Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, por Andrés Bonatti y Javier Valdez. Final.

Explotación empresaria, con anuencia estatal

La opresión contra los pueblos indígenas del Norte tuvo características simi­lares a la sufrida por sus hermanos pampeanos. Luego de que los ejércitos ocuparon sus tierras, miles de hombres y mujeres tobas, wichis, pilagás, mo­covíes, vilelas, entre otros, fueron trasladados a las reducciones que el Estado había preparado para recibirlos. 

Una vez instalados allí, se los obligó a traba­jar en los ingenios. La desdicha para los indígenas comenzaba desde el mo­mento en que partían hacia las fincas, ubicadas a varios kilómetros de distan­cia, porque debían realizar todo ese trayecto a pie, bajo el impiadoso sol norteño, apenas alimentados con las míseras raciones que les entregaban sus nuevos patrones. De la marcha, que duraba días, a veces semanas, participa­ban tanto hombres como mujeres y niños. Gran cantidad de ellos fallecían en el camino, deteriorados por la rigurosidad del clima, la falta de agua y comida o por enfermedades como la viruela, el cólera y el paludismo.

Los que llegaban a destino debían construirse sus propias chozas, con ra­mas y hojas de caña, en las cercanías de la zona de zafra, porque en el con­trato de trabajo que firmaban no estaba incluida la vivienda. 

Quedaban, entonces, expuestos al frío y las precipitaciones, y no recibían ningún tipo de asistencia de médicos o enfermeros, salvo en los casos de las enfermeda­des más críticas. El índice de mortalidad era altísimo. De acuerdo con los testimonios recogidos en diferentes relevamientos, se estima que cerca de la mitad de los indígenas del Norte reducidos en los ingenios murieron en los campamentos.

La vida en los ingenios era muy rigurosa: la actividad duraba entre ocho y diez meses, por lo cual mucha gente vivía la mayor parte del año lejos de sus casas. Por lo general, el trabajo comenzaba a las tres o cuatro de la mañana. 

Los hombres tenían como principal tarea realizar los desmon­tes, cavar zanjas para abrir canales y plantar la caña. Las mujeres eran res­ponsables de los desbroces, de machetear las malezas y también de plantar caña. En algunos ingenios ocurría que si los indígenas no completaban la labor prevista por los patrones, se les descontaba una parte del salario o directamente no se les pagaba.

En el razonamiento de los empresarios azucareros primaba el interés comercial por sobre el bienestar de los trabajadores. La clave del progreso era producir cada vez más, al menor costo posible. La mano de obra indígena garantizaba justamente esa condición: brazos baratos, que eran exigidos al máximo de sus posibilidades. 

Los primeros ingenios se desarrollaron en la provincia de Jujuy, para luego extenderse a su vecina Salta y a Tucumán, siempre al amparo del Estado nacional y sus instituciones. San Isidro, Ledes­ma y La Esperanza fueron los más representativos de esa primera etapa; luego se sumarían otros, como El Tabacal, que incorporaron la misma lógica.

Es valioso el aporte de Juan Bialet-Massé, médico y abogado español residente en la Argentina a partir de 1873, que recibió como encargo del gobierno nacional la realización de un informe sobre el estado de las clases obreras argentinas, materializado en el libro Informe Bialet-Massé, editado en 1904. 

Su testimonio convalida la existencia de un sistema de explota­ción del indígena con apoyo estatal: “El indio es desconfiado. Tiene razón de serlo. Son tan raros los casos en que se le cumplen los contratos y las promesas, que solo tiene fe en el contrato escrito, y lo pide como una garantía. ‘Cons­te por el presente que el cacique se compromete a trabajar con su gente en este ingenio, durante la cosecha del presente año, reci­biendo adelantado mercaderías y dinero.’ Ingenio, fecha. Sello del ingenio. Firma social del ingenio. Debían al fin del trabajo, entregárselo diez caballos, cinco yeguas y mercaderías, si la tribu trabajaba toda la cosecha. 

