¿Vivimos en una simulación mental colectiva? El retorno del panpsiquismo.

EL NUEVO IDEALISMO

Hacemos un recorrido por esta corriente filosófica y por cómo algunas de las mejores mentes científicas del presente están abrazando la idea de la realidad como un producto mental y no como algo propiamente físico.

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En el año 1205, un muchacho llamado Giovanni di Pietro Bernardone desertaba de su ejército al no querer combatir contra las tropas germanas. Mientras viajaba a la región italiana de la Apulia para luchar en nombre del Papa, oyó el eco de una voz mientras dormía que le encomendaba regresar a su ciudad natal. 

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En una reunión con amigos, cuando le preguntaron si pensaba casarse, Giovanni les respondió: «La mujer con la que pienso comprometerme es tan noble, tan rica, tan buena, que ninguno de vosotros visteis otra igual». No se refería a ningún ente físico, sino a un valor que tiempo después ha sido uno de los pilares del cristianismo: la pobreza. 

Desde su regreso, el joven comenzó a sentir un fuerte desapego hacia la propiedad de bienes, pues a pesar de ser hijo de un rico comerciante, no buscaba oro ni riquezas. Sin embargo, sentía un fuerte arraigo hacia los animales, los cuales, al igual que él, vivían al raso y sin posesiones materiales. 

De hecho, les consideraba como «hermanos pequeños». Este joven, posteriormente conocido como San Francisco de Asís, es hoy considerado el gran patrono de los veterinarios y, por extensión, de los movimientos ecologistas, por su pasión por la naturaleza y las criaturas que forman parte de ella. Como cualquier santo divinizado por la cultura cristiana, decían de él que obró muchos milagros, pero de entre todas esas cualidades mágicas que se le atribuyeron destacaba una: la capacidad de hablar con los animales. Rezaba con las aves y apaciguaba a los lobos para que no atacaran los rebaños. Los relatos que le confieren esta habilidad para hablar con seres sin conciencia no son casualidad, pues forman parte de una corriente filosófica que ha recorrido siglos, desde Platón y Aristóteles hasta los más actuales pensadores de hoy en día.

'San Francisco de Asís predicando a las aves'. (Cuadro de Antonio Carnicero, 1788, en el Museo del Prado de Madrid)

‘San Francisco de Asís predicando a las aves’. (Cuadro de Antonio Carnicero, 1788, en el Museo del Prado de Madrid)

Se trata del panpsiquismo, un término derivado de las palabras griegas «pan» («todo») y «psique» («alma» o «mente»), y que sostiene la teoría de que la conciencia, al fin y al cabo el fenómeno más misterioso de la naturaleza, no es exclusiva de los humanos: impregna todo el universo y es un rasgo fundamental de la realidad. 

Tanto seres animados como inanimados pueden poseer cualidades propiamente conscientes y desarrollar una percepción subjetiva del mundo que les rodea. 

Algunos de sus defensores más notables fueron filósofos del Renacimiento como Giordano Bruno, quien creía que todo lo que existía tenía una esencia o principio vital. En el siglo XVII, Baruch Spinoza pensaba que la realidad estaba conformada por una única sustancia eterna, que en este caso podía ser Dios o el propio concepto de Naturaleza, de tal forma que todos en conjunto conformaríamos un todo consciente. 

También está la propuesta de Gottfried Liebniz, quien centró su pensamiento en las «mónadas», pequeñas unidades de materia infinitas e indivisibles, que formaban estructuras conscientes. 

«La conciencia impregna todo el universo y es una característica fundamental del mismo. Pero eso no significa que todo sea ‘consciente’.

A mediados del siglo XX, el panpsiquismo es rechazado por filósofos como Karl Popper o Ludwig Wittgenstein. De ahí que pronto aflorara la impresión en las universidades de filosofía de que se trataba de una doctrina errónea, sometiendo a duro juicio a todos sus defensores. 

Sin embargo, tal y como describe el periodista y escritor Joe Zadeh en un reciente artículo publicado en la revista Noema Magazine’, actualmente está reviviendo con nuevos planteamientos para llegar a una comprensión definitiva de lo que significa la consciencia en pleno siglo XXI.

