Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, por Andrés Bonatti y Javier Valdez. I Parte.

EL GENOCIO DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS DE LA ARGENTINA

Los primitivos dueños de la tierra venían resistiendo la conquista del hombre blanco desde la llegada de Solís, en 1516. Don Pedro de Mendoza debió abandonar Buenos Aires en 1536 por la hostilidad de los pampas. Sólo a partir de la creación del virreinato y la consecuente presencia de un poder político y militar fuerte, fue posible establecer una línea de fronteras con el “indio” medianamente alejada de los centros urbanos.

Esta línea de fronteras fue extendida a lo largo del siglo XIX, desde la instalación del primer gobierno patrio hasta la ofensiva final que desde 1878 llevó a cabo el ministro de Guerra, Julio Argentino Roca, en su tristemente célebre “Conquista del Desierto”, un eufemismo para hablar de la brutal matanza de numerosas comunidades indígenas y la apropiación de los territorios que ocupaban.

En el libro Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, Andrés Bonatti y Javier Valdez analizan esta guerra desigual contra los pueblos originarios desde múltiples dimensiones, abordando la mentalidad predominante entre los miembros de la Generación del ’80, quienes, en su afán de progreso material, llevaron adelante un etnocidio en nombre de la civilización.

Los autores analizan en los distintos capítulos del libro la resistencia de los últimos caciques tanto en la región pampeana, como en el Chaco y en la Patagonia. Así podemos ver las luchas de emblemáticos líderes indígenas como Catriel, Calfucurá, Namuncurá, Baigorrita, Pincén, Purrán, Reuquecurá y Sayhueque.

La investigación también se ocupa del destino del botín, millones de hectáreas apropiadas por el Estado nacional, muchas de ellas vendidas a precios irrisorios entre las familias de la elite cercanas al poder, y de los miles de indígenas que lograron sobrevivir, encerrados en prisiones en diversos puntos del país o separados de sus familias y enviados lejos de sus tierras a trabajar como mano de obra barata en obrajes, yerbatales, ingenios, etc.

A continuación transcribimos un capítulo del libro dedicado a este último aspecto poco transitado por la historiografía argentina, es decir, la incorporación al modelo capitalista de mano de obra indígena en condiciones de explotación vergonzosa. Así los autores dan cuenta de las condiciones en las que los habitantes originarios que sobrevivieron a la denominada “Campaña del Desierto” fueron obligados a trabajar en las diversas industrias. Por ejemplo, el esquema que empresarios y Estado, en forma conjunta, habían diseñado en los obrajes del Norte argentino disponía de cada uno de los aspectos de la vida de los indígenas. Todo estaba calculado, hasta la muerte. Por la exigencia del trabajo, las malas condiciones climáticas y las epidemias de enfermedades, la expectativa de vida de los trabajadores forestales no superaba los cuarenta años”.

Fuente: Andrés Bonatti y Javier Valdez, Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, Buenos Aires, Edhasa, 2015, págs. 139-150.

“El indígena es un elemento inapreciable para ciertas industrias, porque está aclimatado y supone la mano de obra barata, en condiciones de difícil competencia.”

Mensaje del presidente de la nación, Roque Sáenz Peña, D.S.C.S., 7 de junio de 1912

El confinamiento sufrido por los derrotados en las campañas militares de Julio A. Roca es uno de los aspectos menos explorados por la historiografía argentina. 

En general, cuando se habla de la Conquista del Desierto, se alude principalmente a la ocupación militar, es decir, a las expediciones que a partir de 1879 ocuparon por la fuerza los territorios habitados por decenas de comunidades originarias, pero no se profundiza sobre lo que ocurrió inmediatamente después con los indígenas que sobrevivieron y fueron trasladados a los diferentes sitios que el Estado argentino tenía re­servados para ellos. 

Cárceles que funcionaban como verdaderos campos de concentración, ingenios, obrajes, yerbatales, algodonales y otras industrias que basaban su productividad en la explotación de mano de obra indígena, casas de familia que fomentan el servilismo y cuarteles donde imperaba la crueldad… 

Todos estos fueron los destinos principales de los miles de perdedores de esta desigual contienda. El gobierno no era partidario de crear reservas donde afincar a los vencidos, como habían hecho los Estados Uni­dos tras su guerra contra los pueblos nativos, porque temía que pudieran reorganizarse y se produjeran sublevaciones. 

