CULTURA. «Transparencia y misterio de las lacas» de Beatriz Vallejos.

Justa reescritura de la historia del arte  

Un libro y una exposición sitúan en el canon contemporáneo, aunque en forma extemporánea, la obra pictórica (y otros trazos) de la gran poeta santafesina.

Pasado mañana y el próximo jueves, por la tarde, puede visitarse en Iván Rosado (Córdoba 2670) una exposición de lacas de la poeta y pintora Beatriz Vallejos que celebra la edición del libro que la editorial Iván Rosado, tras años de investigación en torno a esas obras, acaba de publicar. 

El libro se titula Transparencia y misterio de las lacas, al igual que los dos ensayos de Vallejos que incluye, pero contiene mucho más que eso. Es «el» libro que consagra a Vallejos (Santa Fe, 1922 – Rosario, 2007) como artista multimedia, arrojando además algunos nuevos rayos de luz sobre la gran poeta que fue. 

Si BEV pintora era inseparable de BEV poeta, si ambas eran una misma mirada en busca de una única transparencia, no por eso su pintura merecía ser tenida por un capricho amateur, injusticia que le endilgó el modernismo feroz de su época. 

A la representativa y variada selección de lacas donde la pintora expresa sus hallazgos de una atmósfera cromática y anímica; a la paradoja de un instante captado en decenas de capas de un material y una técnica que pedían la paciencia en la espera del secado y la insistencia del lijado (y que por eso, por la suma de sus transparencias, capta lo fugaz e inefable de la «atmósfera»), se le suman en la edición unos tesoros que sitúan su obra, extemporáneamente por así decir, en un canon contemporáneo del que es precursora.

La edición reconstruye en formato libro, y como «apuntes para», aquel experimento casi desconocido, El pincel (2000), pensado por Beatriz Vallejos como «espectáculo poético-audiovisual» y también como un «libro imagen de lacas, poemas, coplas y canciones de la distancia, el eco y el silencio». 

Una sabia decisión editorial reproduce los textos, junto a cada laca, en la caligrafía original de la poeta. Todo eso y mucho más estaba en una carpeta que es sólo una parte de su legado. 

El libro incluye por primera vez en letra de molde los poemas del «poemario en íconos» La hamaca (2002), pintados directamente con un pincel fino en los «íconos» o retablos de madera que también se reproducen en esa sección. «Lo que quiero expresar» es un statement en prosa poética. 

La «receta de cocina» (como bromea la autora) de la técnica de la laca, que Beatriz aprendió de Carlos Valdés Mujica, figura en detalle en una carta que constituye una separata, suelta, dentro del libro. El secreto técnico es revelado así a los lectores de la obra en una ficción de intimidad, como en susurros. 

Su hijo Rubén, presente en la inauguración del jueves pasado al igual que su hija Elena y otros de sus descendientes, contó que su madre preparaba sus lacas en la cocina y que trabajaba por rachas, sin un ritmo constante ni un espacio de taller. Contó también que Valdés Mujica, al contrario, no paraba de trabajar, y llevaba sus pinceles y sus materiales a la exposición para seguir produciendo.

La edición se completa con fotos color y en blanco y negro pertenecientes a su archivo; un epílogo de Marina Maggi y Pablo Serr; una entrevista que le hizo Irina Garbatzky y que se publicó en La Capital en 2004, y una breve biografía donde se consignan aparte sus exposiciones, sus publicaciones y «otros materiales» (videos documentales y otros proyectos en torno a su obra). 

En los ’60, hubo un período intenso de sus exposiciones en galerías y participaciones en salones, y en los años ’90 no fue menos vigorosa su labor docente y artística en su casa taller «Costa de Antón», un semillero de lakistas hoy perdidos. 

Contó en la inauguración su amiga Celia Fontán, poeta, que, en sus últimos años en Rincón, BEV regalaba sus obras a vecinos. En este siglo se expusieron lacas en el homenaje de 2003 en la UNR y en una exposición colectiva, La disfunción de los escritores, que organizó el espacio Iván Rosado con la artista Claudia Del Río en el Museo Castagnino. 

La selección de obras de esta muestra abarca varios períodos y formatos: sus poemas-ícono del 2000, pinturas informalistas de los ’60 y ’70, y una obra en madera de su serie El grito. Allí, el vacío en el espacio corresponde figurativamente a una boca abierta y literalmente al nudo extraído del tronco del árbol (este dato fue obtenido en Santa Fe, de un coleccionista que posee otra obra de la serie). 

Estas son páginas que la historia del arte de la región debió incluir antes; a celebrar, pues, este rescate. La poeta y pintora Ana Wandzik (gestora, con su compañero Maxi Masuelli, de Iván Rosado y de la edición) se preguntaba, el jueves, qué pasó que su época no pudo ver una bella obra plástica cuyos temas y formas (el Litoral y los lenguajes informalistas y abstractos) estaban tan en sintonía con su tiempo y lugar. 

¿Fue la audacia de mezclar la pintura con objetos y textos? Eso, hoy, la vuelve más actual que cualquiera de sus contemporáneos.          

Imagen de portada: Archivo 1963

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Cultura. Por Beatriz Vignoli

Literatura/Nuestros escritores/Homenajes

 

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