Homenaje a Cesar Moro

Alfredo Quispez- Asín Mas, conocido por el seudónimo de César Moro, nació el 19 de agosto de 1903 en Lima, Perú (y murió el 10 de enero de 1956). El seudónimo lo tomó de una novela de Ramón Gómez de la Serna, y la primera vez que lo usó fue para firmar su primer dibujo modernista en 1921.

Sus amigos le decían Quispecito, Quispicanchis. El cambio de nombre lo hizo en el Registro Civil de Lima, cuando tenía unos veinte años. César Moro recordaría el ambiente de la Lima de su adolescencia como “pueblerino, desolado y pretencioso”. Hijo de Jesús Quíspez Asín, médico y Maria Elivra Mas Puch, se vieron huérfanos de padre él y sus dos hermanos con el fallecimiento temprano de su padre en 1908. Uno de sus hermanos fue el pintor Carlos Quispez Asín.

En 1914 ingresa en el Colegio de Lima La Inmaculada de los jesuitas. En 1921 publica una ilustración en el libro de poemas El alma errante de Roberto Maclean y Estenós y en 1922 ilustra la carátula del libro de poemas Atalaya de Federico Bolaños.

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Sus primeros poemas conservados datan del año 1924.

Moro, que leía mucho en francés, quería irse del país. La Lima de los años veinte le asfixiaba. Era una sociedad religiosa que vivía en la calma vigilada de una dictadura. A él le gustaba poner apodos, broncearse en la playa. Siempre tenía novios, hombres sencillos, militares.

Su madre tenía amigos importantes. Uno de ellos era el dictador Augusto Leguía, presidente por entonces, un déspota generoso. Él le ofreció a su amiga, la madre de César, becas para sus hijos. Carlos, el mayor, se fue a España a estudiar pintura. Moro se marchó a París. Llevaba varias pinturas suyas en la maleta. Quería ser pintor y bailarín clásico, pero finalmente no pudo con el ballet por un problema de salud. Enfermo de pleuresía (afección inflamatoria en los pulmones). También quería ser poeta. Tenía veintitrés años y muchas ideas para su futuro.

Se embarcó en Europa el 30 de agosto de 1925 (recién cumplidos los 22 años). Carlos Raygada (conocido comentador de la época) da cuenta de su viaje en El Comercio (revista de variedades) e indicando sus condiciones como artista plástico y que llevaba dos volúmenes de rarísimas y muy hermosas poesías en su mayor parte inéditas.

La esposa del compositor peruano Alfonso Silva, Alina, que era una amiga de la infancia, lo recibe en París. Ella cantaba en un cabaret del que era asiduo el poeta André Breton, el fundador del movimiento surrealista, a quien Moro leía y admiraba. El grupo siempre estaba en busca de nuevos adherentes y rodeado del escándalo. Habían publicado la revista “La revolución surrealista”, un panfleto contra el escritor Anatole France, titulado “Un cadáver”. Tenían largas sesiones de creación en las que experimentaban la escritura automática hasta llegar al trance, y habían decretado que el año 1925, el año del surgimiento del grupo, era el fin de la era cristiana. Moro se les unió hacia 1928. Conoció también entre otros miembros del grupo surrealista a Benjamin Peret, Paul Eluard…

Toma parte en varias exposiciones de pintura (muy bien acogidas por la crítica) y publica poemas en diferentes revistas surrealistas de la época. A veces dejaba de asistir a las reuniones y entonces Breton le escribía notas preguntándole por su paradero. Hablaba poco de sí mismo. Para entonces ya escribía en francés con fluidez y enviaba algunos poemas al Perú. Un día se disgustó por la forma en que tres de ellos salieron publicados en Amauta, una célebre revista de Lima que difundió a los autores de vanguardia, y escribió una queja: “Gerente: Has publicado mis poemas de una manera infame […] Merecías… Pero, ¿es que mereces algo?”. “Señora —escribió otra vez a un personaje limeño—, a pesar de ser usted un mastuerzo muy delicado le decimos: Mierda”.

