Que felices fuimos

Fuimos niños
de un tiempo
en qué poseer
era un privilegio,
donde ser
directora de escuela
o trabajar en un banco
daba estatus,
donde lo que
pedíamos a Los Reyes
en esas cartas prolijitas
y sin manchas,
que dejábamos
junto al pasto
y el agua
para los camellos
sedientos y hambrientos
que venían de tan lejos
tal cual nos decían,
ellos agradecerían al igual
que Gaspar, Melchor y Baltasar,
por qué sabíamos
de que debían ir
casa por casa,
siendo ello tan agotador
como cuando
nos quedábamos
despiertos para verlos,
pero el cansancio
nos vencía
hasta dormirnos.

Eso si casi nunca
el juguete deseado,
que habíamos pedido
se encontraba
en la mañana
al lado de los zapatos,
tan brillantes
como pudimos lustrarlos,
cuando poníamos
cara de desconsuelo
partía rápido
la respuesta «son muchos
los chicos
que deben visitar en poco tiempo».

Pero nos conformamos,
a caballo regalado
no se le miran
los dientes dice un refrán,
lo mismo sucedía
cuando finalizaba el año,
con ello llegaban
las vacaciones de verano,
no había que ir a la escuela
ni hacer las tareas
en casa sobre
esos cuadernos
de tapa dura
forrados por mamá
con papel «araña»
bien prolijo
con toda su paciencia.

Eramos artistas
en miniatura, la maestra
para una fiesta patria
escribía un guión,
luego armaba
los personajes
asignando los roles
a cada uno,
con especial interés
en todo aquel
que tuviera
y supiera ejecutar
un instrumento.

Esos días
todas las familias
decían presente,
la esforzada cooperadora
nos regalaba golosinas,
actuamos en el endeble
escenario armado
recibiendo una ovación
con muchos emocionados
aplausos cuando terminábamos.

Los días de verano
era preparar los autos
con masilla,
para hacerlos
más pesados
logrando lo que hoy
se llama adherencia,
para que en el circuito
dibujado con tiza
sobre el pavimento
fueran bólidos de fuego
cada uno con su hinchada
y llegar primero a la meta.

Automóviles? Pasaba uno
casi…casi.. cada hora
en plena Buenos Aires.

O a falta de pelota
hacíamos una
con tiras de telas,
que alguna madre
tenía haciendo
una linda de «trapo»,
con la que jugábamos
hasta que la pobre agotada
de tantos puntapiés
se iba deshilachando
con los minutos.

O las nenas jugando
con sus muñecas,
haciéndoles vestiditos
para tomar el té
con sus amigas
cada tarde,
interpretando
dándose roles
para imitar las formas y
las voces de los adultos.

Añoranzas?
Nostalgia?
Tristeza?
Nada de eso.
La sana felicidad
de haber vivido un tiempo
que ya no está,
en que uno
podía contemplar
e imaginar y ser feliz
no teniendo nada,
solo por el hecho
de que éramos muchos,
muchísimos los iguales
desde el hijo
del médico
hasta el hijo del jornalero.

Que lindo mi barrio
de aquel tiempo…

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

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