PEQUEÑAS GRANDES POTENCIAS – PARTE II

Las repúblicas marítimas, señoras del mediterráneo en la edad media.

EL ÚLTIMO RUGIDO DEL LEÓN

El 30 de abril Napoleón se encontraba en Marghera; solo un brazo de la laguna lo separaba de Venecia. El general mandó un ultimátum a la ciudad, con dos exigencias simples e innegociables: una alianza militar con Francia y la transformación de las instituciones para terminar con el gobierno de los aristócratas. 

Sin embargo, se trataba de un pretexto ya que, a pesar de la respuesta favorable de la Señoría veneciana, dos días más tarde declaró la guerra.

El gobierno veneciano se encontraba ante dos alternativas: rendir la ciudad sin ofrecer resistencia o retirarse con la flota a Dalmacia -última posesión veneciana en el Adriático junto con la península de Istria- y organizar desde allí una reconquista de la ciudad. Finalmente se optó por la primera opción pues, aunque la resistencia era factible, pesaba el temor a eventuales revueltas populares que fueran sofocadas violentamente por el ejército de Bonaparte. 

Así pues, para proteger a la población, el anciano doge Lodovico Manin, jefe de estado de la República de Venecia, dio la orden a las tropas de la ciudad de rendirse y entregar sus insignias, para satisfacción de algunos miembros del Consejo Mayor sospechosos de tener simpatías jacobinas.

La reacción fue exactamente la que había temido el doge. “A escondidas y cabizbajos, los protagonistas de la abdicación se dispusieron a volver a casa. La multitud, que no entendía qué sucedía, callaba y esperaba”, escribió el historiador Giacomo Lombroso. 

“Entonces el viejo general Salimbeni (a quien los rumores señalaban como jacobino), informado de lo acontecido, creyó dar inicio a las aclamaciones gritando: ‘¡Viva la libertad!’. Le respondió un tenebroso silencio, cargado de tempestad. 

Perturbado, el general se refugió en el viejo grito que había resonado bajo las murallas de San Juan de Acre y de Constantinopla, que había agitado a las multitudes de campesinos en la época de Cambrai, que había llevado a patricios y plebeyos al contraataque bajo las murallas de la asediada Candia.

 Pero a su ‘¡Viva San Marcos!’ le respondió un grito de la multitud: ‘¡Viva la República!’. Fue la señal de un estallido de cólera violentísimo, de un tumulto como Venecia no veía desde hacía siglos. De todas partes salieron banderas con el león de San Marcos, se alzaron los estandartes en las astas de la Plaza: El grito de ‘¡Viva San Marcos!’ resonaba una y otra vez”.

A pesar de los intentos por evitarlo Venecia fue saqueada por las tropas de Napoleón, algo que dejaría una huella muy honda en el recuerdo de los venecianos.

Temiendo que las tropas de Napoleón entraran en la ciudad al tener noticia de la revuelta, fueron los propios magistrados venecianos quienes ordenaron sofocar los disturbios a golpe de artillería e instaron a los sublevados a reconocer a los líderes jacobinos como gobierno provisional de la ciudad. 

Aun así los disturbios continuaron y desembocaron en una feroz persecución de las autoridades francesas contra el más mínimo acto de oposición.

A ello se sumó el saqueo de los tesoros de la ciudad por parte de las tropas napoleónicas, a pesar de los esfuerzos de los magistrados venecianos por evitarlo: los palacios e iglesias fueron despojados de sus obras de arte, incluyendo los icónicos caballos de bronce de la Basílica de San Marcos, que a su vez los venecianos habían tomado del saqueo de Constantinopla en 1204 y que fueron llevados a París. 

La humillación final fue la destrucción de la emblemática nave almirante de la República, el Bucintoro, considerado un tesoro nacional y un símbolo de Venecia, para apropiarse del oro con el que estaba recubierta. El saqueo de la ciudad dejaría una huella muy honda en el recuerdo de los venecianos.

El Bucintoro en el muelle el día de la Ascensión

EL BUCINTORO EN EL MUELLE EL DÍA DE LA ASCENSIÓNEl cuadro de Canaletto “El Bucintoro en el muelle el día de la Ascensión” retrata una de las fiestas más importantes de Venecia: los Esponsales del Mar.Imagen: Antonio Canal (Canaletto) / CC

Desde el Bucintoro (cuyo nombre significaba “barco de oro”), el doge lanzaba un anillo a la laguna como símbolo del dominio de Venecia sobre el mar. La destrucción de esta nave no fue solo un acto de saqueo sino una manera de escenificar el final del poder de Venecia, una humillación que la ciudad nunca olvidaría.

EL OCASO DE LA SERENÍSIMA REPÚBLICA

Como sucedería tantas otras veces en la meteórica carrera de Napoleón, Venecia se convirtió en una pieza de cambio para las ambiciones del general. Cuando la necesidad lo empujó a negociar la paz con Austria, el Véneto fue ofrecido como compensación y se convirtió en una provincia del Imperio Austríaco. Aquella humillación no fue olvidada y motivaría, décadas después, la voluntad del nacionalismo italiano de expulsar a las potencias extranjeras de la península.