Las tesis de Goff y Koch

Uno de los pensadores actuales citado por Zadeh es el filósofo británico Philip Goff, el cual lleva años investigando sobre las hipótesis que confieren a la consciencia un rasgo universal y omnipresente en el mundo físico. «Según el panpsiquismo, la conciencia impregna todo el universo y es una característica fundamental del mismo. Pero eso no significa que todo sea ‘consciente’, sino que los bloques de construcción esenciales del universo, posiblemente los quarks y electrones, tienen formas de experiencia increíblemente simples a la par que complejas. Eso no significa que una silla sea consciente, sino que las diminutas partículas elementales de las que está hecha tienen algún tipo de experiencia muy rudimentaria», explica. 

«Cuando las personas escuchan la palabra ‘consciencia’ creen que se refiere a sentir emociones pero en realidad hablamos de un nivel mucho más básico: la experiencia» La idea de que los objetos inanimados puedan tener conciencia, a pesar de que esto sea percibido como algo fantasioso desde un punto de vista estrictamente materialista y racional, no queda muy lejos, sobre todo si hacemos un esfuerzo por volver a nuestro mundo de la infancia. ¿Quién no ha hablado nunca con sus juguetes cuando es niño? 

De eso se dio cuenta el psicólogo suizo Jean Piaget en 1929, quien concluyó que los niños de entre dos y cuatro años tienden a atribuir conciencia a todo lo que les rodea. Por ello es frecuente que aparezcan amigos imaginarios en estas épocas. Antes de la socialización que se da en las etapas de madurez y crecimiento, el cerebro del niño, pese a su inocencia e ingenuidad como fruto de su inexperiencia, parece que está predispuesto a conferir propiedades mágicas a todo lo que hay a su alrededor. Por supuesto, la conciencia tiene diferentes grados y forma estructuras muy diferentes. 

Hay investigaciones sobre biología animal y vegetal que confirman que los árboles pueden comunicarse entre sí para convivir y sobrevivir mediante redes subterráneas de hongos que les mantienen conectados. Otros estudios también refrendan que las plantas tienen memoria táctil cada vez que las tocas. Pero no por ello un árbol va a hablar o expresar una emoción ni tampoco una adelfa va a cobrar vida de repente para salir corriendo en cuanto sienta el riesgo de ser podada. No están vivos como nosotros ni sienten o piensan el mundo igual que los humanos, pero esto no quiere decir que puedan asimilar pequeños detalles basados en su experiencia.

Esta es una de las posturas que defiende Christof Koch, un neurocientífico que lleva varios años investigando en torno a estas cualidades de la conciencia. «Mucha gente piensa que cualquier teoría que corrobore que los microbios son conscientes es una locura», asegura a Zadeh. «Cuando las personas escuchan la palabra ‘consciencia’ creen que se refiere a sentir emociones, placer o dolor, pero en realidad hablamos de un nivel mucho más básico de conciencia: la experiencia. 

Obviamente, un paramecio«, refiriéndose a los protozoos que suelen vivir en estanques o charcas, «carece de psicología, pues no escucha a las abejas o no se preocupa por qué hará el fin de semana». Sin embargo, «siente que es algo para ser un paramecio, y una vez que la membrana de su célula se disuelve, desintegrándose hasta que muere, ya no se siente de ninguna forma».

El universo como simulación mental colectiva

Hemos visto cómo, según estas teorías, la consciencia puede estar hasta en los organismos más pequeños y las formas de vida más minúsculas o precarias. Pero, ¿qué ocurre si las aplicamos a niveles macro, es decir, al propio universo? 

El término «panpsiquismo» apareció de manera frecuente en un ‘paper’ sobre física cuántica escrito por tres investigadores del Quantum Gravity Research de Los Angeles y publicado en la revista ‘Entropy’. 

En él, los autores abandonan la creencia de que el universo existe por sí mismo, rechazando los postulados materialistas que ven la realidad como algo externo y a lo que solo podemos acceder mediante los sentidos o la experiencia. 

