Hola, soy Pablo Neruda: confieso que he vivido…

Recuerda que si deseas profundizar más sobre este artículo; debes cliquear sobre lo escrito en “negrita”. Muchas gracias.

En un ejercicio de imaginación, recorremos la vida del poeta chileno, sus posiciones políticas y sus amores.

Soy Ricardo Neftalí Reyes, conocido en el ámbito literario como Pablo Neruda. Nací el 12 de julio de 1904 en Parral, una ciudad del sur de Chile. Era un niño curioso y callado. Recién me autorizaron a trasladarme a Santiago cuando cumplí 16 años.

Debido a mis escasos recursos, me instalé en una pensión bien popular. Mi padre, José, no quería que me dedicara a la poesía. Para despistarlo, decidí cambiar mi nombre por un seudónimo; me gustó Neruda, que era el apellido de un escritor y periodista checo del siglo XIX: Jan Neruda.

Salvador Allende y Pablo Neruda

Mientras estudiaba pedagogía, escribí mis primeros poemas. El paseo donde se asentaba la pensión tenía el nombre Maruri; recuerdo que en Crepusculario, publicado en 1923, sostuve que esa calle era poco atractiva y de aspecto lúgubre; sin embargo, se podían percibir en los atardeceres crepúsculos extraordinarios que me quitaban el sueño.

“Me sentaba yo al balcón a mirar la agonía de cada tarde, el cielo embanderado de verde y carmín, la desolación de los techos suburbanos amenazados por el incendio del cielo”.Pablo Neruda

La vida de los poetas era fascinante; en un principio, mientras escribía, tomaba innumerables tazas de té; “la vida de aquellos años en la pensión de estudiantes era de un hambre completa. Escribí mucho más que hasta entonces, pero comí mucho menos. Algunos de los poetas que conocí por aquellos días sucumbieron a causa de las dietas rigurosas de la pobreza”.

Mis amigos me observaban como una rara avis; parecía que el alcohol afectaría mis neuronas. Con el tiempo, me hicieron cambiar de opinión, y empecé a disfrutar la compatibilidad del vino con la inspiración poética. No fue una buena idea, y mis estudios se fueron resintiendo.

Me gustaba vestir de negro, como una manera de homenajear a los viejos poetas chilenos. No sabía tratar a las mujeres; al verlas, me sonrojaba y empezaba a tartamudear. Después, esa faceta iba a quedar en el olvido, y tuve una frondosa lista de amoríos.

ABIERTO AL MUNDO

En 1924 me endeudé hasta los huesos para que viera la luz Veinte poemas de amor y una canción desesperada. “A la casa de empeños se fue rápidamente el reloj que solemnemente me había regalado mi padre, reloj al que él le había hecho pintar dos banderitas cruzadas. Al reloj siguió mi traje negro de poeta. 

El impresor era inexorable y, al final, lista totalmente la edición y pegadas las tapas, me dijo con aire siniestro. No se llevará ni un solo ejemplar sin antes pagarlo todo”.

Para mi sorpresa, me transformé con sólo 20 años en un poeta popular y famoso. Debo reconocer que algunos vecinos fueron generosos, aportando unos pesos para ayudar a la publicación; me tenían fe. A pesar de mi notoriedad, no alcanzaba el dinero. Tenía que buscarme otra ocupación, y un conocido me recomendó la carrera diplomática.

El poeta chileno Pablo Neruda y su primera esposa, Maruca Hagenaar. (La Voz / Archivo)

Me entusiasmaba la posibilidad de conocer el mundo; pero no fue lo esperado.

Mi primer destino fue Birmania; luego Ceilán y la isla de Java, una excolonia holandesa. La soledad era abrumadora, y los idiomas desconocidos. La única alegría fue conocer a quien sería mi esposa, Maruca Hagenaar; tuvimos una niña, quien murió con sólo ocho años. Su enfermedad congénita resintió el matrimonio.

Delia del Carril, cuñada de Ricardo Güiraldes, me abrió el camino para conocer la intelectualidad de España. Era 20 años mayor que yo, a pesar de lo cual fue mi amante y gran artífice de mi vida de poeta. Era muy culta, y gracias a ella conocí, entre otros, a Miguel Hernández y a Federico García Lorca. Cuando se desató la guerra civil española, yo era cónsul en Madrid. Mis poemas denunciaban las crueldades que se vivían.