En un principio no fue muy bien acogida por los críticos su poesía, que leyeron en sus primeros poemas un deshilvanado modernismo. No llegaron a comprender lo que Emilio Adolfo Westphalen reconoció años después en él. Fue el inicio de la poesía nueva en Perú. Westphalen se convertiría años después en el mejor amigo de Moro en Lima. Escribió una semblanza en la que decía que Moro fue uno de los pocos o más bien el único con quien no necesitaba canjear palabras para ponernos de acuerdo —la armonía era tácita—. Curiosamente esa confianza mutua excluía la confidencia. Durante los años en que lo frecuentaba —casi a diario en Lima— nunca intercambiamos ninguna”.

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E. A. Westphalen indicaba la importancia de estudiar los poemas de César Moro

Escribir y pintar para Moro eran una forma de penetrar el mundo y para ello su puerta de entrada serían el amor y el erotismo, temas relevantes para el surrealismo.

En París César Moro trabajó como pintor de brocha gorda en la remodelación de un teatro. También como jardinero, niñero, pareja de baile… Era propenso a la indisciplina y a la vida nocturna. No le gustaba trabajar y lo reseñó en unos versos: “Abajo el trabajo”. Pecho de bisonte / el pantalón y la chaqueta / hacen el trabajo / pero tu corazón tiene un panorama / Y el jugo de tu chaleco […] Pero vosotros todos / Invitación a no trabajar.

Vivía en casa de amigos. En talleres. A veces se quejaba con su hermano Carlos porque no tenía dinero para comprarse materiales de dibujo. Del teatro donde lo contrataron como pintor, lo expulsaron por hacer dibujos pornográficos en las paredes. Eso lo recordaría años después Francisco Avril de Vivero, un niño al que Moro cuidaba y contaba cuentos a cambio de alojamiento en la casa familiar. En 1932 participa en la redacción de la denuncia contra Sánchez Cerro “La movilización contra la Guerra no es la paz” por el fusilamiento en el Callao de ocho marineros sublevados.

Regresó en 1933 a Lima. Cuentan una anécdota en la que Moro se presentó a una entrevista de trabajo. Un amigo suyo llamado Ricardo Tenaud era funcionario en una empresa telefónica y lo llevó ante su jefe. Poco después de la conversación, el jefe llamó a Tenaud y le reclamó por haberle llevado a “una bailarina de cabaret”. La anécdota se la contó Tenaud, poco antes de morir, al periodista Pedro Favarón, quien escribió un libro sobre Moro. Moro no era amanerado, pero ese día debió comportarse así para no conseguir el empleo. Durante esa etapa iba mucho a la playa y vivía de su madre, que le daba algo de dinero.

Por esos años, conoció al joven poeta Emilio Adolfo Westphalen, en 1934, y se hicieron amigos. Cesar Moro, en su libro de 1934 Los anteojos de azufre, habla de la poesía que “no es, no puede ser más un refugio”, sino que “su sólo resplandor de incendio es una amenaza”. El surrealismo no sólo contempla el mundo, sino que busca transformarlo. André Coyné (amigo y crítico literario de César Moro) nos informa que ʺMoro tenía un conocimiento personal del psicoanálisisʺ, y da a entender que esta incomprensión del psicoanálisis por el surrealismo no es casual, sino que se debe a conflictos en la propia personalidad de Bretón que precisamente el psicoanálisis le hubiera ayudado a resolver, y dice:

ʺMientras el hombre no tenga conciencia total de sus propios problemas íntimos, de la sexualidad bien o mal orientada, mientras no sepa a qué obedecen ciertos reflejos condicionados psíquicos, no podrá pretender ser guía ni resolver en lo esencial los conflictos colectivosʺ

Lima seguía siendo una ciudad amodorrada, sin vida cultural, presa de la dictadura militar de Óscar Benavides que, entre otras cosas, mandó cerrar la Universidad de San Marcos. En 1935 organizó con el poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, la primera exposición surrealista de Latinoamérica, en la Academia Alcedo de Lima. “Esta exposición —escribió en el catálogo— muestra tal cual es por primera vez en el Perú una colección sin elección de obras destinadas a provocar el desprecio y la cólera de las gentes que despreciamos y detestamos”.

