«El Búlgaro. Luis Freisztav» en Colección Amalita.

La muestra exhibe más de cien esculturas, muchas nunca antes vistas.

Fue un artista que llegó del mundo del trabajo y del suburbio: proletario, del conurbano –creció en San Martín–, escultor de un bestiario único en el arte contemporáneo argentino. Ya se puede visitar en la Colección Amalita El Búlgaro. Luis Freisztav, que reúne más de cien piezas del artista, algunas exhibidas por primera vez. La muestra, impulsada por Marcia Schvartz, gran amiga de El Búlgaro, reúne esas jaurías famélicas, esos sapos que serán príncipes, toda aquella cerámica y cartapesta que habla de una sensibilidad intensa y periférica que refiere a las crisis argentinas, a la condición humana y a una época, los años 80, en la que confluyen en Buenos Aires artistas irrepetibles. 

Para trabajar sin que la observen desde la calle, a principios de los años ochenta, Marcia Schvartz tapó los vidrios de la antigua panadería convertida en su casa-taller en el barrio del Abasto. Sin embargo, una tarde golpearon a la puerta: un hombre logró ver su obra por un resquicio del antiguo local. Quedó fascinado. Se presentó: su nombre era Luis Freisztav (1954 – 2008), lo llamaban «El Búlgaro» y era escultor.

En Colección Amalita se presenta El Búlgaro. Luis Freisztav, con curaduría de Guadalupe Fernández e impecable diseño de montaje de Roberto Fernández, que reúne más de un centenar de piezas hechas en cartapesta y cerámica, muchas de ellas, como las serpientes y algunos sapos, nunca antes exhibidos. Impulsada por Marcia, gran amiga de El Búlgaro durante veinte años, la exhibición pudo realizarse gracias al coleccionista Eduardo Mallea, vicepresidente de arteBA, y a Amalia Amoedo, nieta de Amalia Lacroze de Fortabat, que además acaba de lanzar una nueva residencia para artistas latinoamericanos en José Ignacio, en Casa Neptuna, un espacio diseñado especialmente por el artista Edgardo Giménez.

El bestiario de El Búlgaro, que incluye jaurías famélicas del conurbano, monos con chucherías, pirañas, palometas, sábalos y sapos príncipes a punto de eyectar sus vísceras o en ocasiones algo aplastados, ya con el último hálito de vida, es capaz de dejarnos entre las cuerdas. El Búlgaro tiene la singular capacidad de hurgar en lo más profundo de la condición humana.

Mono con espejo y tronco, ca.1992. Serie Monos con chucherías. Foto: Pepe Mateos

“Trabajaba por el Abasto, nos hicimos amigos íntimos, caminábamos por el barrio cuando todavía estaba el mercado. Comíamos en bodegones donde iban los camioneros. Nos fascinaba la mística del Abasto, en una época en que era un lugar medio prohibido, la gente no pasaba por ahí”, recuerda Marcia desde Tilcara, donde en febrero expondrá en el Museo Regional de Pintura José Antonio Terry, junto Marcelo Abud y la familia Ortega, con curaduría de Florencia Califano.

Cuando se conocieron, El Búlgaro hacía esculturas con alambre de fardo de cajones que compraba en el mercado y otras con cajones de frutas, como «La diosa del Abasto», de tres metros de altura, que Marcia guardó en su casa por un tiempo. 

El Búlgaro —contó en un texto que integra Liliana Maresca-documentos (compilado por Graciela Hasper, Libros del Rojas, 2006)— no tenía taller: trabajaba en un terreno baldío cerca de su trabajo. Hicieron proyectos juntos y además se ayudaban mutuamente (él le daba una mano a Marcia con las piezas grandes; ella, con temas vinculados al color de las piezas). Cuando en 1986 Liliana Maresca los invitó a sumarse a La Kermesse. 

El paraíso de las bestias (un trabajo multimedia colectivo en el que participaron Marcos López, Elba Bairon y Batato Barea, entre muchos otros artistas; también hubo actores, músicos, escenógrafos, directores de teatro y video-artistas) en el Centro Cultural Recoleta, hicieron «Defensores del Abasto». De Maresca, a quien conoció en una fiesta a la que lo llevó Marcia, también fue muy amigo.

Serpiente, ca. 2006. Cerámica. Colección particular. Foto: Pepe Mateos

El Búlgaro nació en el partido bonaerense de San Martín. Tras un breve paso por la escuela de Bellas Artes de su barrio, trabajó durante muchos años como mozo, fue cargador de papas, albañil y pintor de brocha gorda. En la muestra, se exhibe «Búlgaro maldito», un retrato en el que Marcia lo representa con sus rodillos y escalera, en su oficio. 

“Era un tipo brillante, muy lúcido. Tenía una gran formación política porque su madre era militante socialista”, recuerda la artista. Marcos López, quien también fue amigo suyo, lo recuerda como una persona “muy tímida, sencilla, modesta; dueño de un humor ácido, barrial y, al mismo tiempo, refinado”.

