El último viaje de René Descartes.

Descartes fue primero viajero y después filósofo. Al terminar sus estudios dejó de lado el “incierto mundo de los libros” para irse a viajar y leer “el libro del mundo”. El autor de la novela Invierno sueco investigó el perfil viajero de ese camino filosófico.

Matías Wiszniewer, escritor y filósofo

Matías Wiszniewer es comunicólogo por la Universidad de Buenos Aires, donde hizo un posgrado en Historia de la Filosofía Antigua, Medieval y Moderna. Por más de una década trabajó en un minucioso reportaje sobre la vida de Descartes y viajó tras los pasos de quien sería el personaje central de su novela histórica Invierno sueco, el último viaje de René Descartes (Letra Viva). 

Descubrió que la faceta viajera del gran filósofo francés no era la de un noble entregado a la buena vida: viajaba en barco y a caballo miles de kilómetros y participó de guerras, pero su verdadero motor fue la pregunta por la verdad, el encontrar algo de lo que pudiese estar absolutamente seguro.

–El Descartes viajero es la faceta menos conocida del filósofo angular del pensamiento moderno. Su novela histórica se centra en esa parte de su vida. Sus viajes tuvieron un papel central en el camino que tomó su pensamiento. ¿Hasta qué punto fue así?

–Luego de estudiar en La Flèche –el colegio más importante de Europa– en el Valle del Loire, a sus 22 años tomó una decisión radical, un giro en el pensamiento y en su vida: concluyó que los libros que había leído en la academia no le garantizaban alcanzar una verdad de la que pudiese estar totalmente seguro. Se dio cuenta de que los principales filósofos y autores que había estudiado tenían contradicciones profundas entre sí. Eso lo confundía, al no poder determinar quién tenía razón. Se autoanaliza y sintió a la manera socrática, que mientras más erudito era, más ignorante se volvía. Y su salida fue, de alguna manera, bíblica: decidió irse, emigrar. Obtuvo el título de abogado y partió dudando de todos los saberes establecidos, en busca de una verdad indubitable: “decidí abandonar el mundo de las letras para dirigirme al Libro del Mundo, no buscando otra ciencia que la que pudiera hallar en mí mismo”.

–Me lo imagino buscando coincidencias entre culturas acerca de algo que pudiese ser cierto con seguridad. Pero comprobó que cada cultura es singular y que una misma cosa puede verse muy distinta según la perspectiva. ¿Cuáles fueron sus viajes?

–En los viajes tampoco encontró una certeza. Se enroló en el ejército protestante de Mauricio –caudillo holandés– y en el católico de Maximiliano de Baviera. Descartes era católico, así que el hecho de haber estado también en un ejército protestante sugiere que lo que le interesaba era viajar y conocer el mundo. El primer gran viaje fue entre 1618 y 1622: salió de Francia rumbo a Países Bajos, Dinamarca, Polonia, Silesia y Sacro Imperio (Bohemia, Moravia, Austria, Alemania, Hungría). Según mi tesis, antes de regresar a Francia recorrió el Imperio Otomano (Buda, Ragusa, Atenas, Antioquía y Damasco). Estudié sus principales biografías y entre 1620 y 1622 se desconoce dónde estuvo: algunos creen que podría haber estado en Medio Oriente. En 1622 regresó a Francia, viajó dos años por Italia y partió al exilio definitivo a Holanda, en 1629. Y en 1649 fue su último viaje, el que estructura mi novela: la navegación de Holanda a Suecia pasando por Alemania, Dinamarca y Polonia. No eran habituales este tipo de viajes: viajaban mercaderes, religiosos, diplomáticos o militares, así que Descartes fue un personaje casi único. A su familia le pareció una locura que un hombre con la vida resuelta dejará todo para recorrer el mundo en busca de “la verdad”. Partió sin saber bien adónde iba ni cuándo volvería. Desde entonces, nunca más tuvo casa fija. Lacan observó que Descartes “no era ni un profesor ni un dialéctico”, sino “un vagabundo”. Y que en ese vagabundeo encontró su camino hacia la ciencia.

