Hacer literatura con la Maga (Argentina)

Hacer literatura con la Maga (Cliquea aquí)

Felices los que eligen, 

los que aceptan ser elegidos, 

los hermosos héroes, 

los hermosos santos, 

los escapistas perfectos

(Julio Cortázar)

Lo malo, lo peor de la Maga es que está al lado de Horacio Oliveira. Lo bueno, lo mejor de la Maga es que es un personaje de Julio Cortázar, y Julio Cortázar es experto perfilador. Para muchos, Horacio y Julio se confunden, pero hay algo en lo que se diferencian —el trato que le dan a la Maga. ¿Por qué a veces la Maga parece tan torpe, tan superficial, tan malcriada y tan ridícula? 

Cuando llega Lucía a través de la mirada de Oliveira, parece una niña jugando a ser madre, jugando a ser París, jugando a ser amante. Pero solo eso, jugando, porque no es más que un intento de sí misma. 

La Maga es una caricatura de lo que podría ser. En algunos capítulos, es más bien exasperante, insoportable, hueca, sin brillo —mate: por ejemplo, cuando llegan a la pensión y se sienta en la ventana, fumando, mirando la calle, y Oliveira dice que es todo aprendido, que está intentando hacer literatura. La Maga parece eso precisamente, que está intentando hacer literatura, que no es pura sino un escaparate, que incluso su ingenuidad no es más que un intento de hacer literatura, pero no lo consigue. 

Siempre que está junto a Oliveira o es Oliveira quien nos habla de ella, resulta inaguantable. Parece una mujer sin personalidad, que ha tenido a Rocamadour pero es incapaz de ocuparse de él; que está viendo cómo su hijo pequeño se consume, pero es incapaz de llevarlo al hospital; que está viendo que en el Club de la Serpiente la menosprecian, pero es incapaz de marcharse y no volver; que está cansada de parecer tonta al lado de sus amigos, pero es incapaz de levantar la voz; que es manipulada por Oliveira, y es incapaz de tomarse en serio a sí misma y echarlo. 

Sigue haciendo preguntas sobre lo que se está hablando, y dudo mucho, por lo que de la Maga sé, por lo que me cuentan de la Maga, que sea tan pobre de mente como para no seguir las discusiones de Oliveira y los demás.

Sin embargo, cuando la Maga se aleja de Oliveira, cuando habla con Ossip, el que parece inferior es él. Horacio no está en casa, se ha ido, parece que no va a volver, y de pronto la Maga es un ser, un personaje lúcido, lleno de respuestas ingeniosas y rápidas —no se deja embaucar por el elogio y la fascinación que siente Ossip por ella. No se acobarda y hasta lo acusa, lo intimida. ¿Por qué es incapaz de comportarse así con los demás, con los que no están enamorados bobamente de ella? ¿Por qué permite que todos la ninguneen, empezando por Oliveira? ¿Por qué sigue haciendo preguntas si sabe que eso no hará sino impacientar a los del Club de la Serpiente? 

La Maga es dos Magas: la que se achica junto a Horacio, la valiente que cuida de su hijo. Son dos, y son la misma —una está cerca de Cortázar, la otra no. Pero no son solamente esas dos, sino que Edith Aron es conocida precisamente por ser la persona que inspiró el personaje de Rayuela. 

Lo primero que hace Edith Aron, y lo comprendo, es desvincularse completamente de un personaje tan soso como la Maga: dice que compartió época parisina con Julio, dice que enterraron un paraguas, dice. 

Pero desmiente que ese personaje tontorrón y lleno de ingenuidad sea ella. No se debe de tener por tan poca cosa, y sin embargo la Maga, igual que Amélie (Audrey Tautou), es un perfil femenino muy admirado. A todas, si no profundizamos, nos gustaría ser la Maga —en realidad lo que nos gustaría es vernos a través de la mirada de Julio Cortázar. 

Pero la musa de Lucía, Edith, no quiere, no necesita de la candidez: se recuerda mucho más resuelta, aunque comparta algunas de las debilidades de la Maga. Se enfada, incluso, con el escritor argentino, por haber insinuado siquiera que tuvieran algo en común. No, nadie quiere ser la Maga —todas quieren ser la Maga, menos la Maga.

Lo mejor que tiene el personaje es Rocamadour y el capítulo treinta y dos, donde la candidez pasa a ser ternura, y la falta de lucidez se convierte en una inteligencia emocional fuera de lo común: una sensibilidad inusual. 