William Wordsworth, uno de los grandes poetas del Romanticismo inglés, fue testigo del ocaso de la que había sido una de las mayores potencias marítimas de Europa y dejó constancia de ello en su poema La extinción de la República Veneciana:

“Una vez tuvo de Oriente la suntuosidad;

Y fue también baluarte de Occidente:

Su valor nunca cayó desde naciente,

Venecia, la hija mayor de la Libertad.

Era una ciudad brillante, libre y doncella;

Ninguna astucia ni fuerza la sometió a ella;

Y cuando tuvo que tomar pareja,

Eligió con el Mar eterno desposarse.

Y si hubiera visto sus glorias difuminarse,

Títulos y gloria decaer al volverse vieja;

Algún tributo de arrepentimiento habrá que pagar

Cuando su larga vida llegue al día final:

Hombres somos, y le debemos luto fatal

Cuando la sombra de su grandeza se deba marchar”.

Napoleón en italia, la batalla de marengo

Tras tomar el poder mediante un golpe de Estado, Napoleón Bonaparte atravesó los Alpes para enfrentarse a los austríacos en Italia; su gran victoria en Marengo fue la primera en su carrera por el dominio de Europa

A finales de mayo de 1800, llegó a París un boletín militar que provocó una instantánea oleada de emoción. 

Era el primer informe que se recibía sobre la marcha de la expedición militar del general Bonaparte al norte de Italia, de donde quería expulsar al ejército del emperador de Austria. Hacía apenas seis meses que el militar corso había dado un golpe de Estado y se había convertido en el hombre fuerte de la República francesa con el título de primer cónsul.

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El Palacio de Schönbrunn, residencia de verano del monarca austríaco Francisco II, Napoleón se instalaría allí durante las campañas de 1805 y 1809. A partir de 1814, su hijo, el rey de Roma, se crió en el palacio.- Foto: Rainer Mira / Look – Foto / Gtres

Su campaña en Italia era la primera que llevaba a cabo desde su nuevo cargo y todos estaban pendientes del resultado. El boletín informaba de la primera etapa de la expedición, la travesía de los Alpes

Emulando la gesta del cartaginés Aníbal al pasar la cordillera con sus elefantes y lanzarse a la conquista de Roma, Bonaparte había llevado a su ejército de 50.000 hombres por la ruta más directa, pero también la más difícil, a través del paso del Gran San Bernardo. 

El paisaje grandioso era el marco ideal para lo que el boletín presentaba como una gesta heroica:”El primer cónsul ha descendido de lo alto del San Bernardo arrastrándose sobre la nieve, atravesando precipicios y deslizándose sobre los torrentes”.

Lo cierto es que el puerto, en plena primavera, seguía nevado y las tropas avanzaron con dificultad. Más tarde, la leyenda recordará la imagen pintada por David de un Bonaparte franqueando el paso montado en un caballo encabritado, aunque en realidad subió la cuesta a lomos de una mula, y a veces incluso a pie. 

Ya del otro lado de la montaña, el ejército atravesó Aosta sin encontrar más dificultades que la de sortear el fuerte de Bard, donde los austríacos habían emplazado una poderosa artillería.

¿DÓNDE ESTÁN LOS AUSTRÍACOS?

La maniobra francesa consiguió sorprender a los austríacos. Tras unas cuantas escaramuzas, el primer cónsul llegó el 2 de junio a Milán. Su propósito era atacar desde allí, por la retaguardia, al ejército austríaco del general Melas. Bonaparte contaba con la ayuda de otro cuerpo del ejército francés presente en Italia, concretamente en Génova, al mando del general Masséna. 

Pero justo entonces éste decidió rendirse ante los austríacos, que mantenían sitiada la ciudad, con lo que el ejército austríaco al mando del general Ott pudo reunirse con los otros contingentes para hacer frente a Bonaparte. 

Pese a ello, Bonaparte decidió pasar a la ofensiva y, tomando la dirección de la ciudad de Alessandria, en el Piamonte, empezó a perseguir a Melas. El 9 de junio, Lannes, junto a la vanguardia del contingente de reserva, desbarató a los austríacos del general Ott en Montebello. Cinco días más tarde, el 14 de junio, las tropas francesas llegaron a las afueras de Marengo, un pueblecito al sureste de Alessandria, a cien kilómetros de Milán.

Marengo, un pueblecito al sureste de Alessandria, a 100 kilómetros de Milán

FUENTE: National Geographic – Historia – Por Abel de Medici

2 comentarios sobre “PEQUEÑAS GRANDES POTENCIAS – PARTE II

  1. Saludos, conocer sobre estas pequeñas-grandes-potencias, se vera derrumbar, al llegar; Napoleón Bonaparte. No obstante, al enfrentarse al Imperio Austriaco, será, el detonante de destrucción de estos imperios(Venecia y Genova). El detalle, será, al ser Consul de la República Francesa y tener más autoridad y desplegar en su máxima poder de general victorioso en la zona norte de Italia, al alzarce con la victoria de Marengo. Esto le imprime ser, el exportador de las ideas de la revolución francesa. Por tanto, dará a otros ser naciones con su propia personalidad y realidad de ser. Excelente contenido y tema.

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