Poderosos retratos de las últimas cazadoras con águilas de Mongolia. Final

Nómadas, una palabra que por diferentes circunstancias repito a menudo durante los últimos meses. Palabra que define un modo de vida sorprendente. Al escucharla, mi imaginación se transporta a nuestra historia, a unos orígenes en los que el desplazamiento era vital para garantizar la supervivencia. Es sinónimo de personajes fantásticos que parecen fundirse con el entorno y a los que es difícil seguir. Pero aún los podemos encontrar, moviéndose por apartados rincones del mundo en un planeta habitado por una población que parece querer estrechar su hábitat, privándoles de su bien más preciado, la libertad.

Después de muchas horas de recorrido por diferentes pistas que nos van introduciendo en las zonas de pastoreo, encontramos las primeras escenas de ese tipo de cultura. Una subsistencia aferrada a una naturaleza en la que no hay nada superfluo. En ella, todo tiene un sentido y hay que descifrar sus mensajes, una especie de lenguaje que para nosotros es duro de entender, pero que hay que saber interpretar para encontrar una lógica a un modo de vida que a veces roza lo imposible. Sólo hay que recordar la catástrofe acaecida durante los años 2000 y 2001 por culpa de unas terribles tormentas de viento y nieve bajo una temperatura de 50 grados bajo cero. La hierba se congeló impidiendo que el ganado pudiera alimentarse. El resultado fue devastador, más de 6 millones de animales murieron de inanición y frío, una décima parte del ganado de todo el país.

Al igual que en cada uno de los 365 días del año, hay que realizar las tareas rutinarias que permitan la supervivencia del grupo familiar. Nuestra llegada al filo del atardecer nos permite compartir, aunque sólo sea de un modo visual, costumbres que no han cambiado con el paso de los siglos. La temperatura cae en picado, y eso que estamos a finales de septiembre. 

En pocas horas estaremos ya en los cero grados, por lo que tenemos que buscar un refugio antes de que sea de noche. Nuestras dos únicas opciones son, montar la tienda o compartir la yurta con alguna de las familias de nómadas. Las yurtas, también llamadas ger, constituyen la vivienda tradicional utilizada por los trashumantes de las estepas del Asia central.

Tiene forma circular y es desmontable para poder transportarla sobre los animales durante sus desplazamientos. Su interior es una especie de museo de la artesanía y modo de vida de los pueblos mongoles y kazajos.

Reagrupamiento de animales, búsqueda de hierbas y excrementos para hacer el fuego, ordeño de cabras, camellas y yaks, elaboración de mantequilla… Y después, a sentir el calor del hogar. 

Momentos de compartir detalles de lo acontecido durante la jornada. Hablan de lobos, de tierras, de agua, del clima… pero hoy, hemos conseguido sacarles de sus temáticas habituales. Somos su atracción en la que probablemente sea la tierra menos poblada del planeta. Un encuentro fortuito que ellos acogen ofreciendo todo lo que está a su mano. De una manera amable, denegamos su invitación a compartir su comida. Su alimentación difiere mucho de nuestros gustos, aunque consiste principalmente en una cocina elaborada a base de carnes y productos lácteos, es muy grasienta. Pero gracias a eso obtienen el suministro de energía necesaria para soportar temperaturas que llegan a alcanzar los 45 grados bajo cero durante los meses de invierno.

Simples, armónicos, prácticos, coloridos, bellos… Adjetivos que definen el mobiliario que poseen y que tienen que trasladar al menos tres veces al año. Todo dispuestos en torno al círculo que representa la yurta. En el centro, la insustituible cocina que hace las veces de horno y calefactor. Todo gira en torno a ella, es el corazón de la vivienda. En ese lugar se come, se charla y se duerme, aunque la velada de hoy se alargará más de lo habitual debido a nuestra presencia. La matriarca desea que Najat y Elena se vistan para este momento a la usanza tradicional, un modo de agasajar nuestra estancia con ellos.

Poco a poco nos vamos adentrando en la región de las montañas de Altai, territorio de los Kazajos y sus cazadores con águilas. Una tradición que ha logrado conservarse desde hace 6.000 años en la que jinetes cabalgan horas y horas transportando un águila a la que han adiestrado para cazar zorros, liebres, marmotas e incluso lobos. Las facciones de estos personajes, diferentes a los rasgos mongoles, les confiere una apariencia igual de altiva y digna que la de sus águilas, existiendo entre ellos un vínculo parecido al de padres e hijos. Incluso sus marcadas narices aguileñas parecen competir con los picos de sus mascotas. Se dice que en la actualidad sólo quedan unos 300 cazadores que utilizan y entrenan estas aves de presa.

Las pieles de los animales cazados las utilizan como vestimenta contra los fríos del invierno. El sobrante lo venden en los mercados para conseguir unos ingresos extras en su economía. Los pequeños animales que consiguen cazar, como las marmotas o liebres, terminan en la cocina y sirven de ingrediente añadido a su dieta diaria. Mi objetivo es poder llegar a fotografiar a estos personajes en su medio natural y en sus tareas cotidianas. En las imágenes que he podido encontrar al buscar documentación sobre este pueblo, he podido ver de otros fotógrafos bellas composiciones de animales y cazadores, aunque muchas de ellas son fruto de largos posados previo acuerdo económico. Éste no es nuestro caso, no hemos quedado con nadie, por lo que me siento como en una especie de cazador de cazadores. Vamos al encuentro espontáneo de esta gente, y no dudo que conseguiremos vivir las experiencias humanas que estamos buscando.