Tres días antes de acabar, un capataz le da latigazos a dos indios. Gritan, se sublevan. El indio ha perdido lo que decía el contrato. Los infortunios para los indígenas y sus descendientes durarán muchísi­mos años. Los principales ingenios de las provincias del Norte, como El Tabacal o Ledesma, mantuvieron su sistema basado en la explotación del trabajador hasta bien entrado el siglo XX, hacia la década de los treinta, cuando se formaron los primeros sindicatos”.

Obrajes y otras industrias

La industria maderera en la Argentina se desarrolló en forma simultá­nea a las campañas militares, entre 1878 y 1879. El 18 de abril de 1879, el presidente Nicolás Avellaneda expidió el decreto número 1054, que prohibía el corte de madera sin permiso previo del gobierno nacional y autorizaba las actividades forestales únicamente entre mayo y septiembre. 

Como ocurrió en muchas otras oportunidades, las medi­das oficiales no se cumplieron ni tampoco el Estado se esforzó en ha­cerlas cumplir. En las regiones donde abundaban los bosques nativos, como las provincias de Chaco y Formosa, florecieron decenas de obra­jes administrados por patrones inescrupulosos que propiciaban una tala indiscriminada gracias a la mano de obra accesible y barata que representaban los indígenas.

El ritmo de trabajo en esta industria era riguroso y muchas veces inhu­mano, rodeado de peligros e incomodidades. Una vez seleccionados, los indígenas eran separados en grupos, según la tarea que debían ejecutar, siempre al mando de un capataz. 

Por un lado estaban los picadores, que eran quienes tenían a su cargo la tarea primaria de tumbar los árboles provistos de hachas. No era una faena sencilla: los ejemplares buscados eran los más voluminosos, requeridos principalmente para la fabricación de vi­gas y para la extracción de tanino curtiente, esta última una actividad que estaba en pleno auge. 

Por su parte, los labradores tenían bajo su responsa­bilidad el trozado y labrado de la madera. Finalmente estaban los carreros, quienes debían cargar los árboles cortados hasta los carros que, arrastrados por dos yuntas de bueyes, trasladarían la madera hacia la zona de acopio. Los hombres trabajaban de lunes a sábados, de sol a sol, con una única interrupción al mediodía para un magro almuerzo habitualmente com­puesto por maíz cocido con charque.

El esquema que empresarios y Estado, en forma conjunta, habían diseñado en los obrajes del Norte argentino disponía de cada uno de los aspectos de la vida de los indígenas. Todo estaba calculado, hasta la muerte. Por la exigencia del trabajo, las malas condiciones climáticas y las epidemias de enfermedades, la expectativa de vida de los trabajadores forestales no supe­raba los cuarenta años.

El escritor chaqueño Juan Ramón Lestani, que tuvo una destacada par­ticipación política en la provincia unos años después de la Conquista, legó un estremecedor testimonio sobre la vida de los indígenas en los obrajes: “Si alguna vez se ha hablado de las condiciones miserables del traba­jo humano, hay que poner en primera plana lo que ocurre en los obrajes del Chaco. La inhumanidad del trato es indescriptible: tra­bajadores como bestias ambulan por las selvas en medio de los constantes peligros naturales, viviendo al abrigo de los árboles, sin vestimenta casi, alimentándose algunas veces con carne que se pro­veen en la Administración de la empresa, donde se faenan todos los bueyes flacos desahuciados para el trabajo, pues cuando se trata de carne gorda, tiene mejor mercado en la población más cercana”.

El vale y la proveeduría eran dos de los instrumentos más habituales de explotación a los indígenas conchabados en los obrajes chaqueños. En ge­neral los salarios se les pagaban en vales o notas de crédito, canjeables en la proveeduría del propio predio. Terminado el mes, podían trocar por dinero los vales sobrantes. Solía ocurrir que quienes manejaban la provisión de mercaderías les aumentaban el costo de los productos de primera necesi­dad, hasta casi duplicarse, o los engañaban por medio de la adulteración del peso de las mercancías ofrecidas. Unos pocos se rebelaron y lograron escapar hacia el monte en busca de una mejor vida, que jamás encontraría. La mayoría, en cambio, se resignaba al destino desgraciado que les había tocado en suerte.

