No voy a traicionar a Borges, de José Luis Rodríguez Zapatero.

Palabras hilanderas es el nombre de la colección, formada por diez libros, de las editoriales Huso y Cumbres. 

Un conjunto de obras diseñado «con todo el rigor de la imaginación, comparten una obra artística, un sueño creador, a una autora, a un autor, una intuición, un pensamiento». Jorge Luis Borges es el protagonista de la nueva entrega de esta serie, en la que ya han sido publicados los volúmenes de autores como Luciana Prodan y José Manuel Lucía Megías.

Zenda publica un capítulo de “No voy a traicionar a Borges, de José Luis Rodríguez Zapatero.

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APUNTES INICIALES

Con la lectura de El Aleph comenzó mi aventura borgiana. Debió de ser en 1976 ó 1977, las fechas no importan decía el maestro argentino. A partir de ahí, en íntima complicidad inicié mi sueño borgiano. Lecturas y relecturas. Las lecturas que más han influido en mí para tratar de pensar con serenidad el mundo y lo que acaso somos y dejaremos de ser.

Si ahora he aceptado la invitación a escribir y publicar estas líneas sobre Borges es movido por un doble sentimiento, de admiración y de humildad.

De la admiración por el autor, tendrán sobradas muestras los lectores en las páginas de este trabajo.

“Deseo subrayar la condición de argentino de Borges. Nada puede entenderse de Argentina, ese fascinante país, sin Borges”

De la humildad a la hora de asumir esta tarea, solo reitero que mi única pretensión con estas líneas es la de compartir mis impresiones e interpretaciones de los textos, de algunos de ellos, del autor argentino. Seguramente, cada lector de Borges contribuye a componer un espejo, virtualmente infinito —cómo no—, que devuelve en su reflejo tantas percepciones como las lecturas de Borges se producen en cualquier momento y desde cualquier lugar del planeta.

Deseo subrayar la condición de argentino de Borges. Nada puede entenderse de Argentina, ese fascinante país, sin Borges. Siempre que leo algo de Argentina, o recuerdo las calles de Buenos Aires, sus casas bajas, sus esquinas y arrabales; siempre que conozco o reencuentro a alguna persona de ese país, Borges reaparece en mi pensamiento. Es un fenómeno casi patológico.

El Gaucho y La Pampa, los cuchilleros, las milongas y los tangos, los arrabales de Buenos Aires, Palermo, La Recoleta, La Chacarita, Adrogué, Martin Fierro, Sarmiento, José Hernández, Lugones, Macedonio Fernández, Almafuerte, Evaristo Carriego, Yrigoyen, incluso Rosas, llegaron a mí con Borges.

Sería pretencioso y acaso incorrecto intentar profundizar sobre la argentinidad de Borges y de su obra. Para tan ímproba tarea hay que ser argentino.

Permítaseme tan solo una consideración muy personal y, por tanto, comprometida.

“Justo es reconocer que la renovación más profunda y creativa del idioma castellano se produjo en América Latina en el siglo XX”.

Es difícil, en efecto, imaginar la obra de Borges sin su condición de argentino. Su patria, su Buenos Aires, sus calles, los argentinos están en casi todas las páginas de su universal obra. Es recurrente afirmar que en su primera etapa (la que corresponde a los libros Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente, Cuaderno San Martín y Evaristo Carriego) el acento de la obra de Borges sería predominantemente local.

Sin embargo, en esas primeras obras, poemas esencialmente, están ya los grandes temas del autor argentino: el tiempo (poema Final de año); el idealismo, Berkeley, Schopenhauer (poema Amanecer); la finitud (poema Remordimiento por cualquier muerte); la poesía (en el poema El Sur). Y a su vez en la etapa en que las ficciones y ensayos, con vocación universal, centran la obra de Borges, Argentina sigue estando ahí. Quizá fuese azaroso pero para mí es definitivo que el Aleph, allí donde está todo el universo y Beatriz Viterbo, es vivido por Borges en Argentina.

Justo es reconocer que la renovación más profunda y creativa del idioma castellano se produjo en América Latina en el siglo XX. El principal renovador de nuestra literatura fue Borges. Su influencia ha sido decisiva. Sus imbricados laberintos nos abren caminos ignotos. Los espejos nos reconcilian con la identidad. Sus ficciones y sus alteraciones de la realidad nos mueven a transitar por la historia y las enciclopedias. Su infatigable pasión por leer nos enseña el rumbo de la serenidad y de la razonable finitud.