Esta tradición de caza con aves, que estuvo a punto de desaparecer hace 20 años, ha cobrado un nuevo impulso gracias al mayor conocimiento que existe sobre este arte kazajo en el extranjero y de la preparación de algunos jóvenes que desean heredar este saber centenario. Los pequeños acompañan a los mayores en sus salidas de caza, observan como llaman a las águilas con gritos y cánticos que han repetido cientos de veces para que el ave reconozca la llamada de su dueño, o como las tranquilizan cuando se terminan posando sobre el brazo. Muchos de los aprendices emplean también halcones con los que adiestrarse antes de tener un águila sobre su brazo. Normalmente, el entrenamiento con las aves se inicia después de sacar a algún aguilucho de su nido en medio de alguna escarpada pared de montaña.

La relación de los cazadores con estas aves puede durar muchos años, por lo que terminan siendo como un miembro más de la familia. Sin embargo, la mayoría de los animales son liberados después de algunos años junto a sus adiestradores. Ese momento es muy emocionante para sus dueños tras largas aventuras en común. El amor que sienten por sus águilas es lo que les impulsa a despedirse de ellas para que emprendan el vuelo hacia la libertad. A menudo, ese momento es celebrado con el sacrificio de una oveja, una manera de testimoniar la importancia de esa separación. 

Casi a diario salen a cazar entre las montañas con unas aves que pesan más de 7 kilos. En un momento dado, las liberan y el animal busca la presa a la que partirá el cuello con sus potentes garras sin dejar casi ninguna marca. Cuando la caza se realiza sobre un terreno nevado, la presa es reconocible con más facilidad al destacar el animal sobre el blanco del suelo. Antes de soltarla para volar, al ave se le quita una especie de capucha que lleva en la cabeza y que sirve para tranquilizarla durante los desplazamientos.

Desde la época de Genghis Khan o Kublai Khan, existen multitud de relatos, muchos de ellos descritos por Marco Polo, de la cantidad de halcones y águilas que viajaban en las expediciones para practicar la caza. En la antigüedad, los cazadores con águilas tenían como principal función la de tratar las pieles para su conservación. Además, estos animales eran considerados como benefactores por sus propiedades como soporte espiritual para las personas, sobre todo para las mujeres embarazadas que incluso en nuestros días siguen recurriendo a esta terapia.

Como colofón de nuestro periplo a través de las tierras kazajas nos dirigimos a las proximidades de Ulgii para asistir, aunque tan solo durante unas horas, al cada vez más conocido Festival de las Águilas. Un encuentro de comerciantes de la región, de extranjeros y de los verdaderos protagonistas, las águilas y los cazadores. Algunos de ellos han recorrido muchísimos kilómetros sobre sus caballos  y camellos atravesando montañas y estepas. Aparecen ataviados de pieles conseguidas en sus últimas cacerías transportando lo necesario para montar la yurta y pernoctar durante los tres días de festival. Zapatillas, tapices, libros de cuero, cuchillos… objetos que los vendedores ofrecen a todos los que nos reunimos para ver las habilidades que los cazadores realizan con sus águilas.

El momento álgido del festival es aquel en el que los competidores se reúnen con sus animales en lo alto de una colina para soltar un águila que tendrá que buscar a su cazador situado en la parte baja de la montaña, en el interior de un círculo de 18 metros de diámetro. Mediante chillidos, las aves tienen que reconocer a su dueño para terminar posándose sobre su brazo. La multitud guarda silencio mientras los gritos envuelven el paisaje y el águila vuela en círculos buscando el brazo en el que tendrá que posarse. No todas lo consiguen y, cuando esto sucede, los espectadores vitoreaban con júbilo el logro obtenido.

Regresamos a la casa de nuestro amigo Temir, una sencilla construcción en barro y piedras para soportar las inclemencias del duro invierno que está a punto de comenzar. Pasado los rigores invernales, cargarán nuevamente los animales con la yurta a la búsqueda de pastos y nuevas presas para sus águilas. Disponer de este tipo de construcción en duro es un lujo que no todos pueden o desean poseer. Dormir en el interior de las tiendas es algo que llevan muy adentro y a lo que es difícil renunciar. Una vez más, la cocina tradicional de forja, no sólo calienta sino que sirve para cocer el pan tradicional que toman con té antes de salir hacia las montañas. El sobrante de la comida se la entregan a un lobo que tienen atado en el exterior de la vivienda cual mascota.

Nosotros nos marchamos, decimos adiós a nuestros amigos que una vez más seguirán explorando y oteando desde las alturas de las montañas nuevas presas a las que dar caza. Los valles nos van guiando hacia Khovd, un paisaje difícil de olvidar, no sólo por la belleza, sino por las experiencias que nos han hecho vivir a lo largo de estas semanas. Las vivencias de estas jornadas han conseguido que mi mente retome nuevamente el vuelo, cual águila dorada, sobre un mundo fantástico sobre el que volver a aterrizar. Espero que las fantasías se vuelvan a convertir en realidad.

FUENTE: Final – RELATO – FOTOGRAFÍA – ARTE Por Juan Antonio Muñoz

2 comentarios sobre “Poderosos retratos de las últimas cazadoras con águilas de Mongolia. Final

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