En su lugar, abrazan la hipótesis de ver al universo como «una extraña simulación en loop». «Los últimos estudios en mecánica cuántica, como observar el espacio-tiempo en un holograma, sugieren que esta no es algo elemental» 

Esta conclusión bebe de las hipótesis de simulación del influyente filósofo Nick Bostrom, que enmarcan la realidad como si esta fuera una especie de ilusión diseñada por seres incognoscibles, en lugar de ser fruto del avance histórico y tecnológico humano. Es decir, en vez de pensar que somos productos de una evolución natural y que gracias a ella hemos alcanzado unas mejores condiciones de vida a partir del uso de la razón, Bostrom argumenta que todo lo que vemos y sentimos responde a un programa computacional muy avanzado. Según él, somos productos de una simulación creada por seres post-humanos para conocer más sobre sus ancestros.

¿Somos un sueño dentro de un sueño de alguien que sueña y está a punto de despertar? (Cartel promocional de 'Origen', de Christopher Nolan)

¿Somos un sueño dentro de un sueño de alguien que sueña y está a punto de despertar? (Cartel promocional de ‘Origen’, de Christopher Nolan)

Esta no deja de ser una idea muy explotada por las grandes películas de ciencia ficción de nuestra era, desde Origen hasta Abre los ojos‘. 

Además, conecta con la corriente del panpsiquismo, puesto que todas esas estrellas y planetas que vemos en una noche de cielos despejados no son meros trozos de materia que están muy lejos, sino que forman parte de una red global simulada que se actualiza constantemente, a partir de algoritmos subyacentes y una regla denominada como «el principio de lenguaje eficiente».

«Mientras que muchos científicos apoyan al materialismo, nosotros consideramos que la mecánica cuántica puede proporcionar pistas de que nuestra realidad es una construcción mental», asevera David Chester, uno de los principales autores del estudio. «Los últimos estudios en mecánica cuántica, como observar el espacio-tiempo mediante un holograma, sugieren que este no es algo elemental ni fundamental. 

Por ello, es la construcción mental de esta realidad la que lo fabrica para entenderlo de manera eficiente, generando una red de entidades subconscientes que pueden interactuar y explorar la totalidad de las posibilidades».

¿Qué es el agua? Una paradoja

Es decir, el espacio-tiempo no es más que una abstracción humana para intentar aproximarnos a conocer la realidad o el universo, pero en ningún caso existe por sí mismo, sino que forma parte de una trampa que hemos auto asumido como verdadera. 

Como su propio nombre indica, usamos un lenguaje eficiente basado en la lógica, las matemáticas o la física, para explicar fenómenos que suceden en la naturaleza pero cuya esencia nunca hemos llegado a ver o a comprobar. Esta es, precisamente, la conclusión a la que llegó el filósofo Bertrand Russell: «Todo lo que nos da la física son ecuaciones ciertas que dan propiedades abstractas de sus cambios. Pero en cuanto a qué es lo que cambia o a qué camba, en cuanto a esto, la física guarda silencio». 

«La física solo nos habla de lo que hacen las cosas, no de qué es lo que son ni de su naturaleza subyacente, sino cómo se comporta».

Después de tantos años de historia y evolución esforzándonos por desentrañar el código físico y químico que rige el mundo y da pie a la existencia de una consciencia como la nuestra, en realidad todo responde a un lenguaje matemático que hemos diseñado para intentar comprenderlo de manera eficiente, pero que no ha conseguido revelarnos nada sobre lo que verdaderamente está ahí o de lo que estamos hechos. 

«La física solo nos habla de lo que hacen las cosas, no qué es lo que son», argumenta Goff, apoyando a Russell. «No nos habla de la naturaleza subyacente de las cosas que se comportan de esta manera». 

«¿Qué es el agua?», interviene por su parte Zadeh en una excelente paradoja que ejemplifica a la perfección las tesis de ambos filósofos. «Una sustancia química incolora, transparente e inodora que llena nuestros cuerpos, océanos, ríos y lagos. 

Pero, ¿de qué está compuesta? De sextillones y sextillones moléculas de agua. ¿De qué están hechas estas moléculas? Bueno, cada una de ellas contiene tres átomos: dos de hidrógeno y uno de oxígeno. ¿Y estos a su vez de qué están hechos? De partículas subatómicas, como neutrones y protones. ¿De qué está hecho un electrón? Un electrón tiene masa y carga energética. ¿Y qué son la masa y la energía? Son propiedades de un electrón. Entonces, ¿qué es un electrón?