Eduardo Pico, militar que participó de las campañas y luego fue gobernador del territorio nacional de La Pampa Central (actual provincia de La Pampa), escribió en sus memo­rias una síntesis de la idea imperante entre los funcionarios de la época: “Conceder tierras para tal fin (en referencia a las reservas indígenas) sería retrogradar a la época en que el cacicazgo sustraía a la población indígena al contacto con la gente civilizada”. 

“Las tribus no pueden, ni deben existir, dentro del orden nacional”. Lo que se hizo, entonces, fue diseminarlos por pequeños grupos, en establecimientos rurales de las provincias del interior o en reducciones, creados para este fin específico, donde vivían totalmente alejados de la autoridad de sus caciques. 

Destruyeron sus economías, se los obligó a trabajar en un marco de tipo capitalista, y se les impusieron cos­tumbres cristianas y el abandono de las propias, como por ejemplo su len­gua natural, que era considerada un instrumento inútil. Se los apresaba e incluso se los separaba de sus familias: padres de hijos, hermanos de hermanas, esposos de esposas. 

Se los aislaba, tal vez para siempre. El religioso José Birot, que cumplía actividades en el presidio de la isla Martín García, señaló en una carta que “el indio siente muchísimo cuando separan la familia, porque en la pampa todos los sentimientos del corazón están centrados en la vida de la familia. Cada vez que los han se­parado, ha habido quejas amargas”.

Los innumerables testimonios recogidos durante aquellos años, tanto entre los vencedores como entre los vencidos, evidencian una realidad in­contrastable: luego de la expugnación militar, el Estado argentino concretó un proceso de conquista cultural sobre las comunidades sometidas, cuyo objetivo primordial fue hacer desaparecer su modo de vida, sus creencias, sus raíces y sus tradiciones. 

En el pensamiento de las autoridades, los vesti­gios de las sociedades indígenas ancestrales debían incorporarse, en forma voluntaria o por la fuerza, a la dinámica y a las costumbres de la vida civi­lizada. Desde el punto de vista teórico, lo que hizo el Estado argentino con los pueblos originarios fue un etnocidio: no sólo aniquiló los cuerpos de toda una sociedad, sino que también mató su espíritu.

Ingenios de la muerte

Durante los años de la Conquista del Desierto la industria azucarera atra­vesaba momentos de gran prosperidad y, como consecuencia de ello, la incorporación de mano de obra barata para la zafra era una necesidad cada vez más acuciante. 

Los ingenios del Norte argentino se convirtieron en un destino frecuente para los indígenas tomados prisioneros en las campañas militares. Miles de mapuches, tobas, pilagás, mocovíes, entre muchas otras etnias, desembarcaron en estas fincas para trabajar como zafreros, en con­diciones de explotación vergonzosas, a merced del abuso de los empresa­rios y la complicidad estatal. 

El propio Julio A. Roca, tucumano de naci­miento y de estrecha relación con los más poderosos productores azucareros del Norte del país, impulsó el envío de ranqueles a establecimientos rurales de Tucumán, porque creía oportuno sustituir en esa actividad a los mata­cos, a los que consideraba “indios holgazanes y estúpidos”. 

En noviembre de 1878, en carta dirigida al gobernador de la provincia, Domingo Martí­nez Muñecas, Roca pidió que se tomarán las medidas necesarias para reci­bir indígenas y “distribuirlos especialmente en los ingenios, con buen tra­tamiento y mejor salario posible, colocándolos bajo la intervención del defensor de pobres y menores, a fin de evitar la explotación por parte de los patrones”. 

Los hechos posteriores demostraron que las palabras del jefe militar eran, como mínimo, falaces. Los contingentes de pampas y ranque­les que arribaron a Tucumán en enero de 1879 sufrieron desde el primer día el abuso y la explotación. 

El contrato que les obligaban a firmar preveía un salario anual paupérrimo del que, además, sólo recibirían una pequeña parte una vez por mes para satisfacer sus necesidades más inmediatas. El resto era conservado por el patrón con el objetivo de “evitar que los indios gasten sus jornales en borracheras y otros vicios”. Estas prácticas eran, se­gún el gobernador, “medidas excepcionales debido a que los indios no comprenden la justicia, ni el derecho al trabajo y propiedad e ignoraban el valor real de los objetos y la moneda”. 