A partir de esta exposición entabla una polémica, quizás la más feroz de la Vanguardia, contra Vicente Huidobro, a quien acusa de “plagiario”, “imitador de Pierre Reverdy” y “Literato hambriento de gloria” y denunciando por un ataque de Huidobro a Buñuel. Moro mantuvo una corta pelea literaria. Lo acusó de haber parodiado un texto de Luis Buñuel de una manera lamentable. Huidobro le respondió: piojo homosexual. Moro le contestó: Huidobro de mierda. Junto a Westphalen, César Moro, como máxima expresión de su altercado literario, publicaron el manifiesto Vicente Huidobro o El obispo embotellado, en el que insultaban al poeta chileno.

Vicente Huidobro responde a colación de esto con el artículo “don cesar quispe, morito de calcomanía”, publicado en la revista vital en Santiago.

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A principio de 1935 César Moro asiste a la cópula de un par de tortugas elefantinas, a la que ve como monstruos antediluvianos. Lo que más le impresionó fue el grito lanzado por el macho al lanzarse sobre la hembra para penetrarla. Nunca la olvidaría. 

En seguida adquirió una pequeña tortuga terrestre, a la que nombró Cretina. Junto con Moreno Jimento y Westphalen hacen el boletín CADRE, de amigos de la República española en 1938, por lo que tiene que abandonar el país y refugiarse en México. 

En 1938 se mudó a México y ayudó a sembrar el surrealismo en ese país. Sus versos hacían añicos al lector. Más que lectores —explica el crítico peruano José Miguel Oviedo—, tenía víctimas. 

En 1940 se realiza en México la Exposición Internacional del Surrealismo organizada por Wolfgang Paalen, César Moro y André Bretón, este último desde París, cuyo catálogo lleva una presentación de Moro. César Moro escribe el prólogo y allí dice que el “Surrealismo es la palabra mágica del siglo”. Moro publicó poemas y artículos en Francia, Perú, México. 

Traducía al español los textos de sus colegas franceses e ingleses. Era un gran agitador surrealista. Publicaba en revistas como Dyn, El Hijo pródigo, letras de México, Las Moradas…

En México solo lograría publicar “El castillo de Frisú ” (1942) y “Carta de amor” (1943), sus únicos poemarios publicados en vida. Hubo otro libro que Moro escribió en México: “Piedra de los soles”, que quizás inspiró el título del más famoso poema de Octavio Paz.

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Wolfgang Paalen, Eva Sulzer, Alice Rahon y César Moro (México, 1940)

Mantuvo en México una estrecha relación de amistad con escritores y artistas como Benjamin Péret, Xavier Villaurrutia, Agustín Lazo, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Gilberto Owen, José Vázquez Amaral, Elíasn Nandino, Remedios Varo, Alice Paalen, Leonora Carrington… En México tendría una relación apasionada con Antonio A. A. que duró unos ocho años. Antonio estuvo por un tiempo como teniente del Ejército Nacional de México en San Luis de Potosí, México, localidad en la que Moro lo visitaba.

De allí que algunos poemas de La tortuga ecuestre aparezcan como escritos en San Luis de Potosí. El título de La tortuga ecuestre se debe a que César Moro tenía en México una tortuga que llamaba Cretina, como el emblema de su amor. En el verso del poema “Amor el amor” señala “Antonio Cretina César” refiriéndose en una sola línea al amado, al amor y al amante reunidos. 