–También el príncipe Siddhartha –luego Gautama Buda– abandonó las mieles del palacio y se volvió errante, no sé si buscando la verdad, pero sí algo que lo iluminara. Fue otro de esos extraños viajeros a contracorriente, como su contemporáneo Heródoto que viajó con la pretensión –nada menos– de “impedir que se borre la memoria de la historia de la humanidad”, según dice en el prólogo de su Historia. Los tres viajaban por razones que a nadie se le hubiera cruzado por la cabeza.

–Buda no nació sabiendo que había que iluminarse bajo un árbol. Se escapó del palacio para ver el mundo real que le ocultaban. Se fue con los jainistas –ascetas extremos– y con otras escuelas, pero nada lo convencía. Terminó eligiendo un “punto medio” entre la “autoindulgencia” y el “ascetismo extremo”. Y en su acto de meditación, en ese sentarse a la sombra de un árbol, se “iluminó”. Descartes también tuvo su “iluminación”: sus famosos sueños en la colina alemana de Neuburg mientras esperaba para enrolarse en el ejército católico. Así, arrojado al barro del mundo, encontró un fundamento. Y no fue en un claustro académico sino en la praxis, que es donde yo creo que se da la verdadera filosofía: en los actos de soñar y de viajar, en el sentido más profundo del viaje.

–Un proceso similar siguió Heródoto 2000 años antes, al investigar. Descubrió que había muchos pueblos y él no tenía forma de saber quién de todos los que le relataban hechos decía lo que realmente había sucedido en esas batallas y conquistas. No podía determinar cuál era la verdad de la historia.

–Luego de haber viajado, Descartes hizo una vuelta de tuerca y dijo: “voy a buscar la verdad en mí mismo”. Y este acto de indagar lo universal en su interior, nos remite a Buda. ¿Qué quiere decir “iluminarse”? Es entender algo del orden de lo verdadero. Fue en este giro hacia sí que Descartes creó su filosofía. No es casualidad que su obra clave fuese Meditaciones metafísicas. 

A Buda también las meditaciones lo llevaron a la iluminación. Otro antecedente de Descartes fue Lutero. En el marco de una asamblea frente al emperador Carlos V y delegados de la Santa Sede, le exigieron retractarse de sus críticas al Papa. Pero el fundador del protestantismo respondió: “no me puedo retractar porque mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios y no puedo ir contra mi conciencia”. ¿Qué es esto sino la afirmación, en sí mismo, de una verdad universal? Buda, Lutero y Descartes hicieron ese proceso.

 Lacan escribió que “sin el acto del Cogito no podría haber psicoanálisis”: sin la subjetividad moderna cartesiana, Freud no hubiese podido alumbrar su doctrina.

–Descartes vivió un momento histórico en que estaban en pugna las dos grandes verdades europeas. Había coincidencia en que la verdad la revelaba la Biblia, pero protestantes y católicos se exterminaron por ver quién tenía la interpretación correcta de ese libro, quién tenía la verdad sobre la verdad mayor. En medio de semejante grieta, apareció Descartes. Pero la saltó por arriba.

–Sí, supo que del laberinto se sale por arriba. Hoy se habla del fin de los grandes relatos, pero esos eran tiempos de Cisma de la Cristiandad, que fue algo tremendo: se resquebrajaba el edificio de la Iglesia y amenazaba con caérsele encima a todo el mundo. Llegó a haber tres Papas. Eso implicaba un gran vacío de sentido. Lutero planteó que la Iglesia no le daba respuestas, que el Papa era un delincuente y dijo “yo creo en mi conciencia”. No se puede entender a Descartes sin esa actitud anterior de Lutero. Si ya no hay un Papa infalible que me diga qué es verdadero o falso, solo queda confiar en mi conciencia. Eso generó la crisis escéptica del siglo XVI: los escépticos decían “no se puede saber nada”. Pero Descartes no aceptó esa resignación: la desafió y la llevó a fondo para poder salir de ella. Por eso Hegel lo consideró un héroe de la filosofía. En las Meditaciones, Descartes se sintió “tan turbado como si hubiera caído en un remolino de agua y no pudiera hacer pie ni nadar hasta la superficie…”, para después dar con el famoso fundamento indubitable “yo soy, yo existo”. Planteó que ya no se podía decir que no había verdad alguna. A partir de esa piedra basal, comenzó a construirse el edificio del pensamiento moderno. ¡Este sí que fue un viaje en el mejor de los sentidos! Porque él no sabía que iba a llegar hasta ahí cuando salió de Francia. Por eso creo que el viaje es la esencia del camino de Descartes para llegar a su filosofía. No fue un filósofo que viajaba: fue un hombre que viajaba porque no encontraba un fundamento. Y lo encontró al soñarlo durante el viaje. Ser filósofo fue lo último que le pasó, después de haber viajado y soñado.