Luego de que se produjera una con­troversia en el ingenio, el gobierno provincial encomendó a dos agentes, de nombres Barrenechea y Del Corro, una investigación para determinar po­sibles abusos de los patrones.

El resultado de la pesquisa que presentaron los dos funcionarios es un testimonio muy valioso que revela pormenores sobre el funcionamiento del sistema de explotación contra el indígena: “Con sentimiento tenemos que comunicar a S.S. que, según los informes recibidos y las averiguaciones practicadas, no se ha cum­plido en todas las partes el contrato celebrado. Así que llegamos al lugar designado, fueron conducidos a nuestra presencia tres in­dias, vestidas con el traje que usan en sus toldos. Preguntadas dónde estaban sus compañeras, contestaron que dos estaban enfermas, recién convalecientes de la viruela, agre­gando que dos de los indios que han quedado, de los que no han fugado, habían salido en ese momento a bañarse. A las tres indias que se hallaban presentes, les hicimos las preguntas necesarias por medio de nuestro intérprete, a fin de saber cómo eran tratadas. A la primera pregunta prorrumpieron en largo y continuado llanto, y llorando contestaron todas las demás. Dijeron que su patrón era bueno pero no así su capataz. Que éste las castigaba, mostrándonos una de ellas, la más anciana, las cicatrices de heridas producidas por el látigo en el brazo y la cara. Que sólo le daban de comer una vez al día y su comida con­sistía en maíz con carne, y los más de los días, en maíz solamente. Que muchas de sus compañeras enfermas de viruela murieron porque no podían comer esa comida. Que esto y por los castigos recibidos habían sido la causa de la fuga de los demás indios. El Sr. Colombres (dueño del ingenio) a su vez afirmó que no era cierto lo que decían las indias, que les daba de comer. Que sólo eran castigados, como los demás peones, cuando no cum­plían con su deber. Que es verdad que han muerto 13 hombres y mujeres, pero todos de viruela, a excepción de una mujer anciana que murió de vejez’. Las indias dijeron que no, que habían muerto por los castigos reiterados”.

No existen datos precisos sobre la cantidad de prisioneros mapuches trasla­dados. De acuerdo con un informe presentado por Roca ante el Congreso nacional al finalizar la campaña militar de 1879, unos seiscientos mapuches fueron enviados al norte del país para trabajar en la zafra de Tucumán. Algu­nos investigadores, sin embargo, afirman que fueron muchísimos más.

Lo que sí se sabe con más certeza es que, en su gran mayoría, murieron como consecuencia de las enfermedades y del rigor que implicaba el traba­jo en la cosecha, o escaparon rumbo al desierto, para terminar luego como empleados del servicio doméstico o directamente para convertirse en mar­ginados de la sociedad.

Muchos años después, el diario La Razón publicó: “Para 1885, casi nin­gún indígena llegado desde la pampa quedaba en los campos tucumanos. Fueron, como queda visto, entregados a la voluntad caprichosa del amo, hasta que aniquiladas sus fuerzas, sucumbieron embrutecidos por el alco­hol, debilitados por el hambre y quebrados por los castigos. Los más in­defensos, aquellos que hasta la muerte liberadora les estaba vedada, que­daron desperdigados, prestando servicio doméstico”. 

Imagen de portada: Gentileza de El Historiador Fuente: www.elhistoriador.com.ar

FUENTE RESPONSABLE: Felipe Pigna Editor Investigador/Historiador

2 comentarios sobre “Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, por Andrés Bonatti y Javier Valdez. I Parte.

    1. Y sin embargo; continúan habiendo gobernadores que siguen creyéndose «los patrones de estancia»; inmutables a las condiciones deplorables de vida de las pequeñas comunidades de pueblos originarios; ante el silencio del Gobierno Central. La explotación infantil en los yerbatales; contra lo que venimos una y otra vez peticionando ante los legisladores; ya ha cumplido mas de cinco años…VERGONZOSO…SIGLO XXI «El mundo fue, es y seguirá siendo una porquería en el 1510; en el 2000 también»…ENRIQUE SANTOS DISCEPOLO su tango CAMBALACHE….Un cálido saludo.

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