Una historia que entrecruza figuras como Franklin, Napoleón, Beethoven y Poe. -FINAL-

El Autómata llega a América

Una historia nunca confirmada señala que dos años más tarde, en Milán, el príncipe Eugène de Beauharnais le compró el Tuco a Maelzel y que éste se lo recuperó en 1815 para instalarse en París, donde el aparato fue manejado por Hyacinthe Henri Boncourt, uno de los mejores jugadores de Francia. 

En 1818 fue a Londres y realizó una gira por toda Gran Bretaña. William Lewis era el jugador escondido en su interior. En una partida reconoció por el estilo la identidad de su rival, Peter Unger Williams, a quien recomendó como su sucesor.

Para entonces, el Turco ofrecía ventajas a sus rivales, a modo de crear mayor expectativa. Así, jugaba con un peón de menos. 

Pese a ello, la gira de 50 partidas deparó apenas tres derrotas y dos empates. El éxito fue tan grande que Maelzel decidió probar suerte al otro lado del Atlántico. Así, fue con el Turco a Estados Unidos en 1826. 

El ajedrecista escondido se llamaba William Schlumberger. El Autómata disputó partidas en Nueva York, Boston, Filadelfia y Baltimore.

Un corte del Turco que permite ver su interior y el compartimento desde donde se lo manejaba. 

En esta última ciudad se produjo la derrota ante Charles Carroll, uno de los firmantes de la Declaración de la Independencia. Y fue en Baltimore donde Maelzel se enteró que tenía competencia en dos hermanos de apellido Walker, que habían diseñado un artefacto similar. Ambos aparatos convivieron como atracciones y nunca se enfrentaron. Sin embargo, el original mantuvo mayor popularidad.

Poe descubre al Turco

En los años siguientes, el éxito del Turco se expandió hacia el Oeste y hacia Canadá. La gira de 1836 lo llevó a Richmond, Virginia. Un escritor de 27 años, que se ganaba la vida en el Southern Literary Messenger, vio en acción al artefacto y publicó un ensayo en el periódico. 

El texto se titula El jugador de ajedrez de Maelzel; en él, su autor, Edgar Allan Poe, se propuso demostrar que era un fraude. Describió la experiencia de ver jugar al Turco y narró el origen de la máquina y las peripecias de Kempelen.

“El primer intento de una explicación escrita del secreto, al menos el primer intento del que nosotros mismos tenemos algún conocimiento, se realizó en un gran folleto impreso en París en 1785. La hipótesis del autor se reducía a que un enano accionaba la máquina (…) Toda esta hipótesis era demasiado obviamente absurda como para requerir comentario o refutación y, en consecuencia, encontramos que atrajo muy poca atención”, dice Poe en su ensayo. Luego cuenta que en 1789 se publicó un libro de M. I. F. Freyhere que postula que adentró había un niño. “Esta idea, aunque más tonta que la del autor parisino, tuvo mejor acogida, y en cierta medida se creyó que era la verdadera solución de la maravilla, hasta que el inventor puso fin a la discusión al hacerse un examen detenido de la parte superior de la caja”.

Más adelante, apunta que “el Autómata no siempre gana el juego” y que “si la máquina fuera una máquina pura, y este no sería el caso, siempre ganaría”, y que cuando se le pregunta a Maelzel si no hay ningún truco, “su respuesta es invariablemente la misma: ‘No diré nada al respecto’”. 

El autor de El cuervo resalta que “es interés del propietario representarlo como una máquina pura. ¿Y qué método más obvio y eficaz podría haber para impresionar a los espectadores con esta idea deseada que una declaración positiva y explícita en ese sentido? Por otro lado, ¿qué método más obvio y eficaz podría haber para despertar la incredulidad en el hecho de que el autómata sea una máquina pura, que retener una declaración tan explícita?”. El escritor arriesga la respuesta: “A Maelzel le interesa representar esta cosa como una máquina pura; se niega a hacerlo, directamente, con palabras, aunque no tiene escrúpulos”, y por lo tanto “la inferencia es que la conciencia de que no es una máquina pura es la razón de su silencio”. 

El ensayo de Poe se acerca a la verdad del truco en este pasaje: “Hay seis velas en el tablero del Autómata durante la exhibición. Surge naturalmente la pregunta. ¿Por qué se emplean tantas, cuando una sola vela o, en el mejor de los casos, dos, habría sido suficiente para ofrecer a los espectadores una vista clara del tablero? La primera y más obvia inferencia es que se requiere una luz tan fuerte para que el hombre que está dentro pueda ver a través del material transparente (probablemente una fina gasa) del que se compone el pecho del Turco”.

Edgar Allan Poe le dedicó un texto al Turco en 1836. 

Poe también pone el acento en otra cuestión: que el Turco fuese zurdo. “El Autómata juega con el brazo izquierdo, porque bajo ninguna otra circunstancia el hombre que está dentro puede jugar con el derecho”. Señala que si fuera diestro, “para alcanzar la maquinaria que mueve el brazo, y que antes explicamos que se encuentra justo debajo del hombro, sería necesario que el hombre que se encuentra dentro use su brazo derecho en una posición extremadamente dolorosa e incómoda (es decir, acercándose a su cuerpo y apretadamente comprimido entre él y el costado del Autómata,) o bien para usar su brazo izquierdo atravesado sobre su pecho. En ningún caso pudo actuar con la facilidad o precisión requeridas. Por el contrario, al jugar el Autómata, como ocurre con el brazo izquierdo, todas las dificultades se desvanecen. El brazo derecho del hombre que está dentro se lleva a través de su pecho, y sus dedos derechos actúan, sin ninguna restricción, sobre la maquinaria de los azulejos en el hombro de la figura”.

El fin del Autómata

El secreto, pese a las elucubraciones de Poe y otros, se mantuvo. Dos años después, en abril de 1838 Maelzel arribó con el Turco a La Habana. Allí, Schlumberger contrajo fiebre amarilla y murió. Maelzel se quedó sin nadie que operará el artefacto y decidió volver a Europa. Murió en el puerto venezolano de La Guaira, el 21 de julio de 1838.

Entonces, los caminos del Turco y Poe se volvieron a cruzar, aunque de manera indirecta. John Kearsley Mitchell, médico personal del escritor, compró el Autómata al empresario que heredó los bienes de Maelzel. Instalado en Filadelfia, y tras una etapa de reparaciones, el Turco jugó algunas partidas. Mitchell lo donó al Museo Chino de la ciudad. El edificio se incendió el 5 de julio de 1854. El ya octogenario Autómata sucumbió a las llamas. La leyenda dice que, mientras el fuego lo devoraba, el Turco pronunció una palabra: jaque. 

FUENTE: PÁGINA 12 – CULTURA – Ajedrez – Por Juan Pablo Csipka

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