–Primero hizo su largo viaje hacia el afuera, pero lo que buscaba terminó estando en lo más profundo de su ser. Había estado mirando donde no era. La meta estaba tan cerca, que no la veía. El viaje terminó cuando decidió sumergirse en sí.

–¡Sí! ¡Sí! ¡Exactamente! Su viaje exterior finalizó en las profundidades de sí mismo. Y para culminar se tuvo que establecer y dejar de viajar. En 1629 se instaló en Holanda y se dedicó a escribir. Terminó casi escondido para que nadie lo desconcentrara. Se aisló a meditar.

–¿Qué pudo averiguar usted acerca de cómo viajaba Descartes? Su errancia incluyó participar en guerras.

–Me llevó mucha investigación deducir cómo viajaba. Leí novelas de la época, ensayos y estudios históricos. Tuve que aprender a qué velocidad se viajaba por barco y a caballo, sus dos medios de locomoción. Descartes era un caballero de la baja nobleza, un hombre de caballo y espada con algo de Quijote. Para escenificar en la novela su último viaje, recorrí museos de navegación en Lisboa, Madrid, Ámsterdam, Rotterdam y Estocolmo. En Batavia –Holanda– hay construido un barco de 1629, de la Compañía de Indias Orientales, muy parecido al de ese último viaje. Lo estudié por dentro, recorrí los camarotes, cada cubierta y las salas. Descartes fue un viajero osado. Fue a una Alemania que era el ojo del huracán, más o menos como que había aparecido en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial. En plena Guerra de los 30 años se incorporó al ejército católico y estuvo en la gran batalla de Montaña Blanca, en 1620 cerca de Praga, donde el Sacro Imperio aplastó a los rebeldes Bohemios. Parece que el soldado Descartes actuó como asistente de artillería, haciendo cálculos de trayectos de balas de cañón. Pero lo que quería era conocer el mundo, contactar con las nuevas ideas que circulaban por Alemania. Y estuvo en Praga, que no era cualquier ciudad: veinte años antes había tenido su edad de oro con el emperador Rodolfo II, católico pero amigo de los protestantes. Se decía que estaba loco, pero era más un transgresor: convocó a sabios, místicos y alquimistas de toda Europa como Kepler y Giordano Bruno. Los grandes movimientos culturales e innovadores de la época estuvieron en esa Praga que después pisó Descartes.

–A juzgar por su novela, no la tuvo muy difícil para su época. No se lo ve muy falto de recursos ni con mucha necesidad de trabajar.

–No era pobre, está claro. Podría haber aceptado un cargo en algún Parlamento y vivir muy bien. Sin embargo, renunció a todo eso y consideró que le bastaría con un caballo y poder ir alquilando –o recibir prestadas– habitaciones con escritorio. Y tuvo un criado, algo básico para alguien de su clase. Antes de irse de Francia vendió lo que pudo, negoció con el padre e hizo inversiones en el Banco de Ámsterdam, que le permitieron solventar esas necesidades austeras.

–¿Dónde transcurrió Descartes su madurez y la escritura de su obra?

