Epicuro, o cómo conseguir la plena felicidad incluso en el mundo moderno.

La sociedad del filósofo fue muy parecida a la nuestra, aunque no lo parezca, donde el individualismo está a la orden del día y el ciudadano deviene cosmopolita.

Con diferencia, el único filósofo de la antigüedad que ha engendrado a partir de su apelativo un epíteto de fama equivalente a otros grandes autores posteriores –pienso en «dantesco» o «kafkiano»– es el famoso Epicuro, cuyo nombre que ha devenido un adjetivo de no siempre buena fama, sino más bien denostado en la tradición, sobre todo cristiana, que ha visto en el sabio de Samos una especie de epítome del hedonista sin escrúpulos que se da al vino y a los placeres de la carne. 

Nada más lejos de la realidad.

«Una mesa, una silla, un plato de fruta y un violín, ¿qué más necesita un hombre para ser feliz?», dijo Einstein

¿Quiere usted ser feliz? No puede tenerlo más fácil. Basta con leer a un hombre que vivió en Atenas entre los siglos III y IV a. C., llamado Epicuro, del que se dice que escribió trescientos libros, aunque no se haya conservado ninguno, y cuyo pensamiento nos ha llegado gracias a la obra-homenaje de Lucrecio «De rerum natura», varias cartas del propio pensador sobre física, ética y astronomía, entre otros asuntos, y cuarenta máximas transcritas por Diógenes Laercio. Y es que es feliz quien, por así decirlo, tiene suficiente voluntad para lograrlo. Por eso un epicúreo de pro, el emperador Marco Aurelio, dijo: «Muy poco se necesita para hacer una vida feliz, todo está dentro de ti mismo, en tu forma de pensar». Problema solucionado.

Bien, tal vez no sea tan fácil después de todo. Las continuas y abundantes novedades en las librerías de libros de autoayuda, vida sana, saber cómo ser padres y demás asuntos sobre cómo estar a gusto con uno mismo y el entorno atestiguan la ansiedad del ser humano a la hora de alcanzar una cosa que hasta Epicuro ni se planteaba –la meta de vivir es ser feliz– y que aparece como legítima aspiración individual, desde el punto de vista gubernamental, de la mano de Thomas Jefferson, en la Declaración de Independencia americana.

De todo esto y mucho más hablan tres de nuestros pensadores más sabios y divulgativos: Carlos García Gual, Javier Gomá y Fernando Savater, reunidos en un libro cuyo origen, cuentan los editores de Ariel, «se encuentra en la conferencia “Filosofía de la felicidad” que fueron invitados a dar en el marco de “La noche de los libros” organizada por la Comunidad de Madrid». A esa charla informal del trío, que configura la primera parte del volumen, titulada «Epicuro y tres más», se le ha añadido la transcripción de conversaciones individuales, y un compendio de citas de personalidades de la cultura y la política que versan sobre cómo ser feliz.

Una de ellas iría en la línea de Epicuro: «Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias», según Locke. Otra tendría el humor más guasón: «Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…», como dijo Groucho Marx. Una mezclará sagacidad intelectual y fondo coloquial: «Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una», en palabras de Voltaire. Y en otros casos el sentido común claro y bello se resumiría en unas pocas palabras, como en el caso de Gandhi: «La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía».

Los placeres en calma

Así, Epicuro es el hilo conductor de este libro, erudito y ameno, para todo tipo de lectores, en el que cada autor reflexiona sobre el legado del filósofo ateniense desde diferentes perspectivas. «Ningún otro pensador ha reflexionado con tanta intensidad y dedicación sobre este tema», afirma Savater, que advierte enseguida que la mirada epicúrea es lo contrario a almacenar bienes, aspirar al poder o alcanzar gloria: «La felicidad no es expansionista, se alcanza mediante un proceso de reducción, en ningún caso de ampliación.

