy directa de responder a la pregunta: 181.000 millones de dólares, según Forbes La cifra es mareante. Al escapar a todas las escalas económicas que la mayoría de los humanos utilizamos en nuestro día a día, cuesta encontrarle sentido y acomodo, un marco referencial en el que comprender su auténtica dimensión. Sucede con otras muchas fortunas. La suya es la más grande, aunque últimamente cierto  emprendedor de ideas alocadas le pise los talones.

Otra forma frecuente de explicar la riqueza de Bezos: mediante comparaciones. Por ejemplo, $1,3 millones de su bolsillo equivalen, en relación a su fortuna total, a $1 del estadounidense medio. Es un 48% más rico que la monarquía británica. También tiene más dinero que el PBI total de Ucrania, Marruecos, Ecuador o Eslovaquia. Y gana $2.489 al segundo, mucho más que la mayoría de trabajadores al mes.

Sucede que gran parte de estas comparaciones redundan en conceptos igualmente abstractos, en proporciones macroeconómicas cuya verdadera escala no siempre es comprensible. ¿Cómo entender, pues, la inmensidad de la fortuna de Bezos (a día de hoy, de nuevo y tras sucesivas permutas con Elon Musk, el hombre más rico del mundo según el listado en tiempo real de Forbes; la forma de calcular la fortuna de cada uno es variable en función de dónde tengan invertido su dinero)?

Con granos de arroz, se respondió en su fuero interno Humprey Yang, youtuber y tiktoker. Yang otorgó un valor de $100.000 a cada grano de arroz. Y a partir de ahí trazó sencillas multiplicaciones para descubrir cuántos granos equivaldrían a la fortuna de Bezos. $1.000 millones, menos de un 1% de su riqueza, se convertía en un hermoso puñado de arroz. Para llegar a los $120.000, Yang necesitaría muchísimo más cereal.

Así que cogió el coche, se marchó a un supermercado, compró dos sacos gigantescos de arroz y comenzó a pesar uno por uno. El resultado final es impactante. Yang creó una respetable montaña de arroz lo suficientemente profunda como para tragarse medio teclado de ordenador. A su lado, los $100.000 originales, e incluso el puñado de $1.000 millones se convierten en sumas ridículas.

El experimento de Yang se viralizó con rapidez por su componente físico. No se trata de difusas comparaciones con el PIB de un país cuya dimensión apenas conocemos, sino de granos de arroz, reales como la vida misma, presentes en las cocinas de todo el mundo. Impacta a primera vista porque conocemos el valor de un puñado de arroz, estamos familiarizados con él. Y Bezos tiene una proporción descomunal de ellos.

De ahí que cuando se desprende de grandes sumas de dinero tan sólo pierda una minúscula proporción de su fortuna. Lo vimos hace algunos días a cuenta de su largo listado de multas de aparcamiento. Durante los últimos tres años acumuló más de 500 sanciones, por un valor total de $18.000. Una suma inasumible para el resto de los mortales, pero que a él le permitió saltarse la normativa a cambio de aparcar frente a su casa.

Millones

¿Parece mucho? No lo es.

Millones

Mil millones vs. 120.000 millones.

Experimento

Terminando el experimento.

Sucede algo similar con sus donaciones. El mes pasado anunció que entregaría $10.000 a luchar contra el cambio climático, en torno al 10% de su riqueza. Es una suma importante, aunque a día de hoy sus donaciones siguen lejos de las empeñadas por Bill Gates o Warren Buffet, los dos multimillonarios que más dinero entregan a causas (el 2,6% y el 3,9% de su fortuna). Y lo que es más relevante, choca con la gran huella medioambiental de Amazon.

El ejemplo de Bezos es llamativo por lo rápido de su transformación. A finales de los noventa las oficinas de Amazon no era el gigante del comercio en el que se ha terminado convirtiendo, sino un proyecto personal de Bezos cuyas oficinas oscilaban entre lo decadente y lo cutre. Su particular ascenso en un plazo de treinta años ha convertido a Bezos en el paradigma de las riquezas digitales del siglo XXI, y lo ha puesto en el epicentro de la conversación global sobre el 1% y las desigualdades económicas.

Un periodo de tiempo que le ha permitido convertirse en el hombre más rico de su tiempo, y en uno de los más ricos de toda la historia (en términos relativos). O visto de otro modo, en un empresario capaz de inundar tu cocina de granos de arroz.

Pero por más que el relato del hombre-hecho-a-sí-mismo domine nuestra narrativa sobre el capitalismo contemporáneo, con Jeff Bezos y Elon Musk, gran parte de la riqueza mundial sigue controlada por un puñado de familias. Las mayores fortunas del planeta aún son corales, heredadas por generaciones y gestionadas de forma privativa gracias a un negocio particularmente lucrativo. No todas ellas son tan divertidas como la retratada en Succession, pero sin duda igual de poderosas.

Este gráfico de Visual Capitalist las ordena a todas ellas. Se basa en los datos obtenidos por Bloomberg para ubicar de mayor a menor a los conglomerados familiares más ricos del planeta. Lo relevante aquí no es el patrimonio del CEO o del titular momentáneo del negocio, sino el emporio. La construcción y mantenimiento de un castillo de riqueza que sobreviva al paso del tiempo, una empresa quizá no tan en sintonía con el sino de los tiempos, más individual, pero sin duda más trascendental.

A la cabeza de todos ellos, y con mucha diferencia, la familia Walton, proveniente de Arkansas y dueña de Walmart, la cadena minorista más importante de Estados Unidos. Su riqueza aproximada ronda los $215.000 millones de dólares (la de Bezos, por ejemplo, y aunque oscila con regularidad, suele estimarse en torno a los 180.000 millones). Le sigue a una considerable distancia la familia Mars, también estadounidense y dedicada al negocio de los caramelos y los dulces ($120.000 millones). Completan el podio los Koch ($109.000 millones).

Todas ellas hunden sus raíces a mediados del siglo pasado, cuando la expansión de la economía de consumo y las mieles de la postguerra abrieron el camino para que algunas empresas, ideas o negocios crecieran lo suficiente como para tomar una posición dominante en el, por entonces, mercado más importante del mundo. Y desde entonces han sabido mantenerse. La primera no-estadounidense es la familia real saudí, con un patrimonio de unos $95.000 millones. Su fuente de riqueza es evidente.

En Europa la primera familia es Hermès, francesa y dedicada a la cosmética y la perfumería ($63.000 millones), seguida de otra francesa y de similar dedicación, Wertheimer (Chanel, $54.000 millones). Por ahí se cuelan los Albrecht alemanes (Aldi, $41.000 millones); los Ferrero italianos (Ferrero, $30.000 millones); o los Hoffmann y Oeri suizos (Roche, $38.000 millones). También aquí hay hueco para tecnológicas de la mano de los Lee coreanos, dueños de Samsung ($29.000 millones).

Esto último es lógico. Pese a que los grandes nombres de la industria tecnológica pueblan los rankings individuales, aparecen ausentes los familiares. El gráfico los excluye a propósito al no incluir a los fundadores de cada imperio empresarial (excluyendo a Steve Jobs, todos en activo) y al descontar los patrimonios familiares pero controlados por una sola persona (los Gates, por ejemplo). También se da otra peculiaridad: ninguna gran tecnológica es familiar, y las figuras al frente o sus propietarios no acceden al accionariado por derecho sanguíneo.

En cualquier caso, un ejercicio visual interesante para descubrir, en realidad, quién está detrás de todo lo que compramos o consumimos.

FUENTE: Magnet @mohorte 

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