The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, más co­nocida en nuestro país como La Forestal, creada hacia fines del siglo XIX, fue un símbolo de la explotación en los obrajes. 

La compañía, de capitales ingleses y alemanes, le compró a la provincia de Santa Fe más de 2 millones de hectáreas a un precio muy bajo para instalar allí una fábrica de tanino. La historia de La Forestal tiene ribetes increíbles. 

El gobierno de Santa Fe, con el aval de la nación, no sólo le vendió a esta empresa extranjera más de un 20 % del territorio de la provincia a un valor irrisorio, sino que además le permitió construir una especie de Estado dentro del Estado. 

La Forestal llegó a tener seis ciudades, un puerto, 140.000 kilómetros de ferrocarril, policía, moneda y bandera propias, y más de cuarenta mil obreros, entre ellos muchos indígenas, que trabajaban a destajo y recibían apenas 2,50 pesos por cada tonelada de leña, en vales que, por supuesto, sólo podían canjear en las proveedurías de la propia empresa.

El esquema represivo que funcionó en los obrajes y los ingenios tam­bién se replicó en otras ramas de la actividad manufacturera del país, como por ejemplo en algodonales, yerbatales, naranjales, cultivos de maní, talle­res y otros. 

Salarios vergonzosos, alimentación escasa, maltrato físico, abu­sos en los precios de los productos ofrecidos y contratos abusivos fueron los instrumentos comunes del atropello que se evidenciaron en cada una de las industrias que recibieron a los indígenas despojados de sus territorios por Roca y sus generales. 

En los yerbatales de la provincia de Misiones se los obligaba a firmar compromisos leoninos, llamados “condiciones del obra­je”, que incluían cláusulas absolutamente arbitrarias, como por ejemplo la que determinaba que si los trabajadores de la yerba mate se enfermaban no sólo perdían automáticamente la paga del día, sino que también debían abonar al patrón 50 centavos por cada jornada de ausencia en las planta­ciones. 

Si la enfermedad era grave, el contrato preveía que el trabajador doliente únicamente podía viajar a atenderse a las ciudades de Posadas o de Villa Encarnación si conseguía que alguien se hiciera cargo de su cuenta, que en general era deudora porque debía dinero a la proveeduría. En el caso de que nadie pudiera tomar su lugar, no se le permitía viajar, y su sa­lud quedaba librada al designio del destino.

A partir de cifras proporcionadas por el propio Poder Ejecutivo de aquellos años se calcula que, entre 1879 y 1883, cerca de veinte mil indí­genas tomados prisioneros en Pampa y Patagonia fueron trasladados hacia cárceles como Martín García, Valcheta y Chichinales, o las provincias del Norte y de Cuyo, para trabajar en las diferentes industrias y en el servicio doméstico. En el Chaco, las cifras del destierro son aún mucho mayores, porque allí la población indígena era mucho más numerosa que la que había en la Pampa. En Chaco, la deportación de los nativos hacia las cár­celes y las reducciones duró hasta comienzos del siglo XX.

Si bien adolecen de algunas deficiencias metodológicas, porque era muy difícil en aquella época acceder y registrar la totalidad de las comuni­dades que vivían tierra adentro, los resultados de los dos primeros censos realizados en el país son un parámetro válido para constatar el exterminio físico y cultural que sufrieron los pueblos originarios de la Argentina con la Conquista del Desierto. En el de 1869, presidencia de Domingo Sar­miento, la población indígena calculada fue de 93.138 personas. En el censo de 1895, bajo el mandato de José Uriburu, la cantidad de habitantes indígenas había disminuido a treinta mil. En el medio, habían pasado veintisiete años y una guerra desigual e infame.

Imagen de Portada: Gentileza de El Historiador

FUENTE RESPONSABLE: Fuente: www.elhistoriador.com.ar

El Historiador – Editor Felipe Pigna*Historiador

/Investigador/Divulgador

La Conquista del Desierto/Una guerra infame/El Genocidio de los Pueblos Orignarios/La explotación laboral/Pensamiento critíco/Sociedad/

 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s