El discurso de White

Recuperando la figura de San Francisco de Asís que expusimos al inicio, cabría volver a pensar en un mundo en el que no fuéramos los únicos seres cargados de un tipo de conciencia tan avanzada como la nuestra y pudiéramos comunicarnos con otras criaturas, incluso con los objetos. No solo a la hora de desarrollar empatía que se traduzca en un mayor espíritu animalista o ecologista, sino también a la hora de comprender mejor esa totalidad de las cosas que, según las teorías de Bostrom y compañía, se presenta como una simulación. 

«El cristianismo fue lo primero que separó al hombre de la naturaleza, estableciendo una relación de superioridad y explotación con ella».

Otra de las autoras que destaca Zadeh en su artículo es la historiadora medieval Lynn Townsend White. En la década de los 60, fue una de las responsables de impulsar la conciencia climática en su país, Estados Unidos. Para White, «la forma en la que vemos el mundo determina cómo lo tratamos». En un discurso 1966 ante la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS), expresó: «Lo que la gente hace con su ecología depende de lo que piensen de sí mismos en relación con las cosas que los rodean». 

Una frase que podría ser muy básica o ‘kitch’ daba algo más a entender para ese mundo en el que no existía una amenaza climática tan grave como ahora.

Las soluciones para enfrentar la crisis climática, para White, están en las causas que la provocaron. Y esas mismas causas fueron fruto de la mentalidad de la época en la que el progreso científico y tecnológico arrancó, impulsado, en parte, por el cristianismo occidental. «Fue lo primero que separó al hombre de la naturaleza, estableciendo una relación de superioridad y explotación con todo lo que le rodeaba», asegura Zadeh. 

No en vano, las creencias paganas sobre las que se impuso giraban en torno a la idea de un mundo completamente animado.

Cómo hablar con plantas o animales

«Antes de cortar un árbol, excavar una montaña o poner una presa, era importante aplacar y mantener a raya el espíritu que emergía de esa situación en particular», escribió White. 

«Pero el cristianismo extrajo esos espíritus de la Tierra y los colocó en el cielo.

Al destruir el animismo pagano, el cristianismo hizo posible explotar la naturaleza con una absoluta indiferencia hacia los sentimientos de los espíritus en los objetos naturales, los cuales habían protegido al hombre de la naturaleza. Estos se evaporaron y las viejas inhibiciones de explotar la naturaleza se desmoronaron». De ahí que describiera al cristianismo como la religión más antropocéntrica que había habitado la Tierra. 

«El universo empezó a ser visto no como algo orgánico y animado, sino como una máquina sin mente, como un reloj, cuyos engranajes están gobernados por leyes científicas» 

Evidentemente, el cristianismo no fue el responsable de que ahora tengamos una crisis ecológica, pero «sentó las bases para una relación abusiva del hombre con la naturaleza», recalca Zadeh. «Esta ideología religiosa infundió la Revolución Científica y marcó el comienzo de la era de la tecnología, el capitalismo y el colonialismo. El universo empezó a ser visto no como algo orgánico y animado, sino como una máquina sin mente, como un reloj, cuyos engranajes están gobernados por leyes científicas. La imprevisibilidad natural se transformó en algo estable, predecible, cognoscible, y por tanto, controlable».

Precisamente, esta es la mentalidad que impera ahora en los gurús tecnológicos y los multimillonarios filantrópicos. De hecho, en otros artículos ya hemos hablado de otras doctrinas filosóficas como el ‘largoplacismo radical’, en la cual se pretenden destinar muchos millones de euros para salvar a la Tierra de un apocalipsis tecnológico o climático, pensando a muy largo plazo y obviando cualquier otro problema humanitario que necesite una solución urgente, como por ejemplo las hambrunas de los países subdesarrollados. 

White, a pesar de criticar tanto la moral cristiana que impulsó el avance tecnológico y científico en detrimento del animismo pagano, se consideraba creyente en Dios. Y más aún, enarboló esa figura de San Francisco de Asís como el santo que más hizo por recuperar o, al menos no olvidar, que los seres que no gozan de las mismas cualidades que nosotros, en cualquier momento y de forma imprevisible, puedan alzar la voz.

Imagen de portada: Interior de la biblioteca del Trinity College en Dublín. (Unsplash/@gianmarco).

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón y Vida. Por Enrique Zamorano. Febrero 2022.

Sociedad y Cultura/Animales/Cristianismo/Aves

 

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