Pero, ¿qué pasa en el capítulo treinta y dos para que la Maga sea mejor que la Maga? está en primera persona. No hay rastro de la visión de Oliveira, es ella escribiéndole una carta a su hijo pequeño, contándole que se le ha quemado algo en la cocina, y que ahora tiene que recogerlo todo, y que se ha puesto a llorar, y que Horacio es el tipo que le regaló el conejito, y que él, mejor que nadie, él, Rocamadour, dientecito de ajo, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete, su hijo, él mejor que nadie comprende por qué lo deja con una niñera, y por qué después lo echa de menos, pero tiene que resistirse y no visitarlo. 

Ahí es donde la Maga conmueve y se vuelve universal, original, ahí es cuando menos se quiere ser la Maga porque es una mujer humana, imperfecta, a la altura de un personaje que Cortázar mima de más. «Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabés leer. 

Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. […] No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour».

Cargada de prejuicios sobre si Edith Aron es o no la Maga, es o no ingenua, es o no tierna, me sumerjo en sus 55 Rayuelas (Belacqva, 2007). Lo primero que pienso es que para querer huir de la Maga, para reivindicar su independencia, el título de su libro es poco afortunado. «Yo no andaba despeinada ni con los zapatos rotos. No era petulante y malcriada». 

La Maga no quiere ser la Maga, como otras sí querrían, porque se ve fría, se ve petulante y malcriada, no le gusta ir despeinada ni que crean que llevaba los zapatos rotos, pero hay algo peor que se le puede reclamar a Julio Cortázar, y no es que no haya sido fiel a Edith Aron, sino que Edith Aron sea todo lo contrario que la Maga: fría, anodina. Leyendo el libro que ha escrito, en principio se busca cierta similitud: de acuerdo, no era igual, pero algo, siquiera la frescura, tiene que conservar del personaje. 

Las pequeñas rayuelas, los fragmentos del libro son del todo mediocres. Sí, el mito de la Maga se cae solo: primero con algunos pasajes de la Maga y después con Edith Aron, que está a años luz de la mente de Cortázar, una mente que prestó a Lucía en Rayuela y que no, no existe en nadie más, por más paraguas que se entierren. «Yo tenía un poco de complejo. Todo el tiempo Cortázar y De Castro hablaban sobre cosas que yo no entendía… y, como no podía intervenir en la conversación, pues pedía una ración de papas fritas… Yo era una chica inocente y simple, alta y con la cintura delgada, como en la novela, y con los ojos bonitos (eso me decían)». 

La Maga no quiere ser la Maga, pero es la Maga. No, es un poco peor que la Maga, porque es de verdad: se preocupa porque Cortázar la convirtió en una mujer despeinada con los zapatos rotos, y eso sí que no se le puede perdonar a nadie. 

No nos equivoquemos: el rencor de Edith Aron es puramente profesional. Era ella la posible traductora de los libros de Cortázar, pero Cortázar consideró que no estaba preparada, así que se lo puso difícil: le negó aquel privilegio. 

Es eso lo que no le gusta a Edith Aron de Edith Aron —que no era suficiente. «Cortázar me traicionó. Me causó mucho daño. Yo traducía sus cuentos al alemán y de repente me dejaron de encargar sus traducciones. 

Muchos años después, al editarse las cartas entre él y su editor Paco Porrúa, entendí qué había pasado. Él me vetó, dijo que no estaba preparada. Me perjudicó mucho profesionalmente. Yo no soy la Maga. He escrito dos libros, he trabajado muchos años de traductora y de profesora. Hablo español, francés, alemán e inglés… Me confundió, al final, con el personaje».

Julio, en realidad, la embelleció: la convirtió en la mujer que todas quieren ser a pesar de no ser gran cosa. No la admiraba pero sí la dibujó, le dio forma, le fue dando las curvas que Rayuela necesitaba. 

La hizo vulgar, pero no mucho más de lo que una mujer corriente puede ser, no mucho más de lo que Edith ciertamente es; la hizo malcriada, poco lista, ingenua. Pero se atrevió a despeinarla, a no arreglar los zapatos —y eso sí que no.  

Imagen de portada: Gentileza de JOT DOWN

FUENTE RESPONSABLE. JOT DOWN por Jean Diaz

Arte y Letras/Literatura/La Maga

 

 

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