La verdad deshonesta

La foto de portada es la tapa del libro “Austerlitz”, de WG. G. Sebald.

Nadie estaría de acuerdo en que algo engañoso pueda ser verdadero, aunque más no sea, inversamente, porque la verdad nunca engaña. 

Sin embargo, esta constatación vuelve el caso de la obra arte un poco menos evidente. 

El problema es antiguo, y vuelve cada tanto. Esta vez la excusa del regreso es la publicación de Speak, Silence: In Search of WG Sebald, la biografía que Carole Angier escribió del escritor alemán.

Sebald encontró –tal vez sin quererlo, tal vez porque no hay ya otra manera de escribir para quien no sea ni cándido ni craso–, una indistinción por la que lo que era novela no lo era y lo que era ensayo o crónica, tampoco. 

La imputación que la investigación de Angier hace pensar sobre él presenta como una de las pruebas el uso de las fotografías.

Son por lo general, como señaló la crítica Lucasta Miller en un artículo en The Spectator, imágenes un poco oníricas, que vienen de otro mundo, el del pasado.

En Austerlitz había un chico.

Nos enteramos ahora que quien está en la foto no es el chico judío refugiado que pensábamos sino, siempre según Angier, un chico inglés cualquiera de preguerra cuya imagen Sebald tomó de una postal comprada.

A Miller este descubrimiento parece decepcionarla, sobre todo porque el propio autor habría hablado en entrevistas del chico judío de la foto. Se alegan también otras minucias como el uso de citas bibliográficas inexistentes en ensayos académicos sobre Friedrich Hölderlin, y quién sabe cuántas cosas más.

Queda como relente la impresión de que el lector ha sido estafado porque se rompió el hechizo de la verdad. 

Sin embargo, habría que preguntarse: ¿se rompió realmente? Habría que preguntarse además: ¿pueden entonces las obras de arte (los libros de Sebald lo son) ser deshonestas sin dejar de ser verdaderas? Eso dependerá de dónde concluya cada uno que está la verdad en el arte. 

Podría ser que estuviera aquí y allá, pero será siempre la misma verdad, porque no hay más que una.

Por ejemplo, ante una pintura histórica el observador no se pregunta si lo representado es cierto o si el modelo que el pintor usó para el prócer fue su vecino de puerta o si Lucrecia era en realidad un rostro que había visto en el burdel. 

El pintor no es un profesor de historia y esa pregunta implicaría darle a la comprensión empírica un valor esencial cuando es accidental, meramente informativo.

Pero esto no es, creo, porque el arte “mienta”, sino porque dice otra verdad, la única, la que importa. En Homero, poesía, filosofía, historia nos resultan ya indistinguibles.

La literatura no pertenece al mundo que no es literatura. El mundo que no es literatura está contenido en la literatura, sin ser por eso literatura. Pero el mundo no queda negado ni abolido. El mundo, entendido de esta manera, es invención del arte.

Lo que es poéticamente posible es absolutamente real. La literatura necesita del mundo para existir, del mismo modo que lo ideal precisa de lo real para manifestarse. 

El mundo es la literatura representada, y no al revés, como prescribiría el realismo, presa del engaño persuasivo de la realidad. La realidad suele engañarnos; la obra de arte, cuando lo es en serio, nunca. 

Por eso pudo decir famosamente Aristóteles en su Poética que la poesía era más filosófica que la historia y tenía un carácter más elevado que ella, dado que la poesía contaba lo general y la historia, lo particular. 

Aunque parezca insólito, no son pocos los artistas (ni hablemos de quienes escriben) que trafican lo particular de la historia. Sebald no se contaba entre esos. 

Finalmente, aun antes de que los libros de Sebald sean olvidados (vivimos entre cosas perecederas) se olvidará la minucia documental, y ya no importará si ese chico era el refugiado o el inglés de paseo, porque ese chico será todos los chicos y un único chico.

FUENTE: LA NACIÓN – Por Pablo Gianera

 

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