Nunca es la meta final de una serie inacabable de triunfos y consecuciones». Serían los deseos innecesarios, los prescindibles y no naturales y fundamentales para la vida, los que precipitaron la imaginación, esto es, desear más por mucho que se tenga. El «nunca es suficiente» en el que la sociedad actual está encaminada, explica Savater, sería «una cosa de locos» para Epicuro. Éste «opone un liberador: “¡Ya está!”. Este “ya está” es lo que de verdad le parece beneficioso y placentero. Ésa es la felicidad, la ausencia de apuros y molestias».

Y es que para Epicuro es la busca del placer la clave de la felicidad, pero con un matiz interesante: «Epicuro valora los placeres en reposo, valora el placer que viene después de la satisfacción del deseo. Mientras que nosotros, por el contrario, tenemos una concepción y una perspectiva activas del placer: lo placentero es la actividad con la que saciamos el deseo», aclara el autor vasco.

O sea, el placer es sentir lo bien que se ha comido, no el comer; «el placer se desprende cuando la necesidad nos ha dejado de incordiar. Uno disfruta cuando se calma el acicate del hambre, cuando se pasa el sufrimiento de la sed, cuando resolvemos ese problema, cuando ya pasó, y podemos charlar o pensar tranquilamente». Un estado para el cual los filósofos helenos tenían un término concreto: «ataraxia», que en palabras de García Gual sería «el placer derivado de la ausencia de preocupaciones que constituye la cúspide de la felicidad».

Epicuro y los amigos con los que compartía reflexiones y comida en el llamado Jardín, una suerte de academia que, al contrario que el resto de escuelas, aceptaba a mujeres y esclavos, estaban, eso sí, en un contexto de tiranía política por guerras y caudillos violentos que hacía que el aislamiento social fuera prioritario para alcanzar la tranquilidad de ánimo.

Una terapia, más que una filosofía

La actitud de Epicuro, vistas las circunstancias, siguiendo con García Gual, «es la de un hombre acosado que considera imprescindible, para embarcarse en la búsqueda de la felicidad, rechazar las ansias irracionales de protagonismo político y de poder.

Y ofrece como alternativa un retiro seguro en el mundo interior». Algo casi impensable hoy día, cuando la política lo empapa todo. De ahí que Javier Gomá se atreva a criticar a Epicuro, al que no considera «un auténtico filósofo. Su doctrina sobre la felicidad no vale como filosofía. Vale como terapia, que es algo enteramente distinto»; terapia para uno mismo sin filosofía de vida en sociedad, por tanto.

Y añade algo que va en sintonía con aceptar algo tan inherente al ser humano como la capacidad de desear: «Mi preferencia estaría no tanto en eliminar los deseos como en educarlos». De este modo, propone que miremos nuestra época con su correspondiente «ética de la dignidad y no una ética fundada en la felicidad». Pensamiento paralelo al de Savater, que se decanta por el concepto de alegría, más frecuente y voluntarioso, que por el de la peregrina y voluble felicidad.

«Si tuviese que dar una definición de felicidad –se aventura Gomá– sería ésta: feliz es quien no tiene deudas con la vida», y el sentido de la vida sería la busca de saber vivir cada etapa concreta –infancia, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad–, pues la infelicidad sería «la sensación de que cada una de las etapas de la vida está incumpliendo sus promesas».

Dicho de otro modo, lo ideal sería sentirse realizado como persona, como se suele decir, y eso pese a esas apetencias que los epicúreos trataban de rechazar y que al pensador le despiertan cierto reproche por su tono de moderación, por su trasfondo de resignación. «¿Qué hacemos entonces con el exceso, con el éxtasis, con la embriaguez, con el deseo? –dice–. ¿Dónde dejamos la ebriedad de vivir?». Una ebriedad que, a menudo, estalla sin ni siquiera sentir la mera posesión sino –y aquí entra la fértil imaginación– la idea de la expectativa, que a veces ya nos hace felices de por sí.