“Borges es dominio de la metáfora, precisión creativa, originalidad y belleza en el uso de los adjetivos, vasta erudición, uso de trucos admirables”

La lealtad a una obra y a su autor supone un compromiso tan intenso como misterioso. En mi caso, esa lealtad es con Jorge Luis Borges, con su obra, con su huella, con sus geniales recursos literarios. La intensidad puede llegar a acariciar lo obsesivo. Leer y releerle, escuchar una y otra vez sus entrevistas y conferencias, deconstruir sus formas retóricas y entender o intentar entender las raíces intelectuales de ese camino entre la filosofía y la literatura plena, que culmina en el hecho estético que constituye la obra borgeana, han sido una constante en mi vida. Como ha dicho Luis García Montero, “ser lector de Borges es, primero, una forma de ser lector y, luego, una forma de ser”.

Borges es dominio de la metáfora, precisión creativa, originalidad y belleza en el uso de los adjetivos, vasta erudición, uso de trucos admirables, afán por la sintaxis y, ante todo, un escultor genial de la palabra, de sus raíces y significados. La obra borgeana encierra tantos misterios como la historia, el tiempo y la literatura.

El misterio borgeano está impreso en la mirada, esa mirada espejo de la “modesta ceguera” de Borges como él la calificó. Una mirada que busca el infinito y que a la vez nos interpela sobre la existencia y nos empuja al asombro.

Borges escribió en “El templo de Poseidón”, de Atlas:

No hay una sola cosa en el mundo que no sea misteriosa, pero ese misterio es más evidente en determinadas cosas que en otras. En el mar, en el color amarillo, en los ojos de los ancianos y en la música.

“Esa literatura sublime fue horneada en una biblioteca, la biblioteca de su padre”.

En los ojos de Borges quizá esté El Aleph, que muy probablemente sea su cuento más universal. Los ojos de Borges se demoraron por todas las literaturas, indagaron en diversas religiones y culturas, descifraron filosofías que parecen inescrutables, advirtieron las debilidades de autores y novelas y crearon versos, cuentos y sentencias entretejidas de forma sublime. Una literatura sublime porque, quizá como ninguna otra, nos revela las infinitas posibilidades de la existencia y acaso del universo.

Esa literatura sublime fue horneada en una biblioteca, la biblioteca de su padre. Ese fue el destino de Jorge Luis Borges, como nos recuerda en el epílogo de Historia de la noche:

Como ciertas ciudades, como ciertas personas, una parte muy grata de mi destino fueron los libros. ¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano.

Nosotros tampoco saldremos de la biblioteca borgeana. De hecho, no he salido nunca de ella. Advierto, no obstante, con indisimulable temor, que el diálogo siempre imprevisible entre autor y lector o lectora pueda resultar una tarea tan ambiciosa como provisional.

“Trato, pues, de compartir el deleite borgeano. Mis páginas son páginas con Borges, para suscitar y acaso provocar sensaciones similares a las mías”.

Quien lo lea anticipará con facilidad que el presente ensayo, si es que así se puede calificar a este acto de intrusismo, reposa en una visión subjetiva, aunque quizá todas lo sean. Mi lealtad a Borges me llevará en las páginas que siguen a una incontenible admiración fruto del espacio que en mi memoria ocupa el deleite de la aventura intelectual más intensa que podemos emprender en la vida: leer a quien tú consideras el escritor más importante.

Trato, pues, de compartir el deleite borgeano. Mis páginas son páginas con Borges, para suscitar y acaso provocar sensaciones similares a las mías, solo interrumpidas por mis acotaciones que, de manera más arbitraria que sistemática, deseo dejar como testimonio.

… todas las cosas del mundo me llevan a una cita o a un libro.

El lector comprobará mi fidelidad a esta cita, tomada de “Las islas del tigre”, en Atlas. Porque todas las cosas pensadas y aun las que podamos pensar nos pueden llevar a una cita o a un libro de Borges.

Quizá por esta secreta razón, que se descubre al leer al autor argentino, los espejos, los laberintos, los sueños y los sueños de los sueños borgeanos propenden a desvelar los confines del conocimiento estético.

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José Luis Rodríguez Zapatero comenzó a leer a Borges en la década de los setenta, en su casa natal, en León. Pasan los años y adquiere, como tantos otros, la sensación, nada fatigosa, de que se ha convertido en un relector del escritor argentino. En 2001, se le brinda la oportunidad de prologar una edición de Ficciones y conoce personalmente a María Kodama. A partir de la primavera de 2004, se abre un tiempo en el que apenas puede frecuentar, aunque en su despacho siempre le acompaña una foto de Borges junto a Bioy ante una biblioteca. Desde la Nochebuena de 2011, lo recupera para ya no abandonarlo. Y ahora, con estas páginas, comparece ante los lectores de su escritor predilecto, como uno de ellos. Lo hace para mostrar su lealtad borgiana, para no traicionar a Borges.

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Autor: José Luis Rodríguez Zapatero. Título: No voy a traicionar a Borges. Editorial: Huso. Palabras hilanderas. Venta: Todostuslibros y Amazon 

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