Sus inicios en la escultura estuvieron ligados al trabajo asalariado en los talleres de microfundición de Humberto Montes. Trabajó también como asistente del escultor Omar Estela en la realización del altar de la catedral de Avellaneda. “El Búlgaro viene de un universo proletario y pudo definir su obra a partir de su propio entorno. No pertenece a la clase media o a la clase media alta, de donde provienen la mayoría de los artistas. En ese sentido es muy importante su figura”, señala el historiador del arte Roberto Amigo, editor del catálogo que publicará Colección Amalita.

“Cuando se refería a sus sapos y perros, decía que él hacia un trabajo de sopre (alude a la palabra preso al revés), como si se tratara de una artesanía menor. No sé si se hubiera definido como un artista, creo que más bien lo hubiera hecho como un trabajador”, dice Marcos López, quien le tomó varias fotografías y lo considera artífice de piezas “con una fuerza expresiva y poética desgarradora”.

Palometas blancas, ca. 2006. Cerámica. Colección particular. Foto: Pepe Mateos.

López lo fotografió con sus sapos, con espejitos, y lo invitó a posar como modelo (caracterizado como jugador de fútbol) en la fotografía El vestuario, donde buscaba un personaje “de aspecto y personalidad barrial”. Además, le tomó un primer plano cerrado que es una joya: “Me miró totalmente consciente de una densidad en la mirada muy desolada. Era una persona muy sensible e inteligente. Con una formación de la calle: absoluta intuición”, recuerda del momento en que tomó aquella fotografía.

Admirado por Alberto Heredia y Norberto Gómez, El Búlgaro, en vida, vendió apenas un puñado de obras, pero jamás dejó de trabajar apasionadamente. “Es un gran artista del hacer y con un hacer que es radical en un medio donde en los años noventa se buscaba una imagen que carecía de la agresividad que tenía la suya”, señala Amigo. Y añade: “Hay que analizar su obra entre ciertas crisis sociales de los años noventa: en esos perros callejeros pulgosos que se muerden la cola y en sus monos violentos hay un clima de época muy fuerte. A pesar de hacer serpientes, sapos y monos, es un artista muy complejo”.

Dueño de una estética personal, El Búlgaro creó una iconografía nacida de su suburbio natal y de sus propias experiencias personales. De las calles de San Martín surgieron esos canes hambrientos que esperan algunas sobras de comida y que copulan a la vista de todos. Marcados por el dolor, el temor y la desconfianza, no son perros dóciles. Apenas pueden mantenerse en pie o en extrañas curvaturas que evidencian la fragilidad de sus huesos, el apetito sin saciar desde hace tiempo. Ensimismados, no condicen con el ideal de mascota fiel y faldera: las suyas son expresiones poderosas, miradas que interpelan y dejan sin aliento.

Sapo, ca. 2006. Serie Y mañana será príncipe. Cerámica. Colección particular. Foto:Pepe Mateos

Con innumerables capas de lectura, su obra es una usina inagotable de nuevas percepciones. No hay hermetismo: se expande capaz de aludir al sufrimiento humano y a su contexto social desde distintas aristas. Surgidas por situaciones álgidas personales, sus piezas trascienden la anécdota autorreferencial para devenir icónicas. Imposible no estremecerse ante Alpiste fuiste, su parca imperturbable y atroz, hecha apenas con unos pocos elementos. 

No hay representación más potente en el arte contemporáneo argentino post dictadura de ese sino ineludible que El Búlgaro representó como un buitre calzado con bolsa mortuoria. Hizo esta escultura tras perder el conocimiento en Nueva York, cuando casi lo dieron por muerto, y sus amigos artistas se juntaron para trasladarlo en un avión sanitario hasta Argentina.

Amigo señala que no hay otro artista argentino que haya aludido a la condición humana desde la iconografía animal. Los sapos, en especial los vidriados, surgieron por el tratamiento médico que El Búlgaro hizo por su enfermedad pulmonar. Estuvo internado varias veces en terapia intensiva, fue sometido a un trasplante y tuvo que cargar una mochila de oxígeno en forma permanente.

Sin recursos económicos, y con un estado de salud frágil, no paró de crear. Trabajó con Marcia en los talleres de producción artística de la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova. 

Como artistas invitados, les permitían usar los hornos para sus piezas de cerámica. “Iba con su mochila con oxígeno en el 124 desde La Paternal, tardaba como una hora y media. 

Era un héroe: un artista de verdad”, recuerda Marcia de esa época en la que producían a ritmo vertiginoso, “como máquinas”. Como si la muerte les pisara los talones, eran capaces de hacer tan sólo en una tarde una cantidad impensada de obras.

Fuiste alpiste, 2000. Técnica mixta. Colección particular. Fotografía Pepe Mateos

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 por Marina Oybin

Arte/Escultura/”El Bulgaro/Colección Fortabat

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