Pero, ¿nos importa hoy Epicuro? En el mundo hispanohablante es mérito de la pionera monografía que le dedicó Carlos García Gual en Alianza (1981) –y más recientemente en «El sabio camino hacia la felicidad» (Ariel)– haber rehabilitado esta filosofía en nuestros pagos.

Y es que el mundo de Epicuro es muy parecido al nuestro, donde el individualismo está a la orden del día en una ecúmene globalizada y ya sin fronteras locales, interconectada y, seguramente, saturada de información donde, de repente, hay una gran extensión que es el orbe entero y el ciudadano deviene cosmopolita. Las grandes preguntas del individuo en este anchuroso mundo, sin certezas ni seguridad, es lo que hace al epicureísmo una filosofía tremendamente actual. Epicuro, en su carta a Meneceo, magníficamente traducida por Jorge Cano, habla sobre la felicidad a nuestro alcance y la necesidad de entender lo absurdo de nuestros miedos.

Entre el placer y el dolor

La filosofía epicúrea nace con una vocación liberadora frente a lo que se consideran errores tradicionales que nos esclavizan: el temor a los dioses, el miedo a la muerte, el ansia por placeres equivocados y la aversión al dolor que no es tal. Para Epicuro, lo que percibimos por vía sensorial es nuestra única fuente de conocimiento, como sucedía con Aristóteles, por lo que hay que entender la naturaleza y sus componentes por medio de indicios y razonamientos.

El mundo se explica a partir de un atomismo en el que no hay intervención divina, con un universo regido por la casualidad. Por ello, resulta atractiva su filosofía hoy, lejos de abstractas especulaciones y centrada especialmente en aspectos prácticos y en la consecución de la felicidad mediante el bien vivir («eu zen»).

La sabia compensación entre placeres y dolores en la vida nos debe guiar en pos de la felicidad y la autonomía, hacia un conocimiento libre y verdadero frente a las falsas concepciones de la tradición. No eran los epicúreos unos hedonistas sin sentido en busca de placeres físicos, sino más bien liberadores del ser humano mediante el intelecto y el equilibrio perfecto de cuerpo y alma en el auténtico goce de la imperturbabilidad y la serenidad.

El énfasis en ser feliz, en simbiosis con el entorno, actualiza enormemente el epicureísmo en un mundo como el de hoy, con fuerte tendencia a la individualidad y que intenta encontrar una vía ética y metafísica hacia el propio bienestar. Esto lo ha visto Catherine Wilson en su reciente libro “cómo ser un epicúreo” (Ariel), que pone de relieve la vigencia de esta filosofía para el hombre de hoy.

En la era pandémica, cobra relieve la guía epicúrea contra el miedo a la muerte: esta es solo una disolución de los elementos que casualmente habían compuesto cuerpo y alma. El epicureísmo explica la extinción como una disgregación ajena a nosotros y propone liberarse de la angustia de la religión hasta ser felices como dioses, sin anhelar la eternidad.

Sus razonamientos contra todo miedo, simples pero poderosos, con vistas a la felicidad, nos llegaron también por la poesía clásica de dos grandes autores romanos como Lucrecio y Horacio. Si el primero nos iluminó con su atomismo libérrimo, mítico, escéptico e ilustrado, que funda el mundo moderno con su redescubrimiento en el Humanismo, el segundo es clave con su idea del «carpe diem» y la «aurea mediocritas», transmitidas en sus inmortales «Odas». Nos llega hondo la poesía de Horacio, que anima a seguirle como uno más en la «piara» de Epicuro, en una vida sencilla, consciente, plena, normal y feliz. Otros célebres seguidores del epicureísmo en la antigüedad, que merecen ser recordados como guías de excepción en el mundo actual, fueron Filodemo de Gádara y Diógenes de Enoanda.

FUENTE: LA RAZÓN – David Hernández de la Fuente Filosofía/Cultura/Grecia/Historia antigua 

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