La visión de Asimov es más que ciencia ficción.

Los países se deberían comprometer a una colaboración tecnológica y a revisar las reglas sobre la participación fuera de la Tierra para desarrollar una energía solar basada en el espacio.

En su cuento corto “Razón”, publicado en 1941, el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov describió un universo en el que los humanos recolectaban energía solar en el espacio para sostener la vida en la Tierra.

Ochenta años después, y en la encrucijada de una emergencia climática global, la idea de capturar la energía del sol con una vastedad de paneles solares en el espacio y transmitirla de vuelta al planeta a través de microondas podría convertirse en realidad.

China, los Estados Unidos, Europa y Japón están desarrollando proyectos. Beijing, incluso, planea tener un sistema en funcionamiento para 2030, de acuerdo con lo publicado en informes de medios basados en ese país.

Este mes, el Gobierno británico dará señales de que también quiere explorar el potencial de esta tecnología. Publicará hallazgos de un nuevo estudio, que examinó cómo la energía solar del espacio podría ayudar a Gran Bretaña a alcanzar una economía de emisión neta cero para 2050.

El informe, preparado por los consultores Frazer-Nash, con asistencia de empresas europeas como Airbus y Thales Alenia Space, concluye en que la energía solar basada en el espacio no sólo es tecnológicamente posible. También, argumenta que el costo de tiempo de vida por megawatt/hora podría ser la mitad del de la energía nuclear.

Con sólo una sola estación de energía en el Reino Unido (Hinkley Point C), configurada para acumular costos por 23.000 millones de libras (más de u$s 31.800 millones), la estimación del reporte, de 16.000 millones de libras (más de u$s 22.100 millones), para desarrollar la tecnología y lanzar un satélite solar operativo de 2 gigawatts (GW) parece una ganga. Satélites subsecuentes, de 3600 millones de libras (unos u$s 5000 millones), hacen a la propuesta más atractiva.

Por otra parte, si el sector privado va a ayudar a pagar la factura, los países también tendrán que revisar el marco legal que rige actualmente el uso del espacio exterior.

El tratado sobre el espacio ultraterrestre de 1967 es lamentablemente inadecuado para las oportunidades comerciales que están surgiendo rápidamente.

Los países individuales, ahora, están empezando a llenar el vacío con sus propias normas sobre derechos y responsabilidades comerciales. Esto podría ser una receta para el caos, advierte Rachel O’Grady, socia espacial del estudio de abogados Mayer Brown.

Por supuesto, para la mayoría de los países, sería difícil emprender este esfuerzo por sí solos. Dado que la tecnología podría cambiar las reglas del juego para la crisis climática global, este proyecto ofrece un caso sólido para el desarrollo dentro de una asociación internacional.

Evidentemente, es más barato construir granjas solares en la Tierra. Pero la energía solar basada en el espacio, a diferencia de su contraparte terrestre intermitente, puede entregarse las 24 horas del día a cualquier punto del planeta. Puede proporcionar una carga base de capacidad de generación en la que las opciones ecológicas confiables son limitadas.

Hasta hace poco, resultaba demasiado caro instalar esa infraestructura en el espacio. Pero el cohete Falcon parcialmente reutilizable que desarrolló Elon Musk y los satélites más pequeños cambiaron la ecuación.

Un estudio de la NASA, de 2018, estimó que el costo típico de lanzamiento se redujo en un factor de 20 durante la década anterior.

Otras tecnologías que habilitarán este desarrollo también avanzaron. Una empresa de Nueva Zelanda ya está probando la transferencia inalámbrica de electricidad a lo largo de varios kilómetros.

Las órbitas sobre la Tierra están mucho más lejos, admite Martin Soltau, jefe de espacio en Frazer-Nash. Pero la física subyacente del proyecto se comprende bien.

El tamaño del satélite presenta el mayor desafío, que en el escenario de Frazer-Nash se extiende a un ancho sin precedentes de 1,7 kilómetros. Tal escala asegura una transmisión eficiente de energía a la Tierra.

Esto puede parecer imposible. Pero John Mankins, un ex físico de la NASA, ideó el concepto SPS-Alpha utilizando el enfoque del sistema de sistemas. Un satélite podría comprender miles de pequeñas unidades de energía solar, ensambladas en el espacio por robots, para las cuales la tecnología también está evolucionando rápidamente.

Sin duda, surgirán dudas sobre la vulnerabilidad del sistema, su mantenimiento y su contribución a la creciente crisis de los derechos espaciales. Estas y otras cuestiones requerirán un estudio más a fondo.

Tampoco existe garantía de que la energía solar basada en el espacio sea económicamente viable. Sin embargo, incluso si los costos se disparan, cualquier innovación en áreas como la transmisión de energía y la robótica podrían dar sus frutos, aun cuando los satélites solares no lo hagan.

En noviembre, el Reino Unido acogerá en Glasgow la COP 26, la cumbre climática mundial. El tema de la colaboración merece un debate. Las industrias de la energía y del espacio también deberán participar. Empresas como BP, Shell y EDF, aparentemente, han expresado interés. La energía solar basada en el espacio no tiene por qué seguir siendo ciencia ficción más de lo que alguna vez lo fueron los viajes espaciales comerciales.

Sí, existe el riesgo de que tecnologías prometedoras, como la energía solar basada en el espacio, no funcionen. Y, si no se llega a un acuerdo internacional sobre un marco legal eficaz, el espacio podría volverse hostil, no sólo para la vida humana; también, para la prosperidad de la especie. Pero, con el estímulo y la planificación adecuados, esta fuente de energía renovable puede funcionar durante nuestro ciclo de vida.

Imagen de portada: Gentileza de Apertura

FUENTE: APERTURA – Por Peggy Hollinger Energía sustentable/de la ficción a la realidad/Medio Ambiente/Ecología/Espacio ultraterrestre.

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