–En Holanda transcurrieron sus veinte años de vida adulta como escritor. Estuvo en Ámsterdam y luego en varias localidades hasta terminar en la pequeña Egmond, la cual visité. Alquilé una bicicleta y anduve tres días recorriendo esa comarca que aún está en medio de la nada, así que imaginemos hace 400 años lo que sería. Allí estuvo Descartes en sus últimos años, hasta que tomó el barco a Suecia, viaje central de Invierno sueco. La posada de Egmond que regentó una pareja suya con quien tuvo una hija aún existe, increíblemente. Yo estuve ahí una noche comiéndome un salmón.

–¿Descartes dejó registro de sus viajes?

–Hay varias fuentes, incluyendo el Discurso del Método donde habla de ellos y muchas de sus 586 cartas.

–Usted hizo cinco viajes reportando para la novela. Cuénteme algunas escenas de esa reconstrucción de la vida del personaje.

–Tomé un barco desde Ámsterdam a Estocolmo para sentir el aroma y ver el color del mar en agosto, la época del “último viaje”. Eso me permitió en la novela imaginar un alba con Descartes contemplando desde cubierta el castillo danés de Hamlet, tal como lo vi. En la ciudad francesa de Chatellerault entré a una de las casas donde estuvo: allí contacté a un funcionario municipal que, al llegar a la mansión, sacó un manojo de llaves y estuvo largo rato probando cuál era, hasta que pudo abrir la puerta: dentro había gatos escuálidos, palomas que salieron volando y telarañas colgando. Pero pude ver cómo eran los ambientes, el hogar a leña, y escenificar episodios de aquella cotidianidad perdida. A Estocolmo fui en enero –el mes más frío– y me levanté a las 4 de la mañana para caminar en soledad sobre el hielo, el mismo trayecto que hizo Descartes varias veces en los últimos días de su vida, cuando iba a visitar a la reina Cristina durante el “invierno sueco” de 1650. Hoy ese es el casco antiguo de la ciudad: casi no ha cambiado. Partí desde la que había sido la embajada francesa hasta el Palacio Real que se levantaba imponente en las sombras junto al mar. El filósofo murió en esa embajada el 11 de febrero de 1650.

–¿Cuál fue su acercamiento más intenso al personaje?

–Mi idea era ver su cráneo en el Museo del Hombre de París. Llevaba meses planificando este viaje, pero el museo estaba cerrado por refacciones y la colección completa había ido a parar a los sótanos del Museo de Ciencias Naturales. Mi ayudante en Francia se las ingenió para conseguir una entrevista con el encargado de custodiar esos depósitos, quien nos recibió en ese sótano, abrió una enorme caja fuerte, sacó un cajón y extrajo el cráneo para colocarlo sobre una mesa. Así estuve cara a cara con mi admirado Descartes y leí las inscripciones manuscritas en su frente, hechas por las muchas manos por las que pasó. El del cráneo fue otro gran viaje, narrado por Russell Shorto en Los huesos de Descartes. Cuando el esqueleto llegó de Estocolmo a París por pedido de Luis XIV, alguien se había robado el cráneo. El resto del cuerpo está hoy en la iglesia Saint Germain Des Prés, mientras que el cráneo atravesó múltiples transacciones hasta terminar en el Museo del Hombre. Luego de mostrarme el cráneo, el amable anfitrión puso sobre la mesa dos más: uno del Hombre de Cromañón y otro del Neandertal.

–Los cromañones fueron los primeros humanos modernos –lo que somos ahora– y el neandertal habría sido nuestra evolución anterior, acaso la primera que comenzó a pensar con cierta complejidad y capacidad de abstracción. Ahí estaban sus cráneos alineados con el del padre de la filosofía moderna occidental. ¡Vaya peso histórico sobre esa mesa! ¡Y vaya privilegio el suyo!

–Fue impresionante ver esos tres cráneos alineados frente a mí, como corporizando el enigma del pensamiento humano casi desde nuestro origen, hasta que un lejano descendiente encontró un fundamento que permitió barajar y dar de nuevo.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 Entrevista por Julián Varsavsky

Filosofía/Descartes

 

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