POETA POLÍTICO

En 1939, ya de nuevo en Chile, sentí orgullo por la gestión que llevé a cabo para que anclara en Valparaíso el navío Winnipeg, que cargaba dos mil refugiados que huían del hostigamiento del general Francisco Franco

Las cosas habían cambiado, y mis compatriotas se habían transformado en mis admiradores. Gritaban sin parar: “¡Viva Pablo Neruda! ¡Viva el poeta del pueblo!”. Mi emoción no tenía límite.

Publiqué un artículo contra el presidente González Videla; el título era “La crisis democrática de Chile es una advertencia dramática para nuestro continente”. De golpe, me convertí de prestigioso senador de la República a perseguido político.

Me vi obligado a pasar a la clandestinidad. Crucé con cuatro compañeros a caballo la cordillera de los Andes, y desde Argentina me trasladé a Uruguay; allí me embarqué hacia Francia, donde viví tres años hasta que pude volver a mi querido Santiago.

UNA CASA EN ISLA NEGRA

Le compré a un viejo navegante español una casa en Isla Negra, en la comuna del Quisco, en Valparaíso. 

Había encontrado mi lugar; “la casa (…) no sé cuándo nació… era a media tarde, llegamos a caballo por aquellas soledades (…) Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba que se había crecido (…) por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos (…) ¡Aquí, dijo don Eladio Sobrino! y allí nos quedamos. Luego la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles”.

El escritor chileno y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda en su casa de Isla Negra. (Sara Facio / La Voz / Archivo)

Era una pequeña casa de piedra. Yo proyectaba como un arquitecto, y los maestros la iban reconstruyendo; ansiaba un amplio ventanal que mirara al Pacífico. 

Una vez que estuvo lista, sentí una alegría inmensa. Allí escribí buena parte de mi obra y recibí a amigos, con quienes compartimos una bebida fuerte. Pero nunca fue un hospedaje; nadie se quedaba a dormir.

Me gustaba dormir la siesta; el dormitorio, que compartía con Delia, estaba arriba. Me separé de ella en 1955. Mi nueva pareja, Matilde Urrutia, que me acompañaría hasta el final, puso como condición para convivir la construcción de una nueva habitación; le angustiaba usar la anterior.

El Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda y su esposa Matilde Urrutia. (La Voz / Archivo)

La casa está presidida por un retrato de Matilde, hecho por Diego Rivera. Le dediqué a esa querida mujer “Sonetos de Amor”: “… amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso. Qué soledad errante hasta tu compañía”.

RECONOCIMIENTOS Y ERRORES

Cometí muchos errores en mi vida y los asumo. También acepto que mis detractores me critiquen hasta el hartazgo; es parte de su profesión. Lo que no admito es que lo hagan por mi mirada ideológica y no por mi obra. Insistían en que los comunistas españoles se habían encargado de ensalzar mi obra porque era uno de ellos.

Pero también tuve muchas caricias al alma. Mucha gente me apoyó; Gabriel García Márquez exageró, llamándome “el mejor poeta del siglo 20”; que lo haya dicho él no es poca cosa.

En 1971 me galardonaron con el Premio Nobel de Literatura. Inmediatamente llamé a Gabo, que estaba en Barcelona; le dije: “Tienes que venir con tu mujer a cenar mañana conmigo en París”. A él no le gustaba viajar en avión, por lo cual tenía que moverse en tren y los tiempos no le cerraban.

El poeta chileno Pablo Neruda recibe el Premio Nobel de Literatura en 1971. (La Voz / Archivo)

Le puse voz tierna, como con ganas de llorar, y lo convencí. Cuando bajó del avión, lo puse al tanto de la noticia y le conté que lo primero que le había dicho a los periodistas fue: “El que merecía ese premio es Gabriel García Márquez”.

Allí comprendió la razón por la cual necesitaba que cenara conmigo. No había razón, pero tenía un cargo de conciencia.

Dos años más tarde, regresé a Chile después de renunciar como embajador en Francia. Me había designado en el cargo mi gran amigo, el presidente Salvador Allende. 

Doce días después del golpe militar, llegó mi hora; el cáncer me ganó la batalla. Una multitud me despidió, desafiando al régimen pinochetista, que había prohibido las manifestaciones públicas.

Para quienes me quieran visitar, estoy enterrado junto a Matilde en Isla Negra. Dejé por escrito que allí debían quedar mis restos para toda la eternidad. Es un bello lugar, sobre un acantilado con vista al océano Pacífico.

Imagen de portada: Gentileza de “La Voz”

FUENTE RESPONSABLE: La Voz por Daniel Gattas/Ejercicio imaginario/Vida/Cultura/ Literatura/Homenaje/Pablo Neruda.

4 comentarios sobre “Hola, soy Pablo Neruda: confieso que he vivido…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s