Escribió el libro de poemas La tortuga ecuestre en 1939, mientras se deshacía en sufrimiento, es su obra más bella, visceral, apasionada. No fue publicado hasta años más tarde. Antonio tenía menos de veinte años y se preparaba para ingresar en la escuela militar. César Moro le ayuda dándole dinero, comprándose ropa, zapatos… 

A veces acude a la habitación de Moro, que contempla en estos versos: El amor en la noche. Un tumulto se anuncia, un tumulto como de sangre que se vierte. Las alas del mundo empiezan a dormir, y sólo tus ojos iluminan el silencio, el gran silencio que reina a tu llegada. Y te desprendes como un árbol o como la noche, a pasos callados, como el gran caballero que aparece en los sueños. Con tu rostro severo, con el misterio y la distancia y con el gran silencio. Yo no podré besarte, a veces dices, yo no podré besarte…

Antonio es la felicidad y a la vez la tortura para César. Antonio, a veces, rompe con Moro. Moro se deprime. Le escribe cartas pidiéndole que regrese. Antonio vuelve. Así pasan algunos años. El carácter del joven se apacigua y le escribe al poeta: “No quiero que sigas sufriendo de lo que ya has sufrido moralmente ya por mí”. 

Pero Moro sufre. No come. Adelgaza. Se enferma. Nunca menciona cuál es el diagnóstico que le dan los médicos. Antonio, en 1942, se muda a Querétaro, donde asiste a un centro de entrenamiento para oficiales. A veces va al Distrito Federal de México a visitar a Moro, que sigue enfermo. En 1945 la relación entró en crisis y terminaron en 1946.

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Antonio se casa con una mujer y en 1944, tiene un hijo. Moro intenta quererlo como si fuera suyo. Diría de él: ʺEn el Perú tengo una madre y aquí tengo al hijo de A. al que adoro y por quien me siento obligado de hacer todo lo que pudieraʺ. 

Antonio, al año siguiente, pide su baja en el Ejército y se muda a Monterrey para dedicarse a su familia. César se encuentra deprimido. 

Escribía con regularidad cartas a su amigo Westphalen, que, en los años cuarenta, difundió el surrealismo en Lima. A veces Moro le hablaba de la falta de dinero y de su enfermedad. El origen de la desgracia parecía ser Antonio. La tortuga ecuestre fue su único libro en castellano y, aunque fue escrito en 1938, fue publicado en 1957 por André Coyné, al no encontrar antes quien la publicara.

Escribió además:

  • Cartas (1939);
  • Carta de Amor (1939);
  • El castillo de Grisú (1941);
  • L’homme du paradisier et autres textes (1944);
  • Trafalgar Square (1954);
  • Amor a muerte (1955).

Cesar Moro produjo una gran influencia en la ciudad de México con su poesía, ya que importó de París el surrealismo literario, que tanto caló y que en figuras como Octavio Paz incidió de una manera especial. César Moro se alejó del surrealismo en 1944 pero no abandonó sus técnicas y puntos de vista. Fue debido a una diferente estimación de la homosexualidad y del psicoanálisis con respecto a los surrealistas como Bretón y por reparos de orden político (por el apoyo de algunos de sus miembros a Stalin como Louis Aragón) y la validez de su praxis.

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Moro regresó a Lima en avión el 16 de abril de 1948. Tenía cuarenta y cinco años y toda su obra en una maleta de mano. Había enviado parte de su equipaje por barco, en tres cajas. Una contenía los cuadros que había pintado durante los diez años que había pasado en México. Otra tenía ropa y libros. Esas dos cajas nunca llegaron, se perdieron. 

Le acompañaba Pacho, su perro, un perro salchicha que Moro menciona en algunas cartas desde México. Moro había regresado a Lima con la ilusión de curarse. Quería reencontrarse con su madre, que estaba enferma y a quien no había visto en diez años. Extrañaba el mar. El mar, en su poesía, es una presencia constante. Allí transcurrió su primera cita con André Coyné. Un día de diciembre de 1948 —comienzos del verano en Lima—, Moro tramitaba un diploma de profesor de francés en la Alianza Francesa. Allí le presentaron a André Coyné, un muchacho recién llegado de Francia que quería estudiar a César Vallejo.

Vallejo, para Moro, era un poeta “apaleado”. El romance fue breve, no duró más de un año, y terminó porque el joven francés se enamoró de un pintor. Moro y Coyné dejaron de verse durante un tiempo. Después fueron amigos y confidentes. Coyné fue un gran difusor de la obra de César Moro. 

César Moro no tenía dinero y debió sobrevivir como profesor de escuela en el Colegio Militar Leoncio Prado. Algunos alumnos se burlaban de él porque era delicado y homosexual. 

María Vargas Llosa, que fue alumno de él escribiría: “recuerdo imprecisamente a César Moro: lo veo, entre nieblas, dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ante la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogamos en ese profesor frío y cortés la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares. 

Alguien había corrido el rumor de que era homosexual y poeta: eso levantó a su alrededor una curiosidad maligna y un odio agresivo que lo asediaba sin descanso desde que atravesaba la puerta del colegio”. También estas otras palabras “En las clases solíamos ‘batirlo’ como se batía a los huevones —recuerda el ex cadete Mario Vargas Llosa, en El pez en el agua, su libro de memorias—. Le tirábamos bolitas de papel o lo sometemos a ese concierto de hojitas de afeitar aseguradas en la ranura de la carpeta y animadas con los dedos […] Veo, una tarde, al loco Bolognesi, caminando detrás de él y meneandole el brazo a la altura del trasero como una monstruosa verga.

Era muy fácil batir al profesor César Moro porque, a diferencia de sus colegas, no llamaba nunca al oficial de turno para que pusiera orden, echando un carajo […] Ahora estoy seguro de que, de algún modo, lo divertía estar allí. 

Debía ser uno de esos juegos arriesgados a los que los surrealistas eran tan propensos, una manera de ponerse a prueba y explotar los límites de su propia fortaleza”.

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En 1955 culminó una de sus obras principales, Amor a muerte.

Su mala salud y la necesidad de pagar los tratamientos lo obligaron a trabajar mucho, acaso por única vez en su vida. Enseñaba francés en cuatro lugares diferentes, entre ellos la Universidad Agraria, la Escuela de Oficiales de Chorrillos y el citado Colegio Militar Leoncio Prado. 

El 10 de enero de 1956 muere víctima de leucemia. Como anécdota, en el velatorio, un sacerdote quiere decir unas oraciones y no le dejan. 

André Coyné trata de explicarle que Moro era ateo. El sacerdote grita, se enfurece, se retira. También señalan que fue terrible el contraste que un poeta tan vanguardista, tan libre, iba en hombros de militares, cuando portaron su ataúd. 

Su amigo André Coyné continuó con la labor de recopilación, edición y difusión de la obra de Moro. Señalar que es difícil encontrar sus libros en América Latina porque su obra fue escrita mayormente en francés, quedando relegada a unos cuantos lectores, situación que se acentuó por los tirajes brevísimos de sus libros (unos cincuenta ejemplares). Ocurre en muchas ocasiones que, cuando los poetas mueren, sus libros comienzan a venderse, pero con César Moro no ocurre esto. 

A pesar de las reseñas de los eruditos que dicen que podría ser, junto con César Vallejo, el poeta peruano más importante del siglo pasado. En las librerías de Lima, Moro no aparece o muy poco. Hacia el año 1980 se publica en el Perú el primer tomo de su Obra poética, cuando recién se constataba que se había mantenido silenciado a un verdadero ícono de la poesía surrealista, mucho tiempo exiliado entre París y México.

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Del libro de poemas (1938-1947)

LA NIEVE ES BLANCA

La nieve es blanca

la lana añosa la idea lanosa

mi amada hermana rencorosa

toda la sangre del mundo

hierve

en frío

Pese  a la muerte mi hermana

por la blancura

con la edad

la idea se convierte en lana

soporte de nieve

de la sangre

Pero la luz vive

eterna

nada la detiene

ni la muerte ni la edad

ni la idea

Pero la nieve la refleja

y todo está dicho en la luz

el amor diverso divino

es sólo un acto de luz

si veo bebo

nadie podrá

agotar la luz ni la sed en mí

en el corazón de la luz

su hijo

FUENTE: Poesía más Poesía- Por Helena- mayo 2021-

3 comentarios sobre “Homenaje a Cesar Moro

  1. Saludos, es muy interesante su entrada, desconocía a este escritor: César Moro. Estoy encantado de conocer más su obra, esperó en otra entrada pueda poner más escritos para leer y entender su obra. Excelente su entrada.

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